El Espejo de Los Dementes Capítulo 32 Tú serás mi rata
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Capítulo 32 Tú serás mi rata

La furgoneta de Sanicontrol Raspini avanzó despacio, casi arrastrándose entre los bloques de aquel viejo barrio obrero.

A esas horas —la una de la madrugada, quizá algo más— las calles parecían abandonadas a su suerte.

No era el silencio elegante de las zonas residenciales ni la calma acomodada de los barrios ricos; era el mutismo cansado de un lugar donde la gente madrugaba demasiado y llegaba a casa demasiado agotada como para permanecer despierta.

Las farolas de sodio derramaban una luz amarillenta y enfermiza sobre las fachadas.

Los edificios, construidos décadas atrás y castigados por el tiempo, mostraban desconchones, humedades y parches de pintura que nunca terminaban de ocultar el deterioro.

Aquí y allá, algunos grafitis cubrían los muros, firmas apresuradas y dibujos torpes donde se evidenciaba una absoluta falta de talento y que parecían tan cansados como el propio barrio.

Apenas había movimiento. Ningún grupo de jóvenes, ningún bar abierto, ningún paseo nocturno.

Solo algún televisor encendido detrás de una persiana mal cerrada y el lejano ladrido de un perro insomne.

Los coches, casi todos antiguos y castigados por los años, dormían alineados junto a las aceras, mezclados con contenedores desbordados y pequeñas manchas de aceite que brillaban bajo la luz de las farolas.

El barrio parecía contener la respiración. Como si, tras décadas de trabajo, ruido y rutina, hubiese decidido entregarse al sueño mucho antes que el resto de la ciudad.

Aquel barrio era su hogar.

Víctor Raspini había nacido allí y nunca se había marchado.

Cuando sus padres murieron, el viejo apartamento pasó a ser únicamente suyo.

No era gran cosa: una vivienda modesta, envejecida por los años, con humedades que reaparecían cada invierno y una fachada que llevaba décadas esperando una mano de pintura.

Pero era su hogar. Allí vivía solo, y así era como debían estar las cosas.

Había gente que pensaba que la soledad era una condena. Víctor no. De hecho, la agradecía. Le gustaba el silencio de la casa, la ausencia de conversaciones inútiles y la libertad de no tener que compartir su espacio con nadie.

Especialmente con Dito.

Dito permanecía donde debía estar: encerrado en el almacén de la nave del polígono industrial. Lejos de la ciudad, lejos de los vecinos y lejos de cualquier mirada indiscreta. Era mejor así para todos.

Conocía aquellas calles mejor que nadie.

Había jugado en ellas de niño, había recorrido aquellos portales, aquellos descampados y aquellos bares obreros que ahora iban cerrando uno tras otro.

Sabía qué vecinos seguían despiertos hasta tarde, quién trabajaba de noche y qué ventanas permanecían siempre cerradas.

La furgoneta de Sanicontrol Raspini tampoco resultaba extraña en aquellas calles.

Al fin y al cabo, era la del propio Víctor.

Llevaba años aparcándola en el barrio, entrando y saliendo a diario de la casa donde había nacido y donde seguía viviendo.

Los vecinos la habían visto tantas veces que había terminado por volverse invisible, una pieza más del paisaje urbano.

Era un buen camuflaje. Las ratas tampoco desconfían de aquello que llevan toda la vida viendo.

No, no sabía dónde vivía Darío Salvatierra, el demonio con un dedo amputado con el que Dito tenía pesadillas.

Pero sí sabía dónde vivía su madre.

Y con un poco de suerte, él se encontraría allí.

Detuvo el vehículo en el callejón trasero, justo debajo del balcón del primer piso donde vivía Encarnación, la madre del escritor.

Ese balcón, ese maldito balcón que tantas veces había visto desde niño, sería su entrada. Bajó del vehículo y observó el contorno. Las ventanas estaban muertas, sin ojos, sin luces, sin testigos.

Su instinto de cazador de ratas estaba activado. Víctor esperó un par de minutos. Escuchó el silencio que parecía darle permiso.

Subió al techo de la furgoneta con movimientos sigilosos, precisos, casi elegantes en su brutalidad contenida.

Desde allí, el borde del balcón estaba a su alcance.

Un impulso, un agarre firme y trepó hasta caer sobre el balcón sin apenas hacer ruido.

Durante un instante permaneció inmóvil, esperando que alguna ventana despertara.

Allí había plantas, mal regadas, un arenero de gato, trastos, una bombona de butano con telarañas, cajas viejas, una sombrilla rota. Caos doméstico y dejadez.

Y una cancela abierta.

Víctor se imaginaba a la vieja dejando abierta la terraza para que el gato saliera a voluntad.

Error.

Agarró fuerte el arma que había preparado para la ocasión: una herramienta larga, afilada, diseñada para matar ratas.

La había usado tantas veces que su peso era una extensión natural de su mano.

Se asomó por la cancela hacia una cocina en plena oscuridad.

Luego un pasillo estrecho, aún más oscuro, mal iluminado por la luz fantasmagórica de un televisor distante.

Avanzó entre figuritas de cerámica alineadas sobre los muebles.

Santos, animales, niños sonrientes. Entre ellas sobrevivían un par de portarretratos viejos, casi perdidos entre tanta cerámica.

Pequeños testigos inmóviles que parecían contemplar al intruso atravesar la casa.

Sobre ellas colgaban cuadros antiguos: paisajes de montañas descoloridas, bodegones oscurecidos por los años y alguna lámina religiosa amarillenta dentro de marcos demasiado grandes.

La casa olía a humedad y detergente barato.

La televisión murmuraba en el salón, muy bajo. Una voz exagerada, alegre, vendiendo cuchillos que cortaban verduras con pasmosa facilidad. La teletienda, la banda sonora de las noches desesperadas.

Víctor avanzó sin necesidad de luz, acostumbrado a la penumbra como una rata de madriguera. Su paso era sigiloso, alerta, atento a cualquier movimiento.

Llegó al salón. Encarnación estaba en el sillón, dormida.

La cabeza ladeada, el cuello inclinado como una rama demasiado vieja.

Las gafas resbalaban por el puente de la nariz.

Un vaso sin terminar descansaba sobre la mesa, el mando sobre su falda y unas viejas zapatillas de andar por casa cubriendo los pies enfundados en calcetines finos.

Un ronquido suave escapaba de su boca entreabierta por la que asomaba el brillo de saliva medio reseca.

Víctor la observó sin emoción. Era la misma mujer de siempre, la que gritaba desde el balcón, la que regañaba a los niños, la que discutía con todo el mundo. La que nunca había visto nada bueno en él. El mismo mueble viejo de siempre, solo que más cansado, más desgastado.

Recorrió el resto de la casa. Abrió puertas, miró habitaciones. Pero no había nadie más. Ni rastro de Darío.

De repente un ruido cercano le heló la sangre.

Un cascabel.

El roce de un gato en su pierna lo calmó enseguida. Apretó su arma, pero el animal no parecía hostil.

Víctor sintió cómo la adrenalina de la caza se desinflaba. Se dispuso a marcharse. Era lo lógico, ya que su presa no estaba. Podía marcharse impune, nadie lo había visto.

Pero la rabia ya empezaba a hervirle por dentro. La imagen de su hermano acurrucado en el colchón, temblando. Llorando como un animal herido.

Ya nada era igual. La emoción había desaparecido. La devoción de Dito, su entrega absoluta, su brillo idiota… Todo eso se había apagado. Por culpa de él. Del escritor con nueve dedos. Aquel niño gordo que nunca fue nadie y ahora sí era alguien. Demasiado alguien, al parecer.

Y eso no era justo.

Apretó los dientes. Se volvió hacia el salón. Encarnación seguía dormida mientras el televisor seguía hablando. Los cuchillos cortaban ahora un trozo de salmón.

Algo se encendió en la mirada de Víctor.

Un destello.

Una idea.

Un pensamiento venenoso.

Evocó las Olimpiadas de las ratas, cómo disfrutaba de verlas en apuros, sufriendo, luchando por sobrevivir. Y le gustaba, porque allí él era el ser supremo, el dios que ponía las trampas para que los seres inferiores pugnaran por su vida.

Y puesto que por culpa de Darío había perdido esa sensación, adaptaría su juego en venganza.

Ella.

Ella podía servir.

Ella podía pagar lo que su hijo había provocado en su hermano.

—Tú serás mi rata —murmuró.

***

A veces, cuando la rabia subía desde un lugar demasiado antiguo de su cuerpo, Víctor recordaba cosas que no debería recordar.

No escenas completas, no historias con principio y fin, sino impulsos.

Fogonazos. Movimientos del alma que no tenían explicación, que no provenían de ninguna emoción humana, sino de otra cosa, más primitiva, más limpia, más directa.

Y entre todos esos impulsos, había uno que regresaba con demasiada nitidez.

Había sido un día caluroso, de esos en los que la carretera ondula a lo lejos como una culebra herida.

Él estaba aparcado con la furgoneta de Sanicontrol en un arcén de camino rural.

Había ido a revisar una plaga en un caserón abandonado, pero aún era temprano y decidió esperar un poco en la sombra antes de entrar.

Tenía las ventanas bajadas. El aire parecía detenido a mitad de una respiración, cargado de polvo y hierba seca.

Y entonces los vio.

Dos niños. Dos críos de once años, quizá doce.

Jugaban en un campo al otro lado de la carretera.

No tenían mochilas. No llevaban móviles.

Nadie los vigilaba. Saltaban entre las matas altas, se empujaban, gritaban, reían como si el mundo no pudiera tocarlos nunca.

Corrían como corren los niños cuando todavía creen que nada malo puede encontrarlos.

Víctor los observó con una quietud que no tenía nada que ver con la curiosidad.

No, era otra cosa.

Algo más silencioso.

Más oscuro.

El sol les iluminaba la espalda. Corrían sin rumbo, como pequeñas presas inconscientes, marcando el terreno con movimientos torpes y previsibles. Y fue entonces cuando la idea brotó en él. No como un pensamiento. No como una fantasía. Como una orden.

Arrancar la furgoneta.