Capítulo 18 Atrapado en su propio cuerpo, convertido en bandeja. #4
Ese hueco no era un simple pozo. Era una conexión directa con las cuevas sumergidas.
A través de él, el sonido del mar se volvía más denso, más turbio, como un idioma roído por el agua.
Desde las profundidades llegaba el retumbar sordo de las mareas atrapadas entre las cuevas, arrastrando ecos —espíritus, energía— como hojas muertas flotando en la corriente. Pero no era solo eso.
Asomarse al agujero no provocaba vértigo. Provocaba algo peor: una sensación de ser observado desde abajo por aquello que nunca dejó de flotar.
Irene parecía tan fascinada como él a pesar de venir más documentada sobre el lugar. Se agachó junto a su bolsa. Sacó su colgante de cobre, largo y pesado, y lo sostuvo sobre el centro de la cueva como si fuera un péndulo. El colgante empezó a oscilar con movimientos nerviosos, erráticos.
Luego sacó una brújula antigua, de latón, que no marcaba el norte, sino que giraba sobre sí misma.
Después, un pequeño artefacto de varillas metálicas en cruz, que vibraban como antenas de insecto asustado.
Y, por último, una grabadora de voz. La encendió sin decir nada.
—Soy geomante —dijo finalmente—. Mido la energía de la tierra, sus impulsos. Pero lo que hay aquí no es solo energía telúrica. Jamás había visto un sitio tan cargado. Es algo más… como conciencia. Como algo vivo.
Las varillas metálicas temblaban como si detectaran un campo invisible.
El colgante giraba con fuerza, como si intentara escapar de su mano.
La brújula temblaba. Irene ya no hablaba.
Se movía por la sala con una concentración casi ritual, como si no caminara sino midiera el espacio con su cuerpo.
Tenía el rostro encendido por una mezcla de inquietud y fascinación, y los ojos, normalmente serenos, brillaban ahora con un fulgor húmedo, como si reflejaran algo que solo ella podía ver.
Su cabello también reaccionaba, levantándose levemente, como si el ambiente alrededor de ella hubiera cambiado de densidad.
La energía del lugar la atravesaba como electricidad estática.
Irene cerró los ojos un instante, afinando el oído interno, el cuerpo en tensión, casi danzando con fuerzas invisibles.
Se desplazó lentamente por el sótano, bordeando el agujero, pasando junto a las paredes húmedas donde los símbolos tallados parecían palpitar a la luz temblorosa de los faroles. El colgante de cobre oscilaba hacia el centro como atraído por un campo invisible. Las varillas empezaron a girar.
—Aquí —susurró—. Todo apunta aquí.
Se acercó al borde del agujero, agachándose junto a los barrotes oxidados. El rostro le brillaba de sudor frío, pero sus ojos estaban fijos, dilatados. Por un instante, pareció casi hipnotizada. Extendió el artefacto hacia el hueco oscuro. Las puntas vibraron en un pulso exacto, constante.
—Es el epicentro —dijo finalmente, en voz baja, como si no quisiera que la escuchara la propia casa—. Todo emana de aquí. No es solo un conducto. Es como si fuera el corazón de todo.
Y al pronunciarlo, el mar al otro lado pareció asentir.
Darío no podía moverse. Su cuerpo entero se había vuelto una cámara de eco para los susurros. Y entre aquel rumor había una familiaridad imposible.
Imágenes cruzaron su mente como zarpazos en la niebla: una figura colgada boca abajo, la cuerda goteando sangre sobre un suelo de mármol.
Una habitación sin ventanas donde alguien lloraba sin voz.
Dedos... demasiados dedos saliendo de una boca.
No eran sueños propios. No podían serlo.
Eran pedazos de otra mente. O de muchas.
Un olor inexistente le impregnó el sentido: arcilla, arcilla húmeda, aunque hecha a partir de arena y agua podrida. Y ese fue el preámbulo de una chispa de memoria que se encendió, como un fósforo en mitad de un túnel.
Se vio a sí mismo la noche anterior, erguido frente a su máquina de escribir, la espalda tensa, los nudillos blancos.
Clac, clac, clac.
Las teclas golpeando con violencia, como si cada letra arrancara algo de su interior.
Le vienen algunos jirones tan rotos como las almas de donde vienen.
Pesadillas espeluznantes que no recuerda haber tenido: ajenas, angustiadas, horribles.
Heridas de otros abiertas dentro de él. Él tecleando impasible, ajeno al sufrimiento, acerca del dolor de mentes enfermas, describiendo imágenes deformes de dementes que hablan solos en cuartos acolchados o se arrancan la piel para dejar salir “lo que hay debajo”.
Aullidos, susurros, sollozos… todos golpean las teclas a través de sus manos.
Y ahora, allí, frente al agujero, rememora algo de la noche anterior, como una marea baja que descubre un reguero de peces muertos de locura.
Esa vibración sorda en el estómago. Esa presión en el oído.
El eco de una voz sin boca que no viene del fondo del mar, sino de la grieta abierta entre las almas rotas y su propia carne.
Irene lo está mirando, sepultada en sus propias emociones.
—Mi padre siempre estuvo en lo cierto. Pero esto… esto supera cualquier evidencia. Cualquier estudio.
Su voz tiembla apenas.
—Es tan potente, Darío, que empiezo a dudar si estamos haciendo bien en seguirle el rastro. Quizás hay lugares que deberían quedarse en paz. Que no quieren, que no deben ser comprendidos.
El colgante gira una última vez, y luego se detiene.
Ambos se quedan en silencio.
Los susurros siguen rezumando desde el agujero.