El Espejo de Los Dementes Capítulo 21 Como se diluye una verdad antes de hacerse palabra
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Capítulo 21 Como se diluye una verdad antes de hacerse palabra

Habían pasado varios días desde la primera noche del incidente en el hospital Rocablanca. Desde entonces, cada noche había sido igual: aullidos, gritos, llantos desesperados. Súplicas que parecían salidas de gargantas arrancadas a otro mundo.

Y sedantes. Muchos sedantes. Administrados con precisión militar, como si fueran las únicas balas disponibles en una guerra contra lo invisible.

Siempre los mismos pacientes. Siempre las mismas celdas. Como si algo los reclamara una y otra vez, con puntualidad demoníaca.

Daniel Pinedo fue uno de los que más sufría esos incidentes nocturnos.

Durante días, permaneció embotado, suspendido entre la vigilia y el horror, con los ojos abiertos pero la voluntad enterrada en algún rincón inalcanzable.

Se arañaba la cara. Se encogía en un rincón, abrazado a sus propias rodillas, mientras el pánico lo devoraba como un ácido lento, silencioso, meticuloso.

Y necesitaba mucha medicación. Aquel paciente al que Albuquerque había conseguido mantener limpio de medicación volvía ahora a necesitar dosis brutales de psicofármacos para no despedazarse por dentro.

Y ahora… caminaba por el pasillo hacia el despacho del doctor.

Llevaba todavía el rastro químico en la mirada. Las pupilas dilatadas. Los labios resecos. La voz suspendida de un hilo que aún no sabía si romperse en palabras o en llanto.

Un enfermero lo acompañaba, pero no hacía falta sujetarlo. Dani caminaba solo. Como un sonámbulo con destino. Isaías Albuquerque lo esperaba detrás de su escritorio, con los dedos cruzados y la mirada agazapada. Tras él, como siempre, la jaula de pájaros.

—Dani —dijo con suavidad, una vez a solas—. ¿Qué te está pasando? ¿Qué sientes?

Dani bajó los ojos.

No sabía, o no podía, decirlo.

—¿Son las pesadillas? —insistió el psiquiatra.

El muchacho asintió, apenas.

—¿La de la cuna?

—Sí —susurró.

Y nada más. Se quedó quieto. Aguantando algo. Mordiéndose las palabras antes de que consiguieran salir.

Luego un silencio. Los pájaros piaban a su espalda. Ninguno de los dos parecía oírlos.

Hasta que, de repente, lo dijo:

—El Hombre de los Nueve Dedos…

Isaías alzó una ceja. Se incorporó en su sillón, como un depredador en la noche que ha escuchado crujir una rama.

—¿Una nueva pesadilla?

—No —dijo Dani, sin mirarlo—. Es la de siempre. Pero ahora… ahora está él… Siempre estuvo… Pero yo no podía verlo.

Un escalofrío le recorrió los brazos. Se abrazó a sí mismo. No lloraba, pero temblaba como si todo su cuerpo respirara miedo. Más que miedo: horror. Un horror primigenio, desbordado, incontenible.

Isaías se relamió. La lengua rozó los labios con un movimiento apenas perceptible.

—¿Quieres dibujarlo?

El paciente asintió. Apenas un gesto sedado, lento. El psiquiatra deslizó una hoja de papel y un lápiz hacia él, con un gesto casi ceremonial.

Durante varios minutos, el único sonido en el despacho fue el del lápiz rascando la superficie. Los pájaros piaban, ajenos al propósito de su existencia allí. Dani dibujaba con manos temblorosas, pero con una claridad espeluznante.

Cuando terminó, giró la hoja y se la mostró al doctor.

Isaías Albuquerque contuvo el aliento.

Frente a él, una espalda enorme, encorvada sobre una mesa.

Una vieja máquina de escribir vomitando palabras.

Un dedo amputado.

Un rostro espectral, apenas bosquejado, de semiperfil… pero que irradiaba odio puro.

Aquello no era humano.

Era la sombra de algo que una vez quiso parecer humano.

Un autor de pesadillas.

Un cancerbero de historias.

El psiquiatra sujetó el dibujo con delicadeza, como si fuera una reliquia.

—Excelente ejemplar —murmuró para sí. Su voz era la de un coleccionista. Un sacerdote del espanto.

Levantó la mirada hacia Dani.

—¿Quién es el hombre del dibujo?

El paciente lo pensó. O hizo como que lo pensaba. Pero no hubo análisis, ni metáfora, ni teoría.

Solo una frase, simple.

Absoluta.

Definitiva.

—Es el culpable de todo.

***

Llevaban varios días en el Caserón.

El tiempo no pasaba: se drenaba, como agua sucia entre tablones húmedos. Las horas no se sucedían; se estancaban.

Las noches se alargaban hasta tocar el amanecer sin que él lo notara.

Y entonces Darío era imbuido, activado por la energía, por los susurros del lugar, por los lamentos de miles de ahogados durante siglos.

Y en esa vigilia inquieta entre el sueño y una realidad deformada, su capacidad telepática explotaba y empezaba a percibir, como cuervos perdidos volando en la noche, las pesadillas ajenas: fragmentos rotos de vidas que no eran suyas, gritos ahogados que cruzaban el Caserón como ráfagas heladas, memorias podridas de dementes abandonados al olvido...

y él las atrapaba, una a una, antes de que se extinguieran, las moldeaba con palabras, y las dejaba sangrar sobre el papel.

Clac, clac, clac.

El claqué de la máquina de escribir no cesaba; escupía folios escritos con lamentos ajenos sin cesar.

Clac, clac, clac.

Una tras otra, las hojas —las pesadillas— se acumulaban.

Relatos viscerales, cargados de miedo ajeno, de símbolos dementes. Aparecían sin previo aviso, sin transición. Surgían de la nada y se traducían en palabras, rápidas, precisas, inevitables.

Las hojas se apilaban en su escritorio, en la cómoda, en el suelo.

No había dudas: eran ajenas.

Y sin embargo… él era quien las escribía.

Lo que empezó como una anomalía se convirtió en una urgencia.

Ya no podía —ni quería— detenerlo. Los relatos eran horribles.

Pero también poderosos.

Había belleza en esa oscuridad. Fuerza. Historias.

Y, aunque todavía le avergonzara admitirlo, una oportunidad.

Mientras tanto, Irene Dalmau persistía en sus exploraciones silenciosas.

Cada día parecía más centrada, más absorbida por el Caserón, como si su cuerpo estuviera, también, siendo atravesado por algo que no se podía ver ni nombrar.

Grababa sonidos. Medía fluctuaciones. Identificaba zonas donde el aire parecía más denso, más vivo. No compartía nada. No aún.

Esa tarde, el cielo estaba cargado de sombras. El mar, furioso, escupía espuma contra las rocas. El viento se colaba por las rendijas como un presagio. Tormenta inminente.

Irene estaba sentada en la terraza, quieta, mirando el horizonte. Sus cabellos giraban en torbellinos caóticos, y el colgante de cobre que llevaba al cuello brillaba, aunque no había luz suficiente para ello.

Darío salió y se sentó a su lado. Ella no lo miró.

Tampoco le preguntó por sus sueños, ni si percibía algo anormal del Caserón.

En ese aspecto, parecía haberse alzado un muro entre ambos, como si ella, desde el principio, hubiera adivinado que Darío ocultaba algo y simplemente le estaba dejando espacio para luchar contra sus fantasmas.

Irene parecía presentir que algo ocurría, pero no lo acorralaba con preguntas. Y él… no se lo había dicho. Tal vez por vergüenza. O por una forma de orgullo retorcido. Por ese deseo secreto de guardarse aquella verdad sucia, palpitante, solo para él.

Convertir aquellas pesadillas en un libro no era un plan.

Era una necesidad.

Eso se decía.

No estaba provocando aquellos sueños. No hacía daño a nadie. Las pesadillas ya existían antes de llegar a él.

¿Qué importaba entonces que las escribiera?

Entonces, Irene habló. Su voz llegaba suave, pero cargada de algo más denso que el viento:

—He estado escuchando los susurros. Durante muchas horas, días enteros. Frecuencias que cambian, saltan, como si el Caserón respirara con ciclos propios. No hay un patrón concreto. Nada que pueda descifrar. Solo esos ecos que parecen indescifrables para cualquier humano.

Guardó silencio un momento. Luego añadió:

—Cada vez estoy más convencida de que construir este Caserón aquí fue un error.

Aquí no debía haber una casa. Ni una pared.

Nada. Este sitio absorbe todo lo que viene de abajo.

Y por eso fascinó a los miembros de los Hijos de las Corrientes.

Pero ahora no tengo dudas de por qué acabó el culto.

No creo que sea muy sano prestar atención a los susurros, intentar buscarles sentido.

Darío no dijo nada.

La miró. La encontró hermosa en ese momento, pero no de una belleza común. Había algo sagrado en la tensión de su perfil contra el cielo tormentoso. Como si perteneciera más al viento que a la tierra. Como si él nunca pudiera alcanzarla del todo.

Quizá esa era su última oportunidad de sincerarse.

De decirle qué estaba haciendo.

En qué se estaba convirtiendo.

Pero la víspera de la tormenta sopló con más fuerza. Y una sombrilla vieja, arrimada a un rincón, se desplomó con un golpe hueco. Darío se levantó para recogerla.

Y el momento se rompió.

—Deberíamos resguardarnos —murmuró Irene desde su silla—. La tormenta va a ser fuerte.

El instante había desaparecido.

Como se evapora una brasa cuando el viento la arrastra.

Como se diluye una verdad antes de hacerse palabra.

***

La tormenta se había dejado intuir durante todo el día, arrastrando nubes pesadas como telones de sombra, pero fue al caer la noche cuando finalmente descendió sobre el Caserón de los Susurros, como una bestia contenida que por fin se desataba.

La caída del sol trajo consigo una oscuridad espesa, cerrada, sin luna, donde hasta los árboles parecían contener la respiración.

Solo el rugido del mar rompía el silencio, pero ya no como un murmullo lejano, sino como una amenaza viva.

El acantilado se estremecía bajo el impacto de las olas, que subían con furia, desgarrando la piedra con garras invisibles. El mar se había crispado por completo: un cuerpo inmenso, sacudido por espasmos, salpicando espuma sucia y sal como saliva de un animal rabioso.

Las aguas no danzaban. Se convulsionaban.

Los truenos caían lejos, pero su retumbar llegaba convertido en un eco hueco y profundo, como si viniera desde abajo, desde las cuevas submarinas donde nadie —nadie vivo— ha bajado jamás.

El viento chillaba entre las rendijas del Caserón, se colaba por las grietas, repiqueteaba las contraventanas de madera, haciéndolas crujir como huesos viejos.

Y luego estaban los susurros.