El Espejo de Los Dementes Capítulo 18 Atrapado en su propio cuerpo, convertido en bandeja. #3
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Capítulo 18 Atrapado en su propio cuerpo, convertido en bandeja. #3

—Quiero ver el sótano —dijo, sin mirar a Darío—. La casera dijo que podíamos hacerlo.

Él asintió, sin palabras. Había algo en su tono que no admitía discusión.

La puerta crujió con un gemido agónico al abrirse, revelando una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.

Al abrirla, el sonido del mar se multiplicó de inmediato, más potente incluso que en la terraza, como si aquella hoja de madera hubiera actuado hasta entonces como un tapón antiguo, sellando no solo el aire, sino también el estruendo contenido.

No era solo el rumor de las olas: eran las corrientes mismas rebotando contra las paredes invisibles de las cuevas sumergidas, un lenguaje de agua que se arrastraba por la piedra como un animal ciego buscando oído.

Una corriente de aire subía desde allí, helada y húmeda, trayendo consigo un olor a sal, moho y quizá algo más.

Algo rancio, casi orgánico, como el aliento estancado de un mundo subterráneo.

En la pared, justo al inicio de la escalera, había un interruptor antiguo de los de palanca, amarillento por el tiempo y cubierto de un polvillo fino.

Irene lo accionó sin decir nada. Con un chasquido sordo, una hilera de faroles viejos —de cristal empañado y marco metálico corroído— se encendieron uno a uno a lo largo del descenso, como si despertaran de un largo letargo.

La luz era débil y temblorosa, de un tono ámbar sucio que apenas alcanzaba a tocar las paredes húmedas, pero bastaba para mostrar el camino hacia abajo.

Bajaron en silencio. Los escalones estaban tallados directamente en la roca viva del acantilado.

El aire se volvía más pesado con cada paso, más cargado de sal y de un murmullo que no era viento ni agua, sino otra cosa.

Allí los susurros sonaban más directos, más reales, más fuertes.

Cada escalón les daba más cuerpo, más proximidad.

A veces parecían voces. O lo que quedaba de ellas.

Cuando llegaron al final de la escalera, el sótano se desplegó ante ellos como un útero pétreo.

La piedra brillaba con un resplandor mineral, húmeda, como si sangrara sal desde sus poros.

Pequeños orificios horadaban las paredes.

A través de ellos llegaba el agua golpeando contra la piedra.

O eso parecía. A ratos, aquel sonido se alargaba demasiado.

A ratos, era como un lamento. Largo. Doloroso. Demasiado humano.

Darío sintió un estremecimiento involuntario. Su pulgar buscó la cicatriz del meñique con la familiaridad de quien encuentra a oscuras una vieja herida.

—Este lugar… —murmuró.

—Era sagrado —dijo Irene, bajando su bolsa al suelo—. Recuerda que te comenté que hubo en la zona un antiguo culto secreto llamado Los Hijos de las Corrientes. No me extrañaría que este fuera su principal templo.

Señalaba las paredes. La luz revelaba símbolos tallados en las paredes: círculos concéntricos, figuras marinas deformadas, ojos sin párpados, bocas abiertas en un grito eterno.

Pinturas borrosas en pigmento rojizo recorrían parte del muro norte.

Algunas eran apenas formas vagas, otras parecían escenas de sacrificios.

—Los Hijos de las Corrientes creían que esto era una especie de portal —continuó—.

Que las corrientes marinas aquí no eran naturales.

Que eran una grieta. Un umbral hacia algo superior.

Mi padre lo descubrió en sus investigaciones.

Documentó leyendas antiguas del lugar. Se creía que la conciencia del mar se acumulaba aquí, que este lugar era un órgano sensitivo del océano. Un canal entre mundos.

Ella hablaba sin emoción, como una guía que repite una historia tantas veces que se le ha vuelto ajena. Pero sus ojos estaban demasiado abiertos. Atentos. Vibrantes.

—Esta secta no hacía sacrificios. Ni al principio ni al final.

No los necesitaban. Bastaban los cuerpos que el mar se tragaba por su cuenta, los náufragos, los desaparecidos, los que nadie reclamaba.

Cadáveres arrastrados durante siglos por las corrientes, atrapados bajo las rocas, en las cuevas sumergidas.

El culto solo escuchaba. Se reunían en la penumbra, atentos a los susurros que emergían del abismo como fragmentos de un idioma imposible.

Cantaban letanías para afinar el oído, para abrir la mente.

»Que se sepa, el culto desapareció. Al menos eso dice la historia oficial.

Solo quedaron las leyendas: sobre el Vientre de los Ahogados, sobre voces que te llaman por tu nombre cuando el mar está en calma, sobre naufragios a cientos de kilómetros que acababan aquí…

Es probable que el aristócrata que mandó construir esta casa —dijo Irene, sin mirar a Darío— fuera uno de ellos.

O su heredero espiritual. Nadie en su sano juicio levantaría una casa aquí sin saber lo que hay debajo.

Este lugar no fue diseñado para proteger del mar… sino para escucharlo mejor.

Darío caminó despacio, observando los relieves en la roca, sintiendo el peso invisible de siglos condensados en humedad y sal.

Entonces lo vio.

En una esquina del sótano, había una abertura en el suelo. Un agujero de piedra negra, circular, de poco más de un metro de diámetro. Estaba cubierto por unos barrotes oxidados, cruzados como los dedos de una mano muerta, y cerrados con un candado antiguo y grotesco, como una boca sellada.

De ese agujero no solo salía el murmullo.

Una vibración sorda le recorrió el estómago, como si algo dentro de él respondiera a una llamada enterrada en lo más hondo del tiempo.

Una presión implacable se alojó en sus oídos.

Y desde el fondo del agujero —ese círculo oscuro sellado por barrotes oxidados— los susurros eran voces, gritos encriptados entre el sonido del empuje de las mareas.

Como un lamento eterno de quien no puede salir de una prisión de sal y oscuridad.