Capítulo 29 Una detonación de sangre y placer
El despertar fue una punzada, un golpe seco dentro de la cabeza. Horacio abrió los ojos y descubrió que no había oscuridad absoluta, sino una penumbra rojiza: la luz filtrada a través de la chapa ardiente del maletero. El aire estaba inmóvil, recalentado, demasiado usado ya para respirarlo.
Intentó moverse y sintió las muñecas mordidas por cinta americana.
Lo mismo en los tobillos. Atado, inmóvil, reducido a un bulto de carne sudorosa dentro de un ataúd metálico.
El calor lo ahogaba, tenía la boca completamente seca, cada trago de aire quemaba los pulmones. Y la resaca lo empeoraba todo.
Durante unos segundos no entendió nada. Su mente estaba llena de niebla, como si siguiera borracho. Pero los recuerdos comenzaron a filtrarse a golpes. La tertulia. Su voz engolada, la gente arremolinada alrededor, los asentimientos hipócritas, el vino demasiado ácido.
Y luego… ese hombre.
Ese rostro. Esa mirada gris que no lo escuchaba: lo radiografiaba. Y después, ya en el coche, la voz tranquila desde el asiento trasero. El peso de aquel silencio. Y el pinchazo. Sí. Una aguja entrando en su hombro, rápido, preciso, desde atrás.
El recuerdo lo atravesó con un escalofrío que lo hizo temblar pese al calor.
Trató de gritar, pero la voz le salió seca, rota, apenas un graznido ahogado contra la chapa.
Intentó revolverse, girarse, ganar espacio, pero el maletero no le permitía más que convulsiones torpes.
Golpeó con los pies, con las rodillas, lo que pudo.
El ruido fue sordo, inútil. Nadie respondía.
Desesperado, bajó la cabeza como pudo y mordió la cinta de sus muñecas. El sabor era amargo, químico, pegajoso. Masticó hasta casi desgarrarse las encías, pero la cinta solo cedió unos milímetros, y se le quedó pegada entre los dientes. Escupió, tosió, sintió náusea.
El calor aumentaba. El aire se había vuelto una sustancia espesa que tenía que tragarse para poder respirar. La sed le petrificaba la lengua y la garganta. El sudor le empapaba la camisa, le corría por la frente en riachuelos que ardían al meterse en los ojos.
Volvió a gritar. Esta vez más fuerte, con toda la fuerza de sus pulmones, hasta que la garganta se le desgarró y la voz se volvió un ladrido ronco. Golpeó la tapa con la cabeza, con los talones, pero nada. El coche estaba detenido, inmóvil, pero impenetrable.
***
Imposible adivinar el tiempo que había pasado.
El calor lo había dejado medio muerto. La lengua era una corteza seca pegada al paladar.
Cada bocanada de aire sabía a goma caliente, metal y sudor rancio.
El sudor, costras saladas en la frente. Los brazos, atrapados bajo la cinta, estaban entumecidos hasta el horror.
No los sentía como miembros, sino como pedazos de carne olvidados al final de su cuerpo.
Ya había desistido de gritar y golpear mientras se desangraba su propia esperanza.
De pronto, un chasquido.
La cerradura claqueó y el maletero se abrió. Un torrente de aire fresco lo golpeó como agua helada. Horacio jadeó desesperadamente, tragando oxígeno con espasmos animales, como si acabara de salir de una tumba.
En el exterior, ya era de noche.
Y entonces lo vio.
El rostro inclinado sobre él. Los ojos grises. Fríos. Científicos.
El hombre del pinchazo.
Isaías Albuquerque lo observaba inclinado sobre la abertura, recortado contra la noche como una aparición clínica y monstruosa.
Su expresión era insoportablemente tranquila.
Lo miraba igual que un cirujano contempla un órgano enfermo antes de abrirlo.
Igual que un científico examinara un insecto clavado con un alfiler.
No había odio allí, tampoco compasión. Solo cálculo.
Horacio quiso gritar, pero de su garganta solo escapó un gemido áspero, roto. Intentó retroceder, encogerse, desaparecer dentro del maletero.
Entonces otras figuras emergieron detrás del doctor. No distinguía sus rostros. Solo veía manos. Muchas manos. Lo agarraron al mismo tiempo. Dedos firmes hundiéndose en su carne sudada. Lo levantaron con una facilidad obscena, como si no pesara nada, como si ya estuviera muerto.
Y entonces Horacio comprendió algo terrible.
Aquello era más que un secuestro.
Lo trasladaban a algún sitio para hacerle algo.
El pánico le atravesó el pecho con tanta violencia que creyó que el corazón iba a desgarrársele por dentro.
***
El doctor Albuquerque los dirigía en silencio. Sus pacientes obedecían, fieles.
Cada mañana, de camino al centro Rocablanca, Isaías pasaba frente a una casa en construcción.
Una obra detenida, abandonada. El esqueleto de una vivienda perdida en medio del campo.
Sin obreros, sin materiales provisionales a la mano.
Solo algunos muros desnudos y algunas vigas oxidadas clavadas contra el cielo.
Perfecta.
Aislada.
Y es allí donde Horacio era arrastrado. Su vehículo estaba oculto bajo un árbol ajeno a cualquier vista desde la carretera. Paralizado de terror, apenas opuso resistencia. Habría sido inútil. Una mole del tamaño de Harpo lo sujetaba con facilidad.
El eco de las pisadas retumbaba en la obra vacía.
Cemento desnudo. Paredes sin pintar. Agujeros abiertos en el suelo como bocas negras.
El abandono impregnaba el lugar de una quietud antinatural.
Dani iba delante. Una linterna en su mano abría túneles de luz que cortaban la oscuridad.
El polvo flotaba en el aire como ceniza suspendida.
Lo sentaron en una silla metálica. Una silla barata, publicitaria, con el logo desteñido de una marca de cerveza. Horacio respiraba entrecortadamente. Sus ojos cargados de terror recorrían la escena buscando algo… cualquier cosa… una salida, un error, humanidad en alguno de aquellos rostros.
El doctor Albuquerque apareció desde la penumbra cargando una enorme bolsa deportiva que colgaba de su hombro. La apoyó en el suelo dejando en el aire un golpe que resonó metálico. El agente editorial se estremeció. El sonido lo atravesó como un presentimiento.
La linterna lo enfocaba a él ahora todo el rato, impidiéndole ver más allá del haz de luz. Había contado a cuatro personas. Además del jefe, el hombre grande que lo había trasladado, el de la linterna y otro más, semioculto entre las sombras, que lo miraba de forma inquietante.
—Alumbra aquí, Dani.
El foco giró hacia el macuto del suelo. El doctor lo abrió con calma.
Metódico, sin prisa. Ese era el verdadero horror: la ausencia total de nerviosismo.
La naturalidad. Como si estuviera preparando instrumentos para una operación rutinaria.
Sacó una lámpara grande, portátil, de pilas.
La apoyó en el suelo y la encendió. La estancia cobró luz pálida, difusa, que no borraba las sombras: las estiraba, las retorcía en figuras espectrales sobre las paredes de hormigón.
Un escenario fantasmagórico.
Luego sacó unas correas y se acercó a Horacio.
Este se tensó y comenzó a suplicar, pero no sirvió de nada.
Solo pudo contemplar cómo lo sujetaban con fuerza a la silla.
La cinta americana seguía impidiendo la movilidad de sus manos y ahora los codos estaban atados hacia atrás contra la silla.
Los pies también fueron aprisionados. El doctor maniobraba y los otros miraban.
Pronto sería al revés.
Horacio ya no podía moverse. Solo temblar.
El eco de metales dentro de la bolsa le devoraba la cordura.
Objetos que no veía. ¿Serían herramientas?
¿O sería algo peor?
No entendía nada. Le temblaban los labios. Aquello tenía que ser un malentendido. Le constaba que en su vida había gente que lo odiaba, pero no para montar aquello. Sí, eso tenía que ser, un malentendido. Intentó hablar, explicarlo, pero de su garganta reseca y aterrada solo salió un murmullo.
Nazario lo observaba desde la esquina. Los ojos hundidos, llenos de algo antiguo. Una mirada de depredador. Silenciosa, sin pestañeo. Espeluznante.
Harpo, en cambio, estaba ausente. Como si nada de aquello fuera con él. Como si su mente estuviera lejos, en un paisaje sin violencia, ajeno al horror que se preparaba.
Dani lo miraba con una expectación infantil. No parecía preguntarse qué iba a ocurrir. Parecía estar esperando que empezara.
Porque sabe que va a pasar algo.
Y el doctor, con esa calma suya, ya estaba buscando algo metálico dentro de la bolsa. Empezó a sacar objetos y a colocarlos en el suelo, visibles para todos.
Sobre todo, para Horacio.
Martillo, alicates, sierra, cincel, destornillador, tenazas…
El metal chocaba contra el suelo, cementoso y desnudo.
Clang. Clang. Clang. Clang…
Los movimientos de Isaías se amplificaban en las sombras de las paredes. El agente literario tragó la saliva que no tenía. Le ardía la garganta. El miedo crecía. La hilera de herramientas parecía alargarse sin fin. Una línea de acero esperando su turno. Un altar profano levantado ante sus ojos.
El doctor se incorporó. Se alisó el pantalón en un gesto instintivo. Se acercó a Horacio. Y dijo, con voz baja, precisa:
—¿Dónde está Darío Salvatierra?
El agente parpadeó. Miró al resto, confuso, asustado… No entendía la pregunta.
—No lo sé… imagino que en su casa…
Isaías no sonrió. Los ojos grises se hundieron más en los suyos.
—Eso es de suponer. Pero le estoy preguntando dónde vive.
El sudor frío bajó por la sien de Horacio. Se maldijo por la torpeza. Las miradas de los otros lo abrasaban.
—Se mudó… cuando empezó a ganar dinero. Una residencia de lujo… Los Jardines de Jovellanos… se llama así.
Conque era eso. El puto Darío Salvatierra. El escritor mediocre que, tras alcanzar el éxito, se había convertido en un prepotente insoportable. ¿En qué lío estaba metido Darío? Le daba igual, no era asunto suyo. Contaría todo lo que hiciera falta para salir de ahí.
Albuquerque lo observó en silencio. El aire se hizo viscoso. Luego sacó algo del bolsillo interior. Horacio supo identificar su teléfono móvil mientras era encendido. La pantalla fue colocada frente a sus ojos.
—Dime el código para desbloquearlo.
—Dos, dos, dos, ocho —contestó Horacio demasiado rápido.
El doctor tecleó, verificó, y asintió apenas. Luego buscó un contacto en la agenda.
—Vas a llamarlo. Y vas a decirle que tienes una urgencia. Que necesitas verle.
Horacio asintió, tragando saliva. Pensó rápido, buscando excusas, resquicios, aire.
—Darío… no atiende apenas el teléfono. Espero que…
—Más te vale —interrumpió el doctor.
Le colocó el aparato contra la oreja.
El tono de llamada se repitió. Una vez. Dos. Tres.
Nada.
Colgaron. Lo intentaron de nuevo y se estrellaron contra el silencio. Isaías no perdió la calma. Tecleó algo en la pantalla. Su voz volvió, seca.
—Probemos con un mensaje.
Horacio lo miró aterrado. Su estómago se encogió. Ahora que lo pensaba, no recordaba la última vez que comió algo. Y la sed… era insoportable.
—Y ahora, mientras contesta o no, creo que mis pacientes podrán continuar con su trabajo.
Isaías volvió a rebuscar en la bolsa deportiva y sacó un cuaderno y un lápiz.
—Dani —dijo sin levantar la voz—. Me gustaría que pintaras la escena, como tú sabes.
El muchacho asintió, se acercó a recoger lo que el psiquiatra le ofrecía y se sentó en el suelo, frente a la silla metálica. Cruzó las piernas y apoyó el cuaderno en ellas. Los ojos quietos, clavados en Horacio, como si necesitara estudiarlo antes de empezar a dibujar.
El doctor se giró hacia Nazario. La mirada fija. Gris.
—Nazario, elige herramientas. —La frase cayó como un bisturí—. Puedes hacer lo que quieras. Toda la noche es tuya.
El aire se quebró. Los ojos de Nazario chispearon, como una detonación de sangre y placer. Horacio chilló. Suplicó. El sudor corría por su cuello como una fiebre helada.
—¡No! ¡Por favor! ¡No!
Harpo lo observaba desde el rincón, inmóvil, ojos vacíos, como un espectador ausente en un teatro que no entiende. Isaías se retiró a una esquina. La sombra cubrió medio cuerpo, borrándole medio rostro.
El otro medio permanecía atento. Silencioso, observador. Un científico de la demencia. Un testigo del sacrificio.
Nazario, en cambio, se movió. La lengua recorrió sus labios secos. Su mirada abrasaba. Se inclinó sobre las herramientas, tocándolas con una devoción hambrienta. Aquello era una novedad para él. Tantas formas de matar juntas.
Un abanico de posibilidades.
Horacio intentó pensar que todavía aquello era una broma pesada. Una lección que alguien quería darle. Que de un momento a otro la escena se rompería, que todo era un enorme farol.
Pero su subconsciente no pensaba igual, porque se orinó encima. Una mancha cálida empezó a extenderse por su entrepierna. Gritó desesperado mientras observaba cómo era elegido el martillo.
Y un cincel.
Nazario contempló el martillo y el cincel con una felicidad tan limpia que, durante un instante, resultó todavía más monstruoso.
La forma de sufrir influye en la forma de morir.
La forma de morir influye en el sabor de las cenizas.
Y nunca había usado unas herramientas así.
Quería probarlo. Quería saborearlo.
Se acerca a la silla. Coloca el cincel sobre la pierna de Horacio, justo en la rodilla. El filo frío contra la piel temblorosa. Levanta el martillo. El metal brilla un instante bajo la lámpara.
Y baja, golpea con fuerza…
¡CLANG!
El grito de Horacio atraviesa la obra vacía. Se desparrama por las paredes de cemento. Una vibración húmeda, rota, que se pierde en la noche. El agente editorial se revuelve, la silla cruje. El dolor es tremebundo, inaguantable. Ha podido sentirse el crujir de algún hueso de la rodilla.
Dani no levanta la vista. Un lápiz se mueve rápido sobre el papel marcando trazos duros. Líneas negras que parecen crecer con el dolor.
Isaías observa a Nazario. No el martillo. No la rodilla. A Nazario. La forma en que respira. Cómo aprieta los labios. El brillo nuevo de sus ojos. Hay cosas que un hombre solo muestra cuando le permiten hacer exactamente lo que desea.
Iba a ser una noche muy provechosa,
Porque aquella es solo la primera nota.
La primera de muchas.
Desgraciadamente para Horacio, Darío no contestará.
Y la noche… va a ser muy, muy larga.