El Espejo de Los Dementes Capítulo 31 Clavándose en las paredes como agujas invisibles.
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Capítulo 31 Clavándose en las paredes como agujas invisibles.

El timbre lo arrancó del sueño. Una vez. Otra. Demasiado temprano para traer nada bueno. Darío abrió los ojos lentamente en la penumbra de su habitación. El sonido persistía, metálico, casi impaciente.

Era raro. Muy raro.

Él había dejado avisado en la garita que no aceptaba visitas.

Ni fans desquiciados que llegaban con su ejemplar lleno de anotaciones enfermas, ni editoriales arrastradas buscando una oportunidad de vender humo, ni periodistas con la baba a punto de mancharle el suelo.

Su casa era un reducto blindado. Nadie debía tocar su puerta.

Y, sin embargo, allí estaba. El timbre insistiendo como un dedo obstinado en su sien.

Se levantó, arrastrando el cuerpo con una bata sobre los hombros.

De paso se miró en el espejo del pasillo: la imagen que le devolvió no necesitaba demasiada interpretación.

Las ojeras formaban un círculo violáceo permanente, sus ojos apagados parecían hundirse más cada día, y su cara, demacrada por el estrés de los susurros nocturnos, estaba contrarrestada grotescamente por los kilos que la comida basura y el alcohol le habían regalado.

Una especie de contradicción patética: un hombre consumido y sobrealimentado a la vez.

Se acercó a la mirilla electrónica. Había una pareja, una mujer y un hombre.

Descolgó el interfono. No dijo nada. La mujer, con una voz clara y cortante, pronunció:

—Policía. Abra, por favor.

Darío se quedó incrédulo. Un nudo se le hizo en el estómago. Pensó en los últimos días. El coche contra la editorial. El intento de asesinato. Toda aquella mierda acercándose cada vez más.

Frente a él, la inspectora Ángela Olmos se erguía como una sombra blanca: alta, delgada, con un porte que imponía respeto en el acto.

Su piel pálida resaltaba bajo la luz de la mañana.

Tenía una mirada inmóvil, incómoda, de esas que parecían esperar que uno cometiera el primer error.

A su lado, el subinspector Víctor Ramiro Díaz ofrecía un contraste palpable: joven, atlético, mirada cálida, aunque tensa; una firmeza que parecía estar aún en fase de ensayo.

—Señor Salvatierra —dijo Olmos, sin alzar demasiado la voz—. Necesitamos hablar con usted.

Él se hizo a un lado, invitando tácitamente el paso. Los condujo hasta la amplia cocina que compartía espacio con el también enorme salón. El silencio del chalet acompañaba cada pisada, como si la casa misma se negara a ser testigo.

En la cocina, la isla central de mármol actuó como mesa de interrogatorio improvisada. Los tres se sentaron en taburetes a juego. Darío no ofreció café ni nada más; apenas llenó un vaso de agua y lo bebió con sorbos bruscos, como si quisiera tragarse de una vez la incomodidad de tenerlos allí.

Los policías se acomodaron. El sol entraba en haces finos por la ventana a través de la cual brillaba la superficie ondulante de la piscina.

La cocina se llenó de un silencio expectante. El agua que Darío había bebido parecía más ruidosa que cualquier palabra. Fue Olmos quien lo rompió con la calma afilada de quien ya tiene un mapa mental de la conversación.

—Señor Salvatierra… ¿dónde estuvo hace dos noches?

El escritor parpadeó, como si la pregunta lo hubiera sorprendido en un punto vulnerable. Se aclaró la garganta.

—Salí a cenar al restaurante Piamonte con… una amiga. Después vinimos aquí, al chalet. Desde entonces no he salido.

Olmos ladeó la cabeza, como midiendo el peso de cada palabra. Su compañero atacó desde otro flanco:

—¿Y cómo se llama esa amiga?

El silencio lo arañó. Darío se quedó en blanco. La cara se le encendió de calor. La veía con nitidez en su memoria: la fan de la piscina, parloteando sin parar sobre Lovecraft, con el pelo mojado pegado a la piel. Pero el nombre… nada. Un vacío.

—No lo… no lo recuerdo ahora mismo —murmuró, sonrojado.

El subinspector Ramiro arqueó una ceja, dejando escapar una sonrisa que tenía más de reproche que de burla.

—Pues entonces no era tan amiga.

Darío sintió la respuesta subirle a la lengua, una barbaridad cargada de rabia. Estuvo a punto de escupirla, pero se contuvo. Dos policías no llamaban a tu puerta por cualquier nimiedad. Había que medir cada palabra.

El silencio volvió a pesar en la cocina, hasta que la inspectora lo atravesó con precisión quirúrgica:

—Vale, una amiga en el restaurante Piamonte. ¿Qué comió usted?

Darío chasqueó la lengua, molesto. Había leído suficientes novelas policiacas, incluso escrito alguna, para intuir que aquellas preguntas tan directas tenían una intención.

—Solomillo ibérico con salsa de trufa… o de setas, qué sé yo, algo así —dijo con sarcasmo.

Olmos no parpadeó. Su compañero contraatacó:

—Y ella, ¿qué comió?

El escritor se inclinó sobre la barra, casi desafiándolo.

—Una ensalada. Concretamente una ensalada que llevaba un trozo de queso de cabra y nueces.

Eso sí se lo puedo precisar. También le puedo decir que nos bebimos una botella de vino, y yo además me tomé tres pintas de cerveza.

Dos mientras la esperaba en el restaurante y otra cuando ya nos acabamos la botella. Y un chupito de limoncello.

Sonrió de lado, como si esa enumeración exhaustiva fuera una bofetada de ironía.

—Y vinimos en el coche de ella hasta aquí. Un coche gris. Pregunten en la garita… Ah, y follamos. Yo me puse debajo, por si quieren contrastarlo.

El eco de sus palabras quedó suspendido sobre la isla de mármol. Díaz lo observaba, anotando mentalmente; Olmos, en cambio, lo miraba como quien desmonta un mecanismo para ver qué engranaje chirría.

Ella no parpadeó. Su voz sonó neutra:

—¿Desde cuándo no ve a Horacio Maldonado?

Darío abrió la boca para responder. Una réplica rápida, banal, estaba ya en su garganta… pero se calló. Como si las palabras se hubieran roto antes de salir.

Las llamadas a las 3 de la mañana.

El mensaje.

Todo le golpeó de pronto en la memoria.

Y con ello, un olor.

Un olor que no estaba allí.

Laurel hervido.

El aroma se le clavó en la nariz con la violencia de lo inexistente. El silencio se prolongó. Los dos policías se miraron entre sí, apenas un gesto, pero cargado de sospecha. El escritor lo percibió.

El sarcasmo que antes lo protegía se había evaporado.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó al fin, la voz más baja.

—¿Por qué cree usted que le ha pasado algo? —replicó el subinspector.

Darío quiso contestar lo obvio: que la mera presencia de la policía en su cocina era ya un presagio suficiente. Pero algo en él se quebró. Se levantó sin más explicación, salió de la cocina y regresó con su móvil en la mano.

—Miren.

Les mostró la pantalla: las llamadas perdidas, el mensaje. “Tengo una emergencia muy importante. Necesitaría que nos viéramos ahora. Por favor.”

Los dos inclinaron la cabeza, leyendo.

—¿Por qué no contestó? —preguntó la inspectora, clavando sus ojos grises en él.

—Ya les he dicho lo que estaba haciendo esa noche.

Díaz volvió a inquirir, inclinándose hacia él con tono incisivo:

—¿Y después? ¿Y al día siguiente? ¿Ni siquiera respondió al mensaje? ¿Por qué?

Darío meditó. El olor era insoportable ahora, como si el vapor de laurel lo envolviera en una cocina fantasma. No se guardó nada. Entendió que, si quería llegar a la verdad, debía empezar entregando la suya.

—Porque no lo soporto —dijo finalmente, con una dureza desnuda—. Cuando yo no era nadie, me ignoraba. Me trataba como si estuviera perdiendo el tiempo conmigo. Es engreído, interesado y pérfido. Y ahora que tengo éxito… es un lameculos, un rastrero adulador.

Las palabras cayeron como piedras sobre la repisa de mármol. Olmos guardó silencio. No anotó nada, no intercambió una mirada con su compañero. Simplemente dejó que las palabras de Darío permanecieran allí, entre los tres.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio? —preguntó Olmos, sin apartar la mirada.

—Hace una semana… quizá más. No podría decirle. Como he dicho, evitaba al máximo el contacto.

La pausa que siguió era un pozo. Olmos lo sostuvo con paciencia científica, hasta que Darío, casi en un susurro, añadió:

—Ahora es cuando me dicen qué ha pasado.

Los policías se miraron. Una orden muda atravesó los ojos de la inspectora hacia Díaz. El subinspector asintió apenas, y fue él quien habló:

—Ha sido asesinado.

El olor lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Un aroma invisible que se le metía en la nariz, en los poros, en la garganta.

Su mente le gritaba lo mismo de siempre: todo está conectado, los olores, los susurros, las pesadillas, el libro, los incidentes… y ahora esto.

—¿Cómo? —alcanzó a decir.

Olmos respondió con la misma calma con la que uno cierra un expediente.

—Ha sido torturado.

El suelo se inclinó bajo sus pies. Un mareo le sacudió el cuerpo entero.

Sin pedir permiso, se levantó tambaleante, bajo la mirada fija de los dos policías.

El vaso de agua quedó a medio vacío sobre la isla.

Atravesó la estancia como pudo, se dejó caer en el sofá del salón, el aire denso pegado a la piel.

—¿Torturado? —repitió, apenas audible.

Y entonces, como una marea negra, reflotó la imagen de Irene: las manchas en su rostro, la viveza intacta de su mirada, el amuleto penduleando como un péndulo de advertencia, y sus palabras clavándose ahora como cuchillas en el pecho.

Y aun así has seguido…

Sin importar el daño...

Sin medir las consecuencias…

Darío cerró los ojos, pero la voz siguió allí, más real que el olor.

***

El agricultor se había acercado a la obra inconclusa que estaba camino de su finca.

Era un hombre jubilado que disfrutaba de mantener vivo su pequeño huerto que tenía a las afueras de la ciudad.

Le gustaba regalar hortalizas a amigos y familiares de las que se mostraba ciertamente orgulloso.

Todo lo que comemos hoy en día es mierda, decía a sus allegados. Nada como criarte lo que comes.

Su perro iba delante, husmeando entre cascotes y hierros oxidados. La mañana, hasta entonces clara, se había vuelto espesa en aquel lugar.