El Espejo de Los Dementes Capítulo 23 La coreografía del sufrimiento
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Capítulo 23 La coreografía del sufrimiento

El viento marino le rozaba el rostro como una lengua áspera, cargada de sal, frío y algo más. Sentado en la vieja silla de hierro forjado, Darío Salvatierra miraba el mar desde la terraza del Caserón, los codos apoyados en los muslos, la vista perdida en un horizonte de niebla y espuma.

Habían pasado diez días desde que Irene se había marchado, dejándolo solo en aquel santuario de susurros, donde el silencio pesaba más que las palabras y la noche parecía nunca terminar del todo. Desde entonces, cada jornada había sido idéntica, como el compás de una ceremonia maldita.

Cada noche dormía —si es que podía llamarlo así— para escribir.

Ya no escribía despierto. Se dejaba arrastrar por el delirio nocturno y —clac, clac, clac— sus dedos trabajaban durante la madrugada.

En aquel trance, veía cosas que jamás había imaginado.

Escenarios oxidados por la locura, ciudades donde los edificios estaban hechos de huesos y las calles eran ríos de tinta negra.

Voces de niños que cantaban canciones sin idioma.

Un reloj de carne latiendo en lo alto de una torre rota.

Ojos monstruosos acechando a través de la puerta entornada del armario.

Pasos crecientes que al final te encontrarán.

Cada mañana despertaba con dolor de brazos, de espalda, de dedos, el cuerpo encostrado de sudor reseco, como si hubiera pasado la noche trabajando en algún lugar situado entre la vigilia y las mazmorras de su mente.

Y como resultado, una prolífica colección de relatos tenebrosos pero reales, reales por auténticos, auténticos por demenciales.

Y no solo lo comprendió. Sino que lo aceptó. Más aún: lo abrazó.

Ahora no solo tenía en su mano material para una novela.

Era la novela.

Una obra hecha de pesadillas ajenas, de voces que no le pertenecían, de terrores tan densos que parecían tener peso.

Lo supo con una certeza casi mística: si lograba trenzar esas visiones con la técnica, si tejía los hilos dispares de tantos locos, asesinos, perturbados, suicidas…

crearía algo cuya grandeza no alcanzaba siquiera a imaginar.

Algo que sería temido y reverenciado a partes iguales.

La obra de terror más grande jamás escrita.

Cada tarde repasaba lo escrito, lo anotado, lo recortado.

Armaba un mapa de las pesadillas. Crímenes, rostros en la noche, armas goteando sangre, dientes afilados de bestias, espectros deformados, ratas que escapan de jaulas para devorarte…

Las conexiones brotaban solas, como raíces podridas que sabían dónde ir.

La tarde anterior, exhausto, había terminado de leer la última hoja creada. Afuera, el mar parecía hervir bajo la luna, y los susurros del acantilado trepaban por las paredes como hiedra antigua. Se levantó, se estiró, se frotó los ojos…

Y se vio.

A sí mismo.

El único espejo de la habitación le devolvió a un hombre erosionado por noches que parecían haber durado años.

Ojeras profundas como heridas abiertas. Piel pálida, ajada, de hombre que no ha dormido en siglos.

Los ojos febriles, dilatados, hermosamente enfermos.

Una sonrisa torcida que no recordaba haber formado.

Se estremeció.

Era aterrador.

Y era hermoso.

Aquella figura frente al espejo era él… y no lo era. Un reflejo bajo el influjo de todo lo que había leído, absorbido, escrito. Era el verdadero autor de la novela.

El otro Darío.

Y en ese instante lo supo.

Había estado demasiado tiempo allí.

El Caserón lo había alimentado, pero también comenzaba a devorarlo. El límite entre su mente y los susurros era ya demasiado tenue. Si no se iba ahora, si no se alejaba mientras aún era capaz de reconocerse, tal vez no volvería a ser él nunca más.

Tenía que irse.

Pero se llevaría con él su botín.

Un puñado de hojas que conformarían la esencia de la novela más grande jamás escrita. Lo demás, el hilo argumental, la argamasa que uniría los retazos, lo escribiría en otro sitio, en tierra firme, lejos de cuevas que susurraban su nombre y espejos que lo devolvían convertido en criatura.

Sin embargo, el espejo le dejó un último regalo.

Una idea.

Un artefacto dentro de su novela. Una pieza narrativa que rompería los límites entre lector y texto: un espejo dentro de la historia.

No como objeto cualquiera, sino como mecanismo de dolor.

Un espejo que, al ser observado, revelara al lector no lo que es, sino lo que teme ser.

Una herramienta para confrontar la realidad, y enloquecer al hacerlo.

¿Por qué un espejo? Porque siempre dice la verdad y, por tanto, es un instrumento imposible para los que viven anestesiados.

Un suplicio para los ciegos de espíritu.

Una agresión para los más desquiciados. El mayor enemigo de aquel que huye refugiado en su mente.

El infierno que abrasa la mirada del que ya solo se sostiene en vida ungido en su mentira.

El Espejo de los Dementes, se susurró a sí mismo, o fue un susurro de la pared. Imposible saberlo.

Ya tenía también un título para su obra.

Y ahora allí, en la terraza, rememorando ese instante, se había echado a reír, despacio, mientras la noche se acercaba con promesa de cerrarse como una tumba marina.

Sí.

Ya tenía todo.

Y ahora, era momento de salir del Caserón.

Porque la verdadera pesadilla iba a comenzar en el mundo real.

***

No oyó los pasos de Celeste Kessler.

Ella se movía como una sombra entrenada en la quietud.

Llegó sin romper el aire, felina, elegante, y se sentó junto a él, en otra silla de forja oxidada, con una postura tan perfecta que parecía esculpida en mármol.

Llevaba un abrigo de algodón fino, color gris ceniza, y un fular oscuro que no se movía, aunque el viento la rozara.

—Así que se marcha mañana, señor Salvatierra.

La voz era suave, neutral. Ni pesar ni alegría. Solo información.

—Así es —respondió Darío, sin apartar la mirada del mar.

—He dicho a mi jardinero, que ha ido al pueblo esta tarde, que le consiga un taxi para mañana.

—Se lo agradezco.

Silencio.

El mar rugía, como si respirara hondo después de un largo ahogo. A lo lejos, las gaviotas planeaban alto, evitando con precisión instintiva el Vientre de los Ahogados. Ni siquiera los carroñeros querían flotar sobre esa agua.

—¿Ha encontrado lo que buscaba? —preguntó Celeste, sin entonación.

Darío meditó unos segundos antes de contestar.

—Creo que sí.

—Y también ha perdido otras cosas… me temo.

La frase cayó como una piedra en el centro de su pecho. No por lo que decía, sino por la certeza con que Celeste parecía saberlo.

Irene.

Sus manchas en la cara. Su mirada magnética. Su colgante de cobre.

Sus labios, sus arañazos, sus gemidos.

Tras la discusión se había marchado para no volver. Una mujer hecha para mirar siempre adelante no iba a mirar ahora, ni nunca, atrás.

—No perdí nada porque no tenía nada —respondió Darío, sin convicción.

Ella asintió con un movimiento apenas perceptible, y por un momento sus ojos grises reflejaron la luz del mar como espejos empañados.

—Muchos artistas han venido aquí buscando inspiración —dijo, como recordando en voz alta más que hablando con él—. Muchos creen que han hallado su obra maestra entre estos muros. Que los susurros de esta casa les hablan. Y tal vez… no estén del todo equivocados.

Hizo una pausa. El viento le acarició el rostro, pero ella no se inmutó.

—Pero muchos regresan, señor Salvatierra.

Vuelven a por más. Buscan que los susurros les llenen el hueco que sienten al marcharse.

No entienden que esta casa no da nada. No ofrece nada, ni lo regala.

Solo revela cosas. Y lo que encuentran aquí, en realidad, ya estaba dentro de ellos.

No es la casa quien habla. Son ellos quienes por fin se escuchan.

El escritor no respondió, porque no tenía cómo. Porque en el fondo sabía que era verdad. Que todo lo que había escrito, lo que había soñado, no era un regalo. Era una llave. Una puerta abierta hacia algo que siempre había estado latiendo en su interior, oculto bajo capas de rutina, fracaso y miedo.

—Lo digo —continuó ella, con un leve suspiro que parecía un punto final— porque usted es de esos.

Él la miró por primera vez.

—¿Quiénes son esos?

Celeste se volvió hacia él. Sus ojos eran puros cuchillos de plata vieja.

—Los que vuelven.

El viento se detuvo un segundo. O tal vez fue solo el tiempo, congelado entre dos respiraciones.

Darío quiso negarlo.

Llevaba toda su vida buscando respuestas, y creía —con una fe casi dolorosa— que por fin las había encontrado.

El Caserón no le había ofrecido soluciones, pero sí una certeza terrible: lo que soñaba no era enteramente suyo.

Había algo que lo atravesaba, algo que venía de fuera, de otros, de lugares y mentes en ruinas que no le pertenecían… y, sin embargo, le hablaban.

Y eso, para él, era una revelación.

El Caserón lo había ayudado a entenderlo.

No era inspiración, no era invención: era una forma de recepción. Un canal. Una grieta abierta hacia lo innombrable.

Y ahora, cuando estaba a punto de marcharse con un fajo de hojas escritas, con una novela que creía capaz de cambiar su destino, con páginas tejidas de esas voces robadas a la noche, volver le parecía imposible.

¿Cómo regresar a un lugar que ya te lo ha dado todo?

¿Cómo justificar un segundo descenso al abismo cuando uno ya ha vuelto con el botín?

No.

Tenía que marcharse. Tenía que creer que lo suyo ya estaba hecho. Todo lo demás —el Caserón, los susurros, los sueños de otros— era sugestión.

Ecos psíquicos. Una atmósfera peculiar.

El Caserón no era ninguna entidad.

Los susurros no eran voces.

La inspiración no era contagio.

Era él.

Siempre había sido él.

Y él era escritor.

Y los escritores convierten su alma en literatura.

Y sin embargo…

Cada vez que pensaba así, algo en su interior se revolvía con lentitud. Una mirada desde la sombra de su propia mente. Una sospecha silente.

Una inquietud larvada.

Como si incluso su negación tuviera miedo de la verdad.

Como si lo que se llevaba consigo no fuera del todo suyo.