El Espejo de Los Dementes Capítulo 27 Ceniza en un aire estancado #2
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Capítulo 27 Ceniza en un aire estancado #2

Siguió leyendo, como poseído por un venenoso frenesí. Y los relatos seguían. Y cada uno era peor que el anterior.

Muchos eran pesadillas de sus pacientes.

Otros no, pero estaba seguro de que eran reales.

Pero había más.

Cerca del final del libro Isaías lee un fragmento que lo paraliza: un ser enorme, dócil como un oso domesticado, juega con dos niñas que lo visten con flores y risas.

Él no habla, solo sonríe y obedece, como si su única misión fuera protegerlas.

Pero cuando las risas cesan, él sigue meciéndolas, ajeno al silencio, con una delicadeza monstruosa.

Una de ellas cuelga de sus brazos con el cuello roto, la otra yace bajo un cojín, inmóvil.

Él las acuna sin entender, con la sonrisa intacta.

Hasta que viene una mujer que al ver la escena grita, y entonces él entiende lo que ha pasado.

Lo que ha hecho. El texto no da nombres, pero Isaías reconoce la escena. Demasiado bien. Demasiado real.

Harpo.

También Harpo.

La imagen de la sala de juegos. Dos niñas aplastadas como muñecas rotas.

Solo que su mutismo le impide expresar el horror de sus pesadillas. Pero le consta que amanece más triste que nunca, con los ojos rojos y los lacrimales secos.

Siguió pasando las páginas con la ansiedad de un adicto.

No podía parar. Los ojos le ardían, la mañana se consumía, el vehículo se calentaba bajo el sol.

Cada línea era un eco envenenado. Cada frase, una herida que sangraba recuerdos: pacientes hundidos en delirios, trazos infantiles cargados de horror, voces nocturnas en los pasillos del hospital Rocablanca.

Incluso aquellos pasajes que no conocía, que pertenecían a otros enfermos, eran angustiosos, rasgaban la lucidez con las uñas negras.

Y entonces lo entendió.

Aquello no podía haberlo escrito un hombre cualquiera. No podía ser un simple escritor.

Era él.

El ser sin rostro, el que se encorva en los sueños de los más quebrados, el que observa y escribe desde las sombras del inconsciente.

El Hombre de los Nueve Dedos.

El mismo que Dani había dibujado con un detalle enfermizo.

El mismo que visitaba las pesadillas como un dios oscuro de la imaginación descompuesta.

De alguna forma incomprensible, había atravesado el umbral: se había infiltrado en las mentes más puras, más libres —porque para Isaías, los locos eran los únicos verdaderamente lúcidos, incorruptos por la cultura, por la moral, por el miedo—, y desde ahí había extraído las visiones más privadas, más oscuras...

y las había escrito. Envenenado el mundo con ellas.

Cerró el libro de golpe.

El sonido seco en el interior del coche fue como un disparo. Bajó la mirada a la portada. Allí, bajo la imagen imposible —esa mancha oscura reflejando un rostro que no podía existir—, un nombre en letras sobrias, casi crueles.

Darío Salvatierra.

Entonces, Isaías susurró:

—Ya te tengo.

***

Nazario Bellvís, coleccionista de cenizas humanas, aquel funerario al que encontraran durmiendo en un ataúd con un cadáver, no era uno de los pacientes atacados por las pesadillas del Hombre de los Nueve Dedos.

Su mente estaba demasiado ocupada con los muertos reales como para dejar espacio a los imaginarios.

Mientras otros gritaban en sueños, él permanecía sereno, ajeno, como si su alma habitara otra frecuencia. Estaba en paz en su propia nebulosa.

Aquella mañana grisácea se encontraba en el patio interno del Hospital Rocablanca, donde el sol apenas lamía los bordes del enrejado superior.

Nazario estaba sentado en un banco de piedra, como cada mañana, vigilado desde lejos por un enfermero.

Pero nadie se acercaba más de lo necesario.

Sabían —creían— que era inofensivo, siempre que le dejaran distancia.

Por orden expresa de Albuquerque, durante la hora del patio nadie molestaba a Nazario.

Este se había dirigido solo a un rincón del patio, donde el muro colindante se unía con los restos abandonados del antiguo Pabellón de Terapias Reconstructivas.

Allí, entre enredaderas secas y ventanas tapiadas, aún sobresalía la vieja chimenea herrumbrosa del antiguo pabellón.

Con una rama astillada, Nazario rascaba el interior de la chimenea a través de una grieta baja.

Extraía con cuidado una pasta de hollín antiguo, endurecido, que recogía sobre una hoja de eucalipto.

Luego se sentaba en el banco de piedra, abría la hoja con ceremonia… y se tiznaba los dedos. Uno por uno.

Después se los lamía lentamente, con los ojos cerrados.

Pero no sonreía.

Ese hollín no sabía a nada.

Para él, estaba muerto. Era polvo estéril. Rastro de calor sin alma. Un residuo sin historia. Nada que ver con las cenizas verdaderas. Las que alguna vez habían tenido nombre, piel, miedo. Las que aún vibraban. Las que gritaban en su lengua secreta al contacto con la saliva.

Ese hollín mudo era sólo una práctica. Un gesto vacío. Y, aun así, lamía esos dedos manchados como si suplicara por una evocación que no llegaba.