Capítulo 15 La presencia de algo no resuelto #5
—Todo lo que ven es la planta baja. No está pensada para los huéspedes. Salvo la biblioteca, el comedor, el baño y la terraza.
Pero los nuevos huéspedes seguían con las pupilas clavadas en el cuadro.
—El resto de estancias es para el servicio —continuaba Celeste, con un tono neutro, casi lánguido.
No especificó más. La ambigüedad se quedó suspendida en el aire como una telaraña. Darío se preguntó si la palabra "servicio" la incluía a ella o a alguien que nunca se dejaba ver.
Atravesaron un comedor que parecía detenido en otra época: una larga mesa de nogal, flanqueada por sillas altas, con cojines tan descoloridos que resultaba imposible saber de qué color fueron. Un espejo colgaba en la pared del fondo, pero no reflejaba correctamente la sala.
Un pequeño baño junto a la escalera tenía el lavabo tallado en mármol. Sobre él, un espejo manchado con vetas oscuras que recordaban a grietas... o a raíces. Celeste no se detuvo. No hizo comentario alguno. Simplemente siguió caminando como si todo aquello hablara por sí mismo.
La puerta que conducía a la terraza se alzaba al final del pasillo como un umbral hacia otra dimensión.
Era de madera maciza, oscura y agrietada por la sal, con ventanales verticales de vidrio amarillo, envejecidos por décadas de bruma marina y sol oblicuo.
La luz que se filtraba a través de ellos teñía el pasillo de un ámbar enfermizo, como si todo más allá de la puerta ocurriera en otro tiempo, en otro mundo.
El cristal vibraba levemente con el rumor del mar, y al acercarse, uno podía jurar que no era solo el viento lo que se deslizaba por las rendijas… sino un aliento antiguo, contenido.
Celeste abrió la puerta y la brisa entró como un golpe.
La terraza era un espacio de piedra blanca erosionada por años de viento marino, suspendido sobre el abismo como una lengua antigua que quisiera probar el horizonte.
Cuatro sillas de forja negra y una mesa de igual material esperaban a quien se atreviera a sentarse frente al fin del mundo.
El sol, ya escondido tras un horizonte de océano, lanzaba estertores naranjas que rebotaban en las nubes.
Pero lo más impactante eran los rugidos del mar, allá abajo.
No era un rugido superficial. No era espuma ni sal. Era un grito sordo, grave, ancestral, que parecía brotar desde el interior mismo de la tierra. Una vibración que hacía latir los huesos. Un eco que, si uno se descuidaba, podía confundirse con una voz.
Darío e Irene se aproximaron a la baranda, también de forja, oxidada, sin haber sido pintada en décadas. El metal estaba áspero al tacto. Daba la sensación de que si uno se inclinaba lo suficiente… algo allá abajo lo reclamaría.
—Dios —susurró Darío, sin saber si hablaba de la vista o de la sensación de vacío.
El Vientre de los Ahogados se desplegaba abajo como una herida en el mar. Como una presencia ancestral, primigenia. Las corrientes giraban en espiral, lentas, como un ojo que no parpadeaba. A veces una ola rompía contra las cavernas, y el sonido que emergía era como un susurro húmedo.
Pero no un susurro aleatorio provocado por la casuística de las mareas, la roca y las cuevas.
Era como si tuviera un propósito.
Una intención.
Irene se sostuvo del pasamanos con fuerza. Tocaba el colgante de cobre con los dedos como si necesitara anclarse. Sus ojos estaban muy abiertos, fijos en el abismo. El viento ondeaba su trenza como una cuerda al borde de soltarse.
Darío, de pronto, olió ceniza. Un humo seco, áspero, que le arañó la garganta. Pero allí no había fuego, no había humo, ni brasas ni rescoldos. Sin saber por qué, su subconsciente había empezado a acelerarse. Como si algo invisible se preparara para mostrarse.
Pensó en las historias que Irene le había contado en voz baja, camino al caserón: de huéspedes que habían saltado, atraídos por el canto de las cuevas, por el magnetismo que emanaba al mirar al fondo de aquel acantilado.
Imaginó a hombres que se desvestían en silencio y caminaban hasta la baranda como si regresaran a casa.
Y lo inquietante era que no le parecía irracional.
Sí, aquel acantilado tenía algo que hechizaba.
Una invitación constante a verlo más de cerca.
A dejarse abrazar por sus aguas.
Y entonces cruzó la mirada con Celeste.
Ella los observaba desde la sombra del umbral.
Su rostro, impasible. Sus ojos, grises como ceniza aún caliente. Y en ellos… algo más. Como si acabara de verlo pensar. Pero no dijo nada. Solo musitó con la cadencia de una frase gastada:
—La terraza pueden usarla cuando gusten. Algunos la encuentran fascinante simplemente para contemplar el horizonte. Otros… vienen a leer.
Y sin esperar respuesta, se volvió hacia el interior de la casa.
El mar, detrás, seguía murmurando.
Y el abismo… seguía esperando.
***
La primera planta del caserón era un pasillo largo y oscuro, flanqueado por puertas cerradas que parecían vigilar más que esperar.
Todas idénticas: madera vieja, manillas de bronce apagado, placas con números romanos.
El aire tenía un perfume leve de encierro, de madera húmeda, de sábanas que no han sido usadas en años, pero aún recuerdan los sueños de otros.
—Aquí están las habitaciones de huéspedes —anunció Celeste con voz contenida, apenas levantada sobre el silencio.
Celeste se detuvo frente a una habitación del lado derecho. Sacó una pequeña llave de su chaqueta, con un llavero metálico en forma de espiral, y la tendió hacia Irene.
—Esta sería para usted. Tercera a la derecha.
Irene la tomó, pero no abrió la puerta. Solo la sostuvo, con el pulgar apretado sobre el símbolo, como si pudiera extraerle información. No dijo nada, pero sus ojos, oscuros y calmos, se posaron en Celeste con una claridad difícil de definir.
La anfitriona ladeó apenas la cabeza.
—Aunque… para los escritores, hay una habitación especial —dijo, sin mirar a Darío directamente—. Está libre.
El escritor asintió antes de entender del todo. Era un impulso más que una respuesta. El caserón lo absorbía paso a paso.
Subieron por una escalera estrecha, donde apenas cabía una persona, que crujía como un lamento contenido.
La tercera planta era la buhardilla, y el techo descendía en ángulo, obligando a agachar la cabeza en ciertos tramos.
El aire estaba quieto allí, espeso, con el olor de pinturas viejas y madera reseca por la sal.
La sala se abría amplia y extrañamente viva, pese al poco uso.
Una enorme mesa antigua dominaba la estancia, situada justo frente a un ventanal inmenso que se abría sobre el mar.
Allí, el horizonte era una línea cruda y abierta, sin interrupciones, sin promesas.
Una máquina de escribir arcaica esperaba en lo alto de la mesa, como un tótem olvidado, con el metal apagado y las teclas manchadas de óxido y tinta.
Un camastro estrecho y desigual descansaba contra una de las paredes laterales, con un colchón delgado que parecía haber sido testigo de insomnios más que de sueños.
Había arcones cerrados, un armario torcido con la puerta entreabierta, y marcas de pintura por todas partes: en el suelo, en las paredes, incluso en el techo inclinado.
Trazos de color seco, manchas como gestos detenidos a medio grito.
—Muchos pintores usaron esta sala durante años —explicó Celeste, con una leve disculpa implícita—. No todos supieron… o pudieron respetar las instalaciones. Desde entonces, la reservo solo para escritores. Ellos al menos… no ensucian lo visible.
La habitación tiene un aura densa. Una inquietud que no nace del desorden, sino de la presencia de algo no resuelto.
Y todo el tiempo, como un murmullo dentro del cráneo, los susurros del mar siguen vibrando a través de las paredes, del suelo, de los huesos.
Pero allí parecen sonar diferentes, aunque parece imposible describir el matiz diferencial.
Darío camina lentamente por el espacio. Pasa los dedos —los gruesos, ásperos, y ese meñique incompleto— sobre la superficie rayada de la mesa, sobre el cuerpo frío de la máquina de escribir. El olor a ceniza sigue presente, arrastrándose detrás de él como una sombra. Pero no lo perturba. Ya no.
Se acerca al ventanal, contempla el océano.
Y entonces se vuelve hacia Celeste.
—Aquí es donde Germán Laredo escribió Los Cantos de las Corrientes, ¿me equivoco?
Celeste no responde. Solo asiente una vez, sin apartar la mirada.
Y en ese gesto mudo, todo el peso del mar parece volverse aún más real.