Capítulo 24 Un eco enterrado bajo tierra
La oficina era un chiste sin remate: una colmena de mesas compartidas, luces LED baratas y ruido constante de teclados, podcasts mal editados y cafés recalentados.
Timbres de teléfonos móviles y conversaciones en voz alta dibujaban un plano sonoro de la mediocridad empresarial.
En una esquina, una cocina improvisada servía de santuario para los asociados que dedicaban más tiempo a la charla trascendental que a aquello que llamaban trabajo.
Coworking lo llamaban. Para Horacio Maldonado, era una penitencia.
Pero sus honorarios ya no daban para más.
Ni para una planta decorativa, ni para un despacho con puerta.
Estaba sentado en una mesa minúscula, dictándole notas a una becaria de prácticas que escribía sin levantar la vista del portátil.
Tenía unos veintitrés, con gafas de pasta y una concentración que él encontraba estimulante.
Probablemente ya estaría sembrando alguna insinuación sutil, algún halago velado.
El juego era lento, pero él tenía tiempo. Siempre lo tenía.
—Escribe esto, Cami —decía con su voz más cultivada—: “Hoy en día, lo que vende no es el talento, es la narrativa personal. Hay que empaquetar al autor como mito, no como escritor…”
Y entonces, un golpe seco sobre la mesa.
Un fajo de hojas encuadernadas cayó frente a él, sacudiendo su taza y el portátil de la becaria. Horacio levantó la vista con fastidio.
Hasta que lo vio.
—Vaya... —murmuró, arqueando las cejas—. Por fin apareces.
Darío Salvatierra estaba frente a él.
Pero no era el mismo.
Había perdido al menos quince kilos. El rostro se le había afilado, consumido hasta dejar la mandíbula mucho más marcada y unas ojeras profundas, violáceas, como si durante aquellos cuatro meses apenas hubiera dormido, apenas hubiera comido, apenas hubiera hecho otra cosa que escribir.
El pelo revuelto, la barba sin afeitar. La americana le colgaba de los hombros como si perteneciera a otro cuerpo, uno que ya no existía.
Pero los ojos… los ojos fulguraban.
Y no era de fiebre. Era algo más profundo. Era convicción. Furia serena.
—Al fin das señales de vida, Darío. La editorial está “encantada” contigo. —Horacio remarcó la palabra con ironía—. Has incumplido el plazo, a pesar de que te adelantaron dinero, y vas y desapareces durante cuatro meses como si fueras Salinger... sin el talento.
—Los dos sabemos que Salinger está sobrevalorado, lo cual no es mi caso. Para estar sobrevalorado primero tendrían que haberme valorado alguna vez.
Respuesta rápida, audaz, brillante. La becaria seguía tecleando, aunque ahora con un oído claramente puesto en la conversación. Horacio hinchó el pecho, necesitaba mostrarse firme, dominante.
—¿Y qué se supone que debo decirle entonces a la editorial?
—Olvídate de eso. No voy a terminar esa novela. Quiero que les enseñes esto.
Señaló el borrador con una mano firme. Horacio soltó una risa escéptica, forzada. Miró a la becaria. Esperaba que ella también sonriera, pero no lo hizo.
—No funciona así, Darío —dijo, con ese tono de adulto que explica cosas obvias a un niño caprichoso—. Esto no es un mercadillo, no puedes cambiar de idea cada vez que se te antoja.
El escritor cogió el borrador con una sola mano y se lo acercó a Horacio.
—Si no quieres seguir siendo mi agente, dilo. No tengo problema.
Una pausa tensa.
Alguien en otra mesa hablaba por teléfono. Una carcajada explotó al fondo. La becaria levantó los ojos, al fin.
Horacio dudó. Había algo en la mirada de Darío que, por primera vez desde que lo conocía, le hizo sentirse incómodo frente a él.
Ese brillo.
Esa calma de alguien que había dejado algo de sí mismo en otro lugar.
El agente tragó saliva. No tenía intuición literaria. Nunca la tuvo. Solo sabía oler la desesperación. Pero eso…
Eso era otra cosa.
Y no sabía qué nombre ponerle.
—Está bien —murmuró. La voz le salió extrañamente baja.
—Llámame mañana cuando le hayas echado un ojo. Entonces seguiremos hablando. Si no me llamas mañana, buscaré a otro agente. Esta vez, puede que me decante por alguno que se mueva y que le guste trabajar.
El escritor se dio media vuelta y se marchó. Horacio, incapaz de contestar con una respuesta brillante, lo siguió con la mirada. Un nudo le apretaba la boca del estómago. Trató de recomponerse, volvió la vista hacia la becaria, forzando una sonrisa superficial.
—Así es el mundo editorial, Cami. Y así son los escritores. Ególatras, obsesivos y autodestructivos. Aunque como puedes ver, este Darío Salvatierra está acabado. Esto es —señalaba el borrador— una huida hacia adelante antes de su ocaso. Un canto de cisne.
Abrió el borrador como quien revisa el contenido de un ataúd.
Leyó el título.
El Espejo de los Dementes, de Darío Salvatierra.
Un pequeño escalofrío le recorrió la espalda.
Y ese fue el instante en que la onda expansiva de la desgracia llegó a Horacio Maldonado.
***
La casa de Darío Salvatierra era una ruina doméstica.
Cada habitación, cada pasillo, cada rincón estaba invadido por el abandono.
Montañas de ropa sucia apiladas sin orden, platos con costras petrificadas de comida, vasos que albergaban ecosistemas de moho, como pequeñas ciénagas personales.
Había tazas agrietadas, cucharas pegadas a mesas pegajosas, bolsas de basura olvidadas junto a las puertas.
El aire parecía coagulado alrededor de los muebles, cargado de encierro, sudor rancio y ese olor ácido de las casas donde la mente ha sido sustituida por la obsesión.
Pero él estaba tranquilo.
Porque al fin había logrado su meta.
Reclinado en el sofá, apenas vestido, sostenía su último vaso limpio entre los dedos. Dentro, una medida generosa de ron. Sin hielo. Ya no quedaba. Hacía semanas que no iba al supermercado.
Llevaba meses sin ocuparse de nada que no fuera su obra. El Espejo de los Dementes ahora estaba completo. Entero. Atemporal.
Perfecto.
No veía la televisión. No escuchaba música. Solo reposaba. Cuatro meses de encierro le habían quedado escritos en el cuerpo.
Había salido una sola vez. Para ver a su madre.
La visita fue corta y despiadada. Ella repitió su letanía de reproches a la que añadió nuevas consignas: no llamar, perder peso, estar dejado, tener "esa cara de muerto en vida"…
Después no volvió a verla y tampoco volvió a salir.
Desde entonces, había permanecido encerrado ensamblando el libro.
Fue difícil. Una tarea monstruosa. Tomar todos esos retazos de pesadillas, esas visiones dispersas, ese material incomprensible que había recopilado y transformarlo en una única obra, coherente y devastadora.
No corrigió casi nada. Los pasajes más fuertes, más puros, los dejó tal cual estaban en los papeles del Caserón de los Susurros. Su único rol fue el de encuadernador de lo innombrable. Un alquimista que había fundido el delirio en forma de novela.
Y lo sabía.
Había superado la gran obra maestra que cualquier escritor sueña con escribir.
Además, ya no tenía pesadillas. Ahora las pesadillas parecían dormir cuando él dormía. Ya no se despertaba sudando, echando mano rápido a un cuaderno, intentando atrapar el recuerdo. Ya no tenía que encerrarse en su habitación vacía para retomar el control de su cuerpo y su mente.
Todo eso había quedado atrás.
Pero, sin embargo, en la cama, cuando cerraba los ojos, aún los escuchaba.
Los susurros.
Como un eco enterrado bajo tierra, resonando muy lejos… pero siempre ahí.
El teléfono móvil sonó. Darío sonrió. No fue una sonrisa alegre. Fue una sonrisa de alguien que ya no duda. Alargó la mano, pulsó el botón de descolgar y el de manos libres.
—¿Darío? Joder… —la voz de Horacio Maldonado estaba cargada de una ansiedad torpe—. ¿De verdad has escrito tú esto?
El escritor no respondió. Solo esperó. Una leve mueca de satisfacción dibujada en su cara.
—Llevo dos capítulos y ya me he cagado de miedo. Te lo digo en serio. Es lo más acojonante que he leído en mi vida.
—Celebro que sepas apreciarlo —dijo Darío, acariciando el borde del vaso con su dedo amputado.
—He tenido que encender la luz del dormitorio, tío… no podía seguir leyéndolo a oscuras —intentó reír, pero la risa se quebró a mitad—. ¿Desde cuándo estás con esto?
—Llevo toda mi vida —respondió, sin una pizca de ironía—. Quiero que mañana conciertes una cita con la editorial. Vamos a negociar un nuevo contrato.
Hubo un breve silencio. La voz al otro lado intentaba ser conciliadora, comprensiva y a la vez deontológica. El resultado era patético.
—¿No vas un poco rápido, Darío? Déjame acabarlo, ¿sí? Ya hablaremos…
—Tienes toda la noche para leerlo. Mañana quiero noticias.
—Vale… vale. Joder, tío. Antes no eras tan seco…
Pero Darío ya había colgado.
***
Todo ocurrió muy rápido. Horacio pasó el resto de la noche atrapado en aquellas hojas. Para cuando cerró la última página, tenía las manos heladas, el rostro pálido y una convicción ardiente: acababa de encontrar la oportunidad de su vida.
Desde entonces, el sarcasmo habitual, los comentarios condescendientes, la pose de experto literario... todo se disolvió bajo una capa espesa de halagos, obediencia y sonrisas serviles. Se convirtió en un adulador profesional. Un lameculos vocacional.
A Darío no le molestaba.
Podría haber buscado otro agente —uno más eficiente, más culto, incluso más limpio—. Pero optó por quedarse con el único que conocía. Y verlo arrastrarse le resultaba profundamente placentero. Como ver a una rata intentando aprender a caminar erguida.
Una vez que la editorial Argos recibió el borrador, el clima cambió como una tormenta que gira sobre su eje.
Los editores, que hasta hacía nada trataban a Darío como un autor moroso de tercera, quedaron absorbidos por el manuscrito.
Pero todos coincidieron: era fascinante y perturbador a la vez.
Una obra maestra. No podían dejarla escapar.
Entonces Darío impuso sus condiciones.