El Espejo de Los Dementes Capítulo 19 Un espejo roto que graba y deforma al mismo tiempo
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Capítulo 19 Un espejo roto que graba y deforma al mismo tiempo

El viaje hasta Alba Marina fue silencioso.

Conducían sin hablar, cada uno rumiando sus pensamientos mientras el Caserón quedaba atrás, aún presente como un peso en la espalda.

El pueblo apareció ante ellos como detenido en el tiempo.

Calles limpias, fachadas encaladas, un silencio tenso flotando en el aire, como si toda la aldea respirara muy despacio para no romperse.

Nada parecía moverse. Ni el viento. Ni los árboles.

Aparcaron junto a una tienda con el toldo descolorido por el sol y la sal. La dirección que tenían no estaba lejos y empezaron a caminar hacia ella.

Y entonces, el contraste.

Pequeñas voces. Risas. Gritos agudos. El ruido caótico, y a la vez puro, de niños jugando.

El sonido brotaba del patio de una escuela a pocos metros de la casa indicada.

Niños corriendo en círculos, lanzando pelotas, persiguiéndose como si el tiempo no los tocara.

Pequeñas figuras vestidas con babis manchados de pintura o con chándales roídos por las rodillas se vislumbraban a través de la verja del pequeño colegio.

Y frente a ella, en la puerta de una casa vieja con la pintura descascarada, estaba Ismael Rivas, inmóvil bajo la sombra, con esa quietud definitiva de las cosas que llevan demasiado tiempo esperando.

Un cuerpo viejo sobre una silla de ruedas, solo, bajo la sombra que proporcionaba la casa, colocado en la acera por alguien, orientado hacia el colegio.

Sus ojos seguían el movimiento de los niños con una sonrisa débil, diríase que lejana.

Más que alegría, era una máscara tenue, una mueca de melancolía clavada al rostro.

Ismael Rivas, decrépito y deshecho por los años, parecía más un bulto olvidado que una persona.

La piel cuarteada, seca como papel viejo, se pegaba a unos huesos frágiles y torcidos.

Tenía una manta descolorida sobre las piernas, a pesar del calor tenue del mediodía, y la silla de ruedas —un artefacto antiguo, de respaldo curvo y ruedas chirriantes— despedía un olor ácido, mezcla de orina seca, desinfectante barato y soledad acumulada.

El cuello se le vencía hacia un lado, como si hasta los huesos hubieran empezado a renunciar a él.

Pero los ojos... los ojos seguían vivos.

Velados, sí, empañados por la edad y la bruma de la mente, pero atentos.

Cazadores de un recuerdo fijo. Y no parpadeaban.

Permanecían prendidos de los niños del colegio con una devoción triste, buscando entre aquellas carreras y aquellos gritos una presencia que solo existía para él.

Su boca entreabierta dejaba ver unos dientes húmedos y desparejos, y de vez en cuando murmuraba algo que se perdía en el viento.

Su mente, quizá rajada al principio, terminó de romperse hacía mucho tiempo, desde el día en que vio a su madre y a su hermana precipitarse a la muerte.

Desde entonces, había vivido su locura no de forma explosiva ni visible.

No como los que gritan en las calles o golpean los muros.

La suya era una demencia profunda, sumergida, como una piedra atada al fondo de un lago oscuro.

Y, sin embargo, algo de él —un destello, una tensión— hacía pensar que aún quedaba allí un trozo de niño atrapado, asomado a un abismo que jamás dejó de mirar.

Irene se adelantó sin dudar. Se colocó frente a él, bloqueando su vista de los juegos. Darío se quedó unos pasos atrás, fuera del ángulo de visión del viejo.

—¿Es usted Ismael Rivas? —preguntó Irene con suavidad.

Él no respondió. Desvió la mirada hacia el único hueco de visión del colegio que le había dejado ella, ignorándola completamente. Irene insistió, pero sus preguntas chocaban en un muro de mutismo. Probó varias fórmulas, siempre con una nota de calidez en la voz, pero nada.

Entonces, de súbito, probó con algo más directo. Una punzada al corazón:

—Señor Rivas… ¿conoce usted el Vientre de los Ahogados?

Algo cambió.

El cuerpo del anciano no se movió, pero sus dedos se crisparon sobre los apoyabrazos de la silla. El temblor fue mínimo, casi imperceptible, pero real. Los ojos se desviaron, apenas un milímetro, hacia ella, como si la viera por primera vez.

Luego, sus labios se movieron. Un susurro. Una exhalación más que una palabra.

—¿Puede repetirlo? —pidió ella, acercándose, con voz dulce, casi maternal.

El anciano parpadeó. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo. Finalmente, murmuró:

—Mamá está ahí… Y María…

—¿María? —preguntó Irene—. ¿Quién es María?

—Mi hermana —susurró el viejo—. Ella no quería… pero mamá la obligó.

—¿Obligó a qué?

—A ir. Al Vientre.

Darío, al oírlo, sintió una punzada en el pecho. Una imagen se superpuso a la escena: un niño en la cima de un acantilado, gritando. Una madre de pie al borde. Una niña pequeña con cinta roja en el pelo, gritando porque no quería ser arrastrada.

—¿Por qué lo hizo su madre? —siguió preguntando Irene, con cuidado.

Ismael seguía absorto en el patio del colegio, al otro lado de la valla. Sus pupilas eran pequeñas lunas gastadas.

—El Vientre la llamó —dijo—. A veces el Vientre llama a la gente.

El escritor tragó saliva. Recordó la sensación de acercarse al acantilado, de sentir los rugidos del mar, hipnóticos, casi intencionados, como si lo empujaran hacia dentro con una voz que no se oía.

Pensó en los desequilibrados mentales. En la fragilidad de ciertas mentes.

En cómo el Caserón, las cuevas, el viento mismo, parecían saberlo... y aprovecharlo.

Si mirabas demasiado. Si escuchabas demasiado. Al final, podías sentir la llamada.

Y a veces… alguien respondía.

Y eso fue lo que hizo la madre de Ismael. Imaginar que era llamada desde las profundidades.

O quizás, dejar que su demencia se impregnara con las resonancias malignas de aquel acantilado.

Y se llevó consigo a su hija.

Un grito infantil sacó a Darío de su ensimismamiento. En el colegio, una niña se había caído y lloraba. Una maestra se acercaba a consolarla.

—¿Sueña con ello, a veces? —preguntó ella.

El anciano no respondió. Su atención permanecía al otro lado de la valla, entre los niños; las manos rígidas sobre el regazo, los ojos vidriosos, anclados en un punto que ya no pertenecía al presente.

Pasaron varios minutos.

Irene suspiró. Darío, en silencio, empezó a apartarse, resignado a no sacar más. Pero entonces, sin que nadie lo esperara, el viejo murmuró, con los ojos velados no por la edad, sino por un recuerdo que llevaba toda una vida pudriéndose detrás de ellos:

—Sí… desde que Mamá saltó, siempre las he visto en sueños saltar. Desde niño. Mamá y María cayendo… el mar rugiendo abajo después de tragárselas… la cinta roja en el remolino de agua…

Hizo una pausa. Un temblor mínimo le sacudió los dedos.

—Pero antes… antes era más lejano. No dolía tanto…

Su voz se quebró apenas.

—Hasta que empezó a aparecer él. El hombre de la máquina de escribir —le tembló la mandíbula.

—Desde entonces… los sueños cambiaron. Se volvieron más crueles.

Cada noche, mamá y María volvían a morir…

pero sufrían mucho. Y yo sufría en el sueño…

y sufría mucho al despertar. Pero ahora sé que obedecen. Que lo obedecen a él.

—¿A quién?

—Al hombre de la máquina de escribir —respondió, sin dudar—.

No estaba antes. Un día... estaba ahí. Sentado.

En el acantilado, en el banco. Detrás de mamá.

Tenía una máquina de escribir sobre las rodillas.

No decía nada. Solo escribía. Se oía clac, clac, clac...

sin parar. Ella escucha la máquina... y obedece.

Salta porque él así lo quiere. Cuando era niño no lo vi, pero luego en el sueño apareció.

Es malo. Quiere que Mamá salte y Mamá sigue los pasos clac, clac, clac, y salta. Y no suelta a María, que también cae.

Irene y Darío se miraron, tensos.

—¿Quién es ese hombre? —inquirió ella con suavidad.

Ismael no contestó, ni hizo movimiento alguno. Como si toda su maquinaria estuviera luchando interiormente por reaccionar sin lograrlo.

El silencio creció entre ellos, lento y viscoso, hasta que incluso las risas del colegio parecieron llegar desde muy lejos.

—¿Sabes quién es ese hombre? —insistió.

—El hombre que escribía en el Caserón —dijo Ismael—. El que hizo ese libro...

Irene rebuscó con rapidez en su bolsa. Sacó un ejemplar gastado y lleno de notas adhesivas de Los Cantos de las Corrientes.

—¿Te refieres a Germán Laredo? ¿El que escribió esto?

No hubo respuesta. Las risas de los niños invadieron la atmósfera.

Entonces, Irene pasó las páginas con dedos firmes, hasta que encontró lo que buscaba. Y leyó:

“La vio allí, de pie en el borde del acantilado. Mamá. El viento le levantaba el vestido blanco como si quisiera llevársela antes de tiempo. Estaba quieta, demasiado quieta, mirando al mar sin parpadear. No lo miraba a él…”

El anciano empezó a agitarse.

Al principio fue apenas un estremecimiento. Luego llevó las manos temblorosas a los oídos, apretando con fuerza, y comenzó a gritar. Un sonido agudo, rasgado, de animal atrapado.

—Irene —dijo Darío, alarmado.

Ella cerró el libro de golpe, angustiada.

—Lo siento, lo siento. No quería…

Pero Ismael ya no la oía.

—¡Eso lo escribió el demonio! —gritó—. ¡Si seguía escribiendo, seguirían cayendo niños al Vientre! ¡Yo tuve que salvarlos!

Un silencio brutal cayó sobre los tres. El fantasma de una sospecha empezó a sobrevolarlos.

—¿Cómo los salvaste, Ismael? —preguntó Irene con la voz quebrada.

Tuvo que formular la pregunta tres veces más; tres veces separadas por silencios, por respiraciones agitadas, por los ojos acuosos del anciano perdidos en algún lugar que Irene no podía alcanzar.

—Fui al caserón —dijo él, más tranquilo ahora, como si regresara a una certeza antigua—. Tenía la escopeta del abuelo. Él me enseñó a disparar.

—¿Lo mataste?

—Le disparé. Pero tenía que asegurarme. Así que lo arrastré... lo devolví al Vientre.