Capítulo 15 La presencia de algo no resuelto #3
—Es lo que hay —cortó a su interlocutor—. Será poco tiempo. Solo lo justo para no volverme del todo imbécil. Ahora tengo que colgar…
Y colgó.
Un rato de silencio. Un rato de paz. El olor a tomillo había quedado atrás junto a aquel letrero.
Irene lo miró de reojo, sin soltar el volante.
—¿Problemas con el trabajo?
—Algo así —respondió él, como si masticara las palabras—. La cosa no va muy bien.
Ella asintió lentamente, como si esperara esa respuesta. El coche seguía avanzando por una carretera cada vez más estrecha, rodeada de árboles que parecían inclinarse hacia ellos. Su colgante de cobre quiso rebotar un rayo de sol.
—Mi situación tampoco es brillante —dijo ella al fin—. No es fácil ganarse la vida hablando de energía geotelúrica y nodos invisibles. La mala prensa lo arruina todo. A la mayoría le parezco una mezcla de hippie trastornada y bruja. Y eso que apenas salgo en YouTube…
Ahora ella hablaba de su trabajo, de la dificultad de sostenerlo económicamente, de las puertas que se le cerraban por culpa de la reputación dudosa de su disciplina. Y entonces, sin aviso, soltó la palabra:
—Mi marido...
Darío parpadeó. La frase quedó suspendida en el aire como una mota de polvo iluminada por el sol. No dijo nada, pero una presión leve se le instaló en el estómago, como si algo lo empujara desde dentro sin motivo claro. Sintió una punzada absurda de celos.
—Nunca entendió esto. Lo de los mapas, las corrientes, los lugares. Siempre me decía que dejara de perder el tiempo y me dedicara a algo “serio”. Como si todo lo que no se pueda medir en un Excel fuera un capricho infantil.
Volvió a mirar al frente, con la mandíbula levemente tensa.
—Al principio fingía interés. Pero con el tiempo dejó de disimular. Decía que estaba malgastando mi vida persiguiendo fantasmas.
El escritor sintió que algo se le apretaba en el pecho.
No era rabia. Era algo más cercano a la empatía…
o tal vez al reflejo de una herida que reconocía como propia.
Porque, en el fondo, él también sabía lo que era que el mundo te pidiera que fueras alguien distinto.
Más fácil de explicar. Más fácil de tragar.
—Mi marido no existe. Bueno… legalmente, sí. Es traductor. Compartimos la hipoteca de una casa que ninguno de los dos habita. La tenemos alquilada. De hecho, el dinero nos viene bien. A ambos. Estamos en proceso de separarnos. Muy lentamente. Para eso hay que coincidir alguna vez.
Él asintió en silencio. Pero algo en su pecho se replegó, como un paracaídas que se había inflado solo para caer más rápido.
—Lo siento —murmuró, bajando la mirada.
Irene lo miró, con una ceja apenas alzada.
—Sé lo que estás pensando.
Darío devolvió la mirada, con una media sonrisa culpable.
—¿Ah, sí?
—Sí. Que de qué sirve dedicar tu vida a buscar lo extraordinario… si luego acabas estrellándote en lo más ordinario.
Darío se encogió de hombros.
—Te equivocas.
Ella parpadeó, apenas.
—De hecho —añadió él, con una sonrisa torcida—, a mí me habría ido mejor si en vez de escribir novelas de suspense, escribiera sobre cómo vivir torcidamente.
Irene soltó una carcajada breve, limpia, que sacudió por un instante la pesadez del coche.
Como si, al menos por un momento, todo —la carretera, los sueños, los hostales encantados, las pesadillas y los susurros marinos— se encogieran ante lo más humano: dos vidas mal estructuradas, en ruta hacia el centro de algo que tal vez no debería ser encontrado.
***
Alba Marina apareció de golpe, al final de una curva cerrada, como si el pueblo no hubiera sido construido, sino exhalado por la propia montaña.
No era un pueblo junto al mar, ni enclavado en la sierra.
Estaba atrapado entre ambos, sin pertenecer del todo a ninguno.
Una franja blanca de existencia colgando en el margen de los mapas.
Lo atravesaba una sola carretera maltrecha, serpenteante, bordeada de árboles polvorientos que parecían inclinarse por puro agotamiento.
Las casas, bajas y desconchadas, se apiñaban a ambos lados de la carretera.
Fachadas agrietadas, persianas cerradas a media asta, balcones sin plantas.
Apenas algún bar cerrado, un taller abandonado, una tienda de ultramarinos que parecía un decorado mal iluminado.
Pocos habitantes se veían por las calles, atentos todos a cada vehículo forastero que atravesaba el pueblo.
Algún perro vagabundeaba entre las casas, olisqueando las esquinas sucias.
El silencio era tan compacto que cada piedra parecía escucharlo.
Darío lo miraba todo desde la ventanilla, con una extraña mezcla de desconcierto y repulsión. A pesar de estar a menos de noventa kilómetros de su casa, jamás había oído hablar de Alba Marina. Y mucho menos lo había visitado.
La energía del lugar era densa, como si una sombra invisible se hubiera filtrado desde el mar y se hubiera enredado en sus calles, en sus cimientos, en el aire mismo. Una especie de bruma sin forma ni olor, que no podía verse… pero que se notaba en la piel.
Atravesaron el pueblo y en pocos kilómetros la carretera terminó de deshacerse en una curva angosta y desierta.
Más allá no había postes de luz, ni señales, ni siquiera asfalto: solo un estrecho camino de grava que descendía serpenteando hacia el borde del mundo.
Y allí, entre el aire salino y el silencio de la costa, apareció el Caserón de los Susurros.
Se alzaba sobre el acantilado, recortado contra la última luz de la tarde. Sus muros de piedra marrón, pulida y opaca, no parecían reflejar el sol. Lo absorbían. El Caserón no brillaba bajo aquella luz. La apagaba.
A medida que el coche se acercaba, Darío sintió un leve cambio en la presión del aire, como si la atmósfera se hiciera más espesa.
Pero el descenso era mínimo. ¿Cuánto era sugestión y cuánto algo más?
A su alrededor, el paisaje había quedado atrás.
El mar, al fondo, era una lámina brillante sobre la que el sol comenzaba a hundirse lentamente.
El murmullo del océano parecía subir desde el suelo. O quizás desde más abajo.
—Ahí está —dijo Irene, como si anunciara una aparición, no un destino.
La casa se extendía en líneas rectas y sobrias, de arquitectura contradictoria: demasiado artística para ser rural, demasiado austera para ser noble.
Sus ventanas estrechas y altas miraban al vacío como ojos que no parpadeaban.
Una gran terraza colgaba desde el primer piso, proyectándose hacia el océano con una osadía inquietante, como si desafiara al viento a arrancarla de cuajo.
Junto al caserón, un huerto abigarrado, destartalado y descuidado, daba la única nota viva al lugar.
En su centro, un inquietante espantapájaros capaz de inquietar tanto a aves como a personas.
Junto al huerto, una explanada de grava en la que un único vehículo, un antiguo Citroën, habitaba.
Allí aparcaron, y al abrir las puertas, escucharon el tronar del mundo.
El mar rugía abajo, y el sonido del agua colándose entre las grietas reverberaba a través de las paredes del acantilado. Pero no era un sonido marino convencional.
No eran olas.
O al menos, no eran solo olas.
Era otra cosa.
Un rumor constante, orgánico, como el de una garganta enorme respirando en las profundidades.
Como un dios atávico que quisiera hacerse notar.
Darío e Irene se miraron. Porque lo percibieron al instante. Aquel sitio era especial. Si existía algún lugar del mundo donde la energía, el feng shui, los nodos magnéticos o los vórtices mágicos podían fluir, funcionar o transmitirse, era aquel.
El escritor levantó la vista hacia el caserón.
—Parece que nos observa —murmuró.
Irene no respondió.
Las puertas eran de madera negra, envejecida pero firme.
Tenían aldabas de hierro con forma de espiral, y marcas invisibles a primera vista, como talladas con cuchillos en la humedad.
Las ventanas estaban ocultas tras marquesinas de madera que parecían llevar décadas sin recibir una capa de barniz.
Una dignidad decadente, una decadencia digna, ante la cual cuatro escalones de piedra, roídos en sus esquinas, los llevaban ante un timbre metálico.
Ella lo pulsó —un sonido hueco, que parecía resonar bajo tierra más que dentro de la casa—, pero el mundo siguió quieto.
El ruido del mar intentando escalar el acantilado sepultó el silencio.
Volvió a pulsar.
Un crujido de madera y la puerta se abrió.
Una figura apareció tras el cristal de la entrada.
La dueña de aquel caserón donde parecían confluir todo tipo de energías.
Permanecía erguida en la penumbra del interior.
Vestido oscuro, rostro liso y severo, ojos grises como ceniza aún caliente.
Era difícil precisar su edad, pero Darío la situó entre los cincuenta y sesenta años.
No sonrió. Ni siquiera pestañeó. Solo los contempló, inmóvil.
—No esperaba a nadie —dijo al fin, y fue imposible saber si era reproche o una simple observación.
El escritor intercambió una mirada con Irene, incómodo.
—Pensamos que... que esta era una casa de huéspedes —murmuró él.
La anfitriona ladeó la cabeza apenas un grado.
—Lo es. Pero no para todo el mundo.
Si los silencios pudieran ser afilados, aquel fue uno de ellos.
—¿Qué significa eso?
—La casa, digamos… se reserva el derecho de admisión. Porque no todo el mundo está capacitado para habitarla. No todos sobreviven al eco de sí mismos.
La pareja esperaba reticencia, escrutinio, dudas por parte de la dueña. Así que se movieron por un terreno que habían estudiado anteriormente.
—Entiendo —dijo al fin Darío—. Algunos amigos míos, poetas... de mi círculo más cercano, me hablaron de este sitio. Dijeron que era... especial. Que aquí suelen venir grandes artistas a inspirarse.