Capítulo 26 Una trinchera de penumbra
Darío Salvatierra estaba recostado en la hamaca junto a su piscina, rodeado de una perfección que le resultaba ajena.
El cielo era azul, el césped perfectamente cortado, el agua de la piscina inmóvil, sin una sola hoja.
La brisa apenas movía las cortinas de la pérgola que lo cobijaba, y a lo lejos el ronroneo del cortacésped de un chalet cercano manchaba el silencio.
Tenía un croissant en el plato, intacto, y una taza de café que ya se había enfriado, abandonada en el brazo del sillón. No tenía hambre ni sed. Tenía éxito.
Y, sin embargo, estaba vacío.
La novela perfecta. El gran reconocimiento. Críticas encendidas, ediciones internacionales, lectores que hablaban de su obra como si rozara lo sagrado.
Y aun así… aquella sensación. Todo aquello parecía prestado. Como si lo hubieran confundido con otro.
Porque eres un impostor.
La idea lo golpeó sin ceremonia. No era nueva, pero ahora tenía filo. Lo decía sin rabia, sin drama. Como un hecho objetivo.
Porque tus musas son el sufrimiento de otros.
La verdad era esa: sin aquellas visiones, sin las pesadillas, sin las imágenes robadas al abismo, ¿cuál había sido su cima como escritor?
Sin ellas, seguirías escribiendo tus novelas de mierda.
Sí, posiblemente estaría dando vueltas en su noria de insuficiencia. Tramas repetidas, crímenes previsibles, frases gastadas. Mediocridad pura, de la que huele a humedad y fracaso…
Entonces el móvil vibró a su lado.
Lo miró con desgana. Era un mensaje de Horacio.
“Joder, por un momento pensaba que habías sido tú.”
Venía acompañado de caritas sonrientes. Hasta el inútil de Horacio parece haber subido de escalón vital, se dijo. Y Darío seguía allí, suspendido entre una vida que había dejado atrás y otra que todavía sentía ajena.
El texto añadía un enlace.
Frunció el ceño. Nunca le gustó el humor de su agente, a caballo entre lo grasiento y lo baboso. Pinchó el enlace sin mucho interés, dispuesto a cerrar la pantalla apenas se cargara.
“Intento de ataque en librería: una mujer armada irrumpe en una firma de libros.
Málaga, 12 de junio. Una mujer de 51 años, identificada por las iniciales S.M.M., fue reducida ayer por el personal de una librería del centro de la capital tras intentar asesinar al escritor Ernesto Sánchez-Estévez durante la firma de ejemplares de su última novela, La Quietud del Fango.
El incidente se produjo en plena jornada literaria, cuando la mujer se aproximó a la mesa del autor y extrajo de su bolso un arma de fuego. La pistola, según fuentes policiales, resultó ser un modelo antiguo e inutilizado, lo que evitó consecuencias mayores.
La rápida actuación del personal de la librería impidió que el suceso pasara a mayores.
S.M.M. fue retenida en el lugar hasta la llegada de la policía, que procedió a su detención.
Fue trasladada en primera instancia a comisaría, y posteriormente derivada a un centro de salud mental tras evaluarse su estado.
Varios testigos aseguran que la mujer murmuraba frases inconexas, repitiendo que el escritor “era el demonio” y haciendo continuas alusiones a “perros ahorcados”. No mencionó su nombre ni ofreció una motivación clara.
El autor no resultó herido, aunque ha suspendido temporalmente sus actos públicos. La editorial ha emitido un comunicado lamentando lo ocurrido y agradeciendo el apoyo de los asistentes y el personal del establecimiento…”
El enlace seguía abierto en la pantalla del móvil, pero Darío ya no lo miraba. El texto permanecía ahí, quieto, inerte sobre la pantalla. Y, sin embargo, algo vibraba bajo su piel. Una señal. Un recordatorio.
El olor llegó sin aviso.
Lana mojada.
Agria. Animal. Reconocible.
Su cuerpo se tensó de inmediato. El aire parecía haberse espesado, como si el calor se hubiese retirado dejando un vacío más denso. Su mente —aquella parte profunda que no escribía, que simplemente sabía— le estaba gritando algo.
El móvil permanecía inmóvil en su mano. Lo apagó, como si hacerlo silenciara algo más que una pantalla. Pero entonces apareció la imagen. No como un recuerdo. Más bien como una irrupción.
Perros.
Ahorcados.
Colgando como ropa olvidada. Balanceándose apenas. Silenciosos. Tiesos.
Demasiado reales para ser una ficción. Demasiado suyos para no serlo.
Dudó.
Se levantó con rigidez. Su propio cuerpo parecía resistirse al movimiento.
Cruzó la casa en silencio, sin tocar nada, como si no quisiera despertar algo.
Entró al despacho. Ese lugar luminoso, frío y perfecto donde nunca había logrado escribir una línea.
Donde el orden era una fachada. Donde el aire siempre olía a limpio y a expectativas.
Se detuvo frente a la estantería principal.
Allí estaba.
El Espejo de los Dementes.
Su obra. Su triunfo.
¿Su condena?
Tomó el libro y lo observó unos segundos. La portada seguía siendo elegante, sobria. Una mancha oscura, un reflejo imposible. Pasó el muñón de su dedo amputado sobre la tapa. La textura era suave, apenas rugosa. Casi parecía latir.
Fue a abrirlo.
Quería buscar el pasaje. Ese pasaje. El de los perros ahorcados. Sabía que estaba allí. Sabía exactamente en qué página. De hecho, casi podría recitarlo de memoria. Y aun así lo buscó.
Pero se detuvo.
Porque también sabía lo que iba a encontrar. Porque la verdad te compromete, te obliga a mirarla a la cara.
Y prefirió no hacerlo.
Prefirió pensar que era una coincidencia. Un error de interpretación. Una casualidad cruel. Una ilusión compartida entre el libro y una mente enferma.
Miró el reloj: eran las 11:15 de la mañana. Suspiró. Se frotó el rostro con ambas manos. Se quedó allí de pie, esperando una segunda señal. Algo que le impidiera seguir mintiéndose.
Una que no llegaría.
—¿Es pronto para emborracharse? —se preguntó en voz baja.
Pero ya sabía la respuesta. Nunca es pronto porque nunca es tarde.
Solo puede ser —o no— inevitable.
Subió a su habitación. Se cambió rápidamente, como el que va a perder el tren o llegar tarde a un juicio. El espejo le mostró una imagen fantasmagórica de sí mismo, como ausente. Cogió la cartera. Salió de su casa como quien huye del destino.
Perros ahorcados.
Iba a necesitar bastante alcohol para anestesiarse el recuerdo, para despreciar la evidencia y para amortiguar el eco de los susurros nocturnos que se le pegaban en las paredes de sus oídos.
***
El hotel tenía esa elegancia impersonal de los hoteles de congresos.
Los pasillos parecían quirófanos alfombrados y la sonrisa de los recepcionistas era una anestesia social.
Isaías Albuquerque odiaba estar allí. Había asistido porque debía mantener las apariencias.
Nada más. En los últimos meses, había notado cómo las miradas se demoraban más de lo habitual a su paso.
Cómo los saludos venían cargados de una cortesía antinatural, medida, sospechosa.
La desaparición de su esposa, aún no esclarecida, había dejado una mancha que no se borraba con conferencias ni con luto.
Así que allí estaba. Jugando a ser el viudo confuso.
El hombre devastado. El profesional que, pese al dolor, continúa con su vocación.
Y es que sentía los ojos de la policía sobre su nuca.
No de forma directa. Pero estaban ahí, siguiendo su rastro, preguntando dónde había estado, qué había dicho, cómo se había comportado.
Buscando fisuras en su coartada. Porque, aunque no lo habían acusado de nada, tampoco lo habían descartado.
Y eso lo obligaba a mantenerse firme. A disimular.
A repetir cada gesto de una vida normal como si actuara en una obra que no podía abandonar.
La recepción del Congreso de Psiquiatría era una coreografía de cortesías vacías.
Albuquerque se mantenía en los márgenes, sin llegar a apartarse del todo, pero claramente distante.
Saludaba con gestos mínimos, alguna palmadita de compromiso, una inclinación leve de cabeza.
No ofrecía conversación, ni la buscaba. Su presencia era la de un espectador forzado a representar el papel de colega cordial. Y eso, precisamente, lo agotaba.
Estaba solo, a pesar de estar rodeado.
Se movía entre los grupos sin pertenecer a ninguno.
Su rostro, impasible; sus ojos, atentos a todo lo que no se decía.
Las conversaciones a su alrededor eran ruido blanco, olas que rompían en la superficie mientras él habitaba en las profundidades.
Nunca había sido dado a los encuentros sociales, pero ahora su silencio parecía tener un peso mayor.
Ya no era solo el excéntrico, el teórico incómodo.
Ahora era también el hombre cuya esposa había desaparecido.
El objeto de una lástima que siempre venía con una segunda intención: saber más.
Nadie lo interrogaba de frente. Pero lo miraban con ese matiz que se reserva a los sospechosos sin pruebas.
Las palabras eran amables, sí. Debajo de ellas, sin embargo, circulaban el juicio y el rumor masticado en voz baja.
Y él, en medio de todo, seguía siendo una figura de mármol: erguido, callado, inamovible.
Un fantasma con nombre y reputación.
Años atrás, su nombre aparecía en revistas médicas de prestigio, citado en paneles internacionales. Era una eminencia, sí, pero envuelta en polémica. Nadie olvidaba su ponencia en Lisboa, donde había acusado a sus colegas de ser “mercenarios de la industria farmacéutica”.
—Los fármacos no curan —había dicho aquella vez—. Solo amortiguan. Vuelven a los pacientes obedientes. Y un paciente obediente es un alma anestesiada.
O la vez, aún más incendiaria, en que negó la existencia de las enfermedades mentales.
—Las personas con cuadros psiquiátricos acentuados no son otra cosa que puertas abiertas —sentenció—.
Lo que vemos a través de ellos nos aterra porque no lo comprendemos.
Pero es ahí, en ese desorden, donde habita la verdadera esencia humana.
Cerebros que no han sido hackeados por normas sociales ni culturales.