Capítulo 25 Arrastra su propia muerte
Argos Ediciones comprendió entonces que no estaban ante un bestseller.
Estaban ante un acontecimiento. Firmaron acuerdos con casas editoras en todo el mundo.
En cuestión de semanas, El Espejo de los Dementes se publicaba en inglés, francés, alemán, italiano y portugués.
El objetivo era claro: superar el millón de ejemplares antes de que alguien consiguiera explicar qué tenía aquel libro.
Mientras tanto, Darío Salvatierra vivía su escalada al éxito como si no le perteneciera.
De hecho, era cierto que una parte no le pertenecía.
Rehuía los focos. No daba entrevistas. Asistía a los eventos sociales de la editorial solo cuando era imposible evitarlos, y aún entonces, permanecía en las sombras, bebiendo en silencio, respondiendo lo justo, como si escuchar halagos le aburriera más que las críticas.
Lo único que sacó en claro de aquellos eventos sociales fue un par de conquistas: una traductora italiana, joven, culta, adicta al tabaco negro y a los autores malditos; y una de las socias de Argos, que lo deseaba más como símbolo que como hombre.
Se mudó. Dejó su piso humilde sin venderlo, y se instaló en una urbanización cerrada, con piscina, vigilancia privada y empleada doméstica. La cuenta bancaria crecía. El reconocimiento era absoluto.
Pero todo ese prestigio le sentaba como una chaqueta cara prestada por error.
Se volvió más solitario. Cada vez hablaba menos con su madre, que lo acusaba de haberse olvidado de dónde venía, y a la vez atribuía el éxito de Darío a la educación que ella le había dado.
Se distanció de los pocos amigos que le quedaban. A veces salía solo, a emborracharse en bares donde nadie lo conocía. Solo se presentaba como Darío Salvatierra, el escritor de moda, si con eso lograba acostarse con alguna lectora impresionable.
Pero el éxito no llenaba nada, aparte de su cuenta bancaria.
Su ego no se sentía del todo satisfecho.
Algo en él seguía sintiéndose incompleto.
Intentó volver a sus antiguas novelas inconclusas.
Retomar el oficio, volver a crear. Revisó esquemas, carpetas, notas, pero nada le servía.
Todo aquello le resultaba infantil, lejano, insignificante.
Porque él ya había tocado el techo.
Y lo sabía.
Nunca más escribiría algo igual.
Nunca más algo lo poseería de esa manera.
Y eso le dejaba un vacío hondo, frío. Una ausencia que no sabía llenar.
Y por las noches, se echaba en la cama sin leer, sin pensar, sin soñar.
Pero los susurros seguían allí.
Lejanos. Constantes. Inseparables.
Como una deuda que aún no se ha cobrado.
***
Mi madre tiene muchos libros en casa. Siempre los cuidó con devoción, como si fueran cosas vivas.
Los ordenaba por autor, por editorial, por géneros, por sagas.
Gracias a ella, aprendí a valorar los libros.
A amarlos. Me gustaba leer. Me gustaba perderme en historias que no eran mías, sentir que algo se deslizaba entre las páginas y me hablaba sin levantar la voz.
Y así fue como lo descubrí. Al Hombre de los Nueve Dedos.
Por casualidad. Mi madre compró el libro, pero esta vez no me dejó leerlo. Dijo que no era para mí. Por mis problemas. Por mis dolores de cabeza.
Pero lo leí.
Por las noches esperaba a que mis padres se durmieran. Entonces entraba a escondidas en la biblioteca y buscaba el libro.
Y entendí por qué no querían que lo leyera.
Porque allí estaba la verdad.
Allí estaba el sueño de los perros ahorcados.
Eso solo significaba que aquel libro lo había escrito el Hombre de los Nueve Dedos.
Papá era agente forestal.
Traía en los bolsillos olor a madera mojada, a animales y a hojas pisadas. Siempre dejaba las botas en la puerta, y su pistola en el cajón del escritorio.
Esa pistola es con la que voy a matar al Hombre de los Nueve Dedos.
***
Samanta caminaba por la ciudad con un paso errático, pero decidido.
Llevaba un vestido que alguna vez fue elegante, ahora arrugado, sucio en los bordes.
Había intentado arreglarse, se había maquillado frente al espejo, imitando gestos que recordaba de su madre, pero el resultado era grotesco: los labios pintados desbordaban los límites naturales, creándole una mueca desproporcionada, obscena. Una sonrisa demente sin risa.
Era una parodia. Una máscara rota de mujer.
Se dirigía a la librería donde su madre solía comprar libros. La única que conocía. Hoy firmaba allí un escritor famoso. Y ella sabía quién era. Lo supo apenas escuchó la noticia. No podía ser otro. Tenía que ser él.
Mientras caminaba, recordaba a los perros ahorcados.
Desde muy niña soñaba con ellos. No porque fueran invención de su mente enferma, sino porque los había visto. Su padre —agente forestal— era un hombre duro. Nunca levantó la voz contra ella ni contra su madre. Pero con los animales… era diferente.
Los usaba para cazar. Eran obedientes, inteligentes y eficientes. Su padre gruñía satisfecho con la labor que hacían para él. Pero cuando envejecían, cuando dejaban de serle útiles, los llevaba al árbol.
Al árbol de los perros.
Ella lo sabía.
Lo había visto.
A veces, a escondidas, se alejaba del cortijo y se asomaba oculta tras un montículo de piedras. Y allí estaban: colgando.
Rígidos.
Silenciosos.
Uno de ellos fue Toldo. Llamado así porque le gustaba tumbarse bajo el toldo de la casa, como un anciano feliz. Un animal dócil, fiel, valiente, activo. Útil.
Hasta que se rompió una pata. Y empezó a cojear. Y entonces dejó de servir.
Los años de obediencia, las jornadas enteras atravesando montes, el hocico ensangrentado tras las cacerías, la lealtad ciega con la que había seguido cada orden…
nada de eso tenía ya valor. En la mente de su padre, un animal solo merecía existir mientras pudiera ser útil.
No estaba dispuesto a alimentar criaturas inútiles.
Ni siquiera ante su hija se molestaba en disfrazar lo que hacía con ellos cuando dejaban de ser útiles. No buscaba palabras amables ni mentiras piadosas.
Así que su padre se lo llevó al árbol. Era una mañana fría y húmeda, y Toldo caminaba a su lado moviendo la cola, feliz de acompañarlo una vez más. No entendía nada. ¿Cómo iba a entenderlo? Para él, aquella mano áspera seguía siendo la mano de su dueño.
Su padre se agachó junto al animal y le acarició el lomo lentamente, casi con ternura. Los dedos descendieron por el cuello del perro mientras la cuerda rozaba el pelaje.
Toldo jadeaba tranquilo.
Confiado.
Moviendo la cola.
Aquello era lo insoportable. La obscenidad verdadera no era la horca, sino la inocencia con la que el animal aceptaba su propia ejecución. Verlo confundir el tacto de la muerte con una caricia. Ver cómo levantaba el hocico buscando afecto mientras la soga se cerraba alrededor de su cuello.
Luego su padre pasó la cuerda por la rama más alta, y tiró.
Toldo gimió.
Se elevó.
Se quedó colgando.
Ella lo vio todo desde detrás de las piedras. Llorando sin hacer ruido. La mano en la boca, los ojos arrasados de dolor salino. Cuando su progenitor volvió al cortijo, ella, dubitativa, rota, se acercó al árbol. Toldo seguía allí, colgado.
Pero gemía levemente. Aún respiraba.
Entonces la cuerda se rompió con un chasquido seco y el cuerpo de Toldo cayó pesadamente sobre la tierra húmeda. Durante unos segundos quedó inmóvil, jadeando, con la lengua fuera y los ojos desorbitados. Pero seguía vivo.
Seguía respirando.
Ella sintió una oleada de esperanza tan intensa que le dolió el pecho. El perro había escapado. La muerte había fallado. Bastaba con que huyera hacia el bosque. Bastaba con que no regresara jamás.
Pero Toldo se levantó tambaleándose.
Y movió la cola.
Después comenzó a caminar de vuelta hacia el cortijo, arrastrando el trozo de soga alrededor del cuello como si fuera una correa olvidada tras un paseo.
Buscando a su dueño.
Y aquello fue peor que el ahorcamiento.
Mucho peor.
Porque volvía feliz hacia su asesino, arrastrando por el barro la misma cuerda con la que iban a matarlo.
La niña trató de detenerlo. Lo llamó entre lágrimas, le bloqueó el paso, intentó abrazarlo. Pero el perro la esquivó con dulzura, jadeando, empeñado en regresar a casa.
Pero Toldo solo quería volver junto al hombre que acababa de intentar matarlo.
Y al poco rato volvió a verlo. Su padre regresaba hacia el árbol tirando de la soga con una mano firme. Toldo caminaba detrás de él, dócil, jadeando todavía, moviendo la cola entre espasmos de agotamiento, incapaz de comprender que avanzaba nuevamente hacia la muerte.
La cuerda arrastraba barro.
El perro confiaba.
Y su padre no iba a cometer el mismo error dos veces.
Desde entonces, tuvo esa pesadilla una y otra vez. Toldo ahorcado, Toldo salvándose de la muerte… y luego Toldo regresando, feliz, junto a su asesino. Y ella intentando impedir que el animal volviera al cortijo.
Siempre igual, siempre el mismo sueño que le robaba para siempre la paz y la cordura.
Pero en algún momento, la pesadilla cambió.
Apareció él.
El hombre de la máquina de escribir. Sentado junto a ella, detrás de las mismas piedras desde las que la niña espiaba el árbol. Nunca lo había visto llegar. Simplemente estaba allí, como si siempre hubiera pertenecido al sueño. Encorvado sobre una piedra, escribiendo.
Clac, clac, clac.
Y entonces Toldo moría. Y volvía al cortijo. Y moría otra vez. Y ella no podía detenerlo.
Porque las cosas ocurrían después de que él las escribiera.
Y tenía nueve dedos.
Y hoy, se dijo, hoy se acaba todo.
Toldo no va a morir nunca más.
Toldo no va a arrastrar esa cuerda nunca más.
Hoy, voy a detener al Hombre de los Nueve Dedos.
***
La librería estaba llena. Había gente de pie junto a las mesas de novedades, familias hojeando álbumes ilustrados, jubilados curioseando en la sección de novela histórica.
En la entrada, colgado de un caballete forrado con papel satinado, un cartel anunciaba la firma de libros: “ERNESTO SÁNCHEZ-ÉSTEVEZ presenta su novela La Quietud del Fango.”
Samanta —Sami, como la llamaba su madre cariñosamente— lo leyó una vez. Luego otra. Y entonces lo supo.
Tenía que ser él.
Había visto el libro. Lo había hojeado. Y en una de sus páginas —no recordaba cuál— estaba Toldo.
Colgado.
Muerto.
Volviendo a morir.
No sabía qué significaba nada ya. Las pastillas le nublaban la mente, como si le hubieran puesto una almohada encima del pensamiento. Pero lo que tenía claro, clarísimo, era que ese escritor era el Hombre de los Nueve Dedos. No podía explicarlo, solo lo sabía.
Entró en la librería con su andar descompasado, torpe. Llamaba la atención sin quererlo. El maquillaje excesivo. El vestido arrugado. Las cicatrices que asomaban en sus muñecas cada vez que el bolso caía a un lado.
La gente la miraba y apartaba la vista enseguida, como se mira a una grieta en una pared, con una mezcla de incomodidad, culpa y molestia.
Ella caminó despacio entre los estantes.
Sus padres no sabían que había salido. Creían que estaba en su habitación, como siempre. Con sus rutinas. Con sus medicinas. Con sus fantasmas.
Pero hoy es distinto.
Avanza hacia el fondo de la librería donde está la mesa de firmas. Una pequeña cola de lectores aguarda con expresión paciente. No más de quince personas. Y al fondo, él.
Ernesto Sánchez-Estévez se llama, pero da igual el nombre.
Es él.
Tenía que ser él.
Un hombre de unos cincuenta, elegante, con gafas de pasta y voz encantadora. Sonríe a una familia, firmando un ejemplar para “Pablo, con gratitud y admiración”.
Sami lo observa. Y su mundo se contrae.
No le ve claramente las manos, pero seguro que le falta un dedo.
Es él, tiene que ser él, vuelve a repetirse.
El hombre que la hace soñar con Toldo. El que escribe las muertes. El que está detrás del montículo de piedras. El de la máquina de escribir.
El que suena clac, clac, clac…
Y ahora ya no le basta con ahorcar a Toldo: ha inmortalizado su pesadilla convirtiéndola en un libro de éxito.
Mientras se acerca, su mano entra en el bolso. Busca el frío metálico de la pistola. La acaricia con los dedos como quien encuentra un anillo de compromiso. Pasa de largo junto a la cola y sigue hacia el escritor. Una señora mayor de la fila frunce el ceño, y le dice algo sobre tener modales.
Ernesto levanta la vista justo cuando ella lo tiene a un paso. Y en ese instante, se le hiela la sangre. Porque ante él se presenta un rostro desencajado, un maquillaje derramado, unos ojos encendidos de una lógica que solo existe en el infierno.
Y la pistola.
Todo su cuerpo quiere levantarse, escapar, gritar. Pero solo alcanza a abrir la boca.
Y entonces ella aprieta el gatillo.