Capítulo 33 El horror está completo #3
La orden hizo que Dito agarrara el cuerpo de ella mientras Víctor apresaba las muñecas con más cinta. Varias vueltas alrededor, con prisa, con ímpetu.
Golpes en la puerta, chillidos de rata. Voces al otro lado.
No podían arrestarlo… no antes de terminar su obra.
Corrió hacia la zona del taller, donde estaba el foso de reparación de vehículos.Deslizó la compuerta. Un olor ácido, caliente, vivo salió de abajo.
Abajo había más ratas.
Muchas.
Cientos.
Las descartadas. Las que no estaban entrenadas, las que Dito aún no había pintado ni bautizado. Ratas sin patria, sin reconocimiento, sin orden.
Futuras candidatas a participar en las Olimpiadas.
Si sobrevivían, claro.
Si sobrevivían a la falta de comida, a la guerra de la supervivencia comiéndose unas a otras.
—Ayúdame —le gritó a Dito mientras tiraba de Encarnación—. ¡Rápido!
Agarraron el cuerpo de la mujer.
Encarnación vio las jaulas. Las ratas. Después, la compuerta abierta y el abismo lleno de cuerpos moviéndose.
Y empezó a entender.
Dónde estaba, qué había allí.
Y, sobre todo, dónde la llevaban.
Intentó aullar, pero la cinta aislante era un tapón para las palabras.
Un aullido viejo, roto, pero profundo. Vio el foso —negro, vivo, palpitante de ratas que trepaban unas sobre otras— y sintió cómo el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
No era solo miedo: era la certeza absoluta de una muerte salvaje, inhumana.
Todo su ser se estrechó en un único pensamiento, agudo como un cristal roto: no quiero morir así.
Y mientras los hombres la levantaban, el pánico infinito la devoró antes incluso de que lo hicieran las ratas.
¡NO, NO, NO!
Los golpes en la puerta metálica se intensificaron.
Estaban forzando la entrada.
Las luces de patrulla seguían inundando la nave de azul y rojo intermitente.
La arrojaron.
Sin ceremonia, y el mundo se volvió un torbellino negro.
Voló durante un instante y cayó golpeándose el costado, el aire escapándole en un gemido mudo.
Algo vivo rozó su brazo. Luego su tobillo.
Luego decenas de pequeños cuerpos húmedos y calientes escalando sobre ella, olisqueando, probando su piel con dientes minúsculos.
Encarnación intentó incorporarse, pero los cuerpos seguían trepando sobre ella.
Sabía que estaba en el fondo, sabía que no había escaleras, sabía que no habría rescate.
Y entonces, arriba, la compuerta comenzó a deslizarse.
El último hilo de luz se estrechó.
Desapareció con un golpe metálico que sonó como una lápida cerrándose.
Cerrándose para siempre.
***
Cuando consiguieron forzar la puerta metálica, la nave se abrió ante ellos como la garganta de un animal enfermo.
Dos hombres estaban de pie, inmóviles. Dito temblaba, con los ojos abiertos de par en par; Víctor, en cambio, los esperaba erguido, inexpresivo, casi sereno, con las manos a la vista.
Los agentes los redujeron de inmediato, los esposaron contra el suelo.
Solo entonces empezaron a percibir la nave.
El olor los golpeó: una mezcla de amoníaco, humedad podrida, excrementos de roedor y pelo viejo.
Y luego el sonido. El chillido constante, frenético, de cientos de ratas agitándose en sus jaulas.
Registraron la nave entera. La estancia principal, el dormitorio de Dito, el baño. Miraron bajo las mesas, abrieron armarios, apartaron trastos.
Nada.
Ni rastro de la mujer.
El ruido de los animales les hacía difícil pensar. Algunos agentes se tapaban la boca con el antebrazo. La falta de salubridad era grotesca; una pocilga inmensa, un laboratorio de mugre. Y allí, entre trastos y herramientas, encontraron el edredón tirado en el suelo, manchado de sangre fresca.
—¿Dónde está la mujer? —preguntó uno.
Silencio.
Víctor miraba al frente como si no hubiera oído.
Su hermano, a su lado, lloraba sin hacer ruido.
Entonces el policía agarró a Dito y lo levantó del suelo.
—¿Dónde está la mujer? ¿Dónde la has metido?
Él parpadeó, tragó saliva y murmuró, casi infantil:
—Está… con las ratas.
Los agentes se miran entre sí. No entienden. Entonces siguieron la mirada de Dito.
La furgoneta.
Estaba aparcada dentro de la nave, justo sobre la compuerta del foso.
Un foso.
Los policías se miran. Y se temen lo peor.
No solo lo temen, lo deducen.
Corren intentando mover el vehículo, pero las llaves no están. Víctor las ha escondido. Le preguntan dónde están, qué ha hecho, pero no contesta.
Más bien se relame.
Un agente le da una bofetada, pero no obtendrá nada.
Otro murmura:
—Dios… no. No puede ser.
Quitan el freno de mano. Entre cinco empujan la furgoneta hacia atrás. El vehículo se desliza un metro, liberando la compuerta del foso.
Deslizan la compuerta metálica con un rechinar insoportable. Una bocanada nauseabunda sube —les golpea— desde abajo. Un policía enciende la linterna y la apunta hacia abajo.
Durante unos segundos, nadie habla.
Lo que ven allí dentro arranca un coro de respiraciones ahogadas, insultos temblorosos, gritos atropellados.
Porque al fondo, en la oscuridad, algo se mueve.
Cientos de algos.
Y, entre ellos, un cuerpo.
Cubierto de ratas, ensangrentado, destrozado, roído.
El horror está completo.