El Espejo de Los Dementes Capítulo 32 Tú serás mi rata #2
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Capítulo 32 Tú serás mi rata #2

Perseguirlos.

No atropellarlos —eso habría sido burdo, fácil, sin arte—, sino perseguirlos como a las ratas: forzar su carrera, acorralarlos, empujarlos hacia un punto sin salida.

Jugar.

Cazar.

Encerrarlos.

Su mano llegó a poner la llave en el contacto.

La giró un milímetro. Un solo gesto más y el motor se habría encendido.

Podía ver la escena con una claridad punzante: los niños corriendo despavoridos entre los trigales, la furgoneta avanzando a baja velocidad, calculando sus movimientos, presionando, guiando, obligando…

como él sabía hacer. Como siempre había sabido hacer.

Meterlos en una jaula.

En una jaula de ratas.

Ni siquiera entendía del todo por qué.

Solo sabía una cosa.

Se le daba bien.

El volante bajo sus manos parecía encajar perfectamente en ese propósito oscuro, como si la máquina hubiese esperado toda su vida para que él la usara de esa forma.

Y entonces, un coche apareció por el camino. Un turismo de color rojo apagado, conducido por un hombre de aspecto cansado que aparcó a unos metros más allá, cerca del acceso a un huerto. Bajó cargando cajas de verduras, dejó la puerta abierta, llamó a alguien por voz.

Un testigo involuntario. Una presencia exterior que acababa de estropearlo todo antes de empezar.

Víctor soltó la llave. La pulsión empezó a dispersarse lentamente.

Aunque no desapareció del todo. Nunca desaparecería. Jamás.

Solo se escondió detrás de otra capa de quietud.

Los niños siguieron jugando, ajenos a la marea oscura que había estado a punto de arrastrarlos. Víctor permaneció allí un buen rato, mirando el campo vacío, escuchando el crepitar del motor detenido, sintiendo cómo aquel deseo se apagaba despacio, como una brasa que no encuentra oxígeno.

Y después se marchó. Sin prisa, sin culpa, sin preguntas. Como si nada hubiera ocurrido. Como si nada hubiera estado a punto de ocurrir.

Pero había ocurrido.

Dentro de él.

Con total claridad.

Y esa verdad regresaba ahora, mientras miraba la casa dormida de Encarnación, mientras sentía en las manos el peso del arma puntiaguda, mientras pensaba en Darío Salvatierra como si fuera un animal que debía ser cazado.

Había impulsos que no morían.

Solo esperaban el momento adecuado.

***

La televisión explotaba en gemidos. Un torrente grotesco, húmedo, animal. Pornografía a todo volumen, iluminando el salón con reflejos de color carne que parecían cubrir las paredes con una película de sudor ajeno.

Encarnación abrió los ojos con un sobresalto.

La oscuridad la tragaba casi entera. Solo la luz intermitente del televisor le rozaba la piel como algo que caminara sobre ella.

Desconcertada, observaba una escena con dos cuerpos desnudos que se retorcían en primer plano, entregados a una intimidad exagerada y grotesca que la hizo apartar la mirada.

¿Qué era aquello? El canal que tenía sintonizado nunca emitía eso. Daba igual lo tarde que fuera, por la madrugada solo echaban la teletienda. Y, sin embargo, allí estaba: un festival obsceno que invadía cada rincón de la casa.

—¿Pero…? —susurró, buscando sus gafas, que deberían estar colgadas de su cuello.

Pero no, las gafas no estaban allí. Estaban en el brazo del sofá. No recordaba haberlas dejado allí.

Nunca las habría dejado allí.

Las tomó, se las colocó… y vio nada. Un empañamiento absurdo. Un borrón. Parpadeó, se las quitó y las giró hacia la luz azulada.

Los cristales habían desaparecido.

Le tembló la garganta.

La televisión seguía gritando, invocando cuerpos ajenos.

Encarnación agarró el mando a distancia e intentó cambiar el canal, pero nada. La televisión no respondió. Trató entonces de bajar el volumen, poner el mute… pero nada ocurrió.

Los jadeos seguían. La danza de la lujuria estaba más viva que nunca.

Se dio cuenta, entonces, de que el mando estaba sorprendentemente ligero. Le dio la vuelta. Abrió la tapadera trasera.

No tenía pilas.

Su respiración se volvió irregular.

Aquello no era posible. Las pilas, las gafas, el canal erótico… No era posible a no ser que alguien lo hubiera hecho.

Miró a su alrededor. Sin los cristales, apenas distinguía los contornos de los muebles.

Aterrada se levantó y se dirigió al interruptor más cercano para encender la luz.

Lo palpó, pero nada ocurrió salvo un clic estéril.

Pero los enchufes sí funcionaban: la televisión rugía como un animal satisfecho.

Eso solo podía significar que se habían bajado los fusibles de iluminación.

O alguien los había bajado.

Empezó a sudar.

—Larry… —llamó, con la voz apenas un hilo que se desvanecía entre los gemidos de la pantalla.

Y, sin embargo, un tintineo respondió, lejano, metálico. El cascabel de Larry, su gato, su niño fiel.

—Larry, ven, cariño… —susurró, con un temblor que intentaba disimular.

Pero esta vez no hubo respuesta. Andó a oscuras por la casa a través del pasillo que llevaba a la cocina mientras seguía llamándolo. A su espalda, la fantasmagoría de la televisión llenaba el mundo de alternancia de destellos y sombras.

Tropezó con algo.

Una cacerola.

¿Una cacerola en el pasillo?

Observó el suelo a través de los fotogramas proyectados del eco lumínico del salón. El suelo estaba lleno de objetos: cuadros, vasos, sartenes, cubiertos, una caja de cereales… objetos que no deberían estar ahí.

Pero su mente no pensaba en lo evidente, porque pensar en ello sería entrar en pánico. Ahora mismo lo importante era Larry.

Entonces se fijó en las fotos.

Todas.

Todas las fotografías del pasillo estaban invertidas. Cuadros, portarretratos, hasta el marco que siempre tenía en la repisa. Cada imagen vuelta del revés.

Llegó a la cocina, intentando inútilmente accionar el interruptor de luz. Salió a la terraza en la esperanza de que el gato estuviera en su arenero. Pero no estaba. Fuera, la noche ofrecía quietud. Pero los gemidos del televisor seguían escuchándose, escapaban al exterior a través de la terraza.

Larry.

Regresó a buscarlo. Lo llamó con fuerza. Esquivó los obstáculos del pasillo hasta regresar al salón.

Cling, cling.

Aguzó el oído.

—Larry… —volvió a llamar, ahora casi llorando.