Capítulo 21 Como se diluye una verdad antes de hacerse palabra #2
No los de siempre.
No los que reptaban con timidez entre las paredes en las horas muertas.
Esa noche eran más intensos, más amplificados, más cargados de lamento.
Más afilados.
Gritos amortiguados. Sollozos lejanos. Canciones deformadas por la profundidad. Las voces de los ahogados se elevaban desde el vientre del mar. Desde los túneles negros que atravesaban la roca bajo el Caserón.
Parecían subir con la marea, empujados por la fuerza de algo que se removía en las profundidades, y que aquella noche parecía haber despertado.
El Caserón crujía. Se quejaba como si también sintiera el ascenso de esos espíritus rotos. Las paredes parecían sudar sal. Las lámparas parpadeaban. El suelo vibraba con una frecuencia sutil, imperceptible para los sentidos comunes, pero viva para quienes ya no dormían.
Esa noche, el límite entre el mundo de los vivos y el de los que giran sin descanso bajo el agua se volvió delgado como una membrana.
Darío abrió los ojos.
Como cada noche desde que estaba allí. Empujado, una vez más, por un sonambulismo guiado, se levantó de la cama. La oscuridad era densa, viva, cargada de electricidad suspendida. La tormenta se estrellaba contra el cristal con violencia líquida. El mar aullaba. La casa retumbaba.
Avanzó hacia la mesa como un impulso, un acto automático, como si fuera una marioneta guiada por un guion antiguo.
Se sentó frente a la máquina de escribir. Encendió la lámpara. La luz de los relámpagos, lejana, quebraba la noche.
Comenzó a teclear.
Más rápido. Más fuerte que nunca.
Clac, clac, clac, clac, clac, clac.
Como si lo dictado se le impusiera sin resistencia, sin filtro.
Las palabras brotaban de él con furia, al ritmo del trueno.
Y algo extraño ocurría: lo que escribía, lo que veía, lo que percibía, se mezclaba con la tormenta misma.
Los susurros del Caserón, las visiones de los ahogados, los gritos perdidos de los dementes…
Todo giraba dentro y fuera de él, como si el mundo entero estuviera vomitando imágenes a través de sus dedos.
Pero entonces, se detuvo.
No porque terminara.
Sino porque algo más quería salir.
No una pesadilla. No un lamento. Era otra pulsión, más primitiva, más suya. Como si la energía brutal de ese lugar, de esa noche, le hubiera llenado el alma de combustible. Y necesitara quemarlo.
No se vistió.
Ni siquiera se peinó el cabello revuelto.
Salió así, como estaba, en calzoncillos, descalzo, con la camiseta pegada al pecho por el sudor. Bajó las escaleras a oscuras. No encendió ninguna luz, pero su paso era firme, sin tropiezos ni dudas. Sus pies sabían dónde iban. Su subconsciente había tomado el control. Y él lo dejó hacer.
En el primer piso, una pequeña lámpara del pasillo parpadeaba como una luciérnaga enferma. Darío la vio de reojo, pero no se detuvo.
Caminó hasta una puerta. Una en particular. Levantó la mano y tocó. Con suavidad. Como si algo dentro de él supiera que no hacía falta golpear más fuerte.
***
Irene estaba despierta.
No por insomnio, ni por sobresalto. Simplemente…
no podía dormir. Su cuerpo estaba en guardia, como si el aire mismo contuviera una advertencia.
La tormenta rugía afuera con brutalidad.
El Caserón se estremecía con cada embate del viento y el mar golpeaba las rocas como un animal furioso encadenado.
Pero no era solo la fuerza de la naturaleza lo que la tenía así. Había algo más.
Su piel estaba erizada.
Cada poro, cada cabello, reaccionaba como una antena afinada.
Ella conocía aquella sensación. Había aprendido de niña a no despreciar las advertencias del cuerpo: el vello erizado, la presión detrás de los oídos, ese hormigueo profundo que ningún instrumento conseguía registrar del todo.
Pero nunca había sentido nada semejante.
Aquella tormenta lo amplificaba todo.
Como si el Caserón estuviera bebiéndose la tormenta.
El aire en su habitación no era aire. Era densidad electromagnética. Corrientes sin forma que se entrecruzaban. Zumbidos sutiles. Vibraciones en el suelo. Un temblor en los huesos. Los murmullos de las paredes se multiplicaban, se solapaban, se reactivaban.
Caminó hacia la ventana. La madera crujía como si el edificio respirara.Durante los relámpagos, el mar aparecía en explosiones blancas. Irene tuvo la absurda certeza de que bastaría permanecer allí un poco más para distinguir entre los remolinos algo que no era espuma.
Era una noche para que cualquier cosa pudiera suceder.
Irene se alejó del vidrio con el corazón acelerado.
Y entonces, lo oyó.
Dos golpes.
Toc. Toc.
Sin miedo ni duda se acercó a la puerta. Y abrió.
Allí estaba Darío, empapado de sombra, con los ojos ardiendo como si algo se hubiera encendido dentro de él.
Ella lo miró, y en su propia mirada había lo mismo: una chispa, un reflejo de esa electricidad que no venía de la tormenta.
Él dio un paso al frente. Irene retrocedió sin apartar los ojos de los suyos. Él entró. Cerró la puerta tras de sí, sin prisa. Sin palabras.
Ella volvió a retroceder, y su espalda tocó la pared.
En ese instante, los susurros se alzaron.
Más fuertes. Más definidos.
Un trueno lejano desgarró el silencio desde el mar.
Darío la alcanza. Una mano en la mejilla, la otra enredándose en el pelo, sobre la nuca. La atrae hacia él y la besa.
Un beso animal, impuro, inevitable.
Irene se rinde al impulso, le devuelve el gesto con la misma furia, con el mismo deseo urgente, como si el contacto de sus cuerpos fuera el único conjuro posible para calmar el rugido que crece en sus entrañas.
Cada uno está poseído por una energía distinta, pero ambos son conducidos al mismo centro ardiente.
Se besan con hambre, sin guardarse nada.
Las manos exploran, arañan, buscan piel.
Darío la empuja con su cuerpo, llevándola sin pausa hacia la cama.
No la suelta, no le da tregua. Caen sobre el colchón entre los ecos de las paredes, gemidos y otro trueno, como si el Caserón celebrara la unión con una vibración profunda.
Sin dejar de saborearse, de morderse, él se quita los calzoncillos mientras Irene hace lo propio con su ropa interior. El miembro erecto, rocoso, se hace ver y ella lo toca, lo guía.
Darío la penetra con una naturalidad brutal.
Como si ese acto hubiese estado escrito antes de que se conocieran.
Encajan. Forman parte de una misma vibración. Son un mismo temblor. Se aman con una pasión desatada. Bocas sobre cuellos, uñas sobre espaldas, lenguas sobre piel.
Entonces ella se revuelve, se rebela. Empuja el cuerpo de él, lo echa a un lado de la cama, lo tumba, lo pone a su merced. Y ella misma se penetra.
Ahora, montada sobre él, marca el ritmo con su cuerpo como una jinete furiosa. Se aferra a su pecho, lo araña, lo domina. Cabalga sobre él mientras las manos del hombre apresan sus senos. Luego bajan a la cadera, aprietan y ayudan a que el movimiento de la mujer sea más salvaje.
Darío no recuerda haber estado tan vivo. Tan fuerte. Tan poseído.
Se incorpora sin separarse de ella, la alza con sus brazos firmes, y la empuja contra la pared, entre jadeos y estremecimientos.
Ella rodea su cintura con las piernas. Él la alza y la deja caer en su eje con una cadencia frenética.
No existe nadie más.
Solo ellos.
Por más que quisieran hacerse notar con rayos, el resto del mundo, del universo no existe.
Los susurros parecen callar. Parecen escuchar.
Irene desciende de su cuerpo.
De pie, gira y le ofrece la espalda.
Un relámpago fotografía la noche.
Él entra de nuevo, con la misma facilidad ardiente, y embiste con fiereza. Como si fuera la última noche del fin del mundo. Ella araña la pared con las manos abiertas. Él muerde su nuca, devorando su sabor.
Gemidos, sudores, pulsiones compartidas, movimientos acompasados a la velocidad de la lascivia.
Entonces la toma de la cintura, la levanta apenas y la arroja sobre la cama, sin desligarse.
Sigue.
Más rápido.
Más profundo.
Ella le agarra una mano y se la lleva a la boca. Muerde el dorso para no gritar. El dolor se mezcla con el placer en Darío, sin saber por instantes cuál es cuál.
Acelera. Ella acompaña la acción.
De repente, es el final.
O tal vez el comienzo.
Él suelta un gemido áspero, animal. El orgasmo le hace convulsionar por un instante. Se separa de su cuerpo en el último segundo, con un rugido ahogado, derramándose sobre las sábanas como si se deshiciera por dentro.
Ambos caen, agitados. Rendidos.
El silencio lo ocupa todo, salvo sus respiraciones aún aceleradas.
Y el mar, que sigue rugiendo allá afuera.
Los susurros, satisfechos, parecen atenuarse.
La tormenta no se detiene. Sigue su camino.
Pero en esa habitación, ahora solo hay calma.