El Espejo de Los Dementes Capítulo 14 El monstruo estaba en casa #3
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Capítulo 14 El monstruo estaba en casa #3

No con violencia.

Sino como un padre que calma a una hija desobediente.

Débora al fin lo comprendió.

La peor sombra de la noche no venía del bosque.

Ni de esos asaltantes vestidos con pijama.

Venía de él.

De su marido.

El monstruo estaba en casa.

Siempre estuvo en casa.

***

Albert se estaba muriendo.

Lo sabía. Lo sentía.

Cada bocanada de aire era un cristal clavándose en su pecho.

Harpo lo había tenido inmovilizado contra el suelo, con una presión tan brutal que su esternón se había hundido como madera húmeda, y las costillas rotas se le clavaban en los pulmones como ramas de espino.

Escupía sangre. No podía hablar. Solo gemía.

En el salón, nadie se inmutaba.

El doctor Isaías Albuquerque observaba con los brazos cruzados. Su sombra se proyectaba sobre el cadáver a medio hacer como si ya perteneciera a otra dimensión. A su lado, Nazario estaba sentado en el suelo, junto a Albert, decepcionado. Las piernas cruzadas. La cabeza gacha.

—Quería matarlo yo… —murmuró, sin rabia, solo con tristeza—. Quería probar algo nuevo.

Isaías se inclinó con calma.

Le habló como a un niño al que hay que consolar con una ciencia mayor.

—Escúchame, Nazario. En tu colección… ¿tienes alguna muerte por compresión torácica interna? ¿Por estallido de caja costal? ¿Pulmones colapsados desde dentro?

Nazario negó lentamente, con un leve temblor en los labios.

—Entonces es nueva. Única. Pura. Y es tuya. Una melodía inédita para tus frascos.

Nazario no dijo nada más. Pero sus ojos comenzaron a brillar. Como si, por fin, entendiera el regalo.

A un par de metros, Débora estaba de rodillas.

Sollozando. Suplicando.

Sujeta por Dani.

El niño grande, de brazos delgados y mirada de otro mundo, la sujetaba sin violencia, pero con firmeza. Como si sostuviera una muñeca de porcelana agrietada. Como si temiera que se deshiciera si la soltaba.

—Isaías… —gimoteaba Débora—. Por favor. Yo no quería…

El médico ni siquiera se molestó en contestar. La observó sin rastro de celos.

Débora había cometido algo mucho más grave que acostarse con otro hombre.

Había visto demasiado.

Como respuesta, un sonido áspero rasgó el silencio.

El de la cinta adhesiva al desenrollarse. Isaías cortó un trozo y le selló la boca.

Ya no habría súplicas.

***

Albert dejó de moverse.

Un estertor final.

Un silencio nuevo.

Un cadáver más.

Nazario lo miró con sus ojos grandes, expectante, casi relamiéndose. De su entrepierna asomaba la mancha de humedad.

Isaías, entonces, se acercó a Dani, que seguía sujetando a Débora.

—Dani… —le dijo con ternura—. ¿No te gustaría acunarla? Como haces con los pájaros.

Dani parpadeó.

Como si recordara. Como si algo profundo y primitivo despertara bajo su piel. Un recuerdo enterrado en carne blanda. Una nana olvidada. Un eco de infancia manchada.

Asintió.

Isaías sonrió y le ayudó a sentarse en el sofá. Luego, entre los dos, levantaron el cuerpo tembloroso de Débora y lo colocaron sobre el regazo de Dani.

Ella temblaba, frágil, encogida sobre sí misma, como una criatura herida que intuye el final antes de verlo.

No podía gritar.

Solo llorar.

Con los ojos cerrados para no mirar a la cara al horror.

Dani la abrazó con delicadeza. La colocó contra su regazo.

Y empezó a mecerla.

Como un niño con su muñeca favorita.

Con una ternura tan cuidadosa que resultaba obscena.

Como si la muerte también pudiera ser cuidada.

Cuando se acostumbró al peso del cuerpo en su regazo, a la cadencia del balanceo, a la normalización de aquella demencial situación, comenzó a cantar.

Una canción sin letra, un puzle roto de una memoria castigada a base de pesadillas. Un arrullo viejo, roto, que no había vuelto a sonar desde que una mujer demente mató a su madre delante de él cuando tenía dos años, y luego lo acunó como si nada.

Una melodía circular. Siniestra.

Débora lloraba sin sonido.

Nazario observaba fascinado.

Harpo, inmóvil, como un mueble vivo.

El doctor, de pie, con los ojos húmedos de satisfacción. Había visto a Dani practicar esas macabras ceremonias con pájaros. Pero esto era sublime. Entonces, como un director de cine que improvisa, decidió acercarle a Dani un cuchillo de cocina.

—Haz lo que quieras —le susurró, casi paternalmente.

El paciente lo sostiene con los ojos muy abiertos. Mira la hoja, aceptándola como una extensión natural del momento, una herramienta más en aquel rito silencioso.

Después, baja la vista y observa el cuello de Débora. Ella sigue con los ojos cerrados, sollozando, ajena a que solo le quedan unos segundos de vida.

Dani coloca la hoja contra la garganta.

Y la hunde con cuidado.

Sin odio.

Sin prisa.

El cuerpo de ella empieza a debatirse, pero el doctor se echa sobre ella, inmovilizándola. No quiere romper el momento de Dani.

La sangre mana como un susurro.

El cuerpo de Débora sigue convulsionando.

Hasta que se detiene.

Y luego queda blando.

Liviano.

Perfecto para mecer.

Isaías se vuelve a separar.

Y Dani la sigue acunando.

Durante largos minutos más.

Cantando.

Sin mirar a nadie.

Como si nada hubiera cambiado.

Como si ella aún estuviera viva.