El Espejo de Los Dementes Capítulo 22 Entre las capas endurecidas del rencor
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Capítulo 22 Entre las capas endurecidas del rencor

Un relámpago desgarró el cielo y provocó que Irene abriera los ojos.

La habitación se iluminó por un instante con una luz blanca, antinatural, que pareció congelar el mundo en un negativo sin vida.

Se había quedado dormida —exhausta, desnuda, sobre la cama— en la misma postura que había adoptado justo después de hacer el amor.

Podía recordar el calor del cuerpo de Darío junto al suyo, su respiración, el peso compartido. Había estado allí. Lo había sentido dormitar también. Pero ahora no estaba. Solo su olor. A su cuerpo, a su semen aún impregnando las sábanas.

Se incorporó lentamente. Las paredes susurraban. El mar azotaba con rabia las rocas allá abajo. La tormenta aún no había cedido del todo. El Caserón respiraba, murmuraba, palpitaba.

Irene se sentía viva. Demasiado viva. La piel le hormigueaba.Aún temblaba por dentro. Cargada de electricidad, como si hubiera absorbido algo más que deseo en aquella unión. Quería volver a dormirse. Dejarse caer en esa marea cálida.

Pero algo hizo clic.

Un pensamiento seco. Una voz interior indicándole algo.

Miró el reloj: eran las 06:23 h. La noche se disolvía, pero la oscuridad aún mandaba. Se levantó, recogió la ropa dispersa por el suelo y se vistió a medias, sin esmero, siguiendo su instinto.

Salió al pasillo. No había nadie, solo el zumbido tenue de una lámpara encendida, esa que parecía destinada a guiar a los sonámbulos. Se dirigió al final del pasillo y subió las escaleras, despacio, sin encender luces.

La madera crujía bajo sus pies, pero no vaciló. Conforme subía, el aire se hacía más opresivo, estrechándose alrededor de su garganta con una lentitud casi física. Los murmullos acorazaban el fino corredor.

Se detuvo frente a la puerta. No llamó, ni intentó entrar. Solo se acercó. Lentamente.

Apoyó la frente, luego la mejilla, como si el silencio pudiera contarle algo. En algún lugar del mundo la tormenta se alejaba.

Cerró los ojos.

Y entonces lo oyó.

Clac. Clac. Clac.

***

La tormenta no dormía. No aquella noche. Y, sobre todo, no en el Caserón.

El viento ululaba con una voz rota que se filtraba entre los marcos de las ventanas, como si alguien —o algo— quisiera entrar, mientras las contraventanas de madera golpeaban una y otra vez los marcos.

En el Vientre de los Ahogados las olas golpeaban con rabia contra la base del acantilado, y desde las grietas submarinas el eco de las cavernas lanzaba lamentos huecos, húmedos, que viajaban por las entrañas de la piedra hasta colarse por el sótano.

Allí abajo, donde el agua siempre susurraba cosas que la razón se negaba a traducir.

Pero ella no tenía miedo.

Celeste Kessler estaba sentada frente a la ventana de su habitación, con la espalda recta, envuelta en sombras. No había encendido ninguna lámpara. Conocía la casa demasiado bien como para necesitar luz. A esas alturas, incluso los muebles viejos sabían respetar su silencio.

Fuera, un relámpago desgarró el cielo en dos.

Por un segundo, su silueta se dibujó con nitidez contra el cristal: el cuello erguido, el mentón alzado, el cabello perfectamente peinado, plateado y corto como un casco de dignidad.

No parpadeó ante la luz. No reaccionó al trueno que le siguió.

Solo siguió con sus dedos, hábiles y delgados, liando con precisión un cigarro de marihuana a oscuras.

Lo había hecho tantas veces que sus manos se movían solas, con la memoria ciega de quien ha repetido un gesto durante media vida.

La tormenta no la perturbaba. En realidad, la ayudaba a pensar.

Cuando el Caserón vibraba con esa intensidad casi orgánica, cuando las paredes parecían contraerse como un pecho asmático y los cimientos retumbaban como un tambor antiguo, algo se alineaba en su interior.

La tormenta limpiaba el ruido del mundo, lo dejaba todo suspendido en ese filo exacto entre el caos y el control.

Encendió el cigarro con un chasquido seco.

La llama del encendedor fue breve, pero suficiente para iluminar su rostro un instante: sus ojos grises brillaron como cuchillas húmedas. En sus ojos había triunfo. También una antigua sensación de justicia. Debajo, algo más oscuro esperaba su turno.

Aspiró con calma. El humo subió en una espiral que se confundía con las sombras, oliendo a hierba vieja, a tierra tibia y a decisiones irrevocables.

Había esperado demasiado.

Años.

Décadas.

Había fantaseado con la venganza en abstracto, la había imaginado de mil formas distintas: con venenos sutiles, con acusaciones públicas, con cuchillos lentos y crueles, con la pólvora purificadora de un arma de fuego. Pero durante mucho tiempo no había tenido rostro, ni forma, ni fecha.

Pero ahora había un nombre.

Un lugar. Una escena. Una ejecución concreta esperando ser planeada.

El motivo no solo dolía: palpitaba.

Volvió a aspirar, despacio. Sintió la calidez en los pulmones, y al exhalar, la mente se le afiló como una aguja.

No se engañaba: sabía que no debía abusar de las drogas en esa casa.

Había visto a más de un huésped caer por ese mismo tobogán.

Artistas fascinados por los susurros, que se habían entregado demasiado al delirio y habían acabado interpretando las voces como profecías.

Algunos hablaban solos. Otros pintaban frenéticamente con sangre y ceniza.

Uno, incluso, saltó desde la terraza mientras reía, diciendo que “alguien lo llamaba desde el mar”.

Ella no era como ellos.

Ella no escuchaba voces. Ella respetaba demasiado el sitio como para banalizarlo. Como para creerse capaz de interpretar sus ecos.

La marihuana no era un escape. Era una herramienta. Su jardinero se la traía con discreción, y ella la dosificaba con precisión clínica. No era un placer; era un bisturí para separar los tejidos de la memoria y encontrar, entre las capas endurecidas del rencor, el nervio exacto que debía cortar.

Fuera, otro relámpago iluminó el cuarto. Por un instante, su sombra se proyectó en la pared como una estatua antigua, erguida, decidida. El humo formaba un halo oscuro a su alrededor. Como una corona.

El Caserón seguía vibrando. Las olas atacaban las rocas.

Celeste entrecerró los ojos. Sí, pensó. Lo haré. No de cualquier forma. No con torpeza ni precipitación. No con la vulgaridad de una simple represalia.

Lo haría bien. Lo haría limpio.

Pero lo haría con dolor.

Y mientras el cielo se abría sobre el océano como un vientre de relámpagos, Celeste Kessler fumaba en silencio, contando los segundos entre el fogonazo y su trueno.

La noche estaba de su lado.

La casa, también.

Y por fin, había llegado su hora para matar.

***

Llamaban a la puerta.

Darío despertó con un sobresalto leve, como si algo interno lo hubiera sacado del sueño un segundo antes del sonido.

Era mediodía. La tormenta había pasado, aunque aún caía una lluvia fina y obstinada, su último coletazo.

El murmullo del mar había vuelto a ser un fondo grave, no el protagonista, pero su presencia seguía intacta.

Durante un instante, creyó haber soñado esa llamada.

Pero volvió a sonar. Más fuerte. Más insistente.

Se incorporó en la cama. Le dolía el cuerpo, como si hubiera cargado peso durante la noche. Miró, instintivamente, hacia el escritorio.

Allí estaban.

Folios escritos.

Muchos, docenas de ellos. Más que nunca. Una proliferación obscena de tinta seca y folios desparramados. La noche había sido productiva. O eso parecía.

Los golpes sonaron otra vez.

No se vistió, no se adecentó, simplemente se levantó y abrió la puerta.

Era Irene. Su colgante de cobre. Su rostro con manchas solares. Su pelo, sus labios…

Durante un segundo, al verla, un recuerdo tibio lo atravesó: el cuerpo de ella, su piel, la pasión febril de esa noche que todavía palpitaba en sus músculos.

Pero ese destello se apagó en cuanto vio su rostro. La ira contenida en su mirada. Fría. Afilada. Hostil.

Sin decir nada, lo empujó y entró.

Darío se apartó, sorprendido. Ella inspeccionó la habitación con una mirada breve y se dirigió, sin pausa, hacia la mesa de trabajo. Los folios estaban allí, esparcidos como huellas de una actividad inconfesable. Irene los contempló con dureza. Cogió uno al azar.

Lo leyó en silencio.

El escritor no la interrumpió. ¿Para qué? Solo la observaba, inmóvil, esperando la sentencia.

Cuando terminó, bajó la mano con el papel aún entre los dedos y lo miró. Su voz fue cortante:

—Me has mentido. Me dijiste que no percibías nada. Que no tenías pesadillas. O que no las recordabas. Pero esto… Esto es exactamente lo contrario: no solo las percibes, sino que las recuerdas. Y además las escribes.

Hizo una pausa, como quien recarga un arma.

—Yo no te he dado ni una sola razón para no confiar en mí.

Darío tragó saliva. Sintió el calor de la vergüenza subirle al rostro.

—Lo siento, Irene. Primero quería estar seguro…

Ella lo interrumpió:

—¿Seguro? ¿Me vas a decir que no llevas varias noches así? ¿Escribiendo todo esto?

—En realidad… no soy yo —respondió él, sin levantar la voz—. Es como si escribiera en sueños. Como si estuviera sonámbulo. Apenas recuerdo haberlo hecho. Hasta que lo leo al día siguiente; y entonces todo encaja.

—Eso no cambia nada. Me has estado mintiendo. Me lo ocultaste. Estábamos juntos en esto, pero al parecer, tú no lo veías igual. Aunque no haya ningún problema en estar junto a mí para otras cosas.

Darío se crispó.

—Eso no tiene nada que ver. No puedes imaginarte lo confuso que es todo esto para mí…

—¿Confuso? —lo cortó—. Como la primera vez que viniste a mí. Perdido. Desorientado. Y yo te ayudé.

El silencio se acumuló como polvo en una casa abandonada. Los susurros en las paredes se intensificaron, como si el Caserón reaccionara al conflicto.

Ella respiró hondo. Sus ojos se entrecerraron.

—¿Qué pasó con Ismael Rivas?

El escritor bajó la mirada mientras la pregunta proseguía:

—Mientras yo hablaba con su sobrina, tú te acercaste a él. Hablasteis algo. Y luego saliste huyendo. Lo vi con mis propios ojos.

Él titubeó. Luego, resignado, dijo:

—Creo que ya sabes la respuesta.

—¿Y si pruebas a decírmela?

—Como le pasó a Germán Laredo, que se le aparecía en sus sueños. Parece que conmigo fue igual. Dice que me vio. En sus pesadillas.

El rostro de Irene se endureció.

—Eso es terrible. Porque por cómo nos dijo las cosas, esas intrusiones lo descomponían, lo destrozaban por dentro.

Volvió a mirar la mesa, los papeles.

—Entonces cada hoja escrita aquí es más de lo mismo. Un sueño violado.Un tormento ajeno arrancado y deformado. Corrompido. Lo que haces hace sufrir a la gente.

Darío no respondió de inmediato.

—Eso no lo sabes —dijo al fin, en voz baja—. Nos basamos en el testimonio de un hombre loco.

Ella lo miró por primera vez con verdadero desprecio. Y esa mirada dejaría para siempre una cicatriz en el corazón de Darío.

—¿Un loco? ¿Así reduces una vida entera de sufrimiento que pudo destrozarlo para siempre?

La indignación prendió en el rostro de él.

—Soy escritor, puedo darte diez sinónimos menos ofensivos, si lo prefieres. O metáforas para edulcorar la realidad. Pero eso no cambia la realidad: es un hombre perturbado, fuera de sí.

—Sí —respondió ella con calma—. Pero dice la verdad. Y tú lo sabes. Y ahora… yo también lo sé.

Otro silencio.

Uno más hondo.

Más final.

El escritor rompe la quietud con una frase rota:

—Necesito saber hasta dónde llega esto.

—¿Hasta dónde llega? —repitió Irene—. Tú ya lo sabes. Lo has sentido cada noche. Lo has leído. Has comprobado que lo que escribes no es invención. Es real. O, al menos, pertenece a otros. ¿Qué más necesitas comprobar?

Hace una pausa.

—¿Qué buscas, Darío? ¿Qué quieres?

Él no contesta. Solo aprieta los puños.

—¿Es la gloria? ¿Quieres ser el próximo Germán Laredo? ¿Otro escritor maldito, pero en vez de alimentarte de los fantasmas de los ahogados, te alimentas de los horrores con que sueñan los más perturbados? ¿Es eso lo que te empuja? ¿Tu ego de escritor fracasado?

Darío siente la frase como una cimitarra clavada en el orgullo. Sal en la herida que más duele. Pero no encuentra palabras, porque sabe que en el desprecio de ella hay demasiada verdad.

Pero ya no hace falta contestar, porque ella empieza a marcharse. Hay una tensión de despedida que Darío no puede detener.

—Adiós, Darío.

Se detiene un segundo más, sin volverse.

—Por mi parte… yo ya encontré lo que vine a buscar.

Y me ha llevado a una certeza: mi padre tenía razón.

Este lugar es un nodo de energía viva, de dolor antiguo.

Y sea lo que sea, no pienso convertirlo en espectáculo.

Ni en dinero. Si esto se hace público, vendrá gente.

Gente buscando respuestas, inspiración, contacto...

y no tenemos ni idea de qué podrían llevarse de aquí.

Se gira levemente para mirarlo una última vez.

—Lo poco que sabemos solo conduce a una misma puerta: dolor, locura y muerte.

Abre la puerta. Los murmullos suenan como una torre de Babel de voces imposibles.

—Espero que sepas lo que haces. Y que el poder de este sitio no te sepulte.

Cierra la puerta.

Darío se queda solo con los folios.

Y con los susurros.