Capítulo 27 Ceniza en un aire estancado #3
Entonces, llegó el doctor Albuquerque. Se colocó frente a él. Las manos en los bolsillos.
—¿Cómo estás, Nazario? —preguntó con voz templada, como si saludara a un viejo colega y no a un asesino ritual.
Nazario levantó la vista. Ninguna sonrisa, ninguna mueca.
—Bien…
No dejó su tarea. Se mordisqueaba ahora debajo de las uñas para extraer su negrura.
—Tengo una pregunta para ti… ¿Tienes ganas de aumentar tu colección?
Algo parecido a la vida apareció en los ojos del paciente. Su respiración se aceleró ligeramente, lo justo para un entusiasta que espera la entrega de un regalo sagrado.
—Sí —susurró.
Isaías asintió, satisfecho.
—Ya tenemos nuestro próximo candidato.
Nazario ladeó la cabeza.
—¿Y podré hacer lo que yo quiera? —preguntó con una punzada de reproche seco, como un niño que recuerda un castigo injusto. Parecía guardar algún rencor por el hecho de que Débora y su amante hubieran muerto lejos de sus manos, fuera de su sinfonía personal, asesinados por Harpo y Dani.
Ya no solo era cremar y saborear sus almas polvorientas.
Quería hacerlo él. Quería matar.
Isaías lo miró con una serenidad perfecta.
—Claro. Esta vez, como tú quieras. Toda la muerte será tuya.
***
Isaías Albuquerque llevaba días investigando.
Días enteros sumergido en archivos digitales, entrevistas antiguas, bases de datos, redes sociales.
Pero a pesar de ser el escritor del momento, Darío Salvatierra no se mostraba por ningún lado.
Era un nombre sin rostro. Un eco sin cuerpo. Un autor sin sombra.
No había dirección, ni teléfono, ni fotografías recientes. No asistía a presentaciones. No firmaba ejemplares. No daba entrevistas. Vivía apartado de todo, incluso del culto que se estaba formando en torno a El Espejo de los Dementes.
Isaías había pensado llamar a la editorial, fingiendo ser un periodista interesado en un perfil para una revista cultural.
Pero no era buen momento. Al parecer había habido un intento de atentado: un automóvil estrellado contra el edificio cargado de bombonas de butano.
Según leyó en un diario, el responsable del ataque tenía serios problemas psiquiátricos.
Y no era solo eso.
En internet se acumulaban noticias, hilos en foros, vídeos confusos. Fragmentos de algo más grande, más sucio, más vivo. Un hombre había sido detenido tras defecar sobre una pila de ejemplares de El Espejo de los Dementes en una librería. El detenido también sufría graves trastornos mentales.
También aparecieron pintadas en librerías de todo el país, en paredes, en escaparates, alguna carta amenazante. En ellos, mensajes en letras desiguales, temblorosas, escritas en rojo y negro. En todo caso, mensajes perturbadores:
¡NO ES TINTA, ES SANGRE DESTILADA!
DEJAD DE MIRAR, ÉL MIRA PRIMERO.
CERRÉ EL LIbrO Y SEGUÍA ABIERTOME EN LA CABEZA.
QUIERE VOLVER. NOS USA COMO PUERTAS.
EL QUE ESCRIBE NO TIENE OJOS, PERO NOS VE MEJOR QUE NADIE.
NO ES UN LIbrO. ES UNA JAULA DONDE NOS ENCERRARON DE NUEVO.
En un vídeo viral, un hombre con los ojos desorbitados y la cara llena de quemaduras afirmaba entre sollozos que había quemado el libro… pero que seguía viendo por las noches al Hombre de Nueve los Dedos.
El psiquiatra no necesitaba ver más.
Él sabía lo que estaba ocurriendo.
El libro había despertado algo en ellos. Isaías ignoraba el mecanismo, pero todos parecían soñar con el mismo hombre. La publicación de El Espejo de los Dementes le había delatado. Y se estaban conjurando contra el autor.
Contra Darío Salvatierra.
Era cuestión de tiempo que alguien lo encontrara.
Pero Isaías quería ser el primero. Quería que fueran sus manos las que llegaran a él.
Que Dani pudiera liberarse al ver morir al origen de sus pesadillas.
Que Nazario aumentara su colección con la muerte de un profanador de almas.
Quería ver el rostro del Hombre de los Nueve Dedos.
Quería saber si era real. Quería estudiarlo. Observarlo.
Obtener respuestas.
Porque ese hombre había entrado donde Isaías solo había podido mirar desde la puerta.
En las mentes de los locos.
En sus sueños.
En aquello que había detrás.
Y lo envidiaba.
Pero no lo localiza. Aquel escritor parece celoso de su privacidad, alejado del escritor ególatra que concede entrevistas para exhibir su superioridad intelectual o moral.
Así que hay que recurrir a otro plan. Dar un rodeo.
Y encuentra el objetivo hojeando por cuarta vez el libro.
En la página de créditos editoriales, allí donde sólo deberían vivir datos fríos —ISBN, imprenta, derechos reservados—, algo rompe la monotonía.
Una línea solitaria, descolgada como un murmullo entre cláusulas legales. Un nombre.
Horacio Maldonado.
No es autor, ni editor, ni diseñador gráfico. Solo una presencia discreta en la página de créditos, como una mota de sombra donde debería haber solo burocracia. Aparece como representante editorial.
Y así, en un arranque de audacia, aquel hombre ha conseguido colar allí su nombre, para gloria personal suya.
Pero lo que no sabe es que había firmado su sentencia.