Capítulo 23 La coreografía del sufrimiento #2
Y alguien en el futuro podría venir a reclamarlo.
***
El sendero serpenteaba entre los árboles como una vena vieja, endurecida por los años, pero aún viva, latiendo bajo las suelas de quien lo conocía a la perfección.
Celeste Kessler caminaba con paso firme, los músculos aún ágiles bajo la piel cuidada, como si el tiempo le hubiera hecho una reverencia en lugar de una herida.
Llevaba ropa cómoda: pantalones grises, camiseta oscura, zapatillas deportivas y una chaqueta liviana atada a la cintura.
El cabello, normalmente recogido en un moño impecable, caía ahora en una coleta disciplinada.
Sobre su cabeza, un sombrero amplio de paja nueva proyectaba una sombra perfectamente calculada, como si incluso el sol necesitara pedirle permiso para tocarla.
El Caserón de los Susurros quedaba atrás, escondido entre la niebla leve del amanecer.
Caminaba hacia Alba Marina, una travesía de poco más de una hora que había realizado cientos, quizá miles de veces.
Sus zapatillas pisaban con precisión las raíces traicioneras, los huecos del terreno, como si cada piedra tuviera su memoria y Celeste la hubiese memorizado con esmero.
Los preparativos habían sido casi placenteros.
Dos días atrás, había tomado un taxi hasta la ciudad más cercana.
Allí visitó tres tiendas: una de electrónica, donde adquirió los auriculares inalámbricos y la grabadora digital; otra de ferretería, donde pidió sin titubear unas bridas plásticas (“las necesito para ordenar cables”, explicó, aunque nadie lo preguntó) junto a una cinta adhesiva; y finalmente, un supermercado, donde llenó dos bolsas con víveres comunes: arroz, café, galletas, detergente.
La tapadera perfecta.
No quería dejar cabos sueltos. No podía.
Al menos, había tenido la deferencia de esperar pacientemente a que Darío abandonara el Caserón.
No era por consideración; no le debía nada.
Pero prefería no arrastrarlo consigo si algo salía mal.
Si alguna pieza del engranaje se soltaba más adelante, que al menos él tuviera un testigo, un horario, una ruta comprobable.
Que no cargara con sombras que no le pertenecían.
El bosque la rodeaba como un animal dormido.
Solo los pájaros rompían la monotonía con sus cantos agudos, y a veces, el sonido lejano del mar alcanzaba los oídos como un susurro extinto.
Celeste no se apresuraba. No había necesidad.
Cada paso era una afirmación de control.
La grava bajo sus pies, el calor calculado del sol sobre su nuca, el roce del aire en sus mejillas.
Todo estaba previsto.
***
Clara Rivas giró la esquina con el móvil en una mano, las llaves tintineando en la otra, y el gesto cansado de quien solo quiere confirmar que el mundo sigue exactamente donde lo dejó.
La mañana estaba ya avanzada; el sol colgaba en lo alto con esa luz insípida que ni calienta ni reconforta, solo molesta.
Del colegio brotaba el ruido de siempre: risas, carreras, alguna pelea verbal, voces infantiles que se superponían con una urgencia desordenada. Como si todo el recreo fuera una competencia por existir más fuerte.
Dobló la esquina y entonces lo vio.
La acera de siempre, pero esta vez vacía.
La silla de ruedas de su tío Ismael no estaba allí. Ni él, ni la manta de cuadros que siempre le echaba sobre las piernas, ni el cojín con forma de donut que protegía sus huesos gastados. Nada.
Solo quedaba el hueco. Un vacío exacto. La baldosa donde siempre quedaban las marcas de las ruedas, ese patrón leve de suciedad que deja la costumbre.
Aquello no podía ser. Él no podía moverse por sí solo. No podía impulsarse, no podía abrir la puerta, no podía hacer absolutamente nada sin ayuda. Esa silla era una celda con ruedas. Era su prisión y su altar.
Aquello solo significaba que alguien le había ayudado.
O peor, que alguien se lo había llevado.
***
El edificio municipal llevaba años muerto.
La pintura de sus muros se descascaraba como piel vieja, y las ventanas rotas eran ojos ciegos que ya no vigilaban nada.
En otro tiempo, allí pesaban su carga camiones, tractores y remolques.
Hoy solo quedaban el polvo, el óxido y el recuerdo.
Una antigua báscula, donde el hierro corroído aún crujía bajo su propio peso.
Un lugar discreto que algunas noches los jóvenes usaban para beber, fumar y meterse mano, pero que en plena mañana era el escondite perfecto.
Allí estaba Ismael Rivas.
Inmóvil. No había articulado palabra. Ni gritado.
Ni emitido el más mínimo gemido. Cuando alguien empujó su silla de ruedas y lo condujo, con una calma absurda, por las calles silenciosas de Alba Marina, él se dejó hacer.
Las calles estaban desiertas. El pueblo, con serios problemas de despoblación desde hacía mucho tiempo, era una sombra sin ojos.
Y así pudo Celeste Kessler empujar la silla de ruedas a través de un par de calles cuando nadie andaba cerca.
Ahora, en aquel edificio, con su presa a su merced, Celeste podía hacer lo que quisiera.
Y lo hizo.
Ató las muñecas del anciano con bridas negras. Tiró fuerte, una, dos veces, hasta que escuchó el sonido seco de plástico tenso. Selló su boca con cinta aislante. Ismael no protestó. Su mirada seguía lejana, hundida en algún lugar de otra época.
Ella se plantó frente a él, en medio del eco hueco de aquella sala abandonada.
—Hola, Ismael. Me llamo Celeste —dijo con una voz que no tenía ni rencor ni ternura—. Mis padres me pusieron ese nombre por el color de ojos de mi madre, y porque intuían que yo iba a tener los mismos.
Hizo una pausa breve. El silencio la escuchaba.
—Pero no fue así. Heredé los ojos de mi padre.
Se agachó, sacó de una pequeña bolsa de tela unos auriculares grandes, una grabadora digital y un libro. Revisó la batería con la precisión de una cirujana.
—Tú recuerdas a tu madre, ¿verdad? Seguro que sí. Su rostro, su voz, hasta su olor. Y te envidio por eso.
Sus dedos acariciaban la cubierta del libro, que no era otro que Los Cantos de las Corrientes, de Germán Laredo. El anciano seguía absorto, con la cinta negra todavía ocultándole la boca. Su pecho subía y bajaba despacio, como un fuelle olvidado.
—Yo ya no puedo. Si cierro los ojos para recordar a mis padres, lo único que veo son sus cabezas reventadas…
la carne, el hueso, la pared salpicada de sangre, el suelo encharcado también de sangre.
He perdido su recuerdo, sus caras. Si los evoco solo puedo ver esa escena.
Hasta el recuerdo de mis padres me fue arrebatado.
»Yo era una niña. Estaba jugando en el bosque. Cuando regresé… —inspiró hondo, pero no tembló— …cuando volví al Caserón, los cuerpos de mis padres estaban allí. Nadie supo quién lo hizo. Nadie vio nada. Y así pasaron los años. Años de incertidumbre.
Deslizó un dedo por las páginas hasta llegar a la sección señalada por un marcapáginas.
—Pero hace poco, por pura casualidad, alguien habló de ti. De lo que dijiste. De lo que confesaste. Muy bajito. A escondidas. Pero lo suficiente para escucharlo y para saber lo que hiciste.
»Sí, confesaste lo que has tenido tantos años callado. Que tú mataste a los dueños del Caserón. Y déjame informarte que esas personas inocentes eran mis padres.
Celeste hizo una pausa y se sentó en una silla vieja.
—Dicen que estás loco. Que no distingues la realidad. Tal vez, pero eso no importa. Porque lo has mantenido en secreto durante décadas. Una parte de ti sabía que habías hecho algo imperdonable. Y para mí, eso basta.
Abrió el libro y comenzó a leer:
—“La vio allí, de pie en el borde del acantilado. Mamá. El viento le levantaba el vestido blanco como si quisiera llevársela antes de tiempo. Estaba quieta, demasiado quieta, mirando al mar sin parpadear. No lo miraba a él…”
Ismael parpadeó. Y entonces los ojos se abrieron de golpe.
Luz. Conciencia. Horror.
Comenzó a moverse. Torpemente. Con desesperación. Las bridas sujetaban sus muñecas como garras invisibles.
Quiso gritar, pero la cinta lo amordazaba.
Celeste terminó el pasaje.
Ismael comenzó a llorar. Las lágrimas corrían sin pausa por sus mejillas arrugadas, resbalando cuando se topaban con la cinta negra. Los ojos le suplicaban, con la voz que no podía usar. Le rogaban detenerse.
Pero eso, pensó Celeste, solo era el principio. Simplemente estaba probando cosas. Si la evocación de ese pasaje lo perturbaba, esto solo acababa de empezar.
Se levantó y colocó los auriculares sobre sus orejas con cuidado. Los conectó a la grabadora donde solo había un archivo.
Solo una voz: la suya, repitiendo esa lectura, una y otra vez.
Un circuito cerrado.
Un eco eterno.
Antes de darle al botón de reproducción, le levantó un auricular y susurró en su oído:
—Si esto te duele… será lo último que escuches durante el resto de tu vida.
Y presiona play.
Ismael comienza a convulsionar.
Su cuerpo tiembla. El rostro se crispa. Las lágrimas se mezclan con la saliva contenida tras la cinta. Cada nuevo inicio del audio es un latigazo directo al alma.
Cada palabra le arranca una parte que ya no volverá.
Ella vuelve a sentarse. Tranquilamente rebusca en sus bolsillos para sacar un paquete de papel de liar, un encendedor y una pequeña bolsa transparente con marihuana.
Con manos meticulosas, sin apuro, arma un porro perfecto.
Siempre sin quitar la vista de la coreografía del sufrimiento de aquel anciano.
Enciende el cigarro y lo sostiene entre los labios.
No sonríe.
Solo observa.
A la muerte en cámara lenta.
A la mente desgarrada por su propio espejo.
Al colapso de un cerebro que no puede soportar más.
Una y otra vez.
La llamada.
El acantilado.
Su madre.
Su hermana.
La cinta roja.
La grabadora seguirá sonando aún mucho tiempo después de que Ismael Rivas muera de puro terror.
A solas, sin ruido externo.
Ahogado en el eco de su madre.