El Espejo de Los Dementes Capítulo 20 Aunque las paredes lloren enfermedad
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Capítulo 20 Aunque las paredes lloren enfermedad

La bruma lamía los muros del Caserón como si intentara trepar por ellos para volver a tragarlo.

Allí, en la biblioteca de techos altos y ventanas con cristales arcaicos, el silencio era espeso, casi tangible.

Solo el mar, abajo, muy abajo, murmuraba con sus voces múltiples.

Lenguas antiguas atrapadas entre las rocas, cuyas vibraciones trepaban por los muros y hacían del Caserón una inmensa caja de resonancia.

Darío e Irene no se habían dirigido una palabra desde que dejaron a Ismael Rivas. Demasiada información, demasiadas revelaciones. La curiosidad se estaba convirtiendo en algo pesado, peligroso.

Los engranajes oxidados del pasado comenzaban a chirriar al unísono.

Décadas atrás, una mujer con problemas mentales no aguantó el influjo del Vientre de los Ahogados y salta al vacío.

En ese viaje hacia la nada, arrastra consigo a su hija.

Su otro hijo lo contempla todo y esa visión, probablemente, le quiebra la lucidez.

El niño se llama Ismael Rivas, y crece con ese trágico recuerdo, que revive en sus pesadillas.

Pasan los años y un escritor ermitaño recala en la zona.

Se hospeda en el Caserón de los Susurros, un sitio que, por su situación sobre el Vientre de los Ahogados, absorbe la energía que viene desde el acantilado y la proyecta sobre sus huéspedes.

El escritor es Germán Laredo y empieza a soñar cosas extrañas.

Percibe los lamentos de los espectros ahogados durante siglos en aquellas aguas.

Pero también percibe otras cosas, pesadillas de ciertas personas perturbadas, cuya demencia las hace conectar con el Caserón, el Vientre o Laredo.

Y las escribe. Pero mientras escribe lo que percibe, su imagen aparece en la pesadilla del que la sueña, su imagen usando la máquina de escribir.

Y la embruja, la contamina, la hace más terrible.

Para los dementes que logran ver a Laredo en sueños —los que emiten con suficiente fuerza para ser percibidos por él—, el escritor es un ser maligno.

Tiempo después, con todo lo que ha percibido y anotado, Germán Laredo publica Los Cantos de las Corrientes.

Y a través del libro, Ismael Rivas deduce que el que lo ha escrito es el ser maligno que aparece en sus sueños con una máquina de escribir.

Germán, tras escribir su libro, vuelve al caserón.

Y allí es asesinado por Ismael, que además, como daño colateral, se lleva por delante a los que eran los dueños.

Y mientras toda aquella realidad se amontonaba en la cabeza de Darío, demasiado grande y deforme para ser digerida, este recorría la sala de un lado para otro, nervioso. Irene estaba de pie, mirando por la ventana a ninguna parte, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

—Cada vez tengo más claro que este lugar alberga secretos que es mejor no remover —dijo ella finalmente, rompiendo el espeso mutismo.

El escritor no respondió. Su cabeza era un torbellino de información, de hechos y consecuencias.

—El influjo de este sitio sobre Laredo acabó provocando su muerte.

Ese hombre, Ismael, acaba de confesarnos que lo mató.

Y en ese mismo momento, por inercia asesina, mató también a los dueños del caserón…

—Irene se giró hacia él, incisiva—. No tenía remordimientos.

Hablaba como si hubiera cumplido con una especie de justicia. Como si matar hubiera sido necesario.

»Y, sin embargo, es un pobre desgraciado. Un hombre condenado a revivir la muerte de su madre y su hermana una y otra vez. Me pregunto cuántas personas cuerdas serían capaces de permanecer a flote en una situación así.

Darío tragó saliva. Al fin se detuvo y respondió:

—Cuando le leíste aquel pasaje de Los Cantos de las Corrientes… recuerda cómo empezó a sufrir. Culpaba a ese libro y a su autor de lo que pasó. Él consideraba que Laredo era el mal... cuando en realidad lo único que hacía era escribir.

Los susurros, las resonancias venidas desde las profundidades invaden las pausas, los silencios, las dudas.

—Me pregunto cuánto más daño ha hecho este lugar… y hasta dónde puede llegar —dijo ella, su tono cargado de una tristeza sorda.

Él levantó la vista con lentitud.

—Laredo no tiene la culpa de lo que le pasó. Era un escritor mediocre... que se topó con una especie de inspiración que, en algún sentido, resultó ser real.

Irene lo observó en silencio. No le responde. Lo estudia. Recorrió lentamente su rostro: los surcos más marcados de lo habitual, la fina película de sudor sobre la frente, las ojeras profundas como cráteres submarinos.

Estuvo a punto de decir algo más, pero no llegó a hacerlo.

—La comida está servida.

La voz, seca y neutra, corta el aire como un cuchillo. Ambos se sobresaltan.

Celeste Kessler está en el umbral. Nadie la ha oído llegar. Su silueta alta y rígida contrasta con la luz tenue del pasillo. Está perfectamente arreglada, como siempre, con el cabello plateado peinado con minuciosidad extrema.

***

El almuerzo se desarrolló en una calma tensa, bajo la luz pálida que entraba por los ventanales del comedor. La cazuela de pescado y la ensalada fueron servidas sin ceremonia. Cada uno comió a un ritmo distinto, como si compartieran mesa, pero no momento.

Darío permaneció callado, con la mirada perdida y los pensamientos muy lejos del plato.

Celeste observó a los comensales con su habitual rigidez, sin necesidad de hablar para hacerse presente.

Nadir Baek apenas probó bocado; de vez en cuando hacía vibrar su diapasón contra la silla o la mesa, atento a sonidos que solo él parecía oír.

Velkan llevó el peso de la conversación, ligero y entusiasta, lanzando frases insinuantes a Irene, quien respondió con una neutralidad impenetrable.

Terminado el postre, conformado por tajadas de sandía, Darío e Irene se retiraron a la vez, declinando el café que Celeste les había ofrecido más por inercia cortés que por verdadero interés en alargar la sobremesa.

En el piso superior, ya a solas, Darío dijo sentirse muy cansado e Irene afirmó que iba a dedicarse a estudiar los sonidos —los susurros— que había grabado en el sótano. Así se despidieron.

Pero Darío había mentido.

Otra vez.

Había dicho que estaba cansado, y esa parte era cierta. Pero había algo más urgente latiendo bajo su piel, una ansiedad sorda que le apretaba el pecho desde la mañana, encendida desde su entrevista con Ismael Rivas.

Necesitaba leer.

No libros ajenos, no manuscritos ajados o novelas por corregir.

Necesitaba leer lo que había escrito durante la noche.

O lo que algo había escrito a través de él.

Había estado a punto de decírselo a Irene. Un impulso breve, como una chispa que no prende. Pero no. Aún no. Quería leerlo solo. Ver hasta dónde habían llegado los tentáculos.

Subió las escaleras estrechas que llevaban a la buhardilla. Los peldaños crujieron con ese lamento viejo que solo las casas que saben demasiado emiten. La puerta de su habitación se abrió con cierta resistencia, como si el aire del lugar intentara retenerlo afuera.

Adentro, la luz era tenue, suspendida entre la penumbra natural de los techos inclinados y el resplandor filtrado de un sol envejecido.

Las paredes y el techo conservaban aquellas manchas irregulares de pintura.

Los folios seguían allí, esparcidos por la mesa, como hojas muertas arrastradas por un viento interior.

El mar se hacía más presente allí arriba. Entraba por las rendijas, por los resquicios del techo, por las grietas invisibles. Colonizaba las paredes, el aire, su cuerpo. No había olas, ni espuma, ni sal. Solo ese murmullo constante, como palabras dichas desde el fondo de un pozo.

Darío se sentó.

El crujido de la silla fue un disparo en la quietud.

Extendió la mano y tomó un folio al azar.

Respiró hondo.

Y leyó.

“La clínica no parece una clínica. Es una casa destartalada, perdida en un bosque.

Las ventanas están cubiertas con tablones.

La pintura se cae a pedazos. Dentro huele a humedad, a óxido y lejía vieja.

Ella no quiere mirar al médico. Es un hombre gris, de piel flácida y dedos largos que tiemblan incluso cuando están quietos.

Le habla con voz pastosa, siempre en susurros, como si temiera que alguien lo oyera, aunque nadie más debería estar allí.

Le da asco. Pero asiente. El embarazo fue un error.

Un accidente. Tiene que sacarlo de su cuerpo. Cueste lo que cueste.

Él le dice que va a doler. Que algunas mujeres se mueven demasiado.

Que, por su bien, debe atarla. Ella no responde.

La lleva a una habitación con una silla ginecológica vieja, el cuero agrietado por años de líquidos y cuerpos.

La sienta. Le ata los tobillos con correas raídas, le sujeta las muñecas.

Las piernas abiertas. La entrepierna desnuda, expuesta bajo una lámpara que zumba con una mosca atrapada en su interior.

En la bandeja metálica hay instrumentos antiguos: ganchos, espéculos ennegrecidos, jeringas de vidrio.

Todo parece de otro siglo. Todo parece maldito.

Entonces se escuchan gritos. Lejanos, al principio. Luego más cerca. Desesperados. Una mujer, o un animal, no está claro. El médico frunce el ceño. Un momento, dice, y desaparece por una puerta lateral.

Ella queda sola. Atada. Vulnerable. Las correas le aprietan la piel. La lámpara sigue zumbando. El aire está caliente. Pegajoso.

Entonces lo oye. Un sonido húmedo. Bajo. Pegado al suelo. Raspado. Deslizamiento. Algo que se arrastra. Gira la cabeza lo que puede. No ve nada al principio. Solo la sombra de la bandeja metálica. La pared sucia. La puerta entreabierta por la que se fue el médico.