El Espejo de Los Dementes Capítulo 31 Clavándose en las paredes como agujas invisibles. #2
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Capítulo 31 Clavándose en las paredes como agujas invisibles. #2

El coche rojo, medio oculto en la maleza, había sido la primera señal.

Un mal presentimiento. Alguien había vuelto a entrar en la obra muerta.

Sabía que a veces algunos chavales venían allí buscando un rincón para beber, drogarse o hacer guarradas.

Pero siempre de noche y nunca dejando un coche cerca al amanecer.

Había avanzado despacio. El perro gruñía. Lanzó una voz desde fuera. Aunque la casa en obras no era suya, no soportaba que nadie invadiera una propiedad ajena. No hubo respuesta. El único sonido que perduraba era el olisqueo de su perro.

Entró prudente entre los muros desnudos. El aire olía a polvo y humedad. Y entonces lo había visto.

El cuerpo. Tirado en el suelo como una marioneta rota, aún atado a una silla. El cemento manchado de sangre seca. Charcos oscuros pegados al suelo. El agricultor se quedó helado. La garganta cerrada. Las arcadas subiendo.

No necesitó acercarse más.

La mano del cadáver, ennegrecida, mostraba un hueco absurdo. Le faltaban varios dedos. El perro ladraba sin parar, asustado, diríase que como si lo entendiera.

El hombre retrocedió a pasos cortos, casi torpes. Los ojos abiertos de par en par. El aire pesaba.

Ahora olía a hierro, a ceniza.

A muerte.

***

El informe de la autopsia fue contundente: signos evidentes de una tortura a niveles inhumanos. El cadáver presentaba múltiples lesiones compatibles con un proceso de tortura prolongada.

Las rodillas estaban destrozadas, astilladas desde el interior.

La fuerza repetida de un cincel y un martillo había pulverizado cartílago y hueso, reduciendo la articulación a un amasijo irreconocible.

En los tobillos, fracturas irregulares mostraban la misma mecánica de impacto.

Las clavículas y los hombros presentaban hundimientos profundos: los golpes habían deshecho las articulaciones, dejando marcas netas del instrumento en la superficie ósea.

Las costillas habían sido quebradas en abanico, varias de ellas hundidas hacia el interior, provocando desgarros internos y hemorragias.

Los dientes eran un paisaje de destrucción: piezas arrancadas de raíz, otras quebradas a la mitad, y restos de encías desgarradas que indicaban golpes contundentes en la boca.

El golpe mortal se localizaba en el centro del pecho: un cincel introducido con violencia en el esternón, atravesando hueso y penetrando directamente en el corazón. La muerte fue inmediata, aunque precedida por un sufrimiento extremo.

Tras el deceso, el cuerpo fue objeto de mutilación post mortem.

Faltaban varios dedos de una mano, amputados de forma irregular, como si hubieran sido serrados con herramientas rudimentarias.

Los fragmentos aparecieron dispersos en la escena: primero quemados en un fuego improvisado, luego aplastados hasta reducirse a cenizas uniformes.

Parte de los restos incinerados parecían haber sido retirados de la escena.

El conjunto describía un escenario de ensañamiento calculado: un suplicio que desarticuló cada sección del cuerpo hasta culminar en la destrucción final, seguido de un ritual macabro con las extremidades, como si la violencia no hubiera terminado con la muerte, sino que continuara más allá de ella.

***

El eco de las últimas palabras aún reptaba por la estancia, clavándose en las paredes como agujas invisibles. Martillo. Cincel. Huesos destrozados. El esternón hundido. Dedos reducidos a ceniza.

La descripción del subinspector Díaz había sido contundente, rica en detalles. Y mientras, ambos policías observaban, esperaban. Querían ver cómo reaccionaba el escritor ante la información.

Y estaba claro. El rostro del escritor, su lenguaje corporal, los cambios en su rictus al son de cada detalle escabroso. Imposible disimular eso. Imposible disimular cuando el verdadero horror te acaricia la nuca.

Darío permanecía hundido en el sofá, como si el cuerpo le pesara toneladas. El sudor le perlaba la frente, resbalando lento hacia sus mejillas hinchadas. Intentó hablar, pero lo único que emergió fue un murmullo áspero, un roce de aire que se apagó antes de ser palabra.

Y el olor.

Mejor dicho, los olores.

El laurel hervido era ahora una suma de carne quemada, serrín húmedo, amapolas marchitas, linimento…

Todo a la vez.

El mundo le dio vueltas.

Se lleva una mano al pecho. Se levanta a duras penas, tambaleante, como un animal herido que busca aire. Los policías se apartan apenas medio paso, sin dejar de observarlo.

Darío avanza hasta el ventanal del salón. La piscina al otro lado brilla en un azul artificial, quieta, muerta. Quiere abrir la hoja corrediza para dejar escapar esa presión que le oprime el estómago, pero sus dedos torpes resbalan en el marco metálico.

Demasiado tarde.

El vómito golpea el cristal con un sonido húmedo, repulsivo, expandiéndose en surcos viscosos que deforman el reflejo de su rostro. El olor ácido llena la sala. Un instante suspendido en el que todo se reduce a ese ruido líquido y la respiración jadeante de un hombre que se deshace por dentro.

Olmos y Díaz se miran. No hay palabras.

Definitivamente no hay manera de disimular aquello.

Darío Salvatierra no es un asesino que escondiera su culpa.

Es un despojo que apenas logra sostenerse en pie.

Y, sin embargo, mientras intenta recuperar el aliento, Darío aún ignora que aquello solo acababa de empezar.

Lo peor aún aguarda en silencio, detrás de la siguiente sombra.