Capítulo 30 La boca reseca como un pozo abandonado
La habitación aún olía a alcohol caro, aunque alcohol, al fin y al cabo, y sudor agrio cuando el teléfono empezó a vibrar con una insistencia obscena.
Darío, jadeante, con el cuerpo hundido en el colchón y la frente perlada de sudor, giró la cabeza hacia el teléfono.
¿Quién coño llama a las tres de la mañana?
La pantalla iluminó la penumbra: Horacio Maldonado.
La mujer encima de él seguía moviéndose con compulsión mecánica, como si el sexo fuera una continuación natural de la borrachera.
—Que le follen —escupió en voz alta, apartando el móvil de un manotazo—. Esta sanguijuela no tiene fondo.
El nombre de Horacio siguió parpadeando unos segundos en la pantalla, como un insecto atrapado en la luz, hasta extinguirse en la oscuridad.
El resto fue un colofón inevitable. Darío se corrió dentro de la mujer sin un ápice de ternura, con el corazón acelerado por el ron y la fatiga. No tardó en dormirse.
***
Despertó tarde, con la boca reseca como un pozo abandonado y un zumbido metálico en las sienes. El sol del mediodía caía a plomo sobre el chalet, proyectando haces de luz polvorienta a través de las rendijas de la persiana. El otro lado de la cama estaba vacío.
Había dormido algo, por suerte. Cuando se emborrachaba de forma extrema lograba acallar ese runrún de los susurros que seguía ahí, dentro de él, en algún sitio, como una herida que nunca terminara de sanar y supurara sangre y pus.
Se incorporó torpemente, como una resurrección a cámara lenta, frotándose los ojos.
Desde la ventana vio la piscina: allí estaba ella, la admiradora que conoció anoche, chapoteando bajo la luz, con una despreocupación que lo hizo sentir invadido en su propio territorio.
La visión le generó un agobio inmediato, como si su simple presencia arruinara el silencio hostil que tanto necesitaba.
Su primera reacción fue buscar una excusa para deshacerse de ella.
Tardó en reactivarse y ponerse algo de ropa. Luego vasos de agua, ibuprofeno, un estómago revuelto. Búsqueda de algo comestible en la nevera. Si no fuera por la asistenta, su nevera sería la tristeza personificada. Embutido y pan como almuerzo rápido. Y más agua.
Salió al exterior cuando la chica salía del agua, el cabello empapado pegado al rostro. Darío ya había improvisado su coartada. La recibió en la terraza, con un gesto incómodo:
—He mirado mi agenda… —dijo, la voz áspera, fingiendo gravedad—. Y resulta que tengo un compromiso muy importante esta tarde. Vas a tener que marcharte… disculpa.
Ella no respondió. Caminó hacia el interior de la vivienda, indiferente, dejando un rastro húmedo en el suelo de piedra. Minutos después, reapareció vestida, con el bolso colgado del hombro.
Se detuvo frente a él. Sus ojos brillaban, no de ternura, sino de burla.
—¿Sabes lo que me dijiste anoche? —preguntó, con una media sonrisa venenosa—. Que tenías todo el día libre. Incluso me enseñaste tu agenda vacía como un payaso. Pero claro, se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. En este caso, se pilla antes a un borracho que a un cojo.
Darío frunció el ceño, buscando un resquicio de defensa.
—Yo…
—Así que vete a tomar por culo —lo interrumpió ella, con un tono seco, definitivo—. Tú, tu chalet y tu libro de mierda.
La puerta se cerró tras ella con un estruendo que resonó demasiado en las paredes, como si la casa misma se burlara de él. El eco de las palabras aún vibraba en el aire junto al olor a césped regado y adelfas húmedas. Al menos eran olores verdaderos.
Y volvió a quedarse solo.
Y lo peor era que no le importaba.
Casi lo aliviaba.
Se tumbó en una hamaca. El sol apenas le acariciaba los pies, era agradable. Cerró los ojos, esperando que su resaca se aplacara.
Volvió a quedarse dormido.
***
Los Jardines de Jovellanos se alzaban sobre la ciudad como una corona de mármol y cristal.
Una urbanización cerrada, levantada en lo alto de un promontorio que dominaba los barrios bajos como un rey contempla a sus súbditos.
Desde allí, los chalets de lujo parecían ajenos al mundo, con jardines geométricos, piscinas privadas y verjas impecablemente pintadas.
Todo dispuesto para dar la ilusión de una paz que nunca se mancha.
El acceso era único: una carretera estrecha que ascendía hasta una garita con dos vigilantes uniformados.
Su presencia, más que tranquilizar, recordaba que aquel lugar no era una simple urbanización, sino un territorio blindado.
El ojo electrónico de una cámara giraba con un tic constante, siguiendo los vehículos que entraban y salían, archivando rostros y matrículas en silencio.
Fue allí donde un pequeño Seat gris salió despacio, atravesando el control con la indiferencia de quien cree que nunca ha sido observado. La muchacha de la piscina lo conducía, el pelo todavía húmedo recogido en una coleta apresurada.
Ella no reparó en un detalle. Había otro coche estacionado a unos metros, con las ventanillas apenas entornadas, observando el tránsito.
En el interior, el doctor Isaías Albuquerque vigilaba.
La garita con los vigilantes era un inconveniente. Aquella seguridad privada complicaba lo que, de otro modo, habría sido sencillo. Hasta entonces no había tenido que enfrentarse a cámaras, registros de matrículas ni controles de acceso.
Solo podía esperar. Montar guardia hasta ver salir a la verdadera presa. No podía forzar las cosas. No en este lugar.
La paciencia podía ser una forma refinada de violencia. Un destello de sudor resbaló por su sien. Bajo aquella calma impecable, algo latía con fuerza creciente. No era nerviosismo, más bien expectación. Quería llegar hasta aquel misterioso hombre.
El reloj del tablero marcaba la hora; pronto debería volver a la clínica. La rutina era su disfraz más eficaz: un médico ocupado, irreprochable, siempre presente en el hospital. Nadie debía sospechar que, en las sombras, aguardaba como un depredador.
La policía estaba al acecho, lo sabía. Y pronto, cuando se descubriera aquel cadáver grasiento, debía disfrazar su vida de la máxima normalidad.
El agente literario, anoche…
La imagen de Nazario levantando el martillo.
El cincel brillando bajo la lámpara portátil.
CLANG. CLANG…
Los alaridos. Las súplicas. El cuerpo sacudiéndose sobre la silla. El instante exacto en que el dolor atraviesa el límite humano y empieza a convertirse en otra cosa. Algo puro. Algo absoluto.
CLANG. CLANG. CLANG…
El cincel perforando rodillas, tobillos, hombros, costillas.
El último golpe en pleno esternón. Después el silencio, el cuerpo que deja de moverse.
Nazario había estado exultante. Y había obtenido después su premio.
Sus cenizas.
Alargó una mano hacia una carpeta que dormitaba en el asiento del acompañante. Sacó un dibujo. La visión de Dani de aquella tortura.
Oh, Dani… esto es lo que quiero de ti.
Un retrato impresionante de la tortura.
Se relamió los labios.
Empezó a sentir una erección…
Bajó lentamente una mano a su entrepierna para acariciarse.
Entonces, un claxon cercano lo devolvió a la realidad. Miró alrededor, se trataba de una trifulca entre dos conductores. Pero eso le había recordado que debía volver a la clínica. Miró una vez más la urbanización.
La caza debería esperar.
El Hombre de los Nueve Dedos tendría que esperar.
***
El sol había trepado lo suficiente como para convertir el aire en un espejo abrasador. Darío se despertó en la hamaca de la terraza, con la piel húmeda de sudor y el estómago gruñendo como un animal olvidado. Se había quedado allí dormido, medio en sombra, medio bajo el filo implacable de la luz.
Tenía sed, mucha sed. La resaca seguía pidiendo agua.
Con torpeza, se incorporó. La hamaca crujió, quejándose bajo su peso.
Sus pies descalzos buscaron el suelo caliente de piedra.
Entró en el chalet buscando el dormitorio y avanzó hasta la cocina.
Bebió agua directamente de la jarra que había en la nevera, mojándole el pecho y la barbilla.
Tenía hambre, pero primero necesitaba una ducha. Se acercó al dormitorio a desvestirse.
El móvil en la mesita de noche emitía una luz de aviso.
Entonces recordó que alguien lo había llamado de madrugada mientras estaba fornicando.
¿Quién había sido? Muy poca gente tenía su número nuevo desde que era famoso.
Hurgó un poco más en su memoria hasta rescatar el nombre de Horacio en la pantalla. Horacio, cómo no. Menudo gilipollas.
Agarró el aparato. La pantalla, ennegrecida por horas de silencio, se iluminó con un toque torpe de sus dedos. Entre notificaciones anodinas apareció un mensaje. También de su agente.
“Tengo una emergencia muy importante. Necesitaría que nos viéramos ahora. Por favor.”
Darío frunció el entrecejo. Repasó las palabras varias veces, incrédulo.
¿Por favor?
El engreído de Horacio, el dandi grasiento de colonia barata, escribiendo con humildad. Reconociendo que necesitaba ayuda. A él. A Darío.
Se encogió de hombros. Que se jodiera.
Sin darle más importancia, deslizó el mensaje fuera de la pantalla. Marcó en la aplicación de reparto el restaurante más cercano. Necesitaba hidratos de carbono, grasa, azúcar. Una hamburguesa doble, patatas grasientas, algún recipiente de salsa precocinada.
Mientras confirmaba el pedido, el mensaje seguía ahí, flotando como una astilla en la pantalla. Una súplica. Un por favor.
Y, aun así, Darío lo ignoró.
***
La furgoneta avanzó entre las naves del polígono industrial como un animal cansado.
El motor rugió una última vez antes de apagarse, dejando un silencio pesado, el tipo de silencio que parece absorber el aire y devolverlo lleno de polvo.
Víctor Raspini descendió con la bolsa de comida en la mano, esa mezcla de restos precocinados, latas abolladas y pan de molde que nunca llegaba a estar fresco.
No sabía cocinar. No quería cocinar. Alimentar a Dito era una obligación más, un trámite, como limpiar una jaula demasiado llena o tirar un cadáver de rata al contenedor.