El Espejo de Los Dementes Capítulo 26 Una trinchera de penumbra #3
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Capítulo 26 Una trinchera de penumbra #3

Fue por casualidad que lo descubrió, como suelen ser las revelaciones verdaderas.

Esteban había comprado una revista literaria de saldo en el quiosco de abajo.

Era aficionado a los libros de conspiraciones, a la filosofía y a la poesía sangrada de poetas malditos.

Y allí dentro, en la página treinta y tres, entre una columna de novedades editoriales y un artículo sobre narrativas traumáticas, lo encontró: “El Espejo de los Dementes —afirmaban desde la crítica especializada— no es una novela, es un abismo. Un texto intensamente cruel, que penetra como una sonda en los territorios más velados del sufrimiento humano. Un viaje sin regreso por las vísceras de lo real.”

Esteban sintió cómo le temblaban los dedos. Esa palabra: sonda. No era casual.

Nada es casual.

Lo buscó. Hacía tiempo que no compraba libros nuevos, su pensión por invalidez apenas daba para lo mínimo, pero era ahorrativo, meticuloso, disciplinado.

Se fue a la librería más alejada posible —por supuesto, disfrazado— y lo compró.

Cuando lo tuvo entre sus manos, lo envolvió en papel de aluminio.

Lo manipuló y luego lo leyó con guantes de nitrilo, como haría siempre.

Sentado, sin moverse, sin comer. Página tras página.

Hasta que llegó a ese pasaje.

Su pasaje.

Los hombres con mascarillas. La mesa fría. Las correas. Las sondas introduciéndose sin piedad. La presión insoportable. El dolor afilado, insoportable, que le cruzaba el bajo vientre hasta que el pene comenzaba a sangrar. La sensación de estar siendo deshecho desde dentro.

Era su sueño.

Era su recuerdo. Tal cual. Hasta el último detalle.

No podía ser coincidencia. No podía.

Ese libro lo habían escrito ellos.

Bajo sus órdenes.

Bajo las órdenes del Hombre de los Nueve Dedos.

***

Y hoy era el día.

Esteban volvió a disfrazarse: un chándal sucio, una gorra de bazar con un logo mal cosido, gafas de sol grandes. Bajó por las escaleras del edificio, nunca por el ascensor. Salió por la puerta del garaje y caminó con cautela, atento a cada reflejo, a cada sombra.

En otro bazar, entre estanterías, cambió de ropa. Compró una camisa, otra gorra, gafas nuevas. Pagó con billetes arrugados. Se lo puso ahí, dejando su anterior indumentaria escondida en un cubo de fregar. El dependiente no dijo nada, pero lo miró raro.

Luego cruzó un callejón hasta una pequeña explanada usada como aparcamiento.

Entre un Volvo familiar y una furgoneta estaba el Renault viejo, cubierto de polvo.

Lo había robado un par de meses atrás. Era de una vecina viuda cuyo único hijo era un militar que estaba de servicio varias semanas en el extranjero.

Ella estaba mayor, no conducía, no salía apenas de casa, por lo que no echaría de menos el vehículo.

Un día la ayudó con la compra y le robó las llaves. Nadie lo había notado.

Dentro del coche había cuatro bombonas de butano en el maletero, otras cuatro bajo una manta en el asiento trasero. Las había ido reuniendo como una hormiguita silenciosa, una a una, en días diferentes, en puntos diferentes, con disfraces diferentes.

Entró en el vehículo y lo arrancó. Era antiguo, sin la electrónica de los modelos modernos. Para Esteban, eso significaba una cosa: ellos no podrían seguirlo. Perfecto para su misión.

Tenía una dirección: Ediciones Argos, calle Blas de Lezo 45. Lo ponía en el libro. Allí estaba el Hombre de los Nueve Dedos. Era su guarida. Su base.

Condujo sin llamar la atención. Con disimulo, sin pararse, pasó delante de la dirección. El sitio en cuestión parecía una librería, un escaparate, estanterías altas, gente sentada en una mesa en una especie de reunión.

Una tapadera, sin duda.

Dio vueltas por la manzana estudiando el terreno. Entonces cruzó hacia una calle perpendicular. Es perfecta porque desemboca directamente, de frente, al escaparate de Ediciones Argos. Hay un semáforo delante y tres vehículos parados frente a él.

Aguarda.

El semáforo cambia a verde. Él se queda quieto mientras el resto de coches avanzaba, hasta que ya no tuvo ninguno delante. Alguien le pita a sus espaldas, pero lo ignora. Espera hasta tener toda la calle despejada.

Llega el momento. Ahora tiene el camino recto hasta su objetivo. Sin obstáculos. Tiene suficiente pista para coger la velocidad necesaria.

Baja el freno de mano. Mete una marcha corta y acelera a fondo.

El coche ruge.

Empieza a coger velocidad.

Se embala hasta el final de la calle.

Tiene una mano sobre una de las bombonas.

Que estallen todas.

Que reviente todo.

Que se acabe el control, las sondas, las voces.

Que se acabe él.

El coche choca contra el bordillo de la acera, levanta el morro en un estruendo mecánico y atraviesa el escaparate chocando con una pared interior. Hay una explosión de cristales. Un estruendo.

El bordillo le ha quitado potencia. Esteban, sin cinturón, es lanzado hacia adelante. Su rostro golpea el volante. Algo cruje. La frente se abre y la nariz cede bajo el impacto. Su cara queda impregnada de sangre. Queda inconsciente.

Dentro de la editorial, empleados y clientes gritan. Algunos creen estar en medio de un atentado. Otros se agachan, transmitiendo el pánico a los demás.

Pero nada explota.