Capítulo 15 La presencia de algo no resuelto #2
El pasillo olía a fritanga y a lejía mal enjuagada.
La puerta del piso de Darío tenía un par de marcas de humedad cerca del marco y un felpudo que alguna vez fue negro.
Buscó las llaves en el bolsillo con una mezcla de prisa y vergüenza.
De hecho, no quería que ella viera su guarida, pero no se atrevió a la descortesía de dejarla esperando en el coche.
De todas formas, ella parecía tener iniciativa en entrar, seguramente para indagar en la vida de él.
—No esperaba visita femenina —dijo en voz baja, casi como si se disculpara antes de tiempo.
—Tranquilo —respondió Irene, entrando como quien inspecciona un lugar cargado—. Ya has visto que yo tampoco soy la reina del orden.
La puerta se abrió con un chirrido húmedo.
Darío entró, pulsó la primera luz y, ya resignado, la invitó a entrar.
Ella no dijo nada, pero sus ojos se movían rápido, absorbían cada rincón como una cámara pericial.
El piso no estaba sucio. No del todo. Pero sí impregnado de un caos que no podía ser fingido.
Una cocina con algunos platos sin fregar, una taza de café olvidada en la encimera.
Un despacho caótico, con algunos de sus cuadernos aún en el suelo.
Un salón pequeño, austero, funcional. Un dormitorio con la cama deshecha, un armario a medio abrir.
Ella exploraba sin pedir permiso. Él la observaba a ella.
En el despacho, Irene se acercó a una pila de cuadernos que se desparramaba como un derrame de tinta sólida. Se agachó, tomó uno y lo hojeó sin pedir permiso, con la familiaridad de quien sabe que los secretos importantes rara vez están bajo llave.
Darío la miraba de pie, sin moverse. La trenza suelta le caía sobre el hombro, cargada de polvo y viajes.
Su piel, curtida por el viento y el sol, tenía esa textura de mapa antiguo.
Esas manchas en la cara que no restaban belleza, sino que la atenuaban, la naturalizaban.
Y esos ojos… verdes, sí, pero opacos, casi grisáceos, como si arrastraran sal de otros lugares.
La deseaba. No solo de forma inmediata, carnal.
Era algo que le venía entrando por los poros, como uno de esos olores imprevistos que lo atacaban a veces.
Un deseo extraño, cargado de respeto y algo que se le parecía mucho al miedo.
Porque había en ella algo incapturable, algo más allá del lenguaje.
Hasta que encontró la habitación.
Su habitación vacía.
Su refugio blanco.
Irene cruzó el umbral con la lentitud de quien pisa tierra sagrada. Miró en todas direcciones. No había nada. Ni una alfombra. Ni una mota de polvo visible. Solo las paredes, el suelo, el silencio.
Ella lo interrogó con la mirada, pero Darío no se atrevió a responder.
Sentía vergüenza. Durante años había dado la misma excusa a quienes le preguntaban: “Tengo que amueblarla. Aún no me decido.” Era una mentira piadosa.
Una protección. Una evasiva para no explicar que aquella habitación era necesaria precisamente porque no tenía nada.
Ni muebles, ni recuerdos, ni rastros de humanidad.
Solo vacío. Y en ese vacío, a veces, podía respirar.
Entonces ella volvió a escrutar la habitación. Dio algunos pasos y se volvió hacia él. Instintivamente, llevó la mano al colgante cuando dijo:
—Todos tenemos fantasmas. Tú, al menos, tienes dónde refugiarte de ellos.
***
Ahora la carretera serpenteaba cuesta abajo como una cicatriz abierta sobre la piel de la sierra, deslizándose entre laderas cubiertas de retamas y olivos viejos.
La luz de la tarde —dorada, oblicua— se colaba entre los árboles, proyectando sombras alargadas que parecían arrastrarse detrás del coche.
El aire comenzaba a cambiar: más denso, más salino, con ese respiro húmedo que anunciaba la cercanía del mar.
El mundo parecía inclinarse suavemente hacia el abismo azul, como si la tierra misma estuviera bajando los hombros para entregarse al océano.
Irene conducía con una soltura casi temeraria, como si los límites de velocidad fueran un rumor para otras vidas.
Pasaban por tramos de curvas estrechas, asfaltos irregulares, pueblos apagados.
A Darío le sorprendía lo rápido que podía ir alguien sin decir una sola palabra.
Él iba con la frente apoyada en la ventanilla, el zumbido del motor agazapado en el fondo de su cráneo, mientras el pensamiento —ese animal de madriguera— emergía sin que nadie lo llamara.
No estaba bien.
Darío lo sabía, aunque aún no se atreviera a decirlo en voz alta: estaba a punto de dar un giro importante en su vida.
No un cambio voluntario, planeado, sino uno de esos desvíos inevitables, como cuando el cauce de un río se rompe sin previo aviso.
Su situación económica era precaria, más de lo que quería admitir.
Le quedaban pocos ahorros, el anticipo de la editorial —insuficiente desde el principio— ya se había evaporado, tragado por gastos menores que se acumulaban como termitas.
Y la última novela... llevaba tres semanas en estado de coma.
No una sola línea. El archivo en su ordenador era más una tumba que texto, una promesa incumplida que comenzaba a pesarle como una deuda moral.
Sabía que pronto tendría que enviar algo.
Cualquier cosa. Pero en lugar de escribir, estaba en un coche, descendiendo hacia la costa, camino a un hostal cuya tarifa desconocía y cuya duración era un misterio.
Todo en su vida crujía como una estructura vieja, como un techo al que ya se le ven las vigas podridas.
Pensó, fugazmente, en pedirle algo de dinero a su madre.
Y se respondió con una media sonrisa amarga.
—Antes me tiro al Vientre de los Ahogados —murmuró, sin voz.
Sacó el móvil y marcó el número de Horacio Maldonado. Su agente respondió en el segundo tono, como si estuviera esperando su llamada desde otra vida.
—¡Darío, por fin! Estaba por llamarte yo. ¿Cómo va el trabajito? ¿Ya tenemos algo decente que enviar?
—No mucho —respondió Darío, con voz cansada—. Me voy a tomar unas pequeñas vacaciones.
Hubo un silencio breve al otro lado. Podía imaginarse a Horacio parpadeando con su cara grasienta, ajustándose el bigote como si así pudiera alinear sus mentiras.
—¿Vacaciones? ¿Ahora? Pero si estamos prácticamente en la fecha de entrega, amigo mío. ¿Te olvidas del compromiso con Argos?
Ediciones Argos, su editorial, era una editorial de segundo orden, con oficinas modestas y contratos aún más modestos.
Su especialidad no eran los bestsellers, ni la literatura de culto, sino los escritores pequeños: debutantes inseguros, autores sin agente, narradores a la deriva.
Sabían reconocer la desesperación como quien huele la humedad en las paredes.
Ofrecían tirajes limitados, escasa promoción y cláusulas contractuales diseñadas para beneficiar siempre a la casa, nunca al autor.
A cambio, prometían visibilidad, pero entregaban indiferencia.
Muchos de sus libros quedaban arrumbados en almacenes polvorientos o se vendían a precio de saldo en ferias de barrio.
Pero Argos seguía flotando, como una barcaza vieja que avanza gracias al peso de los que ya no saben nadar.
—Pon alguna excusa —dijo Darío, mirando el retrovisor sin razón—. Di que estoy enfermo. Que me dio una fiebre rara. Algo convincente, tú sabes hacerlo.
Y tanto que sabes, de cada tres palabras que dices, dos son mentira.
Horacio resopló al otro lado. Se lo podía imaginar sudando y mezclándose el sudor con los potingues que se practicaba, en un intento absurdo de barnizar la fealdad.
—Joder, no me hagas esto. Justo te iba a decir que te conseguí una firma de libros en Sevilla. Pequeña librería, buena gente, pero con contactos. Una oportunidad, Darío. Algo de visibilidad. No te puedes permitir desaparecer….
Pasaron junto a un letrero con varias direcciones, colgado de dos postes metálicos. Un nombre le llamó la atención: Hospital Psiquiátrico Rocablanca.
Sintió un pequeño terremoto interior de epicentro desconocido.
En el mismo instante, como si el aire lo hubiese estado esperando, una ráfaga de olor a tomillo húmedo le llenó las fosas nasales.
Natural, salvaje… y fuera de lugar. Cerró los ojos.
No era el olor lo que lo alteraba, sino su origen: no había tomillo allí.
Solo asfalto, la luz que se apaga con el día y una línea discontinua que parecía alargarse eternamente hacia lo desconocido.
¿Por qué ahora?
Los olores inexistentes solían aparecer en situaciones extremas. Pesadillas, estrés máximo, peligro inminente, angustia… pero esto parecía venir de…
¿De un presagio?
—Mira, ya sé que no te gusta esto, que prefieres escribir y esconderte, —insistía Horacio al otro lado del teléfono—pero hay que mover el culo.
Dar la cara. Fingir que te apasiona hablar en público, aunque por dentro estés deseando volver a tu casa a reventar el sofá a fuerza de ver la tele.
Pero así es el juego, Darío. Y si no lo juegas, te sacan del tablero.
El escritor no contestó, estrujado entre el mal augurio que sentía, el olor a tomillo y la verborrea de su agente.
—La editorial no va a esperar eternamente.
Ya preguntaron por los avances. Les dije que estabas trabajando, que estabas en "ese momento creativo de aislamiento".
Pero no puedo sostener esa trola mucho tiempo.
Tú sabes cómo es Argos: exprimen lo poco que invierten.
Y cuando no sacan jugo, te tiran al contenedor con los demás autores "prometedores".
El malestar empezaba a disolverse. El imbécil de Horacio era capaz de sacarlo del miedo para arrastrarlo al hastío y por una vez agradeció la pegajosa oratoria de su agente. El olor desaparecía, volvía a oler al coche viejo, a motor diésel y al perfume de ella: jazmín.
Jazmín en su cuello.
Un cuello muy besable.
Darío volvió a coger los mandos de su cuerpo.