El Espejo de Los Dementes Capítulo 30 La boca reseca como un pozo abandonado #2
72%

Capítulo 30 La boca reseca como un pozo abandonado #2

Empujó la gran puerta metálica. Casi se trabó en la bisagra oxidada. El chirrido lo recibió como un saludo enfermo.

Dentro, aguardaban las ratas.

Todas en su sitio. Todas vivas. Todas nerviosas, moviéndose como una sola masa inquieta bajo el parpadeo de la luz amarillenta. Las jaulas vibraban. Los barrotes temblaban con pequeños golpes rítmicos, como si supieran que su amo había regresado y no sabían si alegrarse o esconderse.

Pero Dito no estaba.

Víctor avanzó entre las filas de jaulas, esquivando montones de virutas, restos de comida, envoltorios sucios que nadie recogería jamás.

La nave olía a hierro, a humedad, a excrementos de roedor, a un tipo de vida que ningún organismo sano debería respirar.

No llamó a su hermano. Solo tensó la mandíbula, un gesto casi imperceptible. Ese gesto en él equivalía a un grito.

Algo no iba bien.

Abrió la puerta del pequeño cuarto del fondo.

El olor lo golpeó de inmediato: sudor rancio, colchón húmedo, comida podrida y ese perfume agrio del orín seco.

Y allí estaba Dito, acurrucado en su cama hundida, con las manos enterradas en la cara, el cuerpo agitado por un llanto espeso, infantil, desesperado.

El hermano mayor se detuvo en el umbral. No supo por qué no entró al instante. Quizás porque aquella imagen le resultaba incómoda. No dolorosa, ni siquiera triste: incómoda. Como ver un engranaje deformado en una máquina que debía funcionar sin fallos.

—Dito.

El nombre cayó como una piedra.

Su hermano levantó la cabeza despacio, con los ojos hinchados, rojos, asustados. Su rostro se abrió en un gesto de alivio débil, como el de un niño que encuentra de nuevo a su madre después de haberse perdido entre la multitud.

—Víctor… —susurró—. Hermano… hermano…

Intentó levantarse. Intentó abrazarlo. Sus brazos gruesos, temblorosos, se estiraron hacia él con una necesidad infantil. Pero Víctor retrocedió un paso, seco, cortante. No soportaba el contacto físico. Ni con Dito, ni con nadie. Nunca lo había soportado.

Aun así, concedió un amago de abrazo, apenas un brazo por encima de un cuerpo mugriento, seboso, que buscaba consuelo.

Dito se encogió sobre sí mismo bajo el brazo de su hermano.

Tragó saliva, se limpió la nariz con el dorso del brazo, dejando un rastro brillante en la piel.

Tenía pintura roja en las uñas, restos de haber marcado ratas horas antes.

Un niño enorme y roto.

—He tenido… —gimió—. He tenido la pesadilla…

Víctor exhaló con fastidio. Las palabras “la pesadilla” eran ya un mantra gastado.

Llevaba semanas escuchándolas cada noche, cada mañana, cada día.

Desde hacía mucho tiempo su hermano ya no era el mismo.

Sus ojos habían perdido esa devoción simple y ciega que siempre le había profesado.

Ahora estaban turbios, húmedos, rotos por dentro.

—Sí, ya lo sé. Las ratas no te van a hacer nada. Son tus amigas, ya lo sabes —dijo Víctor, deshaciendo el contacto y dándose la vuelta para marcar distancia.

Pero Dito lo había agarrado de la manga. Su mano temblaba.

Víctor se quedó quieto. No giró la cabeza, pero su cuerpo sí. Un ángulo mínimo, suficiente para escuchar.

—Las jaulas se abrían… solas… —la voz era un murmullo roto, aturullado—. Y yo estaba atado… las ratas salían… venían hacia mí… encima de mí… todas a la vez… me mordían… me comían… Víctor, me comían…

Nada nuevo.

Nada que no hubiera oído cien veces.

El hermano mayor estuvo a punto de alejarse, montarse en la furgoneta y dejar que la histeria de Dito se apagara por agotamiento. Pero entonces su hermano añadió algo.

Algo nuevo.

Algo que nunca antes había dicho.

—…y la máquina de escribir no paraba de sonar…

Víctor frunció apenas el ceño.

Una máquina de escribir.

Aquello no encajaba.

No pertenecía al mundo de Dito. Su hermano llevaba años encerrado entre aquellas paredes sucias, comiendo comida basura, respirando el olor de su propia falta de higiene que se mezclaba con la mierda de roedor, sin estímulos externos, sin televisión.

Su universo era pequeño. Miserable. Apenas compuesto por cuidar, alimentar y clasificar ratas, esperando ansiosamente la siguiente prueba de las Olimpiadas. Nada más.

No leía, no escribía, apenas entendía el mundo más allá del almacén.

Entonces… ¿de dónde había salido aquello?

¿Una máquina de escribir?

Algo en el fondo de Víctor se tensó.

Fue un acto reflejo. Antiguo. Animal.

Su instinto de cazador se puso en guardia.

—Clac… clac… clac… —su hermano imitaba el sonido, con la voz baja, temblorosa—. Y cada vez que sonaba… las ratas avanzaban un poco más. Es como si se movieran solo cuando la máquina sonaba. Clac… clac… clac…clac…clac…

En la nave, como si recordaran el eco de aquel ruido ficticio, las ratas empezaron a inquietarse. Víctor sintió que el aire se espesaba. Aguardó. Dito levantó la mirada. Sus ojos parecían dos heridas abiertas.

—El hombre… —susurró—. El Hombre con Nueve Dedos.

El hermano mayor no respiró durante un segundo. Quizá dos. El silencio se pegó a las paredes.

—¿Qué hombre? —preguntó al fin.

—El hombre que escribe… el que las controla. El que escribe… y ellas lo obedecen… Víctor… yo lo vi… Lo vi en la pesadilla… le faltaba un dedo…

Más sollozos, murmullos, frases incomprensibles.

Todo apuntaba a que había sido una nueva pesadilla.

Extraña, sí; pero a saber qué clase de desorden habitaba en el subconsciente de su hermano y de dónde había venido esa ocurrencia.

La incomodidad volvió a crecer. Entonces se dispuso a cortar aquel llanto de niño grande, darle la comida y largarse de allí hasta que…

—¿Qué le he hecho yo a ese hombre…? Si nuestros papás eran vecinos…

Una corriente fría que recorre la espalda. Un chispazo de intuición prendió en Víctor Raspini.

—¿Lo conoces?

—Sí… me acuerdo de él… Recuerdo que vivía donde vivían los papás… que su madre era muy gruñona….

Víctor sintió un roce incómodo en la memoria.

La urbanización donde siempre ha vivido su familia.

Aquellos bloques grises, los patios comunes de cemento agrietado.

Dito de pequeño jugando con una pelota. Obeso ya desde niño.

Torpe, sudoroso. Emitiendo sonidos inteligibles de alegría.

Una criatura que avergonzaba a sus padres y luego, cuando Víctor creció, empezó a avergonzarlo a él.

También recordó a la vieja del primero, siempre regañando a los niños que jugaban a la pelota. El gesto permanente de asco en la boca.

Una vieja que allí sigue, viviendo en el mismo sitio.

La madre de aquel niño raro. Un niño que vio crecer en el barrio, gordito, con pocos amigos. Un adolescente torpe que nunca hablaba con nadie, con el que se cruzaba en la urbanización, en la calle, en el parque, en el instituto…

Y ahora es un escritor famoso.

Hace poco, estuvo en casa de unas vecinas desinfectando un cuarto de baño. Hablaban de aquel muchacho, callado y solitario que se había hecho famoso escribiendo. Había vendido miles de copias. El hijo de Encarnación. Darío Salvatierra.

Un hombre que tuvo un accidente en una imprenta.

Y perdió un dedo.

Y ahora solo tenía nueve dedos.

Recordó seguir viéndolo por la urbanización de forma esporádica. Cómo olvidar aquel dedo incompleto, aquel muñón…

Cuando Víctor abrió los ojos, el mundo había cambiado. Dito lo observaba con terror. Desde aquellas pesadillas, ya nada era igual. Las Olimpiadas habían dejado de ser lo mismo. Las ratas ya no entusiasmaban a Dito. Incluso su forma de mirarlo había cambiado.

No era que hubiera dejado de obedecerlo.

Era peor. Dito se estaba deshaciendo por dentro.

Estaba ausente, asustadizo, sobresaltado, perdido en rincones de su cabeza que parecían seguir reviviendo la pesadilla.

Se notaba incluso en la forma de tratar a las ratas; ya no las acariciaba con aquella devoción infantil, no les hablaba con el mismo cariño, sino con una cautela enfermiza, como si en cualquier momento fueran a abrirle la carne a mordiscos.

Y Víctor odiaba aquello.

Porque necesitaba a su hermano entero.

Necesitaba esa devoción ciega y simple. Esa mirada húmeda de perro fiel. La sensación de entrar en una habitación y seguir siendo el centro del mundo para alguien.

Necesitaba sentirse enorme dentro de la cabeza de su hermano.

Pero ahora había algo más allí dentro.

Algo que ocupaba espacio.

Algo que le estaba robando terreno.

Y Dito era suyo.

Víctor siente un pinchazo de rabia.

Profunda.

Seca.

Metálica.

—Dito —dice, con voz baja—. Si te digo… que conozco a ese hombre con nueve dedos… ¿quieres que vaya a buscarlo?

Dito palidece. Parpadea varias veces.

Está temblando.

—No… —susurró—. No, por favor, Víctor… no lo traigas aquí… Dile que pare…

El hermano mayor inclina ligeramente la cabeza. Apenas un gesto. Una concesión mínima.

—¿Que pare?

—Sí… —Dito llora—. Que pare de escribir…

Víctor respira hondo. Cuando expulsa el aire, la decisión ya estaba tomada.

—No te preocupes...

Un silencio.

Un silencio que pesa como un bloque de hierro hundiéndose en un estanque profundo, oscuro.

—Haré que deje de escribir.

Y las ratas, como si hubieran entendido cada palabra, se quedan quietas.

Muy quietas.

Demasiado quietas.