Capítulo 28 Envuelto en su propio perfume de impostura
La voz de Horacio Maldonado llenaba el aire como una colonia barata demasiado aplicada: densa, dulzona, persistente hasta resultar empalagosa.
—Yo no diría que fui coautor, claro… pero El Espejo de los Dementes no sería lo que es sin mi intervención en los momentos clave —decía, remarcando cada palabra como si narrara una hazaña bélica—.
El talento de Darío es innegable, pero como todo genio, necesitaba dirección, alguien que lo guiara entre las sombras.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala.
No era admiración real, sino ese asentimiento automático de quienes buscan parecer más cultos de lo que son.
La concurrencia era numerosa esa noche en La Casona de Ockham: aprendices de escritor, lectores devotos del nuevo fenómeno editorial, aspirantes a musas y cazadores de relevancia.
Y todos estaban allí por el libro que ya muchos tildaban de maldito.
Horacio, trajeado como siempre en su eterno conjunto desgastado —chaqueta azul con brillo sospechoso, camisa demasiado abierta, anillos que hablaban más de ambición que de gusto— se erguía frente a su audiencia como un sacerdote frente al altar.
El bigote finamente recortado se movía apenas cuando sonreía, aunque esa sonrisa parecía más un tic aprendido que una muestra real de placer.
—Claro que muchas de las ideas que aparecen en la novela surgieron en nuestras charlas —continuó, inflando el pecho, sin vergüenza alguna—.
Yo siempre le decía a Darío: “Las ideas están bien, pero una buena historia necesita dirección. Un toque de estructura, de ritmo, de visión editorial. Ahí es donde entro yo.”
Algunos asentían fascinados. Otros tomaban notas como si estuvieran recibiendo una revelación literaria. Horacio adoraba ese momento. Esa mezcla de ignorancia e idolatría.
Sus ojos, sin embargo, no estaban del todo en la charla.
Estaban buscando una posible conquista.
Al fondo de la sala, una joven con vestido azul oscuro y cabello en trenza le sonrió por un segundo. Él le devolvió la sonrisa con lo que esperaba fuera un aire de complicidad, aunque en realidad se acercaba más a la mueca de un vendedor agotado.
La chica desvió la mirada.
Otra gacela que escapa a su influjo.
—¿Y cómo fue trabajar con Salvatierra en los momentos más intensos? —preguntó una mujer con acento extranjero y voz melosa.
El agente tomó la copa de vino, la alzó ligeramente, como brindando con la pregunta misma, y respondió:
—Fue como trabajar con un bonsái salvaje —dijo, saboreando sus propias palabras, previamente ensayadas delante de un espejo—.
Darío tenía la materia prima, claro, pero sin forma.
Yo solo hice lo que todo buen guía hace: podar lo innecesario, dar estructura, revelar la silueta oculta. Lo demás, vino solo.
Más asentimientos graves, intelectualoides. Horacio escaneó de nuevo la sala. La del vestido azul ahora hablaba con un chico joven de gafas grandes. La conversación parecía animada. Maldonado suspiró, ocultándolo tras otro sorbo de vino.
El agente editorial hablaba y hablaba, lanzando frases como anzuelos en un estanque lleno de peces distraídos.
Había perfeccionado el arte de parecer brillante sin decir nada demasiado concreto.
Era un experto en la farsa elegante, en deslizar su nombre al lado del éxito ajeno como si fuese una firma conjunta. Y funcionaba. Casi siempre.
Desde que El Espejo de los Dementes se convirtió en fenómeno editorial, Horacio había encontrado en las tertulias un nuevo terreno de caza.
Sabía que el libro generaba una fascinación morbosa, que los lectores se acercaban con una mezcla de temor y deseo, como si tocarlo fuera rozar un umbral.
Era consciente del alcance de aquel libro y, sobre todo, de su efecto.
Y sabía cómo usarlo para lograr su más preciado objetivo: acostarse con el mayor número de mujeres posibles, las cuales, desde siempre, lo habían evitado.
Por eso, había desarrollado la estrategia de presentarse en cada charla como “colaborador directo”, “arquitecto editorial”, “mano orientadora del caos”.
La negativa de Darío a participar en aquellos eventos había dejado un hueco, y Horacio se había apresurado a ocuparlo, instalándose allí como un parásito en busca de gloria.
Mencionaba frases que sonaban profundas y que nadie entendía del todo.
Y vigilaba. Siempre vigilaba. Buscaba esa mirada prolongada, esa risa fácil, esa fan entregada que viera en él no solo a un representante del talento, sino al talento mismo.
Aunque la realidad —la suya, la del espejo cada mañana— le gritara que no era especialmente atractivo, ni joven, ni misterioso. Y por supuesto, nada talentoso.
Pero la palabra autor aún tenía un peso magnético. Y él sabía empuñarla.
Y mientras Horacio seguía hablando, desplegando su ego como un mantel de terciopelo barato sobre la mesa de la tertulia, palabras, gestos y coreografías ensayadas —el toque al bigote, la pausa antes del chiste, la mirada fugaz hacia la chica de la blusa azul oscuro—, en el fondo de la sala, junto a una estantería polvorienta, alguien lo observaba en silencio.
No como un espectador, sino como un anatomista.
Los ojos grises, inmóviles, lo escaneaban. No con interés, sino con cálculo.
El doctor Albuquerque.
***
Isaías Albuquerque no había venido a escuchar literatura. Había venido a estudiar a una presa.
Desde el rincón en penumbra de la sala, lo observaba como quien analiza a un animal en su hábitat artificial.
Horacio Maldonado, envuelto en su propio perfume de impostura, se balanceaba entre anécdotas huecas y frases cuidadosamente calculadas para sonar profundas.
Lo hacía sin esfuerzo, como quien lleva años alimentándose de su propio eco.
No era difícil ver lo que era para un psiquiatra de su experiencia.
Egolatría primaria, pensó. Lenguaje corporal errático, habla inflada por inseguridad.
Búsqueda de aprobación constante. Se esconde tras frases de otros.
Lascivia velada. Mide el valor de su presencia en función del deseo que cree provocar.
Un narcisista de quinta categoría, desprovisto de talento real pero rebosante de necesidad. Hambriento de atención.
Una presa fácil del halago.
Era fácil, demasiado fácil.
Y eso lo hacía perfecto.
Isaías no lo odiaba. No sentía desprecio por él. Incluso sentía algo mucho más peligroso: curiosidad. ¿Qué clase de mente se dedicaba a parasitar el talento ajeno con tal convicción? ¿Qué mecanismos internos permitían a alguien erigirse como “guía” de una obra que claramente no comprendía?
Esperó el momento preciso, entre una pausa de falsa modestia y otro trago de vino barato servido en copa cara.
—Disculpe —dijo, su voz suave, redonda, precisa como un dardo acertado soplado desde una cerbatana—. ¿Diría usted que el proceso creativo de Salvatierra fue inducido? ¿O surgía con naturalidad?
Horacio parpadeó. La pregunta era distinta a las demás. No era aduladora ni retórica. Una pregunta de alguien que escuchaba.
—Bueno —respondió, con esa media sonrisa que usaba como escudo—, Darío era un volcán, una fuerza bruta. Yo solo canalizaba el cauce, digamos. Le mostraba dónde no ahogarse.
El psiquiatra asintió despacio, como si estuviera intelectualmente satisfecho con la respuesta. Y Horacio se sintió importante. Valorado.
—Interesante. Lo que me intriga —prosiguió el doctor, como si pensara en voz alta— es cómo logró usted identificar lo que debía podarse y lo que debía preservarse.
No todo el mundo tiene ese tipo de intuición narrativa.
¿Estudió usted antropología? ¿Psicología narrativa?
¿O fue una habilidad adquirida por la experiencia?
El agente sonrió. Su bigote se alzó como una ola de satisfacción. Alguien lo estaba tomando en serio, finalmente. Abandonó la compostura y se inclinó hacia el hombre de mirada gris con la copa en la mano, como un discípulo dispuesto a recibir su premio.
—Intuición, sobre todo. Pero claro, he leído mucho.
Isaías rio suavemente, como un padre complacido con la ocurrencia de su hijo.
La tertulia continuaba, pero como una sombra más difusa.
Las preguntas del público menguaban. Las musas potenciales buscaban excusas para marcharse.
El vino empezaba a hacer mella. Pero el doctor Albuquerque se quedaba.
Horacio también. Y entre ellos, crecía un lazo invisible: el de la confianza inducida, el del ingenuo que cree haber encontrado a alguien que por fin lo comprende.
El psiquiatra le daba carnaza con habilidad quirúrgica: pequeñas frases cargadas de halago sutil, preguntas que no exigían profundidad, pero sí permitían brillar.
“Eso que mencionó sobre podar lo innecesario... ¿no es acaso la esencia del buen editor?”, decía con voz pausada, como si descubriera algo revelador.
O soltaba cosas como: “Usted tiene ese raro don de ver el diamante en bruto donde otros solo ven caos”.
Nada demasiado elaborado, pero lo justo para que Horacio sintiera que estaba siendo visto no como un parásito del talento, sino como el verdadero artífice en las sombras.
Y cada nueva copa de vino hacía que las respuestas de Horacio se volvieran más largas, más teatrales, más confiadas.
Albuquerque lo dejaba hablar. Lo empujaba a que se luciera. A que se vaciara.
Todo buen cazador sabe que la pieza más deliciosa no es la que se abate rápido, sino la que baila un poco antes de sangrar.
***