El Espejo de Los Dementes Capítulo 17 Esta vez te mataré yo #3
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Capítulo 17 Esta vez te mataré yo #3

Era una profanación de traumas ajenos, arrancados en el momento exacto en que los sueños bajan la guardia y dejan expuestas sus vísceras más íntimas.

No eran recuerdos suyos. No eran miedos suyos.

Y aun así… pasaban por él.

Los sentía filtrarse, espesos, deformes, cargados de una angustia que no le pertenecía, pero que se adhería a sus manos, a su respiración, a cada golpe de tecla. Como si estuviera manipulando algo vivo. Lo cual lo convertía en un oscuro voyeur del dolor, del terror y de la locura.

Cada golpe de tecla —cada clac, cada sacudida metálica— no era solo una palabra más en una página: era una grieta nueva en la membrana que separa la vigilia del delirio.

Afuera, el mundo dormía en su ignorancia tibia, abrazado a la falsa seguridad de la noche. Las ciudades respiraban despacio, los cuerpos descansaban, las mentes bajaban la guardia como fortalezas cansadas de resistir.

Pero en cierto radio, invisible y exacto, algo se había roto. El Caserón de los Susurros no amplificaba el sonido ni la luz. Amplificaba lo que no debía amplificarse. Capacidades sobrenaturales que normalmente permanecen enterradas, contenidas, atrapadas en los márgenes de la mente.

Y la de Darío Salvatierra era la de percibir energías siniestras liberadas durante las pesadillas de cierto tipo de personas. No buscaba esas presencias. No las llamaba. Pero estaban ahí, latiendo en algún lugar entre el sueño y la conciencia, y él —sin quererlo, sin entenderlo— sabía encontrarlas.

O quizá… ellas lo encontraban a él.

Porque cuando las mentes se abrían durante el sueño, cuando los mecanismos de defensa caían y lo oculto emergía sin forma ni filtro, algo ocurría.

Un cruce.

Una interferencia.

Y en ese punto de coincidencia, Darío no solo percibía, sino que las interceptaba.

Porque a la vez él emitía una vibración espectral que era captada por los emisores.

Y esa corriente de baja frecuencia que no viajaba por el aire ni por los cables, sino por las fracturas de la psique humana, invadía las propias pesadillas captadas, las violaba, las potenciaba, y su imagen —el Hombre de los Nueve Dedos encorvado sobre una máquina de escribir—, multiplicada en horror por esas mentes esperpénticas, aparecía en esos sueños de forma tan siniestra que retorcía todas las formas de locura.

Pero no afectaba a todos. No todos podían sentirla. Solo unos pocos eran los desafortunados.

Los soñadores rotos. Los dementes. Mentes tan dañadas que, probablemente debido a la propia locura, habían alcanzado unas capacidades cerebrales imposibles para el resto de personas.

Aquellos cuyas mentes son un collage sin lógica: un puzle ensamblado con piezas de cajas distintas, algunas mordidas, otras invertidas, muchas mojadas por lágrimas viejas.

Los que cargan voces en la cabeza como si fueran inquilinos ruidosos.Los que hablan con fotografías.

Los que se afeitan con cuchillos de mantequilla porque los otros “hablan demasiado”.

Los que lavan sus manos hasta sangrar para purgar pensamientos que no eligieron.

Los que viven atrapados en un bucle de recuerdos falsos.

Los que se despiertan cada noche pensando que hay alguien debajo de su cama, incluso después de cortar las patas para que no quepa nada allí.

Los que ven la realidad a través de un prisma rajado. Y ven cosas. Cosas que no están. O que, tal vez, están demasiado.

Los que entierran animales vivos, los que hablan con las manchas de humedad de las paredes.

Los que no soportan los espejos porque a veces tardan demasiado en devolver la mirada.

Los que cuentan pasos incluso cuando están quietos, los que arrancan páginas de libros porque sienten que ciertas frases no deberían existir.

Los que miran a los demás intentando adivinar quién más lo sabe.

Esos fueron los alcanzados.

La onda expansiva no fue uniforme. Se expandió en círculos irregulares, erráticos, como una enfermedad electromagnética buscando carne disponible. Y cuando encontraba una mente atípica, se incrustaba.

No como un recuerdo.

No como un sueño.

Como una colonización.

Y en todas las pesadillas se repetía lo mismo: un hombre escribía… clac, clac, clac… en una máquina de escribir, en un lado de la escena. Como dando instrucciones. Como llevando la batuta del horror.

Y a todos, la pesadilla se les encarnó: ardía bajo la piel como un implante espectral, una infección del alma.

Algunos despertaron vomitando.

Otros despertaron llorando, gritando, suplicando.

Algunos, simplemente… no despertaron. El pánico les había implosionado dentro.

Casi todos mojados en sudor.

Fue una noche atroz.

Una noche de interferencia.

Una noche en que un ser maligno se coló en sus pesadillas, en las más profundas, y multiplicó el terror que provocaban.

El Hombre de los Nueve Dedos…

***

Está en su casa, en el salón. Pero como es ahora.

No con las paredes agrietadas, ni el suelo pegajoso, ni los platos apilados como cuerpos en descomposición.

No. Está… limpia. Ordenada. La madera brilla con una pátina recién pulida, las cortinas blancas dejan pasar una luz cálida que cae como miel sobre el suelo.

Hay flores en los jarrones. Huele a sopa.

Su madre está viva. En algún lugar de la casa, se mueve en silencio.

Sabe que está ahí porque hay ternura en el aire.

Esa ternura rara que ella llevaba como un perfume, incluso en sus peores días.

Y su padre… Su padre está sentado en el sillón. Como siempre. Pero no está descompuesto ni apestoso. Lleva ropa limpia, camisa planchada. Parece… tranquilo. Hasta sonríe.

“Hola, Hugo —dice, sin levantar la voz—. Ven. Siéntate.”

Y Hugo lo hace. Porque en ese momento, en ese salón domesticado por el engaño, por un instante, todo parece estar bien.

Pero luego su padre cruza la pierna y, con un movimiento pausado, saca algo del bolsillo.

Lo coloca sobre la mesita de café. Es una grapadora de oficina.

Gris metálica, pesada, con manchas de óxido.

La deja allí como si fuera un objeto cualquiera.

Pero no lo es. Hugo lo sabe. El aire se vuelve más asfixiante.

“Hoy vamos a aprender, hijo, lo que significa que no te dejen cagar ni mear. Como has hecho con los perros hoy”, dice su padre, y su voz ya no es cálida. Ya no hay flores. Ya no hay sopa. El ambiente se tuerce. La luz de la ventana se apaga, como si el sol hubiese sido tragado por una nube negra.

Hugo quiere levantarse, pero su cuerpo no responde. Mira a su alrededor. La casa sigue siendo la misma, pero todo lo que la hacía acogedora ha desaparecido. Ahora las paredes respiran. La madera del suelo cruje como si caminara alguien invisible.

Su padre se inclina, lo toma por el brazo con una fuerza que es demasiado familiar, demasiado antigua. Y empieza a bajarle los pantalones. Hugo intenta gritar, pero no hay sonido. Su garganta está sellada por el miedo.