Capítulo 20 Aunque las paredes lloren enfermedad #2
Y entonces la ve. Una serpiente. Verdosa, larga, fina como un látigo húmedo.
Sale de una rejilla oxidada del suelo. Se arrastra con lentitud, con la seguridad de quien sabe que nadie la va a detener.
Ella grita. Fuerza las muñecas. Intenta romper las correas.
Nadie viene. Ni pasos. Ni voces. Solo el roce asqueroso del cuerpo escamoso acercándose.
La serpiente sube por una pata de la silla. Rodea la base. Se eleva hasta alcanzar su brazo. Ella contiene el aire. La lengua bífida roza su piel. Sube. El hombro. El cuello. Durante un instante se enrolla allí. Ella cree que va a morderla.
Pero no. La serpiente comienza a descender.
Por el pecho. Por el vientre. Llega hasta su entrepierna. Ella grita, suplica. El sudor le corre por las sienes.
Y entonces… entra.
Se introduce dentro de ella. Despacio. Sin detenerse. Como si eso fuera su hogar. Como si el aborto hubiera sido una llamada.
Y el médico no vuelve nunca.”
Darío bajó lentamente el folio, con los ojos aún clavados en la última línea, como si las palabras pudieran seguir hiriéndolo incluso después de haberlas leído. La hoja temblaba entre sus dedos, y el sudor en sus palmas hacía que el papel se pegara a su piel.
Aquello no era solo una pesadilla.
Su parte más humana —la que aún recordaba cómo dolía la vergüenza, la empatía, el miedo limpio— sintió un estremecimiento sincero. Le dolía imaginar que una mujer, en algún lugar, pudiera haber soñado eso. Que alguien cargara con esa visión, con esa invasión, con esa soledad atada a una silla.
Pero su otra parte veía más allá.
Su parte creadora, artística.
Esa parte estaba fascinada.
Porque aquella era una escena perfecta.
Una imagen brutal, repulsiva... pero viva. Palpitante.
Era oscura. Era atroz. Y era brillante.
Necesitaba más.
Necesitaba saber si ese horror era un relámpago aislado… o si estaba ante algo más grande.
Tomó otra hoja.
Y siguió leyendo.
***
Darío leía sin parpadear.
Los folios se sucedían uno tras otro, como si alguna fuerza arcana y fecunda los hubiera sembrado allí durante la noche, aguardando su despertar.
La luz del atardecer de mayo se colaba por el gran ventanal, cálida al principio, pero tornándose lentamente en un resplandor oblicuo, anaranjado, casi febril.
Sobre la mesa, el sol moría en manchas irregulares, y las sombras que proyectaban los objetos se alargaban en las paredes con formas inciertas: dedos flacos, espinas torcidas, o bocas entreabiertas a punto de decir algo que nadie quería oír.
Una procesión de pesadillas desfilaba ante él: abortos imposibles, gritos atrapados en armarios cerrados desde dentro, cuerpos que no deberían moverse, ojos que nunca se cerraban…
Cada página era una herida abierta, una espina hundida en carne blanda.
Un grito desesperado a un cielo oscuro, completamente negro, sin estrellas.
Y él leía.
Embriagado.
Había fascinación. Una euforia oscura que solo un escritor puede sentir cuando encuentra material puro, crudo, sin filtros, salido de la raíz del dolor y la locura.
El eco de las mareas golpeaba en la piedra bajo el Caserón, lejano pero constante. Ese rumor marino se colaba por los rincones, por las rendijas del techo, por debajo de la puerta. Un latido húmedo, profundo, como si algo nadara en círculos bajo las cuevas, esperándolo.
Y entonces llegó a esa página.
“Mamá lleva mucho tiempo enferma. No es fiebre ni tos.
De otra cosa. De algo que no se ve, pero que cambia su voz, su mirada, su forma de caminar por la casa.
A veces habla sola. A veces se ríe y luego llora sin razón.
Dice que escucha voces desde el acantilado.
Que la llaman por su nombre. Que le prometen descanso.
Hoy están allí. En lo alto del acantilado.
El viento sopla con fuerza. El cielo está sucio, gris, lleno de aves que no vuelan.
El niño está en un extremo, observando a su madre y a su hermana.
En el otro está Mamá. Mirando al horizonte con la vista fija.
No parpadea, no sonríe, no hace nada. Sujeta con una mano a su hermana.
Ella es más pequeña. Ella se llama María.
Y lleva una cinta roja en el pelo. Siempre la ha llevado.
Es lo único que no han perdido, aunque la comida escasee y las paredes lloren humedad.
Mamá comienza a andar hacia adelante. Aferra la mano de María con fuerza.
María es arrastrada poco a poco hacia el borde.
La niña no quiere. Llora. Mira a su hermano con los ojos desbordados.
Las piernas intentan anclarla al suelo. Se hunden en la tierra.
Intenta soltarse. Pero Mamá está decidida.
Tiene una mirada ausente, fija en el horizonte, como si el mar le hablara. Como si ya no estuviera allí.
El niño grita. No, mamá. No. Corre hacia ellas, pero sus piernas pesan como hierro. El viento lo empuja. El miedo lo detiene. Mamá sigue avanzando. Paso a paso. Arrastrando a la niña. Como si la entrega fuera un rito. Como si fuera lo único que puede calmar las voces.
Entonces, sin una palabra… salta. Caen al vacío. María chilla desesperada y el grito se va perdiendo entre el viento y las rocas. El mar las recibe. Un rugido. Una ola las abraza en su caída. Y luego nada. Ya no están. Solo espuma. Solo sal. Solo el vacío.
El niño cae de rodillas. El grito se le rompe dentro. El viento se lo lleva. Mira hacia abajo. No hay cuerpos. No hay sangre. Solo el mar embravecido, tragándoselo todo como una boca infinita.
Y entonces, entre los remolinos del agua, ve algo. Una línea roja. Delgada. Girando sobre la superficie. Como una señal. Como una cuerda. La cinta de su hermana, atrapada en las corrientes eternas. Bailando todavía. Como si nunca fuera a soltarse.”
***
Había terminado de leer.
El último renglón temblaba todavía en sus pupilas, como una imagen demasiado fuerte para desvanecerse con solo parpadear. Cerró los ojos, pero las palabras seguían allí, impresas en la cara interna de sus párpados.
No era lo mismo —no podía serlo— leer pesadillas anónimas, sin rostro, sin voz, que enfrentarse a esa.
Porque conocía al dueño de aquel recuerdo: Ismael Rivas.
El anciano de mirada perdida, de mente quebrada, un espíritu disuelto en los ácidos de la demencia.
Que había vivido toda una vida con ese peso ardiéndole por dentro: la imagen de su madre saltando al vacío, arrastrando a su hermana.
Esa visión no se iba nunca. No se curaba. No envejecía.
Y era real.
Había pasado.
Un nudo amargo le apretó el estómago. Lo invadió un desconsuelo hondo, sucio. Le dio náuseas pensar en la vida que había tenido que arrastrar ese hombre. Años de oscuridad solo para que ahora, en una hoja blanca, ese momento fuera leído por alguien que no estuvo allí. Por él.
Y entonces, dejó de pensar.
El sonido regresó. O siempre estuvo allí. El que subía desde las entrañas del acantilado, desde las grietas entre las piedras, vibrando por todas las paredes del Caserón hasta llegar a la buhardilla.
Los susurros.
Como olas que no mojaban, como voces sin boca, como hilos invisibles que le entraban por los oídos y se le enroscaban en el cerebro.
Se dejó llevar por ese rumor espeso, viscoso.
Y pensó en Germán Laredo.
Laredo también había escuchado esas voces.
También había soñado esas imágenes.
También había dormido entre estas paredes húmedas, y escrito cosas que no eran enteramente suyas.
Y lo había aprovechado.
Dios santo… lo había convertido en arte.
Los Cantos de las Corrientes era una obra maestra. Y Laredo no era ningún genio. No era brillante. No era mejor que él.
Solo estuvo en el lugar adecuado.
Conectó.
Se dejó poseer.
Y escribió.
Darío contempla los folios.
Entonces, ¿por qué no yo?
¿Por qué no Darío Salvatierra, el fracasado, el olvidado?
Aquellas hojas son terribles. Sí. Pero son potentes. Brutales. Tienen una energía primitiva, sucia, magnética. Y alguien con talento puede convertirlas en algo más.
En una novela.
La más grande novela de terror jamás escrita.
El pensamiento le arde en el pecho. El egoísmo le escuece como una herida abierta. La culpa trata de alzarse, pero es pisoteada por una certeza sorda y brillante.
La idea se instala allí.
Y no se irá jamás.