El Espejo de Los Dementes Capítulo 15 La presencia de algo no resuelto
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Capítulo 15 La presencia de algo no resuelto

El coche se deslizaba por la carretera como una criatura viva, nerviosa, voraz.

Irene conducía rápido, pero sin aparente esfuerzo, con los ojos fijos en el asfalto y las manos relajadas sobre el volante.

La radio estaba apagada, pero dentro del habitáculo vibraba algo más que el motor: una tensión invisible que crecía con cada kilómetro.

Darío la observaba de reojo. Aunque sus ojos estaban fijos en el asfalto negro, sabía que su mente iba varios kilómetros por delante, tanteando un laberinto de posibilidades al que ambos se dirigían.

Para el escritor, que llevaba años sin conducir —el automóvil era un gasto perfectamente prescindible—, cualquier velocidad le parecía demasiado.

Y más cuando el velocímetro rozó los ciento cincuenta, lo que hizo que él sintiera una punzada en el estómago.

El plan era sencillo. Al menos sobre el papel.

Seguir los pasos de Germán Laredo.

Volver sobre las huellas del desaparecido.

Visitar Alba Marina. Buscar a aquel anciano que una vez fue un niño y que sueña con una cinta roja al fondo del acantilado…

Entrar en el Caserón de los Susurros, habitarlo, quedarse allí, dormir donde él durmió. Respirar aquella atmósfera, buscar en las grietas de las paredes el eco de lo que lo llamó a él.

Ver si era capaz de ver con más claridad en sus sueños, si podría recordarlos al día siguiente, si podría anotar algo más que ideas sueltas, que imágenes vagas, que confusión.

Para ello necesitaban pasar por Granada, donde vivía Darío. Tenía que hacer una maleta más grande, quién sabía si para días o semanas. Ella ya llevaba su equipaje en el maletero.

El motor ronroneaba con una suavidad malsana, como si el auto también supiera que algo se avecinaba. Afuera, el paisaje se disolvía en sombras. Una línea de árboles muertos pasaba como un ejército de centinelas calcinados. El sur les abría la boca como una bestia dormida.

—He investigado —dijo Irene mientras adelantaba un camión que parecía detenido en el tiempo—. La casera… es una mujer peculiar. Una mujer mayor. Muy autoritaria, conservadora. De esas personas que no toleran que se discutan sus normas.

—¿Y vive sola?

—Sí. Pero no alquila a cualquiera —dijo Irene, con una seriedad que parecía templada por el respeto—.

Solo acepta artistas. Personas, digamos, sensibles al magnetismo especial de ciertos sitios.

Poetas, pintores, músicos… gente capaz de entender lo que ese lugar tiene para ofrecer.

Digamos que gente que sabe que aquel sitio es especial, pero lo abraza con un espíritu… constructivo.

»De hecho, en un principio —desde los tiempos mismos de su creación— fue en los círculos de artistas donde comenzaron a circular los rumores: que en aquel caserón la inspiración se desataba como una fiebre, que allí se gestaban las obras más majestuosas…

o, al menos, las más atípicas. Su constructor, un artista excéntrico y solitario, lo había levantado como un refugio personal frente al mar, un lugar donde escapar del ruido del mundo y entregarse por completo a la creación.

Al principio, solo lo visitaban sus amigos más cercanos: poetas, músicos, pintores...

Era casi un secreto compartido, una casa donde el arte se abría paso como una fuerza indomable.

»Con el paso de las décadas, el lugar se fue consolidando como una zona de hospedaje reservada casi exclusivamente para artistas, como si solo ellos pudieran soportar —y aprovechar— lo que ese sitio despertaba.

Darío desvió la mirada por un instante, sintiendo cómo esas palabras se alojaban en él como una semilla incómoda.

Hubo un breve silencio. Irene le lanzó las luces largas a un coche familiar que le estorbaba el paso.

—La dueña del hostal no soporta a los periodistas —añadió—. Ni a los curiosos ni a los morbosos. Mucho menos a los que llegan con la intención de convertirlo todo en un espectáculo. Si sospecha que alguien viene por morbo o sensacionalismo, le cierra la puerta sin más.

—Todavía no sabemos si nos dejará entrar —dijo Darío, sin apartar la vista del camino.

—Irá bien —replicó Irene con una seguridad inquietante—. Tú eres perfecto. Un artista. Un escritor. Justo como Laredo.

Darío soltó una risa seca, sin humor. Iba a añadir escritor fracasado con alucinaciones olfativas, pero se contuvo.

—Vale, pero dime, ¿y tú? ¿Dónde encajas tú en todo esto? Estás más cerca del periodismo que del arte.

—Diremos que soy tu asistente —respondió Irene, sin titubear—. Y que soy poetisa. De esas poetisas que hacen de todo… menos escribir.

Él la miró de reojo, pero ella mantenía la vista al frente, con una ligera sonrisa dibujada en los labios. El amuleto del cuello pareció brillar cuando el vehículo tomó una curva.

—Imagino que la dueña habrá visto pasar a muchos artistas —añadió Darío—. Algunos irradiando de todo… menos talento creativo.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí extenso. Las ruedas recorrían el asfalto con frenesí bajo sus cuerpos.

—Cuando mi padre investigó la zona, también estuvo en el Caserón.

Pero en cuanto empezó a indagar, la dueña lo echó.

Según sus notas, los que habían vivido allí hablaban de cosas extrañas —dijo Irene, sin emoción en la voz, como si recitara un informe forense—.

Algunos escuchaban voces. Otros tuvieron visiones, sobre todo durante el sueño.

Otros no pudieron dormir: el sonido del agua en las cuevas, rebotando contra los muros, se les metía en el cerebro como un gusano.

Algunos se fueron al amanecer, llorando.

»Otros se tiraron desde el balcón —dijo, finalmente, como si desclavara un clavo oxidado con los dientes—. Directo al acantilado. Al Vientre de los Ahogados.

A Darío le asaltó la duda. Una punzada sorda que no venía del pensamiento, sino de algo más profundo, más visceral. Como una corriente subterránea que empezaba a agitarse bajo sus pies.

El olor volvió.

Juguete de plástico.

Como el de un juguete nuevo sacado de su envoltorio, pero más intenso, más turbio. Como si ese aroma infantil escondiera algo descompuesto detrás. Le llenó la nariz, le arañó la garganta.

Miró por la ventanilla, sin ver realmente el paisaje.

¿Y si los que saltaron al vacío lo hicieron porque percibieron demasiado?

Demasiado de lo que hay bajo la superficie.

Demasiado de lo que el caserón revela solo en sueños.

¿Y si ese iba a ser su caso?

¿Y si en su primera noche allí, en su primer sueño, algo se abría dentro de él?

¿Y si en vez de abrirse, se rompía?

¿Y si lo que se filtraba no era inspiración… sino algo más? Algo que no pudiera contener. Que no pudiera entender. Que simplemente lo partiera en dos.

Algo que lo hiciera enloquecer. Algo que lo acorralara hasta obligarlo a saltar por el acantilado como única salida.

Se pasó una mano por la cara, sintiendo la aspereza de su propia piel. Quiso convencerse de que todo era exageración, nervios previos. Pero el olor seguía allí. Pegado a su nariz como una advertencia muda.

Y no estaba seguro de querer descubrir qué sucedía cuando uno percibía demasiado.

Irene lo miraba de reojo. Lo estudiaba. De alguna manera, tuvo la cortesía de interrumpir la energía negativa que envolvía a Darío.

—¿Sabes por qué lo llaman así?

La pregunta cortó la conexión de sus pensamientos. Negó con la cabeza, intuyendo que se refería al Vientre de los Ahogados.

—Desde hace siglos, las corrientes marinas terminan allí, como si el lugar las atrajera.

Y eso incluye muchos cuerpos ahogados. Y no solo los de aquí.

Hay registros de naufragios sucedidos a cientos de kilómetros, cuyos restos —y a veces, los cadáveres— terminan en esa fosa natural, como si el océano los arrastrara hasta allí para depositarlos como una ofrenda.

Irene mantuvo la vista fija en el horizonte, sus dedos apretando el volante con fuerza.

—Un espeleólogo intentó explorar las cuevas submarinas hace años. Decía que quería comprobar si las historias sobre huesos incrustados en la roca eran ciertas. Bajó con todo el equipo… y no volvió nunca. Ni siquiera encontraron su linterna.

Hizo una pausa.

—Esas corrientes —dijo Irene— se cuelan por una red de cuevas subterráneas que atraviesan el acantilado como venas ocultas.

El agua sube por ellas, empujada desde las profundidades, y llega hasta las entrañas del caserón.

Y ese recorrido de agua empujada por las mareas provoca un eco a través de las cuevas que llega hasta la casa.

Un eco en el que suena como si fueran murmullos humanos.

Por eso lo llaman así: el Caserón de los Susurros.

Hizo una pausa, como si escuchara algo en su memoria.

—Desde entonces, nadie ha vuelto a descender. Las cuevas siguen selladas por la fuerza de la corriente… y por algo más difícil de nombrar. Porque al parecer donde unos escuchan el susurro del mar rebotando en las cuevas, otros escuchan otras cosas.

»Y hace décadas —añadió Irene, bajando la voz—, hubo un asesinato múltiple en ese caserón. Los dueños de entonces, un matrimonio, fueron las víctimas. Nadie supo nunca quién fue.

—¿Y aun así sigue funcionando como hostal?

—Después de aquello, el caserón permaneció cerrado durante años. Fue la actual dueña quien decidió reabrirlo. Parece tener una motivación especial para mantener aquel lugar vivo.

***

Irene bajó del coche con un movimiento ágil, casi felino, mientras Darío cerraba la puerta del copiloto con esa torpeza que lo caracterizaba cuando se sentía observado.

Subieron los escalones del edificio sin hablar, hasta el tercer piso.

No era un mal lugar, no del todo. Solo estaba…

descuidado. Como si el tiempo hubiese pasado por allí con una escoba sucia, moviendo las cosas de sitio, pero sin limpiar nada realmente.