El Espejo de Los Dementes Capítulo 16 Mirar a los ojos a la locura
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Capítulo 16 Mirar a los ojos a la locura

La grava crujía bajo sus pasos mientras regresaban hacia el coche, ahora convertido en un bulto dormido entre la niebla marina.

Habían salido para recoger el equipaje al aparcamiento situado junto al huerto.

El aire era más húmedo ahí fuera, más cercano al aliento del mar.

Una brisa salada les acariciaba la piel como dedos fríos que no sabían si dar la bienvenida o advertir.

En el exterior no había susurros, sino el rugido del Vientre de los Ahogados, diríase que furibundo, golpeando las rocas del acantilado.

—Irene —dijo Darío, mirando por encima del hombro al caserón, que se recortaba contra el cielo como una herida de piedra—. Esa casa…

—¿Aún dudas que haya lugares con una energía especial? —preguntó ella sin mirarlo, abriendo el maletero con un clic apagado—. Nunca he tenido dudas, pero ahora me alegro de haberlo sentido. Mi padre tenía razón sobre este sitio.

Un gesto de asentimiento como respuesta.

No porque lo entendiera, sino porque lo sentía.

Sentía cómo algo se arrastraba bajo la tierra, cómo lo no dicho tenía cuerpo.

Cargó su maleta. Irene tomó la suya, y juntos comenzaron a subir hacia la entrada.

Pero justo antes de pisar el primer escalón, Darío se detuvo.

Dejó su maleta en el suelo.

—¿Qué haces? —preguntó Irene, extrañada.

Él no respondió. Algo tiraba de él. Una fuerza tenue pero constante, como un recuerdo que quiere ser recordado.

Rodeó la casa en silencio, en dirección opuesta al huerto.

Ante él se abrió la perspectiva del cielo y el horizonte marino.

Una estrecha vereda natural, apenas visible, bordeaba el acantilado. El escritor la recorrió lentamente.

Y el mar rugía… ¿más que antes?

Ya no parecía un rumor lejano. Era un aliento. Un pulso.

El acantilado se abría en un semicírculo irregular, como si alguien hubiera arrancado un trozo del mundo de un solo tajo impreciso.

En un extremo, el Caserón se erguía con solemnidad.

Y en el otro, asentado sobre la roca, alguien había construido un banco de piedra. Gris, áspero, enfrentado al abismo.

De repente, a medio camino, se detuvo, con los ojos fijos hacia adelante.

Esa perspectiva…

Y entonces lo sintió.

El olor.

No era mar. No era tierra húmeda. No era sal.

Era hierbabuena. Pisoteada. Viva y herida a la vez. Un olor absolutamente fuera de lugar. Inexistente en ese paisaje. Pero intenso. Casi insoportable.

Se frotó el muñón con movimientos lentos y circulares. El aire le ardía en los pulmones. Le pesaba el pecho. Sus ojos se llenaron de agua, no por tristeza, sino por algo más primitivo: una memoria emergente, que perforaba el presente.

—Aquí estaba el niño —susurró.

Irene, que lo había seguido en silencio, se detuvo a unos pasos. Su mano fue al colgante de cobre, que palpitaba contra su pecho como si también sintiera el cambio de atmósfera.

—¿Qué niño?

Él no respondió enseguida. Miraba al banco como si contuviera un secreto en carne viva. Como si pudiera ver la escena. No imaginarla. Verla.

—El de la cinta roja —dijo por fin, en voz baja, como temiendo que el viento escuchara.

El olor a hierbabuena se intensificó. Como si se la hubieran frotado en la cara. Como si brotara del acantilado mismo.

Y entonces, sin pensar, las palabras comenzaron a salir:

—Aquí estaba. Solo. Aquí, justo aquí. Mirando al banco… y allí, al otro lado, su madre se acercó al borde. Arrastraba a su hermana. Ella gritaba, protestaba. Llevaba una cinta roja en el pelo. El niño gritó, horrorizado.

Irene se quedó inmóvil.

Darío respiraba con dificultad, como si cada palabra le costara arrancarla del hueso. El viento le lamía el rostro. Inconscientemente, se pasaba el pulgar por la cicatriz del meñique, recorriendo aquel pequeño borde de carne donde el dedo terminaba demasiado pronto.

—Y entonces saltó. Sin vacilación, sin dudarlo ni un instante. Como si el mar la hubiera llamado. Como si llevara años haciéndolo y solo entonces ella hubiera conseguido escucharlo.

La boca se le había quedado seca. Tragó saliva con dificultad, como si tuviera algo amargo atascado en la garganta, antes de conseguir añadir:

—Se llevó a la niña con ella.

Un silencio como una losa cayó entre los dos. El rugido del mar pareció alejarse, como si respetara la escena. Como si también recordara.

—Cuando se atrevió a mirar abajo, al Vientre, no había rastro de ellas.

El mar se las había tragado. Solo logró ver la cinta, flotando, dando vueltas en un remolino de agua.

Yo… lo he soñado muchas veces. Pero nunca he sido capaz de recordarlo al despertar.

Solo logré retener la imagen de la cinta roja, pero no sabía qué significaba.

Hasta que leí Los Cantos de las Corrientes.

Y ahora, es la primera vez que lo veo tan claro.

Que el recuerdo me viene nítido, esclarecido.

La sal del ambiente se mezclaba con la sal de su mirada acuosa.

—Mañana iremos al pueblo y buscaremos a ese niño —dijo Irene, apenas en un susurro.

Él asintió sin volverse a mirarla.

El banco seguía allí, inmóvil, como un testigo petrificado de algo que no debía haber presenciado.

El viento había cesado un instante, lo justo para que el mundo contuviera la respiración.

El escritor se mantuvo de pie al borde del acantilado, con el mar rugiendo abajo como una bestia encadenada a la roca. El olor a hierbabuena persistía.

Una siniestra idea se abría paso en su mente. Bajó la vista hacia sus propias manos, manos que querían temblar, pesadas, sucias de memorias que no sabía si eran suyas.

Y entonces, la pregunta brotó. No como una duda, sino como una herida que por fin sangraba:

“Si he sido capaz de revivir esta pesadilla... ¿Estoy realmente preparado para revivir —esta vez con claridad— todas esas pesadillas que no me pertenecen?”

Porque no eran suyas. No del todo.

Eran fragmentos. Ecos. Gritos ahogados que flotaban en su subconsciente como cuerpos en el agua. Pedazos de tragedias ajenas que se habían adherido a él como algas podridas, envolviendo sus sueños con dedos fríos.

¿Qué pasaría si el Caserón —si el Vientre— le permitía recordarlas?

¿Todas?

¿Sin filtro?

¿Sin defensa?

¿De verdad estaba preparado para mirar a los ojos a la locura?

***

La campanilla del reloj antiguo sonó tres veces, una detrás de otra, como si el tiempo en el Caserón se marcara con retardo o desgana. A las diez en punto, como había prometido Celeste, la cena estaba servida.

El comedor olía a pan caliente y verdura cocida, aromas humildes que parecían sostenidos por una dignidad ancestral.

Sobre la mesa de nogal, dispuesta con sencillez espartana, se acomodaban platos hondos, cuencos con trozos de pan de hogaza —rústico, de corteza áspera— y una fuente con verduras hervidas, aún soltando vapor.

Antes de sentarse, Celeste, de pie junto a la cabecera, habló con esa voz suya que no alzaba el tono, pero exigía silencio:

—Tenemos nuevos huéspedes esta semana.

Hizo un gesto breve hacia Irene y Darío, recién llegados al comedor, quienes se encontraban de pie, algo rígidos, en el dintel.

—Irene Dalmau. Darío Salvatierra. Ella es asistente y escritora. Él… también escribe —añadió con una inflexión tan neutra que podía leerse como respeto o ironía. Nadie lo supo.

Desde un extremo de la mesa, un hombre mayor, delgado como un tallo seco, inclinó apenas la cabeza.

De rasgos orientales, tenía la piel surcada por arrugas finas como papel quemado.

Llevaba varias capas de ropa, y colgando del cuello, unos auriculares de gran tamaño que no estaban conectados a nada.

Su mirada no era directa: parecía flotar alrededor del momento, como si buscara dónde posar.

—Nadir Baek —dijo Celeste—. Músico. Compositor. Es capaz de escuchar cosas que nosotros no. O eso, al menos, afirma él.

Nadir no habló, obviando la estocada irónica de Celeste. Solo asintió muy levemente. Entre sus dedos largos sostenía un diapasón, con el que golpeaba con extrema suavidad el borde de su silla. Un tinnn delicado, apenas audible, vibró en el aire como una cuerda que nunca termina de afinarse.

Más cerca del centro de la mesa, un hombre más joven —de unos treinta y pocos— sonrió con una calidez que no intentaba imponerse.

Tenía el cabello castaño recogido en un moño suelto, barba densa y limpia, y vestía ropas de tejidos naturales.

Olía, incluso desde cierta distancia, a aceites de cedro y lavanda.

—Y él es Velkan —dijo Celeste—. Escultor. Artista. O como él prefiere decir… canalizador de forma.

—Mucho gusto —dijo Velkan con una voz suave, grave, que parecía haber salido de una cueva bien iluminada—. Sí, me gusta aprovechar la energía de esta casa para crear. Y esta noche tiene buena energía.

Darío asintió cortésmente. Irene se sentó con una sonrisa leve, pero sus dedos jugaron con el colgante de cobre que llevaba al cuello, como si la cena fuera una ceremonia antigua y el silencio, parte del protocolo.

Los susurros estaban ahí —siempre estaban ahí—, recorriendo con su eco las paredes. Todos tomaron asiento. La única que no probó el pan fue Celeste. Bebía un té oscuro en una taza sin asa, mirando a los demás con atención paciente.

El pan crujía al romperse. La verdura hervida soltaba un vapor que olía a raíz, a tierra.

El silencio de la mesa era roto por el ruido de los cubiertos aterrizando en el plato, o por la manía de Nadir de golpear su diapasón contra todo tipo de objetos —el vaso, el plato, el mantel— para escuchar su sonido.

—¿Cómo les ha tratado la casa? —preguntó Velkan, mientras partía el pan con las manos—. ¿La han sentido respirar?

—Es innegable que este lugar tiene una vibración peculiar —admitió Darío.

Velkan asintió con una media sonrisa, sin levantar la vista de su plato.

—Entonces es su primera vez aquí.

El escritor hizo un gesto leve con la cabeza. Velkan alzó la vista. Su voz era suave, sus palabras parecían salir envueltas en incienso.