El Espejo de Los Dementes Capítulo 17 Esta vez te mataré yo #2
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Capítulo 17 Esta vez te mataré yo #2

Y ese día, cuando sus padres no miraban, lo decidió. Un chispazo, una decisión, una catapulta de rabia a la que, de pronto, le cortan la cuerda que lo sujeta todo.

La empujó justo cuando pasaba el camión.

El sonido fue seco. El cuerpo fue arrollado antes de caer al asfalto. Luego los gritos, la sangre, la confusión.

El conductor juraba que la había visto empujarla. Lloraba sin consuelo. Estaba destrozado, aún con la desgracia en sus retinas.

Pero Gladys lloró más. Lloró mejor.

Dijo que estaban jugando. Que su hermana tropezó. Que había sido un accidente.

Y todos la creyeron.

Desde entonces, todo fue solo para ella. Todos los besos, todos los cuidados, todo el foco. Como debía ser.

Como siempre debió ser.

Pero entonces aparecieron las pesadillas, como si el fantasma de su gemela quisiera vengarse desde alguna parte.

Revivía la escena de la parada de autobuses, las últimas palabras y gestos que salieron de la boca de su hermana, inocente, ingenua ante la guadaña que la acechaba.

El empujón. El rugido del camión. El sonido de los huesos que se quiebran como madera podrida.

La culpa la acechaba por las noches. No llegaba de golpe, sino arrastrándose, paciente, como un animal que conoce cada rincón de su mente. Le susurraba al oído, le respiraba en la nuca, le obligaba a revivirlo todo. Pero al despertar, la culpa se evaporaba.

Hasta ahora.

Porque esta noche… algo había cambiado.

Abrió la puerta del baño. Se quedó un momento allí, de pie. El tubo de luz resultaba cegador. El lavabo tenía marcas de pasta seca. Había ropa sucia en el suelo. Y en la repisa, junto al desodorante, vio algo que podía servirle: un bote de alcohol.

La pesadilla había vuelto, sí, pero distinta. Más viva, más colorida, más presente. Como una película antigua remasterizada, que tiene tonos que ni la original tiene.

Y con algo añadido.

Porque esta vez, mientras su hermana caía bajo las ruedas, mientras la sangre pintaba el bordillo y los huesos se rompían como ramas secas, Gladys levantó la vista…

Y lo vio.

Al otro lado de la calle. Dentro del viejo escaparate de la tienda de tejidos, cerrada hace años, sentado frente a una máquina de escribir, un hombre grueso, inmóvil, con el rostro en sombra.

Y un dedo amputado.

Escribiendo.

Cada tecla que golpeaba sonaba como un clavo. Clac. Clac. Clac.

Y ella supo.

Lo supo con una certeza que dolía en la boca del estómago.

Estaba describiendo la escena. Poniendo en negro sobre blanco su crimen. Su secreto.

Volvió al dormitorio, acercándose nuevamente a la cama. Él —el muchacho con el que se había acostado— seguía dormido. Desnudo, indefenso. Hundiéndose en un sueño cargado de alcohol, risas baratas y hachís.

Gladys lo miró.

—Lo has visto también, ¿verdad? Has visto al Hombre de los Nueve Dedos. Sabes lo que está escribiendo. Ahora, ya sabes lo que hice. No puedo permitirlo. Mi hermana quería quitarme media vida. Pero tú y el Hombre de los Nueve Dedos podéis quitármela entera. Todo.

Lo cubrió con una manta que estaba al pie de la cama.

Como una madre que arropa a su hijo, aunque con un cuidado que nada tenía que ver con la ternura.

Luego destapó el bote y vertió el alcohol sobre la tela.

Un chorro incoloro empapó la sábana, sus bordes, el colchón.

El olor era penetrante, brutal. El alcohol acabó empapando hasta la alfombra. Un bautismo purificador.

Luego se agachó, agarró su bolso y rebuscó en su interior. Un encendedor colorido, con la imagen de una hoja de marihuana serigrafiada, asomó entre sus dedos.

Se quedó unos segundos allí, de pie, mirándolo. Durante un segundo —un segundo infinito— el mundo entero pareció contener la respiración. Un instante de duda, de si todo era objeto de su imaginación, viciada esta por la atroz pesadilla.

Pero entonces, como un eco del recuerdo, rememoró aquel sonido perturbador.

Clac, clac, clac.

Prendió el mechero y acercó la llama.

***

La pesadilla le había arrancado de las entrañas un alarido de los que duelen en la garganta.

Se quedó allí, sentado en el sillón de la habitación, con la respiración entrecortada y el cuerpo empapado de sudor.

Tardó varios segundos en volver al presente, recorriendo con la mirada aquel dormitorio.

Las paredes estaban teñidas de un azul antiguo, la lámpara de pie proyectaba un cono de luz suave, y en la cama, bajo la colcha de flores marchitas, dormía su madre.

Estaba enferma y él dormía todas las noches allí, cerca de ella, por si necesitaba algo.

Se levantó con esfuerzo. Sus 58 años pesaban más en las rodillas que en el calendario. Caminó hacia la cama, tembloroso. Se inclinó sobre el cuerpo oculto bajo la colcha, dejando ver solo una mata de cabello gris brillante sobre la almohada.

—¿Mamá… te he despertado? —susurró, con voz pastosa.

No hubo respuesta.

—Sigue durmiendo, descansa… —murmuró, y le dio un beso suave en la cabeza.

La piel estaba fría, pero Francisco no lo notó.

Tomó con cuidado el plato de comida que descansaba en la mesilla. Pollo cocido con arroz blanco. Había insistido en que cenara, pero ella no había querido. La enfermedad, claro. La falta de apetito. Siempre igual.

Salió de la habitación cerrando la puerta con sumo cuidado. No quería hacer ruido. No quería despertar a su madre.

Solo que... no había nadie a quien despertar.

Lo que yacía bajo la colcha no era su madre.

Era un maniquí. Uno rígido, de plástico color piel.

Con una peluca gris perfectamente colocada.

Sus rasgos eran caricaturescos, en un intento de darle forma a la cara intentó en su momento pintarle ojos, labios, ceja, nariz…

pero el resultado había sido grotesco. La cara permanecía entonces siempre tapada por la colcha.

Su madre había muerto hacía siete años.

Pero él no pudo aceptarlo, y simplemente lo negó. Siguió viviendo como si su madre siguiera viva y su hijo tuviera que cuidarla.

Los primeros días tras su muerte, la cuidó como si nada.

Le hablaba. Le limpiaba las sábanas. Le daba sopas.

Llamó incluso al médico del pueblo porque ella “no quería comer”.

Cuando el médico entró y encontró el cadáver en descomposición, palideció de horror.

Pero Francisco seguía hablando con naturalidad, como si estuviera viva.

Como si fuera el médico quien estuviera loco.

Tras el escándalo y la llegada de la policía, lo internaron dos semanas. Y cuando regresó, ella ya no estaba. Así que su mente abrió un paréntesis. Compró un maniquí, al cual vistió con su bata. Le puso la peluca, le pintó los rasgos faciales y lo metió en la cama.

Y así siguió cuidando a mamá.

Con cariño. Con necesidad.

Caminó despacio a la cocina. Allí el aire olía a carne cocinada y a humedad.

Manchas de grasa salpicaban los viejos azulejos.

Francisco dejó el plato de comida sobre la encimera.

Se sentó junto a una pequeña mesa, vieja y churretosa, que encumbraba un frutero con algunas piezas demasiado maduras.

Su cuerpo, su piel, su espíritu temblaba.

Tenía la frente empapada, pero no de fiebre.

La pesadilla aún lo habitaba.

El hombre.

El Hombre de los Nueve Dedos.

Sentado frente a una máquina de escribir, golpeando teclas con furia. Dictando los sueños. Las pérdidas. El destino.

Ese hombre podía llevársela otra vez.

Mamá no podría pasar por lo mismo otra vez.

—No… —susurró Francisco, con los ojos muy abiertos—. No… esta vez será diferente…

Miró sus manos. Manos curtidas de cargar sacos, de descargar cajas en el mercado desde que tenía 17 años. Manos toscas. Manos serviciales.

El Hombre de los Nueve Dedos era el diablo. No un diablo con cuernos ni cola. Era uno moderno. Que vive en las palabras.

Y al diablo hay que hacerle ofrendas.

Pensó en los nueve dedos.

Y todo cobró mucha lógica en su cabeza. Ya sabía qué ofrecerle.

Su mirada se dirigió a la tabla de cortar. Una tabla de madera, sucia, rayada, apoyada contra los azulejos. Se levantó, la colocó sobre la encimera y abrió el cajón de los cubiertos. Sacó el cuchillo más grande, lo observó, comprobó su filo.

Entonces colocó el dedo índice de la mano izquierda sobre la madera.

Inspiró hondo.

—No te llevarás a Mamá.

Y entonces presionó.

El acero se clavó en la piel, en la carne, en la falange. El hueso crujió como una ramita seca. Un hilo de sangre corrió, para luego convertirse en una fuente. Francisco jadeó, pero no gritó. Su demencia lo protegía. Su devoción lo anestesiaba.

El dedo se quedó apenas unido al resto del cuerpo por una estrecha línea de músculo y pellejo. Con una última presión acabó separándolo definitivamente. Con un trapo grasiento intentó frenar la hemorragia.

Miró alrededor y esperó.

Observó la falange sobre la tabla, rodeada de sangre.

Ahora debería ocurrir algo: un perdón, una señal de satisfacción, una recompensa.

Pero nada llegó.

El aire seguía igual. Los azulejos, indiferentes. El reloj de la cocina seguía moviendo sus agujas. Fuera, la noche seguía siendo noche, la misma noche.

El silencio seguía intacto.

—¿No es suficiente?

Colocó el dedo medio.

Esta vez descargó el cuchillo con rabia. El corte fue torpe. El acero se encajó entre hueso y carne. Tuvo que presionar, presionar, presionar, hasta que el dedo se partió en dos mitades inservibles.

La sangre bañó la encimera del rojo de la vida, que es el mismo que el rojo de la muerte.

Pero aún nada.

—¿Quieres más? —dijo, empezó a llorar—. ¿QUIERES MÁS?

Ninguna respuesta.

Colocó el anular derecho.

Y siguió.

***

No hubo relámpagos. No hubo lluvia. No hubo señal alguna en el cielo que anunciara el horror.

Pero ocurrió.

En la penumbra de una habitación que parecía tragarse la luz, el Hombre de los Nueve Dedos escribía.

Clac, clac, clac.

No era una historia, ni una novela. Era una intrusión en la que los dedos —nueve y medio— se movían mecánicamente como marionetas guiadas por los hilos de la demencia. No escribía: transcribía. Como si alguien hubiera abierto en su mente una puerta que no debía existir.