El Espejo de Los Dementes Capítulo 18 Atrapado en su propio cuerpo, convertido en bandeja.
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Capítulo 18 Atrapado en su propio cuerpo, convertido en bandeja.

El teléfono sonaba como si gritara. Insistente, agudo, impertinente. Isaías abrió los ojos con un respingo seco, como si una corriente eléctrica lo hubiese recorrido de pies a cabeza. La penumbra de la habitación era espesa, llena de formas confusas y pensamientos mal enterrados.

Son ellos.

Fue lo primero que pensó.

La policía. Me han descubierto. Al fin.

Su mirada fue directa al reloj digital sobre la mesita: 05:32.

Demasiado temprano para que fueran buenas noticias.

Se quedó inmóvil un segundo. A su lado, el teléfono vibraba como un corazón herido. La mente le regresó, voraz, a los últimos días. A los pasos que lo habían cercado.

Recordó a la pareja de policías. Hombre y mujer. Miradas neutras, casi suaves. Le habían hecho algunas preguntas tras la muerte del doctor Porcel. Nada demasiado agresivo. Parecían dar a entender que todavía no era sospechoso.

El médico había respondido con su habitual elegancia: neutral, colaborativo, consternado. Había asistido al velatorio del doctor Porcel. Dio el pésame a los dolientes. Abrazó a la viuda mientras por dentro saboreaba el vértigo de la impunidad.

Pero luego vino lo de Débora.

El rostro de ella vuelto ceniza. Su cuerpo —y el del imbécil con el que se acostaba— ardiendo en el agujero de tierra que Nazario, Harpo y Dani habían cavado entre los árboles, en plena sierra.

Nazario había probado las cenizas como quien cata un vino de añada. Se había relamido los dedos. Había llenado un par de frascos con meticulosidad mientras se le llenaban los ojos de una paz enferma.

Después, otra vez el fuego purificador, esta vez en la casa de campo donde se había consumado la tragedia. Cualquier pista, huella o indicio enterrado bajo el polvo negro que dejan las llamas.

Luego había vuelto al hospital con sus tres peones, sus tres súbditos.

Con sigilo, las luces apagadas de la furgoneta, tal y como habían entrado.

La puerta trasera del Ala de Estudios Avanzados volvió a ser traspasada y se cerró tras ellos como la tapa de una cripta.

Cada uno había vuelto a su celda. Silencio.

Rutina. Nadie había salido. Nadie había hecho nada.

Isaías se encargó del resto: quitó la cámara que había instalado para espiar a su esposa, hizo llamadas a su número apagado, dejando mensajes preocupados. Y al día siguiente, fue él mismo quien denunció su desaparición.

La escena perfecta. El viudo angustiado. El cornudo que aún la quiere, que niega el adulterio.

Entonces, los investigadores habían regresado.

Los mismos que cuando le preguntaron por la muerte de Porcel.

Esta vez, ya no preguntaban. Interrogaban.

Porque Isaías Albuquerque, doctor en medicina psiquiátrica, con más de dos décadas ejerciendo, rodeándose de pacientes a los que el delirio era verdad y la mentira era una máscara a la normalidad, sabía cuándo alguien fingía. Y esos policías ahora lo hacían.

Ahora lo consideraban sospechoso.

Él lo notaba en los ojos. En la pausa exacta antes de cada frase. En la capciosidad de las preguntas. En las celadas retóricas que formulaban.

Pero Isaías jugaba bien. No cedía a la trampa. No simulaba ignorancia: mostraba angustia legítima.

No habló de amantes, ni demostró haber tenido celos. No dio pistas falsas ni hipótesis absurdas que pudieran parecer una coartada.

Solo la pregunta justa:

¿Dónde está Débora?

Los policías finalmente se habían marchado. Pero seguían al acecho. Aquello solo era un descanso entre dos, o más, asaltos.

Y ahora, el teléfono. Sonaba, persistía, incidía. Como sonaría una sirena de un vehículo policial que viene a buscarte.

Miró la pantalla: “Hospital Rocablanca”.

Por un lado, alivio; por otro, desconcierto.

Isaías respondió con la voz aún ronca, el corazón golpeándole los dientes.

—¿Sí?

—Doctor Albuquerque… disculpe la hora —la voz al otro lado temblaba—. Soy el doctor Ríos, de guardia. Hay un problema en Rocablanca. Algo… extraño.

Isaías entrecerró los ojos. Un cosquilleo le bajó por la espalda.

—¿Qué clase de problema?

—Algunos pacientes... más bien muchos... se han puesto a gritar. Todos a la vez. Sin patrón, sin causa. Algunos estaban en celdas aisladas. No hay ningún evento común que lo justifique. No hay razón visible. Se han puesto como locos…

Hubo un silencio alargado, hasta que Albuquerque lo corrigió con un suspiro afilado:

—Locos…

La palabra mágica que no debe decir jamás un psiquiatra.

—Pe… perdón. Es que… estamos muy nerviosos. Nunca había visto algo así. Es como si todos… reaccionaran a lo mismo. Pero eso es imposible, ¿verdad?

Isaías no respondió. Se quedó quieto. El eco de las palabras flotó en su cráneo como una gota negra cayendo en un vaso de leche.

—Voy para allá.

Después colgó. Se levantó, se vistió con precisión metódica: corbata, reloj, camisa sobria, zapatos lucidos. El atuendo de siempre, el que lo volvía invisible ante el mundo.

Mientras se hacía el nudo de la corbata no pudo dejar de pensar en una cosa.

Aquello no tenía por qué ser una mala noticia.

Al revés.

Los pacientes, cuantos más nerviosos están, más se acercan a la verdad.

Cuando se ven en el precipicio, más puros se vuelven.

El espejo le devolvió una sonrisa.

***

Toc. Toc. Toc.

Un sonido seco. Rítmico. Casi mecánico.

Toc. Toc. Toc.

Más fuerte. Más cerca. Como si golpearan no solo la madera de la puerta, sino también las capas del sueño de Darío.

Despertó con sobresalto.

Estaba en la silla, frente al ventanal que daba al mar. La luz gris del mediodía se colaba a través de una neblina translúcida que parecía haberse filtrado también en su mente. No recordaba haberse quedado dormido.

Tampoco recordaba haber escrito.

O sí… vagamente. Como un eco lejano de algo que ocurrió entre los pliegues del sueño. Un estado de semiconsciencia, una vigilia a medio camino entre la realidad y lo onírico.

Pero había escrito.

Y mucho.

Junto a la máquina de escribir había, dispersos por la mesa como hojas que cayeron por su propio peso, muchos folios. Todos escritos.

Todos llenos de algo.

¿Eso lo he escrito yo?

¿Cuántas hojas habría… cuarenta, cincuenta?

Toc. Toc. Toc.

El sonido volvió. Más impaciente. De fondo, como un ruido blanco constante, los susurros estaban allí.

—Darío —la voz era femenina, reconocible—. ¿Estás ahí?

Era Irene.

Llevaba años sin despertarse tan tarde. Había dormido…

¿cuánto? ¿Desde cuándo? El cuello le dolía.

Sentía el sueño hundido en los huesos. Se incorporó torpemente.

Anduvo por la sala, aún confuso, buscando su móvil.

Estaba apagado, aunque en el Caserón ya habían constatado que no había cobertura.

Recurrió entonces al reloj de muñeca que había dejado junto a la cama.

Las 11:45.

Se puso unos pantalones, se quitó la camiseta interior impregnada de olor corporal y se colocó un polo algo arrugado. El baño estaba en la planta baja, así que sería imposible llegar a él, asearse, lavarse la cara… en definitiva, disimular su estado antes de que nadie lo viera.

Abrió la puerta.

Irene estaba allí, con el rostro ligeramente tenso, el entrecejo levemente fruncido. Sus ojos lo escanearon como una máquina buscando señales invisibles.

—¿Estás bien?

—Sí… me he quedado dormido —dijo él, pasándose una mano por el pelo, revuelto y escaso.

—Me ha extrañado no verte en el desayuno. La señora Kessler ha dicho que quien no esté en el comedor a la hora indicada deberá esperar al almuerzo para comer algo…

—No pasa nada. Un día de ayuno intermitente no me va a matar.

Ella lo estudió en silencio, como si estuviera recopilando información del tono de voz, del brillo de la mirada. Darío, instintivamente, no la dejó pasar del umbral. El cuerpo le bloqueaba la entrada.

Porque no sabía qué había en esos folios.

Y quería ser el primero en leerlo.

La pausa que siguió fue incómoda para ambos.

—Dijimos que hoy iríamos al Alba Longa —recordó ella—. A buscar a Ismael Rivas.

—¿Quién?

Ella lo miró con sorpresa.

—El niño de la cinta roja —le dijo, como si hablara con alguien desconocido.

La mente del escritor no estaba allí. Imposible resintonizar con la realidad tan deprisa.

—Ah… claro, claro. Sí. Dame veinte minutos. Me arreglo, te busco y nos vamos.

Irene asintió, aunque no lo creyó del todo. El cuerpo de él seguía bloqueando el acceso mientras su mirada se atrincheraba en algo que no quería mostrar. Dio media vuelta.

—Te espero en mi habitación.

Cerró la puerta con un leve clic. Darío se quedó solo. El silencio volvió como una marea. Suspiró mientras intentaba reconstruir la marabunta de acontecimientos en su cabeza.

Se acercó a la mesa.

Los folios lo esperaban, sueltos, caóticos, como vomitados sobre la madera.

Temblorosamente, tomó uno al azar.

Y leyó.

“Está en la cama. Otra vez en la UCI. Esta vez ha sido una operación de apendicitis.

Le duele el abdomen. Le arde desde dentro.

Está sondado. Una sonda por la nariz. Otra entre las piernas.

Un drenaje en la cicatriz. Los calmantes lo tienen flotando en un estado viscoso, a medio camino entre la conciencia y la niebla.

No es la primera vez. Ya estuvo aquí. De joven. Le trasplantaron el hígado y el páncreas. Un accidente de coche, un donante anónimo, y su vida cambió. Sobrevivió.

Después fue a dar las gracias. A la madre. A la casa. A la foto. A la cara del chico muerto.

Ahora está solo. La unidad de cuidados intensivos parece vacía. Las camas están sin sábanas. Los monitores, en silencio. Las luces, demasiado tenues. El aire, inmóvil.

Tiene sed. Extiende el brazo y pulsa el timbre. Entonces, aparece alguien. Un enfermero. Camina lento. Arrastra una pierna. De la rodilla le cae sangre. Lleva mascarilla, pero hay algo en sus ojos. Algo... familiar.

Cuando se acerca, lo reconoce. Es la cara del donante. El chico muerto. Solo que ahora tiene una cicatriz larga que le parte el rostro como un tajo viejo mal curado. Se baja la mascarilla y sonríe.

—Hola —dice con una calma obscena—. Creo que tienes algo que es mío.