El Espejo de Los Dementes Capítulo 28 Envuelto en su propio perfume de impostura #3
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Capítulo 28 Envuelto en su propio perfume de impostura #3

Seguidamente abrió la parte trasera. Dito se acercó a mirar. Dentro había una jaula con una rata enorme, de pelaje gris sucio, los ojos brillando como carbones encendidos.

—Mira lo que he cazado —dijo con voz seca.

Dito dio un salto, aplaudiendo con las manos sucias. La boca desdentada sonrió con sinceridad grotesca.

—¡Tiene pinta de campeón, hermano! —exclamó, babeando de entusiasmo.

Víctor lo miró apenas un segundo, sin contestar. Cerró la puerta de la furgoneta.

Su hermano menor, ansioso, añadió, señalando las jaulas con los animales seleccionados. Los futuros participantes.

—Ya están listos los participantes para la siguiente prueba… ¡Va a ser la mejor de todas!

La nave se llenó de chillidos. Como si las ratas hubieran entendido lo que venía.

***

Bajo la luz enfermiza de los fluorescentes, las jaulas apiladas formaban corredores estrechos donde miles de cuerpos grises se agitaban con un hambre perpetua, con esa desesperación animal que jamás descansa.

Las ratas no eran simples animales allí dentro.

Eran piezas de una religión privada. Criaturas marcadas, clasificadas y preparadas para atravesar pruebas concebidas con una crueldad casi ceremonial.

Laberintos construidos para mutilar. Bidones metálicos convertidos en hornos.

Fosos donde los cuerpos más débiles desaparecían bajo una masa viva de dientes y hambre.

Las Olimpiadas de las Ratas, las llamaban aquellos dos humanos.

Porque las ratas eran solo el sacrificio.

El verdadero horror estaba en los hombres que observaban.

Víctor Raspini contemplaba aquellas pruebas con la serenidad obscena de una divinidad enferma.

Nunca parecía excitado de forma humana; lo suyo era algo más frío, más profundo.

Una satisfacción lenta, casi espiritual.

Desde su plataforma improvisada, envuelto en sombras y tela negra, observaba el sufrimiento con la calma de quien contempla un mecanismo perfecto funcionando exactamente como debe.

Las trampas, el fuego, el hambre, las mutilaciones…

todo formaba parte de una verdad superior que solo él parecía comprender.

En su mente deformada, las criaturas débiles merecían desaparecer.

Las fuertes, las capaces de arrastrarse entre cadáveres y dolor, alcanzaban una especie de redención monstruosa.

Se sentía un dios menor.

No uno bondadoso, ni uno creador. Sino un dios antiguo y subterráneo, una deidad nacida entre alcantarillas, humedad y dientes. Un juez del miedo. Un arquitecto de laberintos. Algo que disfrutaba contemplando cómo la vida se degradaba hasta su estado más puro: sobrevivir o ser devorado.

Y debajo de él, moviéndose entre jaulas y sombras, estaba Dito.

El guardián.

El sacristán grotesco de aquel templo de serrín y sangre.

Su cuerpo deforme parecía hecho para habitar la nave igual que las ratas.

Arrastraba los pies entre las jaulas como un monje deforme dentro de una catedral podrida.

Las alimentaba. Las limpiaba. Las acariciaba con una ternura profundamente incorrecta.

Les daba nombres. Las pintaba. Las preparaba para el sacrificio con el cuidado devocional de quien viste santos antes de una procesión.

Y en su sonrisa no había crueldad alguna.

Porque amaba sinceramente aquel lugar.

Amaba a las ratas.

Amaba las Olimpiadas.

Y amaba a Víctor con la obediencia absoluta de un perro abandonado que jamás aprendió a existir fuera de la sombra de su amo.

Mientras Víctor representaba el juicio, Dito representaba el culto.

Era el encargado de mantener viva la maquinaria del horror.

El que recogía los cadáveres pequeños aún calientes.

El que conservaba los cuerpos de las vencedoras como reliquias sagradas.

El que dormía rodeado de chillidos y olor a amoníaco sin distinguir ya dónde terminaba él y dónde empezaba la colonia de ratas.

Por separado eran dos hombres enfermos. Juntos habían inventado una fe.

Parecían los últimos sacerdotes de una religión extinguida.

Una religión que enseñaba que toda criatura nace dentro de un laberinto cruel y que, al final, solo hay dos destinos posibles…

Arrastrarse un poco más.

O alimentar con tu carne a los que siguen corriendo.

***

El bidón metálico ocupaba el centro de la nave. Abollado, oxidado, con manchas negras de hollín en sus paredes. Debajo, un brasero improvisado esperaba la orden de encenderse.

Dito se paseaba entre las jaulas con la excitación desbordada de un niño en Nochebuena. Con el guante sucio iba sacando a cada rata, mostrándolas como si fueran trofeos vivientes.

—Esta es la Reina Negra. Ganó en el laberinto de tablones, ¿te acuerdas? Se comió a tres más pequeñas…

—Este es Capitán. Saltó la trampa de clavos. Ninguno más lo consiguió.

—Y esta… esta es Dama de Hueso. Una luchadora. Le arrancó la oreja su hermana y aun así sobrevivió.

Víctor escuchaba en silencio. De pie, con los brazos cruzados. Apenas asentía, apenas lanzaba una leve mueca en sus labios, conato de sonrisa. Solo lo miraba todo con una calma viscosa. Sus ojos eran los de alguien que no necesita participar porque el espectáculo ya le pertenece.

Dito, babeando, iba arrojando a cada rata dentro del bidón. Los chillidos rebotaban contra el metal. Sonrió con ternura. Para él no eran gritos. Eran voces. Sus campeonas diciéndole que todavía seguían luchando.

Cuando todas estuvieron dentro, agitadas, escalando en vano contra las paredes lisas y resbaladizas, llegó el momento.

Encendió el brasero.

Primero fue un calor sordo. Un murmullo. Después, el hierro comenzó a vibrar con un sonido bajo, como un tambor de guerra. El bidón se fue tiñendo de rojo en la base. Las ratas se desesperaban, trepaban unas sobre otras, mordiéndose entre sí para ganar altura.

El olor llega pronto: pelo quemado, grasa chamuscada.

Dito grita, aplaude, agita los brazos y se asoma expectante a aquel pozo de muerte:

—¡Vamos, Capitán! ¡Sube, sube!

—¡No, Dama, no te sueltes! ¡No te sueltes!

Los chillidos son insoportables. Una tras otra, caen al fondo tras su intento vano de escalar. El bidón ruge como un horno improvisado.

Solo una logra alcanzar la salvación. Una rata enorme, gris, con los ojos ardientes de terror. Sus uñas logran enganchar el borde oxidado. Trepa, patalea, se lanza fuera. Queda en el suelo, humeante, jadeando, aunque viva.

Intenta hacer un esfuerzo por escapar, pero Dito ya la ha agarrado y la levanta con solemnidad, como si sostuviera una reliquia sagrada.

—¡Campeona! —vociferó, mostrándosela a su hermano.

La coloca en una jaula aparte, la de las sobrevivientes. Allí las acumula, como un altar de vencedores, las pocas que escapan del fuego, de los discos de sierra, de los cepos o de los dientes de otras.

Víctor se limita a mirarla, sin expresión. Solo un leve brillo en sus ojos, apenas un destello de placer morboso.

El aroma a muerte abrasada es insoportable, pero a ellos no parece afectarles. El bidón aún arde. Dentro, las demás no son ya nada más que un amasijo de cuerpos asados en su propia celda.

Dito acerca el rostro a los barrotes de la superviviente y le susurra unas palabras de felicitación, casi con ternura:

—¿Ves? Yo sabía que tú querías vivir.