El Espejo de Los Dementes Capítulo 18 Atrapado en su propio cuerpo, convertido en bandeja. #2
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Capítulo 18 Atrapado en su propio cuerpo, convertido en bandeja. #2

El paciente intenta gritar, pero solo emite un gemido apagado. Busca el timbre con desesperación. El otro se lo arrebata.

—Te vino bien, ¿eh? —sigue, tranquilo, como si conversara con un viejo amigo—. Me he preguntado muchas veces si el fallo de mi coche fue un accidente… O un favor. En las muertes, siempre es interesante pensar quién sale ganando. Y aquí estás tú. Vivo. Gozando lo que no es tuyo.

El enfermero se inclina. Le abre el pijama.

Bajo la tela hay una gasa de la que sale el drenaje.

Arranca el drenaje. El dolor estalla. Intenta gritar, pero apenas le sale voz.

Está muy débil por la operación. El drenaje cae al suelo, vaciándose en la baldosa el líquido viscoso de su interior.

Ahora la gasa. La arranca. La cicatriz reciente queda expuesta.

—Mira —dice el muerto—. Ya me han hecho parte del trabajo.

Hinca sus dedos en la raja. Tira con fuerza. Los puntos saltan. La herida se abre como una flor enferma. El dolor es inhumano, es brutal, es real.

Mete las manos en la herida. La abre. Más dolor. Un dolor de locura. La abre más. El paciente se arquea. Tiembla. No puede gritar. No puede moverse. Está atrapado en su propio cuerpo, convertido en bandeja.

El otro baja la cabeza. Mete la cara en la herida abierta.

Y muerde. Con la boca abierta. Con hambre.

Con odio. Desgarra un trozo. Saca la cabeza con la boca llena de sangre.

Mueve la boca. Despacio. Un trozo de víscera le asoma entre los labios.

Sigue masticando despacio mientras mira al paciente a los ojos.

Goteando sangre sobre la bata del hospital.

—Solo quiero lo que es mío —dice, con la voz llena de carne.

Mete de nuevo las manos. Separa los bordes con las palmas. Abre la herida como si fuera un libro de carne. Vuelve a meter la cabeza. Vuelve a morder. Otra vez. Otra vez. Otra vez.

El paciente no muere. Aún no. Primero tiene que ser vaciado. Y él quiere hacerlo despacio.

Solo quiere lo que le pertenece.”

Darío dejó caer el folio sobre la mesa. Se quedó quieto, con las manos abiertas, como si el papel le hubiese dejado una quemadura invisible. Sus dedos buscaban el muñón, lo apretaban. Más fuerte. Un poco más. Hasta que el dolor consiguió devolverle al presente.

Eso no era suyo.

Él no estaba operado de apendicitis.

Sobre todo, no había sido trasplantado jamás.

Era la pesadilla de otro, estaba seguro.

Y, sin embargo, lo había escrito. Durante la noche, entre la confusión del sueño y el rumor de los susurros.

No recordaba la imagen, pero sí sus dedos sobre la máquina de escribir…

clac, clac, clac. Sin pausa, sin cesar. Empalmando una hoja con otra.

Describiendo lo que veía. Lo que soñaba.

O aquello que los latidos del Vientre de los Ahogados le susurraban a través de la roca y las paredes.

Mientras su conciencia flotaba en algún rincón distante de la habitación, sus manos se habían movido solas.

Miró los folios esparcidos por la mesa. Cuarenta, quizá cincuenta. Todos escritos, sin tachaduras, sin titubeos.

¿Quién escribe así?

¿Quién lo hace tan rápido, tan fluido, como si las palabras no se pensaran, sino que se vomitaran directamente desde otra mente?

Solo alguien al que le dictan.

O alguien que es un mero espectador, un cronista que va redactando conforme va viendo.

Aquello que durante años apenas había conseguido atrapar en vaguedades y garabatos se había amplificado.

Era el Caserón.

Algo en esa casa respiraba a través de las paredes.

Los susurros.

Las corrientes.

El mar golpeando las rocas como si escribiera en clave morse.

Todo en aquel lugar lo había vuelto más receptivo.

***

Darío levantó la mano y tocó suavemente la puerta con tres golpes secos.

La madera, antigua pero consistente, devolvió un eco sordo, como si tragara el sonido antes de que pudiera extenderse por el pasillo.

Unos segundos después, la puerta se abrió.

Irene apareció envuelta en la luz gris de la mañana, donde se recortaba su cabello suelto, caído sobre los hombros.

Llevaba una blusa de lino clara, desabrochada en la parte superior, y el colgante de cobre que siempre llevaba brillaba contra su pecho.

Ahora, más fresco, más dueño de sí, más consciente del entorno, Darío la observó mejor y dedujo que había dormido poco.

Pero algo en su rostro la embellecía aún más esa mañana: las manchas leves en sus mejillas parecían pétalos antiguos, reliquias de otro tiempo, como si el sueño y el salitre le hubieran conferido un aire sutilmente irreal.

—Pasa —dijo, apartándose.

Su tono era suave, pero había una sombra de reproche en él. Como si decir "pasa" fuera también decir "tú no me invitaste antes".

Darío entró. Los susurros recorrían la estancia, quizá allí con otra frecuencia distinta a la del pasillo.

La habitación era modesta, como todo en aquel caserón suspendido sobre el abismo.

Las paredes estaban cubiertas por una pintura color hueso, algo descascarada en algunas esquinas, como si el salitre hubiera ido royéndola poco a poco.

Había un armario antiguo, de madera pesada y sin barnizar.

Una mesa junto a la ventana estaba cubierta de libros, cuadernos abiertos, papeles con notas sueltas, subrayados y signos indescifrables.

La cama, estrecha, estaba bien hecha. La colcha era gruesa, tejida con un patrón antiguo.

Sobre ella se sentó Irene, con la elegancia desganada de quien está acostumbrada a la penumbra.

La única silla, de madera curvada, estaba junto a la mesa.

—Siéntate —dijo ella, como si hubiera esperado este momento desde hacía días.

El escritor obedeció. El sonido de la silla al arrastrarse fue lo único que rompió el silencio.

El mar susurraba al otro lado del ventanal.

No se veía, pero se percibía: un murmullo constante, profundo, que parecía no venir solo del exterior, sino también desde dentro de las paredes, del suelo, de la piedra viva sobre la que se erguía el caserón.

El Vientre de los Ahogados cantaba su letanía eterna.

—Y bien, Darío... —dijo Irene, cruzando las piernas—. ¿Tienes algo que contarme?

Él dudó.

La sombra de una confesión se insinuó en su garganta, pero no salió.

No todavía. No hasta que supiera el alcance.

No hasta que entendiera qué había escrito aquella noche.

De dónde había salido. Y hasta dónde podía llegar.

Si estaba canalizando algo más antiguo, más vasto, que simplemente se filtraba a través de él como a través de una grieta mal sellada.

Hasta dónde llegaba su capacidad para percibir cosas que no eran suyas.

—Sí —respondió al fin, lento—. Percibo cosas… cosas extrañas. Pero sigo sin recordar nada. Nada completo, al menos.

Irene lo estudió unos segundos. Sus ojos tenían una profundidad peligrosa. Parecían buscar dentro de él algo que él mismo no encontraba.

Luego asintió, muy levemente.

—Es cierto que se perciben cosas extrañas —murmuró, más para sí que para él—. Estoy acostumbrada a sentir energías. Desde que mi padre descubrió que yo también era zahorí, aprendí a sentirlas. Y lo de aquí… lo de esta casa... es difícil de explicar.

Alzó la vista. Sus ojos se clavaron en los de Darío.

—Por la noche, si te detienes a escuchar, la casa intenta hablar. Pero no usa palabras. Es un idioma... roto, incompleto, como si no estuviera hecho para la lengua humana. A veces, parece que intenta traducirse… pero no lo logra. Aun así, se percibe. Es real. Está ahí, susurrando.

Los murmullos de las paredes parecían confirmar sus palabras. Hizo una pausa, y su voz bajó un tono. El colgante reflejó la luz grisácea.

—Si Germán Laredo fue capaz de captar esas voces… de convertirlas en cantos, en relatos… tú también podrías lograrlo. Y, sobre todo, acordarte.

Darío sintió un nudo en la garganta. No sabía si lo que Irene decía era una invitación, una advertencia… o una prueba.

¿Lo estaba tentando a hablar? ¿O quería comprobar si mentía?

Recordó los fragmentos que había leído de Los Cantos de las Corrientes.

No eran como sus sueños. No eran imágenes de sangre, figuras encapuchadas, cunas macabras.

Los cantos de Laredo eran más... oceánicos, por decirlo de alguna forma.

Oscuros y densos, como barro salado. Crónicas de cadáveres que se acumulaban durante siglos en las entrañas del mar, arrastrados por corrientes imposibles hasta ser ofrecidos al abismo bajo la casa.

Era otra frecuencia. Como si Laredo hubiera sintonizado otra voz. O como si el Caserón fuera simplemente un potenciador del talento, de la capacidad, del poder de cada uno.

No supo qué responder. Irene, sin embargo, no insistió.

Se levantó sin prisa, asió una bolsa de tela con cuadernos y una linterna, y se acercó a la puerta.

—¿Vamos? —preguntó sin volverse, con una calma que helaba.

El mar rugió, apagado, detrás de la ventana abierta. Y la casa, en algún rincón de sus cimientos, pareció exhalar un susurro nuevo.

***

La planta baja del caserón olía a café viejo y a madera húmeda.

Desde la cocina, flotaba el sonido rítmico y metódico de un cuchillo golpeando contra una tabla: alguien, probablemente la dueña, cortaba verduras.

La biblioteca estaba vacía; tenía esa quietud amable de los lugares donde el tiempo no se ha detenido, sino que simplemente camina más despacio.

No había rastro de los otros huéspedes. En el pasillo principal, algunas obras de arte parecían observarlos en silencio, mientras la brisa del mar se colaba por las rendijas, cargada de sal y un vago olor a humedad que pertenecía más a las rocas que a la casa.

El viento silbaba por las rendijas de las ventanas.

Al mezclarse con el rumor de las paredes producía una cadencia irregular, incómodamente próxima a una voz.

Estaban listos para salir hacia el pueblo, pero al pasar frente a una puerta vieja, de madera negra y picaporte bronceado, Irene se detuvo de golpe. Su mano se posó sobre el pomo.