Capítulo 26 Una trinchera de penumbra #2
Desde entonces, muchos lo evitaban. Otros lo observaban con esa mezcla de respeto y temor que se reserva a los herejes que puedan tener algo de razón.
La cena del congreso era un desfile de sonrisas postizas y cuchillos en las palabras.
Isaías permanecía en una mesa del fondo, rodeado por un grupo de psiquiatras jóvenes, casi todos desconocidos.
No lo incomodaban, porque no esperaban nada de él.
Comían, bebían, reían con un volumen ligeramente superior al adecuado.
Se reían mucho, pensó, como si reír los blindara contra lo que realmente sabían.
El vino regaba las conversaciones y el marisco impregnaba los dedos y los alientos.
Fue entonces cuando escuchó la conversación.
—¿Lo habéis leído? El Espejo de los Dementes. —El que hablaba era un hombre de gafas grandes que tenía una servilleta manchada colgada del cuello.
—Ya te digo. Me lo terminé en tres días —dijo otra, con los ojos brillosos por el vino—.
Tiene algo... no sé cómo decirlo. Es demasiado real.
Como si quien lo ha escrito llevara años trabajando en manicomios rodeado de chalados.
Y voy más lejos —continuó, perdiendo de pronto la sonrisa—, mientras vas leyendo es como si estuvieras dentro de la cabeza de auténticos dementes.
Dementes. Chalados. Nada como el vino para eliminar eufemismos de las conversaciones, pensó Isaías. Para quitar máscaras a los intelectuales y descubrir al gañán que llevan dentro.
Pero no intervino. No dijo nada, solo dio un sorbo a su copa, dejando después la vista clavada en ella. Su mente no estaba allí, estaba en mejores menesteres hasta que sus oídos captaron algo interesante.
—… juro que me costó leerlo —seguía hablando la doctora de los ojos brillosos—. Sobre todo el pasaje del niño que está en la cuna y lo está meciendo una mujer que acaba de matar a su madre… acojonante. Os juro que no pegué ojo esa noche…
Isaías bebió agua para disimular. Intentó que no le temblara la mano, mantener el rictus de un jugador de póker al que le han tocado las mejores cartas.
Hablaban de Dani.
Su Dani.
Su paciente, su pupilo, su artista de la locura.
De su pesadilla, aquella que había rememorado tantas veces y dibujado otras tantas. Del trauma que lo perseguía toda su vida: ser acunado por la asesina de tu madre.
¿Cómo es posible?
Entonces recordó lo que acababa de oír: ¿Un escritor que escribe como si estuviera dentro de la cabeza de un demente? La idea descendió lentamente por su conciencia, igual que una gota de agua helada recorriendo una columna vertebral.
Entonces le vino la imagen del dibujo de Dani. El Hombre de los Nueve Dedos. La figura torcida y espectral.
Pero no era solo eso.
En el dibujo estaba escribiendo.
Clac, clac, clac.
Aquello no podía ser una casualidad. No después de todo lo ocurrido.
Isaías Albuquerque tomó la copa de vino con dedos lentos, procurando contener la emoción de aquel descubrimiento. Bebió un sorbo corto, diríase que litúrgico. El alcohol descendió cálido por su garganta, pero no logró apaciguar la electricidad que le vibraba dentro del cráneo.
Sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, peligrosa, interna. Como la de alguien que acaba de reconocer un rostro entre la multitud después de años buscándolo.
Me parece que te he encontrado.
***
Esteban Marchena vivía rodeado de sombras que él mismo cultivaba.
Había convertido su piso en una trinchera de penumbra, cubriendo cada ventana con papel de aluminio adherido con cinta aislante, cada resquicio de cristal sepultado bajo capas de paranoia.
No encendía la luz desde hacía años. Ni una bombilla, ni un interruptor.
La electricidad era una lengua de traición que podía delatarlo ante ellos.
Caminaba a oscuras o, como mucho, con la luz tenue y nerviosa de una linterna o el parpadeo incierto de una vela gastada que apenas iluminaban las pilas de basura, cajas de pizza, botellas de refresco y libros apilados en montones inestables.
Porque ellos siempre estaban vigilando.
Llevaba días sin ducharse. Su ropa colgaba de su cuerpo como trapos mojados: un pantalón deportivo tres tallas más grandes, una camiseta manchada, una sudadera sin cordones. Caminaba descalzo, arrastrando los pies sobre el suelo pegajoso.
En el centro de su casa, sobre una mesa tambaleante, había un libro —el libro— abierto.
Esteban no lo tocaba sin guantes. Tenía un ritual: cada vez que se sentaba frente a él, se ponía guantes de nitrilo negros, nuevos cada vez.
Llevaba tres meses leyéndolo sin descanso, una y otra vez.
Junto al libro, varias libretas estaban llenas de anotaciones, esquemas, símbolos, pasajes subrayados, interpretaciones numerológicas.
Había encontrado códigos secretos, mensajes ocultos.
El libro hablaba.
El libro sabía.
Desde hacía años, notaba que lo vigilaban. Primero fueron los vecinos, luego los chavales del banco del parque, más tarde las cámaras del supermercado. El panadero le hacía preguntas demasiado precisas. El cura de la iglesia lo miraba demasiado tiempo. Todos sabían algo. Todos informaban a alguien.
Todos ellos podían ser ellos.
Por eso no hablaba con nadie. Por eso solo salía disfrazado. Por eso revisaba la casa cada mañana con el detector de micrófonos. Por eso dejaba que los gatos probaran primero sus pizzas. Por eso no dormía más de una hora seguida.
Hasta que lo descubrió. Siempre lo había soñado; en su pesadilla siempre era raptado, llevado a un laboratorio blanco, brillante, doloroso.
Le introducían sondas por los oídos, la nariz, el ano, el pene.
Dolía como si el alma se descosiera. Le preguntaban, hombres ocultos tras mascarillas quirúrgicas, mientras le introducían cosas.
Pero lo peor no era el dolor. Porque todo se había intensificado desde que sabía quién estaba detrás de todo, desde que lo vio por primera vez: el Hombre de los Nueve Dedos.
Había empezado a verlo, allí, detrás de los científicos, escribiendo —clac, clac, clac—, dictando…
Ordenando.
Era el titiritero, el origen.
Él era el que estaba detrás de todo. Siempre lo estuvo.
El jefe de ellos.