Capítulo 16 Mirar a los ojos a la locura #2
—Yo esculpo figuras en miniatura. Mujeres, en su mayoría. Musas danzantes, me gusta llamarlas. Algunas caben en una nuez. Mis mejores piezas... las he tallado en esta casa. No en cualquier parte, ojo. Solo junto a la ventana. Con el rumor del mar entrando.
Celeste observaba en silencio. Bebía su té oscuro, estudiando la conversación como si fuera un espejo que revelara detalles nuevos en cada ángulo.
—¿Y usted? —preguntó el escultor, mirando a Darío—. ¿Qué escribe?
El escritor se acomodó un poco. Siempre era incómodo hablar de su obra en voz alta, como si sonara más pequeña al pronunciarla.
—Novelas de suspense. Policiacas, en su mayoría. Mi libro más reciente se llama El reflejo del crimen.
Un silencio plano. Efectivamente, ninguno lo había leído. De hecho, ninguno lo conocía. Velkan solo asintió, amable, sin fingir entusiasmo. Nadir, desde su extremo de la mesa, golpeó con suavidad el borde de su copa con el diapasón. Tinnnn. Una vibración aguda flotó sobre los platos.
Darío parpadeó. El sonido le taladraba el oído sin ser fuerte. Con los murmullos de las paredes ya tenía cubierta su dosis de sonidos inquietantes.
—¿Siempre hace eso? —murmuró, más para sí que para nadie.
Velkan lo escuchó, y sin cambiar de tono, dijo:
—Debe perdonarlo. A diferencia de mí, Nadir aún no ha conseguido sacar verdadero provecho artístico del Caserón.
El anciano alzó apenas el rostro. Los auriculares le colgaban del cuello como una reliquia fatigada.
—Estoy intentando sincretizar —dijo Nadir, con voz lenta, grave—. Unir los susurros del Caserón con una pieza para órgano. Pero cada día, los murmullos cambian. No se repiten. Ni siquiera las frecuencias que emite la casa son constantes. Y el sótano…
—¿El sótano? —preguntó Irene, interesada.
Celeste intervino por primera vez. Su voz tenía esa calma de quien ya ha visto lo que otros aún no han soñado.
—Sí. Tenemos un sótano. Primigenio, podríamos decir. Excavado en la roca viva. No está cerrado, pero… no recomiendo su acceso a todo el mundo.
—¿Por qué? —preguntó Darío.
Celeste dejó su taza sobre el platillo con precisión casi reverencial.
—Digamos que está más cerca de las cuevas y los sonidos que allí se escuchan pueden resultar… inquietantes.
Irene y Darío se miraron. Un reflejo apenas, pero suficiente.
Nadir volvió a golpear el diapasón, ahora contra el plato. Tinnnn. Esta vez lo dejó vibrar más. Como telón de fondo, el murmullo constante de las olas recorriendo todas las paredes de la casa.
Velkan observaba el techo, pero sus ojos no estaban allí. Su mirada vagaba hacia Irene. Discreta, contenida, pero fija; una mirada que llevaba consigo una invitación implícita a intimar más.
Ella lo sintió y desvió la mirada con educación, tocando el colgante de cobre que descansaba sobre su clavícula.
Los cubiertos chirriaron sobre los platos.
La cena continuó entre breves comentarios y silencios largos como pasillos a ninguna parte.
El diapasón siguió golpeando superficies.
Celeste observaba. Nadir escuchaba. Velkan se mostraba locuaz mientras intentaba enlazar su mirada con la de Irene.
Y Darío, silencioso, inquieto, incómodo, ante aquella situación, ante aquellos personajes, ante aquel siniestro caserón y ante todo lo que podía venirle encima.
***
Darío cerró la puerta con suavidad, como si no quisiera molestar a algo que ya estuviera despierto al otro lado.
La habitación era una penumbra inmóvil, apenas rasgada por la lámpara tenue junto a la mesa.
La luz tenía el tono amarillento de un recuerdo mal conservado. Y, sin embargo, todo estaba quieto.
Excepto el mar.
No se oía directamente. Se sentía. Vibraba a través de las paredes, trepando por el suelo de madera, como si la casa lo absorbiera y lo devolviera transformado. Un murmullo profundo, casi líquido, que no era rugido ni ola… era un susurro con forma de respiración.
Se había despedido de Irene en el pasillo de abajo con una sonrisa cansada, apenas un gesto leve. Ahora, solo, el silencio tenía otro espesor.
Se desvistió lentamente, dejando caer la ropa sobre la silla junto al camastro.
Se quedó en ropa interior: calzoncillos y camiseta de tirantes.
La piel se le erizó, o quizá ya la traía erizada desde hace tiempo.
El aire no estaba frío, pero tenía densidad.
Como si alguien hubiera exhalado palabras invisibles justo antes de que él entrara.
Pensó en escribir. Pensó en imitar a Germán Laredo, en dejar que la magia del lugar hiciera su parte. Quizá si dejaba que los susurros se filtraran en su conciencia, algo surgiría. Una frase. Un comienzo. Algo.
Encendió su ordenador portátil y lo colocó sobre la mesa de trabajo. Apartó con cuidado la vieja máquina de escribir que dormía allí, inerte pero expectante. El metal tenía un tacto frío, de objeto pesado varado en el olvido.
Al otro lado del ventanal, la luna —mordida, irregular— cabalgaba sobre nubes oscuras como bestias dormidas. No era una noche limpia. Era una noche que contenía cosas.
Se sentó. Sus dedos flotaron sobre el teclado. Abrió su último documento de texto. El cursor parpadeó inmóvil, inerte. Su dedo amputado recorría las teclas mientras su mente intentaba conectarse con el texto.
Nada fluía.
La cabeza le zumbaba. El cuerpo tenía electricidad, pero no dirección. Demasiada intensidad vital en poco tiempo, como para abstraerse en crear algo. Cerró el portátil con un suspiro que no se oyó. Solo se sintió.
Se tumbó en el camastro. El colchón era delgado, viejo, espumoso, poco más grueso que una manta tensa sobre una estructura que gemía con cada respiración.
El techo inclinado lo hacía sentir contenido, como si la habitación quisiera plegarse sobre sí misma.
Una pintura en el techo de algún artista que habría desangrado allí su cordura parecía una medusa alienígena abstracta.
Cerró los ojos.
Pero no logró dormir.
Los susurros seguían ahí.
Se deslizaban entre los tablones, cambiando de tono, como si alguien estuviera girando un dial en una radio antigua. A veces eran agudos, casi como chillidos lejanos. Otras, graves, como un lamento que subía desde el fondo del océano. Siempre cambiantes. Siempre irreconocibles.
Aguzó el oído. Intentó encontrar un patrón. Algo familiar. Una palabra entre las corrientes de aire. Pero todo era evasivo, líquido, inestable.
Como si el Caserón hablara en sueños.
Dio vueltas sobre el camastro. A la derecha. A la izquierda.
La sábana áspera se pegaba al cuerpo como una promesa que no se cumplía.
Cada vez que cambiaba de posición, parecía que el sonido también lo hacía.
Pasaron las horas.
Cuando se rindió de intentar descifrar los ecos, se durmió.
Y entonces, su mente se liberó.
***
Y el sueño no cayó como una piedra. No llegó como un derrumbe.
Fue una marea tibia, subiendo lentamente por sus piernas, sus costillas, su nuca.
Un oleaje sin espuma, sin agua, que lo cubría sin mojarlo.
Y a cada pulso, la conciencia se le iba aflojando, como si los bordes de su mente se desanudaran en silencio.
Los susurros del Caserón se filtraban por las paredes, pero en ese umbral entre el mundo y lo otro, ya no eran ruido.
Eran un idioma.
No uno que pudiera entender, sino uno que su cuerpo reconocía como parte del paisaje.
Y entonces, sin pedir permiso, el sueño lo tomó.
Pero no como a un durmiente. Lo tomó como a un recipiente.
Y dentro de él, algo más comenzó a soñar.
El Vientre de los Ahogados se revolvía más de lo habitual, como si algo en su profundidad hubiera despertado con hambre.
No era solo un remolino.
Era una voluntad.
Las aguas no rugían: gemían. Desde abajo. Desde lo insondable. Como si el fondo mismo se sacudiera por dentro. Era el eco de cuerpos. Pero no de cuerpos muertos flotando a la deriva.
Eran almas.
Decenas. Cientos. Miles. Arrastradas en círculos eternos, girando sin cesar por túneles de sal y miedo.
No nadaban.
No gritaban.
Solo daban vueltas.
Ojos abiertos, bocas cerradas, gestos detenidos como frases sin terminar.
No había escape.
No había fondo.
Solo un giro eterno.
Y cada vuelta del remolino parecía despojarles un poco más de lo que fueron.
Sus nombres.
Sus recuerdos.
Sus rostros.
Eran pensamientos arrastrados por la corriente.
Y esa energía oscura, ese eco venido de ningún lugar, se desliza por las cuevas subterráneas como una marea silenciosa, trepando sus entrañas, afinando la roca como si fuera un instrumento sagrado.
Y alcanza el Caserón, electrizando sus muros, imantando el aire, sembrando susurros que no son voces, sino la suma interminable de lamentos atrapados en el fondo de un mar que nunca duerme.
Y esa electricidad muerta, esos susurros como un canto compuesto por millones de lamentos suspendidos en un océano que no olvida, envuelven a Darío, su cuerpo, su consciencia.
Y en su interior, algo comienza a captar.
Imágenes. Pensamientos. Frecuencias.
No una, cientos.
No hablan entre sí.
Llegan a él.
Pesadillas que no son suyas. Como si su conciencia fuera una sala con puertas abiertas por donde entran los temores de otros.
Nítidas, claras, perturbadoras.
Y a pesar de ser terribles sabe que no son suyas.
Y no duelen.
Él solo observa.