Capítulo 27 Ceniza en un aire estancado
Raro.
Muy raro.
Horacio no solía estar operativo hasta la hora del vermut, ese ritual sagrado de aceitunas, cañas y autoindulgencia. Y menos aún insistente. Tres llamadas eran, en su lenguaje, algo cercano a la alarma.
Se incorporó con lentitud. Le dolía la boca del estómago.
Tenía la lengua seca, y el aliento pegajoso como si hubiera dormido con ceniza entre los dientes.
Era el eco de una resaca. Otra más. Últimamente bebía casi a diario.
No por alegría, ni por dolor. Solo por costumbre, por inercia.
Por llenar alguna clase de vacío a fuerza de líquidos espirituosos.
Giró la cabeza. A su lado, una mujer dormía boca abajo, una pierna fuera del edredón, la espalda desnuda.
No recordaba su nombre. Sabía que era arquitecta.
La había conocido en un pub, donde, tras decirle quién era, todo había sido sencillo, casi automático.
El sexo se había convertido en otra consecuencia automática del éxito.
Se levantó. Caminó en silencio por aquel piso desconocido, con la incomodidad de quien cruza el escenario de otro después del aplauso. En la cocina encontró un vaso. Lo llenó de agua y bebió, repitiendo la operación tres veces.
Demasiado raro.
Cerró la puerta con suavidad y devolvió la llamada.
—Joder, tío. ¿Te has enterado? —fue lo primero que oyó, la voz de Horacio, entre la excitación y el susto.
—¿De qué hablas?
—No lees las noticias, ¿verdad? Un loco se ha estampado contra la editorial.
¡Vamos, que ha empotrado su coche contra el escaparate de Argos!
—una risa nerviosa, hueca—. Y lo más flipante: el coche iba lleno de bombonas de butano.
Dicen que podría ser un intento de suicidio.
Yo no soy experto, pero dudo que un golpe así pueda hacerlas estallar.
Es decir, si lo que quería era volar todo por los aires...
Darío no respondía.
Ahora tampoco escuchaba.
En cambio, empezó a oler.
Un olor pegajoso que no estaba en la cocina. Como el azufre de una cebolla aplastada. Irreal. Imposible. Persistente.
—¿Estás ahí, Darío?
—Sí —respondió él, ausente.
—Tienes a la gente revolucionada con tu libro —añadió Horacio, queriendo sonar halagador.
—¿Por qué lo dices?
—Porque esta mañana he desayunado con un colega, y me ha contado que, en una librería, un tipo…
vamos, un colgado… se ha subido a una mesa llena de ejemplares de El Espejo de los Dementes y se ha puesto a…
a cagar encima. Ahí, delante de todo el mundo.
Como lo oyes. Desde lo del intento de cargarse a Ernesto en la firma de libros, el mundillo está revuelto, tío. Muy revuelto.
Darío tragó saliva.
—Pero yo pienso: esta es la mejor publicidad posible para nuestra obra…
—a Darío no le pasó inadvertida la palabra nuestra.
Incluso en aquella situación límite, en aquel instante, una puñalada de celos, de propiedad usurpada arañó el ego del escritor, pero ya se encargaría en otro momento de poner a cada uno en su sitio.
El agente seguía su perorata—… obra maestra tan inquietante que algunos acaban chalados al leerla…
una obra que no pasa desapercibida… tenemos que replantearlo con los de marketing…
—Te llamo luego —fue la respuesta del escritor. Y colgó.
Volvió al dormitorio sin encender la luz. La mujer seguía dormida. Se vistió en silencio. Seguía notando el olor a cebolla aplastada. Sin mirar atrás, sin dejar nota, salió al pasillo, bajó por las escaleras y cruzó el portal.
El sol le dolió en los ojos. Buscó un taxi desesperado.
Solo había un sitio donde quería —necesitaba— estar.
***
Hay veces en que el lujo no sirve. Ni el dinero. Ni el éxito. Ni siquiera el reconocimiento. Porque hay un tipo de vacío que no se llena con nada. Y cuando ese vacío crece, te arrastra de vuelta. Al origen. A las raíces. Al sitio donde uno se sentía más desnudo, más vulnerable, más real.
Darío volvió a su antiguo apartamento.
Había pasado meses sin pisarlo. Estaba prácticamente abandonado. Un olor como a tumba húmeda lo empapaba todo. La cerradura cedió con un crujido áspero.
No encendió la luz. No buscó el interruptor. Caminó por el pasillo en penumbra. El polvo flotaba como ceniza en un aire estancado. Todo estaba intacto y, al mismo tiempo, inerte.
Se detuvo frente a una puerta.
La habitación.
Su habitación vacía.
Era su lugar. Su escondite. Su celda de clausura. El sitio donde se sentaba a oscuras cada vez que las pesadillas lo atacaban por la noche, hacía ahora décadas de aquello.
Entró y cerró la puerta tras de sí.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared. El suelo frío. La luz apenas filtrada por la suciedad de los cristales.
Allí estaba todo. El temblor, la ansiedad, el susurro del pensamiento desbordado. La sensación de estar al borde de algo inmenso y terrible.
No necesitaba nada más.
Solo aquello. Silencio. Oscuridad. Vacío.
Entonces cerró los ojos.
Y una pregunta empezó a crecer dentro de él, lenta, viscosa, imposible de apartar.
¿Cuánto tiempo más iba a seguir huyendo del radio de destrucción de su obra?
***
El amanecer aún no había roto del todo cuando el doctor Albuquerque estacionó frente a la librería. El cielo estaba pintado de azul sucio, esa paleta enferma que solo conoce el insomnio. Las calles, desiertas. Un perro flaco cruzaba la acera con aire culpable. La ciudad dormía. Pero él no.
Dentro ya habían encendido las luces. Las persianas metálicas subían con lentitud. A través del cristal empañado por la humedad, Isaías los vio. Docenas de ejemplares. Una pila monumental. EL ESPEJO DE LOS DEMENTES, de Darío Salvatierra. El libro más vendido del país. El más leído.
El más temido.
Y en la portada… una mancha negra se extendía desde la esquina inferior. Tinta, quizá. Sangre seca. Y dentro, un reflejo que no terminaba de convertirse en rostro.
Entró en silencio. La joven dependienta le saludó con una sonrisa cansada que él no devolvió. No le hizo falta preguntar. Caminó directo a la pila. Cogió uno, lo pagó y volvió a su coche.
Una vez dentro, cerró las puertas con un clic seco. Dejó el libro sobre el asiento del copiloto y arrancó el motor.
Pero no lo hizo avanzar.
Su mano tembló levemente. ¿Emoción? ¿Expectación?
En vez de cambiar de marcha, alargó los dedos hacia el libro y lo abrió. El interior olía a tinta fresca. A papel aún no del todo vivo.
Y se adentró en él:
“Despertó con la lengua seca, los párpados pesados como si algo los hubiera cosido durante el sueño.
La luz no entraba. El aire olía a óxido tibio, a carne vieja, a tela húmeda y tiempo muerto.
Tardó en recordar que no había ventanas.
Ni puertas. Solo aquel cuarto. Aquel cubo de hormigón liso, sin marcas, sin juntas, sin sonido.
Y la respiración.
Al principio pensó que era la suya. Pero no. Era otra. Unas décimas de segundo desfasada. Más corta. Más mojada. Como si viniera de una garganta rota.
Intentó hablar, pero no pudo.
La boca estaba sellada. Una costura viva le unía los labios, hilo grueso, sin nudo visible. Sintió el pulso acelerarse. Las manos empezaron a sudarle. Intentó gritar. La costura tiró de sus labios y de su garganta salió un gemido animal.
Entonces escuchó los pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Eran secos, precisos. De alguien que sabía exactamente dónde estaba.
Alguien que había estado allí muchas veces.
Una rendija se abrió en la pared. Nada mecánico.
Nada eléctrico. La superficie simplemente se disolvió como piel vieja, y detrás, alguien o algo se movía.
Lento, enmascarado, con una bata salpicada de sangre.
Portaba una bandeja de acero. La dejó frente a él. Y se retiró.
Sobre la bandeja, un objeto.
Un ojo.
Aún húmedo. Aún temblando.
Y debajo, una nota manuscrita, escrita en una caligrafía precisa, quirúrgica:
“El primero es para verte mejor.”
Entonces recordó el sueño.
El pasillo interminable. Las voces sin cuerpo. El espejo que no devolvía su rostro, sino otros. Decenas de rostros deformados. Rotos. Llorando. Gritando. Observándolo. El espejo.
El espejo de los dementes.
Y comprendió que no estaba soñando.
No esta vez…”
El primer párrafo le cayó encima como una losa húmeda. Había algo en aquella voz que le resultaba desagradablemente familiar.
Apagó el motor del vehículo y siguió leyendo.
Pasó una, dos, diez páginas.
Y entonces empezó a leer pasajes familiares.
Pasajes oscuros, sí… Pero extrañamente auténticos.
Más páginas.
Testimonios de pesadillas contadas desde dentro.
Uno narraba a un hombre que no podía dejar de comer hojas de los árboles porque creía que eran mensajes secretos de los muertos.
De repente descubre que entre las hojas hay ciempiés.
Uno. Varios. Decenas. Que se han adherido a las hojas…
y se los ha comido. Isaías lo reconoció al instante.
No había duda, era Rómulo Echeverría, el paciente número 93—BA.
Otro pasaje de una mujer a la que atrapan en un ascensor, de madrugada. Su secuestrador sonríe mientras la acorrala con un cuchillo. Dientes enormes, amarillos. Los hace chirriar muy cerca de su cara mientras la obliga a hacer cosas. Exactamente igual que la paciente 17—M, Sara Llobet.
La anciana a la que se le ahogó su hijo en el río, pero que sueña que mientras es bautizado el sacerdote lo ahoga en la pila bautismal… Dolores Lorenzo… aunque no recordaba el número…
Cuando volvió a mirar fuera, habían transcurrido horas.
Siguió leyendo, sentado en el vehículo, ajeno al mundo. No existía nada, sólo ese libro. Imposible decir cuánto tiempo llevaba: ¿dos, tres horas en la misma postura?
Y entonces lo encontró.
Isaías sintió que el corazón se le detenía por un segundo.
La descripción era exacta. La cuna. La mujer. La nana desfigurada. El niño acunado. La verdadera madre arrastrándose por el suelo con un puñal en la espalda…
Pero todo narrado desde dentro. En primera persona.
Desde su confusión. Su terror mientras es balanceado.
Era Dani.
Era su pesadilla más íntima, el recuerdo que le quebró el alma y la vida.
La de los dibujos.