Capítulo 24 Un eco enterrado bajo tierra #2
Nadie —ni editores, ni correctores— tocaría una sola coma del manuscrito.
O lo publicaban como estaba, o no lo publicaban en absoluto.
Firmó un nuevo contrato. Esta vez, con un adelanto más que generoso y un porcentaje de ventas que habría hecho llorar a cualquier autor debutante.
La primera edición sería de 10 000 ejemplares, todos idénticos, sin biografía del autor ni fotografía de contraportada.
Cuando le propusieron organizar firmas de libros, charlas en festivales, entrevistas o una gira de promoción, Darío respondió:
—Ni firmas, ni debates, ni invitaciones, ni mucho menos putas tertulias —dijo, mirando a Horacio con una media sonrisa venenosa.
Los de la editorial callaron.
Y aceptaron.
Porque sabían que tenían entre manos algo mucho mayor de lo que habían esperado.
La más grandiosa novela de terror jamás escrita.
Y la iban a publicar ellos.
***
Cuando Darío Salvatierra dejó el Caserón de los Susurros, también dejó de escribir bajo el influjo de aquel lugar y dejó de conectar con las pesadillas de los más dementes. Pero no fue como cerrar un libro ni como apagar una vela.
Fue algo distinto.
Algo más profundo.
Como si un pozo se sellara, sí, pero no antes de haber filtrado su veneno por cada raíz.
Su cese no significó un final ni un olvido.
Porque dejó un eco. Lo que había abierto no iba a cerrarse con una simple pausa.
Lo que escribió —lo que absorbió de aquellos sueños ajenos, de aquellas almas deformadas por el horror— quedó marcado en algún lugar.
Una cicatriz invisible pero palpitante. Como una quemadura bajo la piel del inconsciente.
Algunas puertas, una vez entreabiertas, continúan respirando en la oscuridad.
Porque el dolor ya tenía cuerpo. Tinta sobre papel. Y lo que podía imprimirse también podía propagarse.
Aquellos dementes con los que Darío había conectado siguieron sintiéndolo.
Seguían oyéndolo (clac, clac, clac) en mitad de la noche.
El Hombre de los Nueve Dedos no desapareció cuando Darío abandonó el Caserón de los Susurros.
Se quedó allí dentro, adherido a las pesadillas de quienes habían sufrido aquella conexión enferma.
Esperándolos.
Acorralándolos dentro de sus propios terrores como un animal paciente que ya conoce cada salida del laberinto.
Porque Darío había hecho algo que ningún hombre debía hacer jamás: había rasgado la piel compartida del inconsciente humano. Y la herida no cerró.
Quedó abierta.
Supurando imágenes imposibles, sonidos húmedos, voces que hablaban desde rincones sin forma, olor a sangre, dolores que parecían pudrirlos desde algún lugar al que ni siquiera la muerte podría llegar. Los sueños dejaron de pertenecerles por completo. Algo más caminaba ahora entre ellos.
Y cada noche, cuando el sueño se volvía demasiado profundo, el ruido regresaba.
(clac, clac, clac)
El sonido parecía nacer dentro del cráneo, seco y paciente.
Como nudillos golpeando desde el otro lado del mundo.
Se despertaban empapados, arrancados violentamente del sueño como náufragos expulsados por un mar negro.
El aire de la madrugada se llenaba de jadeos, de sollozos ahogados, de gritos que parecían provenir de una profundidad demasiado antigua para pertenecer a un ser humano.
Soñando dolores que castigaban aún más sus mentes enfermas.
Y por eso lo odiaban.
Lo temían.
Sin saber por qué, sin recordarlo bien, pero con la certeza interior de que todo empezó allí. Con él.
Y así seguiría.
Porque lo que una vez es tocado por las uñas sucias del horror, ya no vuelve intacto al mundo. Algo queda dentro. Una astilla. Una infección silenciosa enterrada donde la conciencia ya no alcanza.
Y Darío, subido en la cumbre del éxito y la gloria, aún no lo sabe.
Aún no comprende la magnitud de lo que ha desatado.
Pero los otros sí.
Los dementes a los que el Hombre de los Nueve Dedos ha corrompido sus pesadillas, sí.
Y para ellos, solo hay una manera de que termine.
***
El despacho del doctor Isaías Albuquerque olía a café frío, tinta seca y encierro.La jaula de pájaros colgaba a su espalda, y la puerta estaba cerrada con llave.
Aquella pequeña habitación era el único lugar del hospital donde todavía podía fingir que el caos no estaba devorándolo todo.
En aquel momento, se concedía un espacio de descanso de toda la vorágine que se había apoderado del hospital.
Porque los últimos meses habían sido una tormenta psiquiátrica.
El número de pacientes se había disparado. Nuevos ingresos llegaban a diario, todos con los mismos síntomas: insomnio extremo, pánico nocturno, episodios de delirio al despertar.
Y lo peor de todo…
Había perdido a Dani.
Su pequeño prodigio enfermo.
Su artista.
Su joya clínica.
El muchacho que dibujaba el horror con una claridad imposible, como si hubiera contemplado algo que ningún ser humano debería mirar y hubiese regresado para copiarlo antes de volverse loco.
La noche del asesinato de Débora y su amante, Dani había producido una serie de bocetos desgarradores, cruelmente precisos, reproduciendo cada detalle con una fidelidad obsesiva. Imágenes que el médico encontraba fascinantes y que nutrían su colección de retratos de la locura.
Pero después… nada.
Su mano se apagó.
Ahora solo despertaba gritando en mitad de la noche, empapado en lágrimas y sudor, suplicando una calma que jamás llegaba. El terror parecía seguir allí incluso después de abrir los ojos, aferrado a él como una mano hundida dentro de su cabeza.
Isaías había tenido que saturarlo de calmantes para impedir que acabara arrancándose las uñas hasta dejar los dedos convertidos en carne viva.
Había perdido a su profeta.
Y no era el único.
Casi una veintena de pacientes habían empezado a repetir aquel patrón de manera simultánea. Soñaban con un hombre. Aunque ninguno de ellos hablaba de él como si fuera humano. El mal en sí mismo.
Todos lo describían igual, con pequeñas variaciones: un tipo encorvado, siempre escribiendo. Una máquina de escribir como apéndice. Un rostro que nunca se ve.
Y un detalle constante: nueve dedos.
No podía ser una coincidencia.
El psiquiatra había emitido informes al respecto, redactando un reporte impecable donde hablaba de “delirio psicótico compartido” y “contagio simbólico”, sugiriendo que los pacientes se influenciaban entre sí en las horas muertas del hospital.
Mentía.
Sabía que no era eso.
Muchos de esos enfermos jamás habían coincidido físicamente. Algunos venían de poblaciones distintas, ingresados con días, semanas o meses de diferencia.
Y todos, sin excepción, soñaban con el mismo hombre.
Todo empezó —lo recordaba perfectamente— aquella noche.
La llamada de madrugada.
Desde aquella noche, los ingresos no habían dejado de aumentar.
No de locos comunes, no. De testigos del mismo horror.
Cada uno tenía su propia pesadilla, pero todas tenían un denominador común: alguien aparecía allí, como espectador, como cronista.
Y la pesadilla se desarrollaba mientras ese demonio —clac, clac, clac— escribía.
El Hombre de los Nueve Dedos.
Isaías se levanta despacio. Va hasta su caja fuerte y teclea el código. La caja fuerte emite un clic apagado. Busca dentro y saca una hoja de papel. Es un dibujo, el último que Dani hace antes de apagarse. El mismo que vuelve a dibujar si el doctor Albuquerque consigue que coja un lápiz.
Saca la hoja con cuidado, como si temiera despertarlo. La imagen es cruda, brutal: una figura encorvada, corpulenta, de espaldas y en semiperfil, escribiendo en una vieja máquina de escribir. No se ve el rostro. Solo las manos. Una de ellas, incompleta.
La acaricia con los dedos. No con ternura, sino con respeto.
Con fascinación.
Porque sabe que es real.
La mira un largo rato. Su voz apenas es un susurro.
—¿Quién eres?