El Espejo de Los Dementes Capítulo 17 Esta vez te mataré yo
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Capítulo 17 Esta vez te mataré yo

Darío abrió los ojos. No supo qué hora era. No le importó. El tiempo había dejado de tener estructura. No sabía cuánto había dormido ni cuánto llevaba despierto. Estaba empapado en sudor. La ropa de cama adherida al cuerpo como una piel que no era suya.

Había soñado algo.

¿O seguía soñando?

Su mente era un pantano lleno de rostros que no recordaba haber visto, de voces que no eran suyas, de dolores perfectamente delineados que jamás había sentido en carne propia.

Encendió la lámpara arcaica que dormía en la mesita de noche.

La bombilla titiló antes de rendirse a una luz tibia, anaranjada, como si tampoco quisiera estar despierta.

Se incorporó lentamente en el camastro. Tenía el cuerpo pesado, pero la cabeza saturada.

Abrió uno de sus cuadernos, con la urgencia de quien necesita vaciarse.

El bolígrafo temblaba en su mano.

Océanos de información lo golpeaban por dentro.

Fragmentos, imágenes, frases enteras, recuerdos que no le pertenecían.

Era como haber vivido cien vidas en una sola noche.

Y todas querían salir.

Pero no escribió nada. Su mano se quedó suspendida sobre el papel, rígida. Nada. Toda aquella multitud seguía dentro, empujando, pero el bolígrafo no se movía. Lo dejó caer. Se levantó. Caminó hacia la mesa.

El susurro del mar ya no era un murmullo.

Retumbaba.

Como si cada piedra del Caserón vibrara con un mensaje que aún no encontraba forma.

Se sentó ante la mesa. Abrió el portátil.

Pero no lo encendió.

Al otro lado de la ventana, la luna mordida se había movido bastante, cronometrando la noche. Se quedó mirando la pantalla apagada. Su reflejo distorsionado. Sus dedos, levitando, sobre el teclado, dubitativos, no terminaban de posarse en las teclas.

Entonces, giró lentamente la cabeza.

La máquina de escribir estaba allí. Inmóvil. Anciana.

Paciente.

La observó. Retiró el ordenador y acercó la máquina de escribir.

Luego pasó por ella su dedo amputado, con lentitud.

Un gesto casi íntimo.

Sintió como un pequeño calambre, como una conexión, como una chispa que salta entre dos entidades asimiladas.

Y entonces lo sintió: los susurros aumentaban.

Subían en volumen.

En frecuencia.

En intención.

En uno de los cajones, encontró una pila de folios. Los tomó y los colocó a un lado. Introdujo uno con cuidado. El rodillo giró con un chasquido que sonó más vivo de lo que debería.

Y entonces… escribió.

Clac, clac, clac…

No lo que recordaba.

No lo que pensaba.

Escribió lo que en algún sitio alguien estaba viviendo.

Y no sabía quién.

***

Y una corriente invisible cruzó el mundo.

No era viento.

No era energía eléctrica.

Era más rápida que cualquier impulso conocido.

Un susurro espectral que no pasaba, sino que atravesaba cuerpos, mentes, consciencias.

Y cuando lo hizo, el Hospital Psiquiátrico Rocablanca —ese edificio gris, encaramado en la ladera como un insecto dormido— tembló por dentro.

Los sensores no lo detectaron.

Pero las almas sí.

Al principio fue un silencio que se replegó.

Como si la atmósfera del lugar contuviera el aliento.

Un segundo.

Dos.

Y entonces empezaron los aullidos.

Uno.

Dos.

Docenas.

Estallaban desde las habitaciones cerradas con doble cerrojo.

Gargantas que no habían pronunciado palabra en meses, de pronto liberaban sonidos primitivos, animales, como si algo hubiera despertado dentro… o como si algo invisible hubiera tirado de las cuerdas vocales desde el otro lado.

Golpes en las puertas.

Llantos desesperados.

Arañazos, cabezazos en las paredes.

A través de los monitores, los enfermeros contemplaban con un espanto paralizante una coreografía infernal: los pacientes, antes dormidos en la calma artificial de sus camas, comenzaban a convulsionar con espasmos de terror.

Uno a uno, se incorporaban con ojos desencajados, como marionetas arrancadas del sueño por manos invisibles.

Gritaban sin voz, arañaban el aire, como si algo los persiguiera desde adentro.

El miedo que los consumía no era de este tiempo ni de este mundo; era un pánico fósil, primitivo, que los vaciaba de humanidad y los dejaba reducidos a sombras temblorosas, encendidas por un horror diríase que ancestral, que carcome toda humanidad, toda luz vital.

***

En el pabellón 3B del Hospital Psiquiátrico Rocablanca, exactamente en la habitación 301, Daniel Pinedo se estremeció de golpe. El cuerpo arqueado, los músculos tensos, la mandíbula apretada.

Era la pesadilla de siempre.

Solo que más viva, más real que el propio presente.

Y, además, había algo más.

O más concreto, alguien.

El crujido de la cuna comenzó, como siempre. Ese movimiento irregular, antinatural, que parecía surgir no de una madre amorosa, sino del temblor de una voluntad siniestra. La madera chirriaba con violencia. Las sombras se proyectaban retorcidas sobre las paredes.

Y ella estaba allí.

La mujer.

La que no era su madre.

La de los dientes amarillos y el rostro de papel arrugado.

La del aliento a podredumbre y humo.

La que cantaba sin melodía.

Shhh... duérmete, mi niño…

Todo igual.

Y, sin embargo, algo distinto.

Dani —era pequeño, de dos años— no solo veía. Escuchaba. Cada sonido. Cada gota. La respiración asmática de la vieja. El crujir de la cuna.

Y entonces, por primera vez…

Clac.

Un sonido seco. Metálico. Como un dedo golpeando una tecla vieja.

Clac. Clac. Clac. Clac…

El niño, con cuerpo tembloroso, deja de observar la tétrica figura de la anciana que mece su cuna, gira la cabeza lentamente hacia el rincón más oscuro del cuarto.

Donde nunca había habido nada.

Donde nadie debía estar.

Pero ahora había alguien más.

Sentado.

Inmóvil.

Tecleando.

Clac. Clac. Clac.

Una figura grande, encorvada, casi fusionada con la sombra, aporreaba una máquina de escribir antigua. El brillo opaco del metal dejaba ver que era real. No una alucinación, no un monstruo.

Un hombre.

Y con cada golpe de sus dedos, la pesadilla avanzaba.

Clac. Clac. Clac.

La anciana seguía meciéndolo, pero ahora Daniel —el pequeño Dani— comprendía: ella no decidía nada.

Era una marioneta.

Una muñeca con piel vieja, movida por manos que no eran las suyas.

La canción.

El movimiento de la cuna.

Todo seguía el ritmo de la escritura.

Shhh… duérmete, mi niño… Mamá ya vendrá.

Clac. Clac. Clac.

A lo lejos, una mujer se arrastraba.

La espalda cubierta de sangre. Sangre que emanaba de un cuchillo clavado.

Su madre.

La que debía estar meciendo su cuna. La que cada noche lo hacía. La que lo protegía del mundo en sus brazos.

El pequeño la vio con claridad. Vio cómo sufría, cómo se partía en pedazos por llegar a él. Cómo sus uñas, rotas, intentaban escalar por el suelo. Su aliento, entrecortado. Su mirada, desesperada.

Y entonces la vieja se detuvo.

Giró el cuello lentamente.

Y caminó hasta la puerta.

El hombre seguía escribiendo. El ritmo se aceleraba. Los dedos golpeaban las teclas con violencia enfermiza.

Clac, clac, clac, clac, clac…

Uno de esos dedos estaba amputado.

Faltaba un trozo del meñique izquierdo.

Pero eso no lo detenía.

Escribía con furia. Como si supiera que cada palabra dictaba el destino de esa pesadilla.

La vieja mujer cerró la puerta, desde el otro lado, con un clic seco. Ahora solo queda oscuridad en aquel dormitorio, salvo el fulgor tenue de la máquina de escribir. La última imagen que ve Dani es cómo se inclina sobre el cuerpo indefenso de su madre.

Luego golpes. Secos. Bestiales. Salvajes. Contra carne. Contra hueso. Contra amor.

Y al mismo tiempo, entrelazado con cada impacto:

Clac. Clac. Clac. Clac. Clac.

***

La habitación 301 del Hospital Rocablanca se llenó de un chillido desgarrador.

Dani —ya adulto, pero quebrado como un niño— se tiró al suelo, se encogió contra la pared acolchada.

Se tapó los oídos. Se arañó el rostro con las uñas mordidas.

Golpeó su cabeza contra el suelo, intentando apagar el sonido de esa máquina que ahora parecía seguir escribiendo desde dentro de su mente.

—¡¡¡BASTA!!! —gritó—. ¡¡BASTA, BASTA, BASTA!!

La pesadilla era más verdad que nunca. Y más dolorosa que nunca.

Los enfermeros llegaron en estampida. Uno llevaba ya la jeringa preparada, el rostro tenso, como si supiera que allí dentro se estaba librando algo que escapaba a la psiquiatría. El otro buscaba sujetarlo mientras Dani pataleaba, lloraba, gemía.

Cuando finalmente la aguja entró en su brazo, y la dulce tregua química empezó a filtrarse en sus venas, Dani aún murmuraba entre sollozos, con los labios ensangrentados por los arañazos:

—Es él…

—Es él…

—El Hombre de Nueve Dedos…

—El que lo escribe todo…

—El que hace que mamá muera cada noche…

Y se durmió.

Con una lágrima.

Y el eco del último clac.

***

¿Lo viste también?

¿Viste al Hombre de los Nueve Dedos?

¿Lo viste escribir mi historia?

La pregunta no era para nadie, porque jamás fue formulada en voz alta.

Se disolvió dentro de su cabeza, en ese zumbido sordo que aún le vibraba dentro del oído, como si alguien hubiese susurrado demasiado cerca…

demasiado dentro. Paralizada de terror, apenas pudo girar la cabeza, mirando a su amante de nuevo.

Dormido. Inmóvil. Vulnerable. Y algo en su mirada cambió.

Su cuerpo tardó en responderle, sobrecargado de tensión.

Lentamente, como si sus músculos rechinaran como bisagras antiguas, Gladys se levantó, desnuda, con los muslos pegajosos por los restos del sexo y alguna escapada de orina fruto del miedo.

Caminó por el apartamento dando pasos cortos, sin rumbo.

El mármol era frío bajo sus pies. Todo olía a sudor, a porro, a soledad de soltero.

Le temblaban las manos.

Sabía que el sueño no era solo un sueño. Era una advertencia. Un aviso de que ya no estaba sola con su secreto.

Lo había soñado de nuevo. Como otras veces. La parada de autobuses. El camión que pasa. Que arrolla.

Tenía ocho años cuando lo hizo.

Cuando la empujó.

Porque su hermana gemela le robaba media vida.

La mitad de las palabras.

La mitad de las caricias.

La mitad de los sueños.