Capítulo 14 El monstruo estaba en casa #2
Lentamente, sin dejar de mirar, metió una mano bajo el elástico del pantalón del pijama.
Sus dedos se movieron con torpeza, como si no fueran suyos.
El placer era confuso. No venía solo de la carne, sino de la contradicción: quería matarlos allí mismo.
Quería atravesarlos mientras gemían. Quería mezclar el sudor con la sangre.
Ver cómo se extinguía el clímax en medio de una herida. Cómo se convertía el grito en estertor.
Pero no tenía permiso.
Tenía órdenes.
Intentó detenerse.
Pero volvió a mirar.
Bajo su mano, una erección dolorosa latía con una intensidad que hacía años que no experimentaba. Y no pudo evitarlo, hasta que gimió levemente cuando algo se escapó de su cuerpo y le humedeció todo el pantalón.
Con la respiración temblorosa, retiró la mano. Cerró los ojos. Se obligó a recordar la voz del doctor.
“Cuando entres, abre la puerta principal.”
Solo eso.
Y por suerte, la luz del salón encendida subía a través de las escaleras, orientándolo. Nazario descendió las escaleras con la gracia de un asesino sin entrenamiento: torpe, aunque con voluntad de sigilo. Evitaba las zonas que crujían, como quien conoce el mapa del silencio.
Llegó a la entrada, descorrió el cerrojo y giró lentamente la llave que estaba colocada. A través de la puerta abierta entraron Harpo, inmenso como una ruina viva, Dani con la mirada expectante, algo tímida…
Y el doctor Isaías, impecable, con la mirada templada, aséptica de un forense ante un cadáver más.
Ahora podía comenzar la ceremonia.
***
El calor aún vibraba entre sus cuerpos, el sudor fresco sobre los omóplatos, el aire húmedo, apenas rasgado por la respiración entrecortada.
Y entonces, se oyó.
Un gemido breve, ahogado, húmedo.
Un sonido humano. Pero no pertenecía a ninguno de los dos.
Ambos se detuvieron.
El cuerpo de ella, encajado, unido sobre el cuerpo de él, se volvió piedra.
El momento —el deseo— se evaporó al instante.
—¿Albert? —susurró Débora, aún sobre él—. ¿Has oído eso?
Albert parpadeó. Se relamió los labios. Dudó.
—No sé... puede que haya sido el viento. La ventana del baño está abierta.
—A mí no me ha parecido el viento.
Se quedaron quietos, silenciosos, a la búsqueda de algún otro sonido que corroborara sus sospechas.
Escucharon algo parecido a… ¿pasos?
Diríase que pasos sigilosos, acolchados, gatunos.
De repente, había algo en el aire. Una vibración extraña. Una disonancia.
Y entonces llegó otro ruido, esta vez inequívoco, procedente de la planta baja.
Un chasquido bajo. Metálico.
—¿Y eso? —apostilló Débora.
Albert se levantó con resignación fingida, intentando no parecer tenso. Buscó su pantalón de chándal del suelo y se lo puso casi a ciegas.
—Voy a mirar. No es nada, seguro. Siempre que venimos a esta casa estás igual con los ruidos. Esto es el campo, cualquier sonido se magnifica porque vivimos rodeados de silencio.
Pero Débora no contestó. Se levantó. Se dirigió a la ventana mientras Albert salía del dormitorio, descalzo, con medio cuerpo desnudo.
Abrió ligeramente el cristal, aspiró el aire nocturno. No se oía nada. Solo la humedad quieta del campo. Ni grillos. Ni ramas movidas por el viento. Solo… un silencio demasiado completo.
Entonces la vio.
Una mortecina luz de luna blanqueaba el pasaje y la mirada de Débora, sin saber qué buscar, encontró una disonancia.
Una forma negra. Inmóvil, lejana, al borde del sendero, parcialmente —intencionadamente— oculta.
Un vehículo.
Un vehículo que no estaba antes.
Un vehículo que no debía estar allí.
—Albert... —murmuró, con la voz tensa, deshilachada—. Hay una furgoneta abajo.
Pero Albert no estaba. Se había deslizado por la puerta mientras ella escrutaba la oscuridad en busca del origen del misterioso ruido. Ella se vio sola en la habitación, vulnerable, y se le erizó la piel en un mal presagio.
Un instante después, el grito de su amante acuchilló la noche.
***
Descalzo, con la tela floja del pantalón rozándole las caderas, dejaba atrás cada escalón con una cautela instintiva.
El crujido ocasional de la madera parecía más fuerte de lo habitual, como si la casa se resistiera a sus pasos.
A cada peldaño, el aire se volvía más denso, más espeso… como si la oscuridad respirara.
El salón, cuando lo alcanzó, se desplegaba rústico y tibio: vigas vistas, un sofá de cuero curtido, la lámpara encendida junto a la chimenea apagada. Todo estaba exactamente igual.
Excepto por una cosa.
La puerta principal estaba abierta.
Y allí, de pie en el umbral, estaba una figura inmensa, detenida en el marco como una estatua mal tallada. Una masa humana demasiado grande, demasiado quieta. Sin respiración visible. Sin gesto alguno.
Pero presente.
Totalmente presente.
Y aunque no podía verle bien el rostro, Albert supo que lo estaba mirando desde antes de que bajara el primer escalón.
La figura no se movió. Albert apenas distinguía un rostro ancho y húmedo, una boca entreabierta y dos ojos pequeños clavados en él.
Albert se quedó helado.
La sangre se le drenó del rostro como si una mano invisible le hubiese estrujado el corazón. Miró hacia la mesa del comedor. Allí estaban los móviles. El suyo. El de Débora. Ambos al alcance… y al mismo tiempo, demasiado lejos.
Avanzó un paso, despacio, sin correr, intentando no poner nervioso a aquel intruso.
Entonces, algo se movió a su espalda.
Un murmullo de tela. Un golpe de aire.
Albert se giró con un grito involuntario…
Y una figura lo alcanzó desde la penumbra. Nazario le estampó contra la cabeza una pequeña estatua metálica con pedestal de mármol, un trofeo con forma de pala de tenis que descansaba en la repisa.
El golpe fue seco, sordo, pero efectivo.
Albert cayó al suelo con un quejido húmedo.
Se encontró en el suelo, derribado, aturdido.
Trató de arrastrarse, pero Nazario ya estaba sobre él, jadeante, vibrando.
Alzó el trofeo nuevamente y el golpe, esta vez, encontró unos brazos que se protegían desde el suelo.
Entonces, de algún sitio emergió una orden que hizo detenerse el ataque.
El doctor hizo su aparición surgiendo de entre las sombras como si hubiera estado allí todo el tiempo, los ojos en calma, las manos en los bolsillos.
A su lado, Daniel caminaba despacio, con la mirada fija en Albert, como si ya lo estuviera dibujando en su cabeza.
Miró a Harpo y señaló al dueño de la casa.
—¡Sujétalo! —ordenó.
El gigante al fin reaccionó, entró en la casa y se inclinó sobre Albert.
Sus manos enormes como tenazas inmovilizaron los brazos de su presa con una facilidad absurda, apretándolos contra el pecho con la fuerza de una prensa humana.
Albert apenas podía respirar. Todavía sobre él, de pie, con el trofeo goteando sangre en la mano, Nazario se relamía con la escena.
Con la escena controlada, y sin una palabra más, Isaías Albuquerque alzó la vista hacia la escalera.
***
Desde arriba, Débora los vio. Se había puesto rápidamente el vestido corto que traía y se había asomado a la escalera. En ese instante, vio la sombra de unos asaltantes que se disponían a subir la escalera.
Gritó. Giró en seco y corrió por el pasillo. Se encerró en el baño, echando el pestillo con dedos temblorosos. Enseguida oyó pasos acelerados, un picaporte que intenta abrirse y una puerta detenida por el cerrojo. Luego golpes violentos contra la madera.
Detrás de la puerta, una voz habló con calma.
¿Una voz familiar?
—Está intentando escapar por el tejado del cobertizo —dijo—. ¡Rápido, a la parte trasera!
Alguien obedeció al instante, porque oyó pasos veloces que bajaban nuevamente las escaleras.
Débora ya había visto la ventana. La misma ventana por la que había entrado Nazario y que daba al tejado del cobertizo. Era su mejor —su única— opción de huida. Salió por ella, descalza. Pisó las tejas con cuidado, y las plantas de sus pies enseguida sintieron dolor por el roce.
La noche la envolvió. La luz de luna dibujó su propia sombra debajo de ella. El relente le provocó un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. La sensación de desamparo era infinita.
Gritó con fuerza, tan alto como podía:
—¡Socorro! ¡AUXILIO! ¡AYUDAAAAA!
Pero no había nadie.
Solo el vacío, la oscuridad y millones de estrellas que no podían hacer nada por ella. En kilómetros a la redonda solo había campo, aire y noche. El eco de su voz se perdía en un silencio aún más cruel.
La humedad del aire la envolvía. Empezó a temblar. Andó por el tejado, clavándose las rugosidades de las tejas en los pies. Se asomó a la caída y llegó a la conclusión de que no podía saltar abajo. Estaba demasiado alto. Y estaba sola.
Hasta que escuchó pasos abajo. Pasos que venían corriendo.
Y voces.
Murmullos guturales.
Luego el ruido de algo friccionando contra la pared del cobertizo. Aterrorizada, lentamente, pisando el dolor, Débora se acercó a observar asomándose al origen del ruido.
Junto al muro había dos sombras.
Una intentaba trepar, la otra la empujaba.
Y de repente, una silueta surgió por el borde del tejado.
El pijama gris.
Los ojos descompuestos incluso en la oscuridad. Jadeaba del esfuerzo, de la excitación, de la sangre olida.
Era Nazario.
Débora gritó de nuevo. Se giró sobre sí misma. Corrió, lastimándose los dedos de los pies y volvió hacia la ventana. Al entrar se golpeó el codo, pero no importaba. Nada importaba, solo sobrevivir. Corrió a la puerta del baño, descorrió el pestillo para salir corriendo…
Y allí estaba Isaías.
De pie.
Esperándola.
Ella lo reconoció, pero su mente no entendió lo que veía. En aquel instante solo existía una necesidad: escapar. Y al encontrar el rostro de su marido en mitad de aquella pesadilla, se aferró a él como a una salvación.
—¡SOCORRO! —gritó—. Isaías, han entrado…
Entonces lo miró de verdad.
Y lo vio de verdad.
Aquel rostro impasible.
Ella palideció. Tropezó hacia atrás.
El horror fue creciendo mientras comprendía, mientras la verdad se retorcía dentro de ella.
El psiquiatra solo dio un paso adelante, y la sostuvo con firmeza de los hombros.