El Espejo de Los Dementes Capítulo 14 El monstruo estaba en casa
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Capítulo 14 El monstruo estaba en casa

La noche se cerró sobre el Hospital Psiquiátrico Rocablanca como una herida que se negara a cicatrizar.

No era una oscuridad común. Parecía materia orgánica, algo vivo extendiéndose sobre los edificios con un pulso ajeno al humano.

Algo se estaba gestando bajo su piel: una promesa de carne rota, de huesos cediendo, de gritos ahogados en gargantas que jamás volverían a pronunciar una palabra coherente.

La puerta del Ala de Estudios Avanzados se cerró con un clic sordo. Nadie oyó ese sonido. Nadie supo que, en ese momento exacto, algo estaba saliendo del corazón del manicomio.

Algo con forma de médico.

Y detrás tres sombras.

Isaías Albuquerque caminaba con paso firme, pero sin prisa. Vestía de oscuro, discreto como siempre, con una chaqueta ligera que apenas hacía ruido al moverse. Detrás de él, en fila muda, iban Nazario, Harpo y Daniel Pinedo.

Los tres vestidos con pijamas grises del hospital. Sin abrigos. Sin pertenencias. Sin identidad. Cada uno caminaba como una extensión distinta de la voluntad del doctor.

Nazario iba primero. Su marioneta sangrienta. El más atento. El más hambriento. Los ojos ligeramente vidriosos, como si ya supiera que esta noche iba a aumentar su colección de cenizas.

Harpo cerraba la marcha. Gigante, torpe, obediente. Su respiración sonaba como un fuelle viejo, pero su expresión era tranquila. Jamás preguntaba. Solo obedecía.

Dani, en el medio, caminaba con los brazos pegados al cuerpo, la cabeza levemente agachada. Sus labios murmuraban algo sin sonido, una canción que tal vez sólo existía para él. Dani sería el artista, el testigo, el notario que plasmaría en sus dibujos el horror de lo que iba a suceder.

Ninguno habló.

El pasillo hacia el subnivel estaba desierto.

Las cámaras estaban apagadas “por mantenimiento”.

El celador nocturno, Vallejos, dormitaba en su cabina con un manual de neuropsiquiatría —un libro a años luz de su intelecto— abierto en el regazo.

Isaías no lo saludó. Aquel vigilante era su cómplice —otro esclavo bajo su influjo— y tenía la orden de actuar como si nada ocurriera.

Isaías deslizó la tarjeta por el lector magnético, y la puerta hacia el garaje se abrió con un gemido de poleas.

La furgoneta negra aguardaba.

Sin logos. Sin marcas. Sin pasado.

A pesar de estar en una zona aislada, el doctor se aseguró de que no hubiera nadie antes de abrir la puerta trasera.

Con una seña, uno a uno, los pacientes subieron.

Primero Nazario, en silencio absoluto, en el asiento delantero, una posición tácita como ariete del doctor.

Luego Dani, que se arrinconó en la parte trasera, tímido, como si ya supiera su lugar.

Por último, Harpo, que tuvo que agacharse para entrar y ocupó una esquina e hizo bascular todo el vehículo.

Isaías cerró desde fuera, subió al asiento del conductor y encendió el motor. El ruido fue mínimo. Casi ceremonial.

La furgoneta emergió del aparcamiento como una sombra con ruedas.

Nadie la vio partir. Nadie la registró. El portón de servicio se deslizó hacia un lado, y el vehículo se perdió entre los árboles del camino trasero.

Afuera, la ciudad dormía. Dentro, el aire permanecía inmóvil, cargado con la asepsia imaginaria de un quirófano antes de la primera incisión.

No encendió la radio. No dijo una palabra.

Solo condujo.

Porque esa noche tenía que resolver un asunto que requería sangre.

Y llevaba consigo todo lo necesario:

El brazo ejecutor.

La fuerza muda.

El ojo que dibuja.

Y él mismo. El director de la sinfonía.

***

La carretera se abría delante de él como un río negro sin orillas.

A ambos lados, los árboles apenas eran sombras recortadas.

Como fantasmas quietos que observaran la misma noche de la que formaban parte.

Isaías Albuquerque conducía con una mano, la otra apoyada sobre la palanca de cambios, en gesto meditativo.

La furgoneta ronroneaba bajo sus órdenes, obediente como sus pasajeros.

Sus pasajeros, sus pacientes, sus marionetas.

A Nazario le había hablado solo una vez, horas antes de partir, en su despacho sellado.

—Hoy aumentaremos la colección de cenizas. Podrás elegir el método que desees.

El otro no había respondido. Solo había asentido lentamente, mientras en su mirada se relamían sus impulsos más oscuros.

En el maletero, cuidadosamente colocada dentro de la bolsa de deporte negra, había una selección precisa de instrumentos para el dolor: dos cuchillos de mango ancho, uno con hoja curva, otro recto; una porra de hierro, un martillo, una sierra, un destornillador largo, de esos que perforan con facilidad; alicates, cinta de embalar, guantes quirúrgicos.

Todo elegido con una lógica casi musical: instrumentos distintos para muertes distintas.

Isaías quería que Nazario pudiera escoger.

Que aquella noche añadiera unas cenizas nuevas a su colección.

Para que saboreara nuevas cenizas a través de muertes no exploradas.

A Harpo no le dio instrucciones complejas. Con él nunca eran necesarias. Bastaban órdenes sencillas: sujetar, empujar, impedir que alguien escapara. Pensar podía confundirlo. Obedecer, jamás.

Y luego estaba Daniel Pinedo.

Oh, Dani...

Isaías le había hablado con una voz distinta. Más suave. Más cálida. Casi como un padre.

—No tienes que hacer nada esta vez. Solo mirar. Quiero que lo veas todo.

Y Dani había asentido sin miedo. Sin ansiedad. Con esa expresión vacía que tenía cuando ya estaba soñando despierto.

Porque eso era lo que Isaías buscaba. Quería que lo absorbiera. Que la escena se imprimiera en su retina, como una quemadura santa. Que lo persiguiera en sus sueños. Que lo despertara en sudor. Que lo dibujara después, sin saber si era recuerdo o revelación.

Los dibujos de Dani no eran solo arte.

Eran algo más.

Puertas a algo más profundo. A una verdad que los psiquiatras habían olvidado entre pastillas, etiquetas y protocolos.

Dani no solo dibujaba lo que veía. Dibujaba lo que había detrás.

Isaías sonrió para sí mismo. Las luces de la ciudad habían quedado atrás. Ahora solo había carretera, árboles y oscuridad al otro lado del parabrisas.

Todo estaba preparado.

***

Aquella casa de campo era una estructura simple pero sólida, perdida entre campos agrietados y árboles torcidos por el viento. Una de esas casas que parecen demasiado silenciosas incluso con gente dentro. Pero no era el caso, porque sí estaba habitada.

La luz de una luna creciente impregnaba las lentes de los prismáticos. A suficiente distancia, bajo la sombra muda de la furgoneta apagada, Isaías Albuquerque observaba sin moverse. El motor había sido silenciado hace minutos.

Había un coche aparcado en la entrada.

Estaban dentro.

En el piso superior brillaba una única luz: la del dormitorio.

Cortinas sin cerrar. El resplandor cálido se desparramaba sobre las baldosas como una invitación mal calculada.

En el salón, otra luz, seguramente olvidada.

El psiquiatra ya había estudiado esa casa en el pasado. Sabía cada acceso. Cada punto ciego.

Aquella casa era del amante de Débora, un vendedor de viviendas de cierto éxito. Al parecer solo la usaba para llevarse sus conquistas. Un seductor profesional. Un pichabrava con dinero y una casa apartada donde ejercer.

Isaías se permitió una ínfima sonrisa.

Toda la discreción que permitía aquel caserón tan apartado de la civilización era justamente lo que la hacía idónea para su objetivo. Un sitio donde los gritos se perdieran en kilómetros de aislamiento.

Bajó los prismáticos y ordenó a sus súbditos bajar de la furgoneta.

Volvió a hablarles, a repetirles las consignas necesarias y, dejando el vehículo atrás, anduvieron en la noche.

Al llegar a la vivienda, el doctor descubrió una ventana abierta en el piso superior, justo encima de un cobertizo adyacente a la casa.

Error.

Dio instrucciones. Planificó el asalto. Bajo su batuta, Harpo ayudó a Nazario a subir al tejado del cobertizo.

Luego, este se deslizó por las tejas como una sombra descalza.

Avanzó encorvado, con las manos extendidas hacia los lados, equilibrándose como un funámbulo enfermo.

Su respiración era mínima, apenas una brisa tibia entre los labios.

Llegó a la ventana y se detuvo a escuchar.

Desde dentro le llegaron jadeos, voces entrecortadas.

Entró a través de la ventana, ágil como un felino. Se encontró en un pequeño cuarto de baño con la luz apagada y la puerta abierta. Pero llegaba la luz del dormitorio a través de una puerta a medio cerrar.

Un colchón crujía con una cadencia descompuesta.

Y los murmullos, los jadeos.

Demasiada lascivia acústica para los oídos de Nazario.

Para alguien que arrincona su sexualidad a masturbaciones silenciosas, a veces junto a cadáveres.

Se acercó a observar, asomándose muy, muy despacio, lo justo para no romper el momento…

como si temiera que la escena desapareciera si la invadía demasiado.

Allí estaban: Débora, la esposa del doctor, montada sobre un cuerpo sudoroso y tembloroso.

Su cuerpo en movimiento, rítmico, ajeno al mundo.

Los ojos cerrados, la boca abierta en una expresión que no pedía permiso a nadie.

Sus manos, firmes, aferradas al pecho del hombre, como si necesitara sentir que aquello era real.

La escena era íntima, primitiva, desnuda.

Nazario sintió algo abrirse dentro de él, pero no era deseo puro. Era una mezcla incómoda, turbia. Un eco tardío de algo que nunca había aprendido a sentir correctamente.

Fue demasiado para él, para una vida de soledad, compañía de muertos, psiquiátricos y pastillas. Aquello era real, era sexo, era vida.

Era algo demasiado vivo.

Se excitó al instante.

Su rostro no cambió, pero su cuerpo sí.