El Espejo de Los Dementes Capítulo 32 Tú serás mi rata #3
77%

Capítulo 32 Tú serás mi rata #3

El cascabel sonó de nuevo. Esta vez más cerca. Buscó por el salón. A veces regresaba el cling, cling; otras, se apagaba. Encarnación giró lentamente sobre sí misma, buscando el origen del sonido. La luz rosada del televisor le hacía temblar el estómago.

Debía haber una explicación para todo aquello.

Porque estaba sola.

Debía estar sola.

Entonces, lo escuchó.

¿Un maullido?

Pero no era un maullido normal.

No era Larry. O tal vez Larry estuviera enfermo.

—Maaaau… —prolongado, irregular, quebrado, como si la garganta que lo producía no estuviera hecha para ese esfuerzo.

Y luego cling, cling.

Encarnación sintió cómo el aire le fallaba. Sus piernas se tensaron, como si su cuerpo quisiera huir sin ella.

El maullido volvió.

Más cerca.

Más torcido.

Maauuuugh…

Un final gutural, casi una risa contenida.

—Larry… no… —susurró, retrocediendo un paso.

El cascabel sonó de nuevo.

Lento.

Deliberado.

Como una burla.

La cortina del salón se estremeció.

Encarnación se quedó inmóvil. Larry nunca se escondía allí. Se llevó las manos a la boca. El televisor gritaba sin piedad. La casa estaba en penumbra.

Y el maullido volvió, casi encima de ella:

—Maaau…

La cortina volvió a moverse. Un empuje suave, como si un gato invisible pasara rozándose contra ella. Y entonces, de detrás del paño oscuro, nuevamente el cascabel.

Cling, cling.

Cling, cling.

Encarnación avanzó hacia la cortina con pasos cortos, como si cada uno pesara más que el anterior.

Nada cuadraba, nada: el canal obsceno rugiendo en la televisión, el mando sin pilas, sus gafas mutiladas, las luces muertas, todas las fotos boca abajo, los objetos esparcidos por el suelo como migas de un rastro sin sentido…

y ahora aquel maullido que no era Larry, no podía ser Larry, tenía un temblor extraño, una extraña vibración — ¿humana?

— dentro. Su mente le gritaba que algo estaba horriblemente mal, que retrocediera, que saliera corriendo, que eso no era su gato.

Pero otra voz, más blanda, más vieja, más suya, murmuraba: ¿Y si es Larry? ¿Y si está herido? ¿Y si te necesita?

Y así, atrapada entre el instinto y el amor, extendió la mano hacia la cortina que respiraba.

Rozó la tela.

La cortina se movió hacia ella. Luego algo como un jadeo, una respiración fuerte. Un susurro ronco evocando un gato moribundo:

—…maau…

Encarnación, casi sin voz:

—Larry… ¿eres tú?

Y en ese instante, justo cuando sus dedos se cerraron sobre la tela, el cascabel sonó por última vez, esta vez con violencia:

CLING, CLING, CLING.

Un gruñido humano estalló detrás.

La cortina se abrió de golpe. No se apartó, fue arrancada hacia un lado con una violencia seca, como el telón de un escenario preparado para revelar una pesadilla.

Y allí estaba ese alguien.

Demasiado cerca.

Tan cerca que no tuvo tiempo de comprender lo que estaba viendo.

El rostro apareció tras la cortina. No parecía el de alguien que acabara de ser descubierto, sino el de alguien que llevaba mucho tiempo disfrutando de la espera. Había odio en aquellos ojos, pero también algo peor.

Diversión.

Entonces levantó lentamente una mano hasta la altura de su rostro.

Entre dos dedos sostenía un pequeño cascabel.

Lo agitó.

Cling, cling.

Encarnación se quedó inmóvil.

El hombre sonrió.

—Maaau...

Y entonces se abalanzó sobre ella.

Ella gritó. Se giró y huyó corriendo. Atravesó las sombras, tomando otro pasillo hacia la puerta de salida. Entonces, al final del corredor, chocó contra algo colgante, cálido, inerte. Aquello le golpeó la cara y osciló por el impacto.

Algo peludo...

Lo palpó.

¿Larry?

Entonces la luz del salón fotografió la escena.

El cuerpo de Larry colgaba de una lámpara, ahorcado por el collar. Rígido, pequeño, grotescamente parecido a un juguete abandonado, se balanceaba al extremo de un cable.

Ella aúlla despavorida. El ruido pornográfico traga su grito.

Entonces, por el rabillo del ojo, Encarnación percibe un bulto oscuro que crece al fondo del pasillo, recortándose a golpes contra los destellos rosados del televisor.

Cada parpadeo de luz lo hace avanzar un tramo imposible, como si apareciera más cerca sin haber dado un solo paso.

El cable del que cuelga Larry cruza el encuadre como una horca doméstica; el pequeño cuerpo del gato se balancea a un ritmo lento, macabro, marcando el tiempo del horror.

Y en ese metrónomo enfermo, la silueta del asaltante se define: hombros tensos, la cabeza ladeada, unos brazos que sujetan algún tipo de arma, algo que seguro hace daño.

No camina, se desdobla con cada fotograma de luz, y Encarnación entiende que viene directo hacia ella.

La mujer corre hacia la puerta.

Intenta abrirla, pero está cerrada y no hay rastro de las llaves.

Golpea.

Solloza.

Entonces siente una mano recorrerle la nuca.

La otra le cubre la boca.

Y Víctor, sin decir palabra, le descarga el primer golpe en la cabeza.

Un estallido blanco.

El segundo, un ruido hueco.

El tercero, y el mundo se abre como un pozo.

Encarnación se desploma.

La oscuridad la abraza con los brazos fríos de un sótano vacío.

Y no siente más.

No siente más.

Por el momento.