El Espejo de Los Dementes Capítulo 33 El horror está completo #2
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Capítulo 33 El horror está completo #2

La sospecha, hasta entonces absurda, empezó a adquirir una forma desagradablemente real.

Intentó volver a la cama y convencerse de que estaba imaginando tonterías. Pero la televisión seguía allí, al otro lado de la pared, insistente, recordándole con cada sonido que algo no cuadraba.

Julián aguantó cinco minutos. No más. Se levantó, se puso un chándal viejo y decidió salir a llamar a la puerta de ella, aunque solo fuera para pedir que bajara el volumen o, al menos, comprobar que estaba bien.

El llavero colgaba de la cerradura, el cual giró con contundencia. Una cerradura enorme, vieja, pero muy eficaz, empezó a girar. Clock, clock, clock… Abrió la puerta del piso pensando ya en qué iba a decirle a su vecina.

Y entonces lo vio.

Una figura cruzaba el pasillo a toda velocidad, cargando algo al hombro. Se deslizó escaleras abajo sin volverse. Julián apenas alcanzó a percibir un bulto enorme envuelto en una colcha, y… ¿podía ser?

¿Eran unos pies lo que asomaban?

El panadero se quedó paralizado.

En el suelo, en mitad del pasillo, algo llamó su atención. Un objeto solitario. Fuera de lugar. Una zapatilla de señora mayor.

El corazón le dio un brinco tan fuerte que pensó que iba a desplomarse allí mismo. Se acercó despacio, tragando saliva, pero no tocó la zapatilla —como si estuviera contaminada por algo malo— y retrocedió hacia su puerta.

Volvió al balcón. Quería asegurarse de que no estaba imaginando cosas.

No lo estaba.

La figura volvió a aparecer abajo, acercándose a la furgoneta.

Víctor Raspini, sin duda, cargando el mismo bulto envuelto en la colcha.

Lo vio con claridad: el peso ladeado, el esfuerzo en los hombros, el modo en que protegía el cuerpo envuelto para que nadie lo viera.

Incluso esa leve cojera que lo caracterizaba.

El panadero se escondió instintivamente detrás de la baranda del balcón, con el corazón martilleando su pecho. Escuchó el sonido metálico de una puerta, la puerta trasera del vehículo abriéndose.

Luego otra.

Después un golpe seco al cerrarse ambas a la vez.

Julián corrió dentro de la casa, temblando. Agarró su móvil que estaba en la cocina, enchufado a un cargador.

Marcó.

Aguardó.

Habló.

—Policía… por favor… creo que acaban de secuestrar a mi vecina.

***

Víctor condujo sin prisa al principio, con el cuerpo de Encarnación envuelto en el edredón en la parte trasera de la furgoneta.

El vehículo circulaba con la serenidad coreografiada de quien está acostumbrado a llevar cargas prohibidas.

Creía —confiaba— que nadie lo había visto.

A esas horas, las calles no tenían ojos.

Y menos en aquel barrio de viejos, madrugadores y fantasmas.

Había llegado a la zona universitaria. Calles amplias, nuevas, limpias, desiertas. Los edificios de hospital universitario parecían enormes acuarios apagados. El silencio era perfecto. Demasiado perfecto.

Entonces lo vio.

Un coche patrulla, al otro lado de la mediana, en sentido contrario a él.

Se acercaba, como un animal sigiloso. Los puños se cerraron sobre el volante. Casi pudo escucharse el sonido del cuero estrujándose. Tragó saliva, intentó mantener la calma. Sólo había que disimular. Mantuvo la vista al frente, el rictus imperturbable, la velocidad constante…

Los vehículos se cruzaron.

De reojo los vio. Dos agentes. Que lo miraban atentamente. Al vehículo, a la matrícula, a él.

Incluso juraría que murmuraban algo mientras lo hacían.

Ahora los veía a través del retrovisor.

Se alejaban.

Víctor iba a respirar hondo, aliviado…

Pero no.

El coche patrulla redujo la marcha.

Y frenó.

Unos segundos de pausa. Un vehículo policial quieto en mitad de la calle.

Víctor mantuvo la misma velocidad sin quitar ojo del retrovisor.

Entonces, el estallido azul.

Luego las sirenas.

Y un acelerón.

—Mierda… —susurró, cambiando de marcha.

Pisó a fondo. Tenía un margen: la policía iba en sentido contrario. Ellos tendrían que buscar la siguiente rotonda para girar y perseguirlo. Eso le daba algo de ventaja. Quizá un minuto. No mucho, pero suficiente.

Víctor se desvió hacia una calle lateral, luego otra, y otra. Callejeó sin un patrón fijo. Aunque buscaba la circunvalación que rodeaba la ciudad, primero intentó perderles la pista.

La ventaja y el culebreo por las calles parecieron surtir efecto. Nadie lo seguía. No había luces azules en su retaguardia. Entonces se dirigió a la circunvalación. Cuando la alcanzó, se metió en el túnel, atravesándola por debajo.

Al salir, tomó la carretera nacional que salía de la ciudad. Entonces aceleró a todo lo que daba el motor. Las ruedas chirriaron. La furgoneta devoró la noche rebotando contra los baches del asfalto. La luna apenas iluminaba el paisaje de siembras, huertas y barbechos.

La carretera llevaba a un polígono industrial.

A esas horas todas las naves estaban muertas, apagadas, como cuerpos fríos sin alma.

Un lugar perfecto para perder a cualquier perseguidor.

Conocía perfectamente aquella zona, la había recorrido miles de veces.

Por allí estaba la nave que albergaba su negocio.

Su negocio y su mazmorra llena de ratas.

No había rastro de la policía. Finalmente los había perdido. O al menos esa ilusión le regaló el silencio. Condujo recto hasta su nave, dando un frenazo en cuanto llegó. Apresurado, bajó, corrió el portón, metió la furgoneta y volvió a cerrar como el que cierra un telón de muerte y metal.

Ya en el interior, apagó el motor del vehículo. Todo se quedó a oscuras. Durante un segundo no se oyó nada, solo el eco de las suelas de Víctor sobre el hormigón.

Entonces empezó la coreografía.

Empezó con un susurro, un movimiento mínimo. Luego roces de metal, el tintineo sordo de jaulas estremeciéndose. Las cajas metálicas empezaron a vibrar con un frenesí que crecía como una ola subterránea. Era un sonido lleno de dientes y hambre, de cuerpos pequeños chocando contra el alambre.

Y el brillo.

Mejor dicho, los brillos.

Ojos. Un par de ojos, cuatro, diez, cientos.

Encendidos como carbones húmedos, diminutos fuegos que parpadeaban al unísono en la negrura.

La nave, antes muda, se llenó de chillidos agudos, una sinfonía caótica que parecía brotar de las paredes mismas.

Las ratas trepaban por el interior de sus jaulas, se alzaban en dos patas, golpeaban la rejilla con una desesperación casi celebratoria.

Víctor se quedó contemplándolas, saboreando aquella bienvenida como si realmente lo reconocieran. Ese coro frenético, ese temblor de alambres, esa lluvia de ojos brillantes, era la forma en que lo saludaban.

Encendió el interruptor de la luz. Los grandes focos iluminaron de golpe la estancia.

Dito apareció desde su dormitorio, desperezándose, sucio, maloliente, con la camiseta llena de manchas que era mejor no identificar.

Las ratas de las jaulas redoblaron su agitación al verlo.

Chillaban, trepaban por los barrotes, se empujaban unas a otras, metían los hocicos entre las rejas.

Conocían a Dito. Conocían las manos que traían la comida.

—¿Qué haces aquí, Víctor…? —preguntó Dito, rascándose el pecho.

Víctor estiró la boca, en una mueca tan forzada como una sonrisa en un cadáver.

—Te he traído un regalo.

Abrió la puerta trasera de la furgoneta y descorrió el edredón. El cuerpo inconsciente de Encarnación quedó a la vista.

Dito ladeó la cabeza, dudando.

—¿Quién es…? Se parece a la vieja doña Encarnación. La que siempre nos gritaba desde el balcón…

—Es la madre del Hombre de los Nueve Dedos —respondió Víctor, sin emoción—. Ya te va a dejar en paz.

Dito abrió la boca en una sonrisa infantil, rota. Un gesto bobalicón en el que asomaban dientes deformes, amarillos que no se habían lavado en meses.

Pero Víctor se quedó callado de repente, aguzando el oído. Su hermano volvió a hablar pero lo obligó a callar.

Un ruido lejano.

Un ruido lejano que iba creciendo.

Iba creciendo porque se iba acercando.

¿Sirenas?

¿Quizá una ambulancia?

No, una ambulancia jamás se acercaría por aquel polígono industrial a aquellas horas.

Solo podía ser otra cosa.

Sintió un golpe de rabia caliente. La policía venía, lo habían identificado, habían debido buscar la dirección de la empresa. Víctor la dejó correr por dentro hasta que empezó a darle una forma. Una dirección.

Se acercó a un banco de herramientas, aquel que Dito usaba para jugar, pintar y preparar a sus ratas. Agarró un grueso rollo de cinta aislante, desenrolló un tramo y lo cortó con los dientes mientras volvía a la furgoneta.

Destellos azules empezaron a asomar a través de las ventanas como cuchillos de luz. De repente, el sonido de coches frenando al otro lado del portón.

Ya estaban aquí.

Puertas de coche abriéndose. Pasos apresurados. Golpes en la puerta metálica. Golpes fuertes, agresivos.

—¡¡POLICÍA!! ¡¡AbrAN!!

Los gritos retumbaban en la nave. El metal vibraba. Se estaban preparando para forzar la entrada.

Pero Víctor ya había decidido lo que hacer. Miró con ojos de serpiente el cuerpo de Encarnación. Era su presa y no iba a soltarla tan fácil.

Si Dito había sufrido, ella también debía hacerlo.

Si Dito soñaba con que las ratas lo devoraban, entonces la madre de Darío tendría que conocer ese mismo destino.

La misma muerte.

La misma música.

Agarró la pierna de la mujer y la atrajo hacia él.

El cuerpo se movió bruscamente, provocando que abriera los ojos.

Y en un segundo, en su mirada apareció todo un espectro de emociones.

Confusión, recuerdo, miedo, horror… Encarnación fue testigo pasiva de cómo la trasteaban y le colocaban la cinta en la boca.

Entonces intentó zafarse, luchó por su vida.

—¡Sujétala!