El Espejo de Los Dementes Capítulo 15 La presencia de algo no resuelto #4
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Capítulo 15 La presencia de algo no resuelto #4

El silencio de la mujer fue más elocuente que cualquier réplica. Lo examinó con una severidad silenciosa, como si acabara de detectar la grieta exacta en su historia. No hizo comentarios. No lo desmintió. Diríase que simplemente estaba clasificando el alcance de aquella mentira.

Y eso lo inquietó más que si lo hubiera llamado mentiroso.

Para romper el vacío que comenzaba a retumbar en sus oídos, el escritor preguntó con una torpeza repentina:

—¿Puedo preguntar su nombre para dirigirme a usted?

La mujer entrecerró los ojos apenas, como si no estuviera segura de que mereciera saberlo. Luego, con una calma que arrastraba siglos detrás:

—Celeste Kessler.

—Darío Salvatierra. Y esta es mi compañera, Irene… Irene Dalmau.

Irene inclinó cortésmente la cabeza, pero la dueña continuó con su máscara de mármol, impertérrita.

—“Inspirarse” —dijo de pronto la anfitriona, a bocajarro, con una pequeña mueca de decepción, como quien prueba un vino y descubre que está aguado—. Es una palabra excesivamente ambigua para lo que este lugar puede ofrecer.

Tardaron en averiguar que estaba retomando la conversación de Darío. Se acercó un paso y añadió, con voz baja pero cortante:

—Aquí no se viene a buscar ideas, señor Salvatierra. La gente que llega buscando inspiración suele descubrir que ha venido buscando otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Eso nunca me corresponde decidirlo a mí.

Instintivamente, Darío estuvo a punto de retroceder y tener que bajar un escalón, pero se contuvo. Aquella inquietante mujer no daba señal de que fuera a acogerlos o a cerrarles la puerta en sus caras.

El escritor se enjuagó la garganta con su propia saliva, pero antes de hablar, Celeste se dirigió a Irene:

—¿Y usted?

—Soy su asistente. Me encargo de tomar notas, de organizar sus textos, buscar bibliografía específica, materiales de referencia. También transcribo borradores, reviso estructura narrativa… y, además, también escribo —añadió con una sonrisa tensa, que se desvaneció tan pronto como apareció.

—Ya veo —dijo Celeste, sin cambiar de expresión—. Una escriba con conciencia.

Su tono no era burla, pero tenía la punzada de una observación clínica.

Luego, otro silencio, diríase que mientras añadía otra ficha a un archivo mental.

Mientras, sus ojos recorrieron cada centímetro de la presencia de Irene: la postura correcta pero contenida, la forma en que mantenía la mandíbula tensa, el brazo lleno de pulseras y, sobre todo, el colgante que llevaba al cuello.

—La inspiración —dijo al fin— es una excusa para quienes no saben enfrentarse a sí mismos.

Aquí no hallarán consuelo. Ni respuestas agradables.

Este lugar no está hecho para artistas que vienen a liberarse, a revolcarse en sus penas como si fueran parte del proceso creativo. Este sitio no es para ustedes.

Y comenzó a cerrar la puerta.

Pero Irene, sin dudar, dio un paso al frente. Su voz fue firme, casi desafiante, como si llevara tiempo ensayándola:

—Supongo que la primera vez que vino aquí Germán Laredo en busca de inspiración… nadie le cerraría la puerta en las narices.

Celeste se detuvo en seco.

El silencio que cayó fue absoluto. La madera crujió bajo sus pies. El mar ululó como si recordara también ese nombre.

Ella no parpadeó. Sus ojos pasaron de Irene a Darío, luego de regreso, como si los estuviera sopesando en una balanza invisible.

—Ya veo —murmuró al fin—. Conocen la historia.

Y la puerta, lentamente, se volvió a abrir.

***

Se hizo a un lado sin invitarlos, y aun así supieron que debían entrar.

El vestíbulo era amplio, silencioso y severo.

El eco de sus pasos parecía venir de otras personas, de otros tiempos.

La madera bajo sus pies crujía con una voz muy antigua.

En la pared, un reloj marcaba la hora con una lentitud anormal.

Tic. Tac. Como si esperara otra cosa para empezar a moverse con normalidad.

Y luego estaban los susurros.

Las paredes del caserón retumbaban con una cadencia subterránea, como si respiraran. Un zumbido profundo, casi orgánico, trepaba desde los cimientos. El mar reverberaba a través de las rocas transmitiendo su energía a toda la casa.

Pero en ese sonido había algo más.

No una simple reverberación de los ecos de las mareas recorriendo arterias de piedra allá abajo.

No.

Algo que sonaba como murmullos, lamentos, agonías… como una comunicación en un lenguaje atávico, olvidado, místico.

Algo vivo.

O al menos, algo que alguna vez estuvo vivo.

Celeste los condujo sin preámbulos a la salita, tras la primera puerta que encontraron, como si no quisiera enseñarles más del caserón hasta que fueran huéspedes de ley.

La ornamentación era adusta y anticuada.

Una estantería con algunos libros largamente manoseados (cosa que hacía que Celeste se refiriera a aquella sala como “la biblioteca”).

Obras diversas como Guerra y Paz, El Horla, Hamlet, El Paraiso Perdido, Ensayo Sobre la Ceguera, El Capataz de Babel…

no eran sino reflejo de la extraña fauna humana que, de tanto en tanto, buscaba cobijo entre los muros de la posada.

Un aparador antiguo de madera con una bandeja de plata —o al menos plateada— con algunas conchas grandes sobre ella.

Junto a la bandeja, una jarra de cristal llena de agua y unos vasos limpios, apilados, esperando ser llenados.

Una alfombra con un mosaico imperfecto. En las paredes, algunas litografías que dibujaban escenas costeras, dibujos tan melancólicos como el gris de su lápiz.

Allí, la penumbra era más densa, aunque una lámpara de pie alumbraba una butaca. Sobre ella, descansaba un libro abierto. Ninguno pudo ver el título.

Celeste caminó hasta un aparador de madera y extrajo un libro grueso, de tapas de cuero oscuro. Lo abrió con gesto ceremonial sobre un atril.

—El registro de huéspedes —anunció, sin mirar—. Nombre completo, por favor.

Darío sintió la garganta seca.

—Darío Salvatierra e Irene Dalmau.

No añadió más apellidos porque descubrió que no conocía el de Irene.

Eso podría haber levantado sospechas si se supone que trabajaban juntos.

Pero la anfitriona no lo preguntó, simplemente anotó los nombres con una pluma que parecía deslizarse sola.

Al fondo, un ulular sordo se filtró por entre las paredes, como si el viento llevara voces.

No preguntó cuánto tiempo iban a quedarse.

Tampoco habló de dinero, ni del precio.

Solo cerró el libro con un golpe seco.

Los murmullos de las paredes parecieron cambiar la entonación. El escritor, tempranamente, empezaba a sospechar que allí era imposible discernir cuánto había de realidad y cuánto de sugestión. Un atajo muy fácil para volver loco a cualquiera.

—Reglas —comenzó a hablar Celeste Kessler, como quien recita un ritual ya grabado en piedra—. El desayuno se sirve a las nueve en punto. El almuerzo, a las dos. La cena, a las diez. No se esperará a nadie. Si van a ausentarse durante una comida, se agradece que lo informen.

Pausa.

—Está prohibido acercarse a la cocina. Si necesitan agua, hay una jarra aquí, en la biblioteca —señaló la jarra de agua—. No se permiten cambios en el mobiliario.

Y, por último, miró a ambos con una intensidad que fue casi una advertencia:

—Aquí se respeta el silencio. Él estaba antes que nosotros. De hecho, él seguirá aquí después de nosotros. Acompáñenme.

Recorrieron la planta baja. Los pasillos del caserón eran sobrios y fríos, como si la arquitectura misma se negara a ser decorativa.

Las paredes, cubiertas por un papel entelado color marfil envejecido, estaban salpicadas apenas por unos pocos cuadros que diríase no buscaban embellecer.

No eran adornos, sino cicatrices de los que habían pasado por allí.

Pinturas oscuras, muchas sin marco, cuyas firmas estaban borradas, veladas o convertidas en garabatos.

Uno destacaba.

Colgado en la pared más estrecha del corredor oeste, justo donde la luz de los apliques no alcanzaba del todo, se encontraba un lienzo que parecía latir por cuenta propia.

El ojo lo notaba antes que la mente lo comprendiera.

Era el Vientre de los Ahogados. Pero no como lo vería un cartógrafo o un navegante. Era su forma sentida, no vista.

El mar ocupaba casi todo el lienzo. Negro, densísimo, giraba hacia el centro en una espiral que parecía hundirse dentro de la propia pintura.

En los bordes flotaban formas humanas.

No eran cadáveres. No del todo. Algunas parecían moverse. Otras miraban hacia arriba. Y en el centro, donde la espiral se cerraba, algo humano se arrastraba hacia el fondo.

El trazo era violento, húmedo, como si la pintura no se hubiera secado del todo. Y en ciertos ángulos, había partes que parecían rezumar salitre.

Irene se detuvo frente a él sin decir nada. El péndulo de cobre sobre su pecho oscilaba ligeramente, como si algo invisible en el cuadro generara un campo magnético débil, pero insistente. Darío sintió un escalofrío inevitable ante tan perturbadora obra.

Y entonces Celeste habló.

—Ese cuadro fue un regalo. En realidad, casi todos lo son.

Su voz no sonó orgullosa. Sonó... resignada.

—Un huésped lo pintó hace muchos años. Nunca le puso nombre. Pero todos sabíamos lo que era. El Vientre.

Una pausa en la que la anfitriona aprovecha para, nuevamente, estudiar a los visitantes.

—Se obsesionó con ese lugar. Decía que los susurros le dictaban formas. La noche que lo terminó, se lo dejó colgado allí. No dijo nada al respecto. Al amanecer, ya no estaba.

Los susurros seguían ahí. Siempre estaban. Aquellos mismos susurros que, como una frecuencia siniestra, levemente resonaban entre las paredes del caserón.

—Días después —prosiguió la anfitriona, imposible dilucidar su intención— lo encontraron descalzo, en la orilla de la playa, hablándole a los peces. Según cuentan, acabó en el manicomio. Y no, nunca volvió a pintar.

Y sin transición para digerir aquello difícilmente digerible, movió el brazo en dirección al entorno.