El Espejo de Los Dementes Capítulo 33 El horror está completo
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Capítulo 33 El horror está completo

Víctor Raspini llevaba ya un rato escondido detrás de la cortina, inmóvil, respirando apenas para no delatarse.

Como una araña enterrada en su tela, aguardando el temblor exacto que anunciara la llegada de su presa.

Al otro lado, la televisión seguía vomitando destellos obscenos sobre el salón.

La luz estallaba a intervalos irregulares, como relámpagos enfermizos atrapados dentro de una caja, tiñendo la estancia de colores sucios.

Cada fogonazo atravesaba la tela y dibujaba sombras cambiantes sobre sus manos.

El sudor le barnizaba los nudillos, haciéndolos relucir durante un instante antes de devolverlos a la oscuridad.

Y disfrutaba del espectáculo de aquella rata grande participando en su propia prueba.

Su propia Olimpiada.

La vio despertarse desorientada, ponerse las gafas sin cristales, intentar bajar el volumen del televisor, buscar inútilmente la luz y caminar por el pasillo hasta tropezar.

Si Víctor hubiera sido capaz de reír, se habría reído.

Pero la risa pertenecía a otras personas. Su diversión no desembocaba en hilaridad. Jamás. Imposible recordar la última vez que sonrió.

Su diversión era otra cosa.

Se manifestaba en una excitación interna, visceral, en la expectativa de un desenlace escabroso, violento, que podía sentir creciendo dentro de él.

Ahora ella había vuelto al salón y llamaba a su gato.

Si supiera dónde estaba Larry.

Cada destello recortaba un fragmento del cuerpo de Encarnación: una espalda algo encogida, la silueta de su moño, las manos acercándose a los muebles como si ya no reconociera del todo su propia casa.

Víctor agitaba el cascabel de vez en cuando, con un ritmo irregular que solo él entendía.

Cling…

Un silencio.

Cling, cling.

Otro silencio largo, saboreado.

Se relamía.

Podía oler su miedo.

Un miedo que él había fabricado pieza por pieza, como un artesano orgulloso de su obra.

Si no fuera impotente, habría estado completamente erecto.

La idea lo irritó. Aun así, la excitación continuaba recorriéndole el cuerpo como una descarga, contrayéndole el pecho y endureciéndole la mandíbula.

Sostenía su arma de cazar ratas con una firmeza que casi le dolía en la muñeca.

Le encantaba aquel peso. Le encantaba imaginar la trayectoria perfecta del golpe.

Volvió a maullar.

Un sonido roto, tejido con su propia garganta, una imitación grotesca del dolor real de un gato.

Un maullido que parecía arrastrar espinas.

—Maaauuuugh… —dejó escapar, saboreando el temblor que provocaba.

La vio detenerse.

Después, volver lentamente la mirada hacia la cortina, dividida entre el miedo y la preocupación por Larry. Víctor conocía aquella lucha: el impulso de acercarse enfrentado al instinto que ordenaba huir. La había visto muchas veces en animales acorralados.

Ven, pensó.

Ven, pequeña rata.

De fondo, los gemidos húmedos de dos cuerpos entregados a la lujuria.

Cuando por fin Encarnación extendió la mano hacia la cortina, un escalofrío de triunfo le recorrió la espalda. Ella estaba atrapada entre dos miedos: el miedo al intruso… y el miedo a que Larry estuviera en peligro.

Era perfecta.

La tela se movió apenas, rozando sus dedos.

Una rata perfecta.

Víctor empujó hacia adelante con un gruñido que le brotó de las entrañas.

Ella gritó y salió corriendo.

Él avanzó a zancadas, jugando a dejar que el terror la empujara hacia el pasillo. Ella corrió hacia sus profundidades, justo por la ratonera que él quería.

Encarnación llegó al final.

Entonces vio a Larry.

El grito recorrió el pasillo.

Víctor no aceleró. Lo escuchó hasta el final, relamiéndose de placer.

Ahora ella tiraba de la puerta, golpeaba, lloraba. Pero no podría salir. Él, por supuesto, tenía las llaves.

Había preparado cada detalle.

La oscuridad.

La película pornográfica.

Los obstáculos.

El cadáver del gato.

El cascabel.

Los fusibles.

Cada pieza en su sitio, su propia versión de unas Olimpiadas de las ratas, un espectáculo privado en el que ella era la única participante y él, el único juez.

Pero ahora ella gritaba. El volumen de la televisión era su aliado para que no llegaran voces al exterior.

Pero la mujer estaba gritando demasiado.

Y había que hacerla callar.

Avanzó por el pasillo, arropado por los fogonazos de luz a su espalda. Alcanzó un cuerpo desesperado por abrir la puerta.

Le cubrió la boca con una mano grande, húmeda.

Sintió el temblor caliente de su aliento.

Ella se retorció como una presa en la trampa.

Y entonces levantó el arma.

Y golpeó tres veces. Después del tercero, Encarnación dejó de luchar.

Cayó entre sus brazos. Ahora todo su cuerpo era peso muerto.

Víctor inspiró profundamente, disfrutando ese silencio conquistado.

Su rata, al fin, había dejado de chillar.

***

Ella todavía respiraba.

Mejor.

Víctor la observó un instante, el pecho de Encarnación levantándose apenas, en un ritmo débil, obstinado, casi insultante.

Acercó los dedos a las fosas nasales para certificar que la vieja aún vivía.

Aquello le abrió una posibilidad nueva, un filón de diversión que relució de pronto en el fondo de su mente.

De un tirón del cable apagó la televisión, cayendo el silencio como una losa.

Durante unos instantes, el eco de los gemidos quedó en sus oídos como un pitido.

Luego subió los fusibles y encendió la luz.

El salón quedó iluminado de golpe, revelando el caos: los objetos en el suelo, las fotos boca abajo, los cuadros al revés…

Agarró un edredón de la cama de matrimonio y lo extendió en el suelo. Colocó el cuerpo de Encarnación encima con brusquedad y la envolvió como quien envuelve un embutido.

Era ligera y por tanto fácil de manejar.

Frágil como la muerte, lo cual no añadió ni el más mínimo mimo a la hora de moverla.

La levantó y se la echó al hombro, acomodando el peso para que no le golpeara la cadera al andar.

A esas horas de la noche, con suerte, nadie lo vería.

Si alguien lo veía, vería solo a un hombre cargando un bulto. Ropa, mantas, cualquier cosa.

Se dirigió a la puerta y se topó con el cuerpo colgado de Larry.

El gato muerto parecía mirarlos desde su cable, la cabeza ladeada en un gesto casi humano, casi acusador.

Con un humor cruel le dio un pequeño golpe para que el cadáver se balanceara como si fuera un atrapasueños o un sonajero sobre una cuna.

Pensó en llevárselo para que las ratas tuvieran alimento, pero desechó la idea al instante.

Sacó las llaves del bolsillo y abrió la cerradura, que sonó aparatosamente en el silencio de la noche. Salió al rellano, que era un largo pasillo lleno de accesos a viviendas. Cerró la puerta con cuidado y avanzó buscando las escaleras que lo condujeran al exterior.

Entonces oyó algo caer detrás de él.

Un golpe seco, leve, como amortiguado.

Se giró en tensión.

Una zapatilla.

Una zapatilla de casa, hortera, con flores rosas pintadas, pequeña, absurda.

Una zapatilla de ella.

Había envuelto el cuerpo de la vieja sin preocuparse en quitárselas, y ahora una zapatilla se había desprendido.

Gruñó. Intentó agacharse para recogerla, pero el peso del cuerpo dificultaba el movimiento.

Estaba de rodillas, con el cuerpo de Encarnación sobre el hombro y una mano acercándose al suelo, cuando escuchó el ruido.

Clock…

Un roce metálico. Metal rozando metal, retumbando a través de la madera.

…clock…

La vibración inconfundible de una cerradura siendo manipulada.

Abriéndose.

…clock.

Víctor se incorporó de golpe y, olvidándose de la zapatilla, desapareció escaleras abajo, tragado por la penumbra del edificio con su carga respirando todavía contra su hombro.

***

Julián Barroso se despertó de golpe, como si alguien hubiera encendido un altavoz encima de su almohada. No tardó ni un segundo en identificar el origen: la televisión de Encarnación, al otro lado de la pared. A todo volumen.

Pero lo más extraño era la naturaleza del ruido.

Gemidos.

Gemidos obscenos.

—¿Pero qué…? —murmuró, incorporándose con la frente fruncida.

Su mujer seguía dormida como un tronco, boca arriba, inmóvil, ajena al estruendo.

Su hija no estaba; había salido de fiesta con las amigas y no volvería hasta tarde.

Él, en cambio, tenía que levantarse a las cuatro para amasar el pan del día siguiente.

Su sueño era tan ligero que una mosca podía convertirlo en un insomne.

Pero aquello no era una mosca. Aquello era una película pornográfica vomitando sonidos contra la pared del dormitorio.

Molesto, se levantó. Fue al baño a orinar, intentando convencerse de que quizá Encarnación se había quedado dormida delante de la tele.

Pero aquello no cuadraba. Ella, tan puritana, tan mojigata, era la última persona que él se imaginaría viendo cosas guarras.

Ni siquiera sabía manejar bien el mando.

Encarnación era más bien de telenovelas, concursos y alguna teletienda de madrugada.

Aun así, los gemidos seguían.

Aprovechó el desvelo para ir a la cocina a beber agua.

Después abrió la puerta del balcón y salió al exterior.

Fuera reinaba una noche quieta, el ruido de la televisión de Encarnación era lo único que rompía el silencio.

El balcón de ella quedaba justo al lado.

Asomó la cabeza en esa dirección. Pero sólo vio oscuridad fotografiada por los destellos lejanos de la pantalla.

Extraño.

Muy extraño.

Instintivamente bajó la mirada hacia la calle.

Y ahí lo vio.

La furgoneta de Sanicontrol Raspini. Julián arrugó la nariz.

Los Raspini… Vaya familia. El padre, un tarado de manos huesudas y uñas siempre negras.

Y los dos hijos… mejor ni hablar: bichos raros los dos.

Nadie en el edificio los quería cerca. De hecho, hacía mucho tiempo que nadie veía por allí a Claudio, el pequeño.

Los vecinos pensaban que estaba internado en algún manicomio.

Pero la furgoneta estaba ahí.

Y, sin embargo, ellos tenían plaza de garaje.

¿Para qué dejar la furgoneta en mitad de la calle, justo debajo del balcón de Encarnación, a esas horas?