Capítulo 19 Un espejo roto que graba y deforma al mismo tiempo #2
Darío sintió un escalofrío subirle por la nuca.
En su mente, se dibujó la imagen con una nitidez brutal: el cuerpo sin vida de Germán Laredo, con un agujero en el pecho, siendo arrastrado por una versión de aquel hombre mucho más joven, aunque igual de trastornado, hasta la terraza del caserón. Y luego, el vacío.
Entonces lo olió.
Menta quemada. Como un susurro imposible entre las moléculas del aire. Una alucinación olfativa, pero reconocible.
Otra vez.
La mente del escritor empezaba a encajar un puzle compuesto por terroríficos retazos.
Ismael estaba reviviendo su trauma. Pero no solo eso.
Alguien, alguna fuerza, en algún momento empezó a usarlo.
A escribir a través de él. A invadir sus pesadillas.
¿Era eso lo que hacía Laredo? ¿Envenenar los recuerdos de otros?
¿Captar las pesadillas ajenas y devolverlas distorsionadas?
¿Como un espejo roto que graba y deforma al mismo tiempo?
Y la gran pregunta que se hizo Darío: ¿Eso es lo que hice yo anoche?
No podía asegurar lo que hizo la noche anterior, en esa vigilia extraña rodeada de susurros. Si vivió pesadillas que no eran suyas, no recordaba ninguna injerencia en ellas. Solo había sido un mero cronista.
Y, sin embargo, es como si solo con que Darío las percibiera, ellos notaran su presencia.
Y esa intrusión envenenara sus pesadillas.
—Tuve que hacerlo —repitió Ismael—. Por los niños. Aunque aquellas personas no quisieran. Tuve que hacerlo. Lo hice por los niños…
—¿Quién no quería? —interrumpió Irene.
Ismael giró lentamente la cabeza hacia ella. Y entonces lo dijo, con voz hueca:
—Los dueños del Caserón. Intentaron impedírmelo. Pero tuve que hacerlo. Por los niños.
Irene y Darío se quedaron inmóviles. Se miraron. Sus rostros estaban pálidos, desencajados.
La noticia. Los antiguos inquilinos muertos en extrañas circunstancias. La desaparición nunca resuelta de Germán Laredo. Todo empezaba a encajar con siniestra precisión, como una maquinaria antigua que finalmente volvía a funcionar.
Laredo se había colado en las pesadillas de Ismael. Quizá sin querer. O quizá buscándolo.
Y en la mente deshecha del anciano, reviviendo una y otra vez la muerte de su madre y su hermana, la figura de Laredo aparecía como protagonista. Así que se convirtió en culpable.
Y cuando descubrió que Germán Laredo era el hombre de la máquina de escribir que aparecía como actor secundario en su pesadilla, Ismael lo mató.
Y no solo a él.
Los dueños del Caserón también murieron.
Un daño colateral.
La onda expansiva de la locura.
Y ahora, allí estaba Ismael. Sentado como una ruina al borde de la calle. Con la conciencia limpia. Convencido de que había salvado a los niños.
***
Una voz interrumpió la escena.
—¿Qué están haciendo aquí?
Era una mujer de mediana edad, delgada, con el ceño permanentemente fruncido, el cabello recogido en una coleta apretada y una carpeta de plástico bajo el brazo. Era su sobrina, la cual se acercaba con paso decidido por la acera, con una desconfianza inmediata endureciéndole el rostro.
Irene se adelantó con calma, ocultando el libro dentro de su bolsa.
Sonrió, extendiendo las manos de forma conciliadora.
Su voz, baja y serena, tejía explicaciones razonables, envueltas en un tono cortés pero firme.
Improvisó una explicación sobre patrimonio oral, tradiciones locales y antiguas leyendas.
La sobrina la escuchó al principio sin interrumpirla, con los brazos cruzados y el cuerpo inclinado hacia delante, como una cancela a punto de cerrarse.
Cada palabra de Irene parecía tensarle un poco más la mandíbula.
Al final, respondió con frases breves, secas, cargadas de juicio.
No levantaba la voz, pero en sus gestos se leía que no creía una sola palabra. Que solo esperaba a que se marcharan.
Darío, que se había mantenido en silencio, pensó que no tenían nada más que hacer allí. No con ella presente. El flujo se había roto. No obstante, ya habían escuchado más de lo que esperaban. Ahora quedaba digerirlo.
Comenzó a andar hacia Irene para marcharse y, por primera vez, cruzó el campo de visión del anciano.
Y entonces siente una mano agarrándole el brazo.
Fuerte. Temblorosa.
Se gira.
Ismael lo sostiene con dedos fríos como el metal bajo la lluvia. Su rostro está bañado en lágrimas, la mandíbula floja, los ojos rojos e inyectados, completamente enfocados en su mano.
Una mano con nueve dedos.
—No —susurra con una voz cargada de miedo—. Por favor. Los niños no.
El escritor se queda quieto. El olor a menta quemada allí sigue, como atrezo de una realidad que parece retorcerse.
—¿Qué? —pregunta—. ¿Qué pasa con los niños?
—No les hagas daño. No otra vez.
Darío siente que algo se tensa en su pecho. El aire se ha convertido en una sustancia inmóvil.
—¿Por qué iba a hacerles daño?
El anciano lo mira, pero ya no parece estar viendo a Darío. En sus ojos ha regresado el acantilado, el mar allá abajo, quizá también una madre y una niña precipitándose hacia él. Los dedos, huesudos y arrugados, parecen apresarlo con más fuerza.
—Te vi anoche… —susurra—. Volví a tener esa pesadilla. Era tan fuerte. Era tan real, como hace años que no la tenía. Allí estás. Otra vez.
Se inclina hacia él, con esfuerzo, como si su alma empujara al cuerpo.
—Has vuelto. Pero ahora… ahora tienes nueve dedos.
El escritor se hiela.
Irene, aún hablando con la sobrina, no lo escucha. El mundo parece quedarse sin sonido un instante.
Nueve dedos.
Olor a menta quemada, más menta, más quemada.
Ismael no le suelta el brazo. Tira de él, se acerca la mano del escritor a la cara entre lágrimas y súplicas.
Darío se zafa de aquella mano. Retrocede.
Ismael sigue mirándolo.
No a la cara.
A la mano.
Darío la cierra instintivamente.
Nueve dedos.
Después se aleja sin mirar atrás.