Capítulo 17 Esta vez te mataré yo #4
“Aguanta. Los hombres aguantan”, le dice su padre con los dientes apretados. Le baja los calzoncillos, le sujeta el pene y entonces… Clac. El primer golpe de la grapadora, directo en el prepucio. Dolor, mucho dolor. Sangre, mucha sangre. Clac, otra más.
El sufrimiento es blanco, cegador, nuclear. Hugo siente que el cuerpo se le parte en dos desde la ingle. La sangre corre, tibia, espesa. Las grapas le atraviesan la piel como colmillos de insecto. No puede moverse. Solo sentir. Solo temblar.
Y de pronto, se oye algo más. Un sonido. Lejano y metálico. Clac, clac, clac… Pero este no viene de la grapadora. Este viene de otro sitio. Hay alguien más en la habitación. Alguien junto a una mesa. Clac, clac, clac. Golpes secos, rítmicos, constantes. Como una respiración en código Morse.
Su padre no se detiene. Ahora tiene un tapón.
Un tapón de corcho, de una de las botellas de vino barato que bebe.
Lo sujeta con la mano mientras sostiene una pistola de silicona caliente en la otra.
Aún con los pantalones en los tobillos, lo obliga a encorvar la espalda, a abrir las piernas y a darle la espalda. El extremo del tubo humea.
“Vas a aprender. Por dentro también”, dice, y empieza a empujar el tapón en su ano con una brutalidad metódica.
Hugo siente cómo su cuerpo se abre con un dolor que no debería existir.
Luego, la silicona fluye. Está ardiendo.
Le quema la piel, la boca del ano. Lo sella por dentro. Lo llena de un calor monstruoso.
Y todo mientras el otro sonido sigue. Clac. Clac. Clac. Ahora Hugo lo escucha más nítido. Es una máquina de escribir. Su padre lo suelta. Hugo cae al suelo, jadeando, sangrando, destrozado.
Y en ese momento, se gira para verlo mejor. Una figura. Alta. Gruesa. De espaldas. Sentada frente a una máquina de escribir antigua, negra, con el rodillo girando como un ojo. La máquina no tiene marca visible. Solo el sonido. Clac. Clac. Clac.
La figura no se mueve, salvo los dedos. Uno de ellos está amputado. Falta un meñique. Pero eso no lo detiene. Sigue escribiendo. Golpeando con fuerza. Como si cada tecla dictara el dolor que Hugo sufre. Como si cada palabra fuese una orden.
Pero ahora, conforme las teclas son golpeadas, empieza a sentir dolor dentro de él. Los intestinos quieren vaciarse; si no lo hacen, explotarán. Clac. Clac. Clac. Siente la hinchazón, la mierda dentro de él que quiere salir. El dolor es insoportable.
Y explota…
***
Despierta.
Con un grito que no suena.
Está empapado en sudor. Está temblando. Y con una sensación extraña entre las piernas. Se levanta. Corre al baño. Se quita el pañal. Y lo ve.
Se ha cagado encima.
Nunca le había pasado. Nunca. Pero esta vez, sí. Porque esta vez no había sido solo un sueño.
No había sido solo una pesadilla.
Era un aviso. Un mensaje. Un castigo.
Hugo se apoyó en el lavabo, jadeando como un animal herido. El sudor le corría por la espalda. El pañal sucio yacía en el suelo como un trofeo infame. Tenía el pulso en los oídos, en los párpados, en las encías. Le costaba respirar. Cada bocanada de aire era un forcejeo con su propio cuerpo.
Cerró los ojos. Contó. Uno. Dos. Tres.
Necesitaba retomar el control. Volver a sentir el suelo bajo los pies.
Volver a ser él. Levantó la cabeza y se miró en el espejo.
El cristal estaba sucio, salpicado con goterones de humedad y mugre seca.
Su reflejo parecía ajeno, deformado, como si lo observara alguien desde el otro lado.
Un rostro pálido, ojeroso, aún con una mueca de pánico. Con la mirada clavada en una sola idea.
Y entonces lo comprende.
No es una idea.
No es una sospecha.
Es una certeza que se le clava dentro.
Su padre no se ha ido. No se lo han comido los perros. No ha muerto.
No.
Se ha transformado. Ha encontrado otra forma de quedarse. Más cruel. Más íntima. Más duradera.
Está dentro de los sueños, sí…
Pero también afuera. Respirando en los huecos. Esperando en los márgenes. Golpeando teclas con nueve dedos.
Hugo levanta la mirada. Los ojos empiezan a arder de rabia.
—Eres tú.
Su voz suena ajena. Como si alguien la hubiera usado antes.
—Tú eres el hombre de la máquina.
Traga saliva.
Sabe que si lo dice, será real.
—Tú… eres el Hombre de los Nueve Dedos.
El silencio que sigue no es vacío, es expectante. Algo en su estómago se contrae. No como miedo. No exactamente. Es más profundo. Más antiguo. Como si su cuerpo reconociera algo que su mente acaba de alcanzar.
Y entonces algo cede. No estalla, ni grita, sólo se quiebra.
O termina de quebrarse.
Una parte de él —la última, quizá— que aún intenta mantener las cosas en su sitio, sostener una lógica, un orden… se rinde.
Se rompe.
Y en ese espacio que queda… entra otra cosa.
El miedo cambia de forma. Se espesa, se afila, se vuelve útil.
Furia.
Voluntad.
Algo parecido a un destino que no ha elegido… pero que encaja demasiado bien.
Aprieta los puños. Las uñas se clavan en la carne. Siente el dolor.
Lo necesita.
—Esta vez no te vas a escapar, viejo hijo de puta —susurra, con la respiración temblorosa.
Y entonces sonríe. No con alegría, sino con propósito.
Hace una pausa.
Como si saboreara la idea.
Como si ya estuviera ocurriendo.
—Esta vez, te mataré yo.