Capítulo 28 Envuelto en su propio perfume de impostura #2
La tertulia había muerto, como una vela que se apaga sin ceremonia.
Las mesas estaban vacías, los últimos vasos mal lavados apilados en la barra, y los camareros se movían con el automatismo de quienes ya solo quieren irse a descansar.
Horacio Maldonado seguía allí, como un actor sin público, repitiéndose frases en la mente, evaluando cuál había funcionado y cuál no.
La mujer del vestido azul se había finalmente ido con otro.
La de la blusa granate ni siquiera se despidió.
Otra noche más donde las palabras lo vestían de brillantez, pero lo desnudaban de compañía.
Isaías Albuquerque se había levantado justo antes del cierre.
Se despidió con una inclinación suave de cabeza, como quien no quiere perturbar la belleza de un silencio recién formado.
Salió al aire helado de la madrugada y cruzó la calle hasta un parque contiguo.
Se sentó en un banco oculto entre los arbustos, el abrigo bien cerrado, las manos en los bolsillos.
Y desde allí, como una sombra más entre las sombras, observó la puerta de La Casona de Ockham.
Treinta minutos después, la figura tambaleante de Horacio apareció. Salía con la chaqueta desabrochada, una botella imaginaria en la mano y una mueca de falsa satisfacción en el rostro. El campeón de una guerra que nadie libró. Vencedor retórico de la noche, perdedor absoluto del resto.
Caminó hacia su coche, estacionado bajo una farola a la que alguien había apedreado los cristales. El asfalto parecía inclinarse bajo sus pasos. Buscaba las llaves con torpeza, murmurando algo entre dientes.
—Una noche dura, ¿eh? —dijo Isaías, apareciendo a unos pasos, sonriente.
Horacio levantó la mirada, tardando un segundo en enfocar.
—¡Hombre! Un amigo... —respondió con voz pastosa, intentando recordar un nombre que no conocía.
—Yo también he tenido mi colofón final —sonrió el psiquiatra—. Mi coche no arranca. Tendré que buscar un taxi... pero a saber dónde.
Ciertamente, no había rastro de taxis. Ni de otros vehículos en movimiento, tampoco peatones.
Sólo ellos dos y la noche. La duda cruzó fugaz por el rostro enrojecido de Horacio.
Acababa de conocerlo, pero aquel hombre le había caído bien.
Durante la tertulia incluso le había servido algunas oportunidades perfectas para lucirse.
No obstante, Isaías selló la duda, convirtió un destino incierto y tal vez lejano en algo tangible, cercano y plausible, diciendo:
—Bueno… creo que hay una parada de taxis en la calle Pardo Bazán… si usted me hiciera el favor de acercarme…
Apostilló la petición con una mirada fija en su interlocutor; una mirada que, aunque amable, no estaba dispuesta a desenfocar hasta obtener una respuesta.
—Claro. No es ninguna molestia —concedió finalmente, soltando las palabras cargadas de aliento a alcohol y saliva espesa.
Horacio abrió el coche y, haciendo muestra de una agilidad nula, se dejó caer torpemente en el asiento del conductor. Mientras intentaba alargar su mano a la puerta para cerrarla, el doctor Albuquerque, sin pedir permiso, abrió la puerta trasera y se acomodó justo detrás del agente editorial.
—Espero que no le importe. Cuando viajo delante me mareo.
Horacio murmuró algo que podía ser una respuesta positiva mientras echaba una mirada a través del espejo retrovisor.
Luego cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera despertar al coche.
Afuera, la ciudad dormía. Adentro, el silencio era tan denso como la noche.
El aliento a alcohol pronto lo invadió todo.
El agente se abrochó el cinturón al tercer intento, refunfuñando algo sobre hebillas mal diseñadas. Llevó la llave al contacto, pero no atinaba. Bajó la cabeza para mirar más de cerca mientras lanzaba una maldición sobre las llaves…
Entonces lo sintió.
Un pinchazo. Rápido. Preciso.
Como si algún insecto le hubiera picado en el hombro izquierdo.
—¿Pero qué…? —empezó a decir mientras se erguía.
Miró a través del retrovisor pero no vio al otro. Intentó girarse, pero el cinturón le oprimía la barriga, clavándose en el tejido adiposo. Se agitó, pulsó el mecanismo de apertura, que se liberó, pero no se soltaba. El cinturón, de alguna forma, lo apretaba más. No entendía qué pasaba.
—¿Qué coño… pasa? —masculló, cada vez más nervioso.
Desde el asiento trasero, Isaías había atrapado el cinturón y tiraba de él con ambas manos. Las rodillas contra el respaldo le daban apoyo; cada intento de Horacio por inclinarse hacia delante aumentaba la presión.
Es cuando llega una sacudida brutal de conciencia. Un instante en el que la mente deja de buscar explicaciones normales y entiende, de forma súbita y animal, que algo va mal. Muy mal.
Respiraciones aceleradas, nerviosas. Horacio intentó zafarse, pero en esa postura el otro tenía ventaja. Pataleó, le gritó, le insultó. Intentó abrir la puerta, pero no podía despegarse del asiento.
Lo más aterrador no es descubrir un monstruo. Es descubrir, de repente, que eres tú el que le ha abierto la puerta.
Intentó echar una mano hacia atrás para pellizcar, arañar, agarrar al desconocido, pero nada. Isaías, implacable, desde esa postura controlaba toda la situación. Siguió apretando el cinturón con ambas manos.
El agente primero dejó de sentir bien los dedos. Después, la lengua empezó a pesarle dentro de la boca. Después fue el mundo el que comenzó a perder consistencia.
Más forcejeos, más alaridos, más insultos.
Pero cada vez más leves.
El potente sedante que Isaías le había inyectado ya circulaba por su organismo. Horacio todavía luchaba sin comprender que, a partir de aquel momento, cada segundo iba a pertenecerle un poco menos.
Cuanto más se resistía, más deprisa se agotaba. Los gestos se iban ralentizando. Los jadeos se iban atenuando. No obstante, el doctor Albuquerque no se confió y siguió tensando el cinturón con firmeza.
Algunas súplicas más, algún estertor de lucha. Algunos insultos más hasta que el último murió en la boca de Horacio. La lengua se le volvió de trapo. El mundo se ladeó.
El grito final fue apenas un susurro.
Y luego… nada.
***
El polígono industrial dormía en silencio.
Durante el día aún conservaba algo de vida: algunas naves seguían abiertas, camiones entraban y salían, y unos pocos trabajadores mantenían en marcha negocios que se resistían a morir.
Pero ahora todo estaba cerrado. Las persianas metálicas bajadas, los aparcamientos vacíos y las oficinas oscuras daban al lugar un aire de abandono prematuro, como si el polígono hubiese envejecido demasiado rápido.
El viento levantaba polvo y bolsas de plástico que reptaban por el asfalto desierto como criaturas errantes. No había un alma allí fuera.
Una quietud absoluta salvo en una única nave donde todavía brillaba algo de vida. El viejo cartel oxidado apenas dejaba leer su nombre a medio borrar: SANICONTROL RASPINI.
Dentro, el olor era insoportable. Una mezcla de comida corrompida, hierro oxidado, amoníaco y mierda de rata. Un coro constante de chillidos y roces de uñas contra el metal llenaba la nave como una letanía.
Dito estaba en su mundo. El único que conocía.
Las jaulas se extendían en filas, apiladas unas sobre otras, oxidadas, deformadas.
Dentro, decenas de ratas. Cuerpos pequeños, otros enormes, todos inquietos, todos esperando.
Dito las clasificaba con cuidado torpe: las “fuertes”, las “listas”, las “bonitas”.
Les hablaba con cariño, murmurando nombres inventados como si fueran hijos.
—Tú eres la Reina Negra… y tú… el Capitán… —decía con su voz gangosa, enseñando las encías vacías donde faltaban varios dientes.
Con una mano cubierta por un guante de cuero grueso atrapaba a una, que chillaba como un demonio atrapado. Con la otra, le pintaba un número sobre el lomo con pintura roja. El trazo era burdo, torcido, pero suficiente. Una marca de guerra. Un pasaporte a las Olimpiadas.
Las seleccionadas las iba dejando en jaulas aparte, la de las elegidas. Los futuros gladiadores.
La nave era un basurero vivo. Restos de comida precocinada apilados en bolsas abiertas.
Cartones grasientos. Latas abolladas. Un colchón hundido en un rincón, rodeado de basura, servía de cama.
En un lado, un retrete mugriento sin puerta, oxidado, manchado hasta el asco.
Encima, colgado con cinta amarillenta, un cartel viejo: “Sanidad es confianza”. Palabras que ya no significaban nada.
Aquel almacén era un antiguo taller; incluso contaba con un foso desde donde se arreglaban los vehículos antiguamente.
Ahora ese foso estaba cerrado, sin escaleras, y albergaba a decenas, quizá cientos de ratas.
Criaturas de segunda categoría, todavía no clasificadas, no bautizadas, no seleccionadas por Dito.
De pronto, Dito escuchó.
Un motor. Ruedas sobre la grava.
El corazón se le aceleró. Se levantó a toda prisa, tropezando con las virutas que cubrían el suelo.
Corrió hacia la gran puerta de la cochera, con esa mezcla de ansiedad y alegría infantil.
Se quedó allí, esperando, con los ojos abiertos de par en par.
Él no tenía llave. Nunca la había tenido.
Víctor lo mantenía encerrado como a una de sus ratas.
El vehículo se detuvo. Una puerta que se abre, pasos, el chirrido metálico de la cerradura. Las ratas chillaban como si presintieran algo. El portón se deslizó sobre sus raíles y Víctor apareció sin sonreír, sin gesto de cariño.
Víctor Raspini, el hermano mayor, ahora cabeza de una familia que había degenerado hasta quedar solo dos miembros, uno de ellos con importantes taras mentales y el otro con importantes taras psicopáticas.
Volvió al vehículo y metió la furgoneta de la empresa en la nave.
El logo en los laterales estaba desteñido, apenas reconocible.
El aire frío de la calle se mezcló con el hedor de la nave.